Fernando Simón con Mónica García y con Ana Mato: esta crisis no es como la covid, sino como el ébola
Se equipara el brote de hantavirus del crucero con el coronavirus, pero esta emergencia sanitaria es mucho más similar al contagio de la sanitaria Teresa Romero en 2014.
Javier Salas, 11.05.2026
Cualquier persona que tuviera edad de ver telediarios en 2014 recuerda uno de esos formidables descalabros políticos a los que España entera pudo asistir en directo: el de Ana Mato con el ébola. Aquella rueda de prensa de la ministra de Sanidad del Gobierno de Rajoy se considera ya un ejemplo de manual, para todos los expertos en comunicación de emergencias, de cómo cagarla absolutamente en todo. Para manejar con acierto una crisis, solo tienes que mirar aquella comparecencia y hacer todo lo contrario.
Más de una década después, afrontamos una crisis sanitaria similar, por las dimensiones del problema: la del brote del MV Hondius. Entre ambas hemos vivido la pandemia de covid, un evento histórico tan brutal y trascendente que todo lo cambia y todo lo nubla. Y por eso el cuerpo nos pide comparar el hantavirus con el coronavirus. Pero lo de ahora se parece mucho más a ese brote de ébola, una crisis fortuita, una enfermedad muy mortal, pero muy rastreable. Un virus peligroso y desconocido aquí, pero que mata a docenas en el hemisferio sur, y que toca a las puertas de España. ¿Qué debe hacer un gobierno cuando oye el toc-toc?
Nada entonces y nada ahora es responsabilidad directa de España, pero es el azar el que nos retrata con sus imprevistos. Unos misioneros españoles se contagiaron en Liberia y, ya en Madrid, se produjo el primer caso de transmisión humana de la enfermedad fuera de África de toda la historia. Al comunicar que una enfermera española, Teresa Romero, se había infectado, Mato se disolvió de tal manera ante las cámaras —leía mal, balbuceaba, no respondía, no conocía a quienes le acompañaban en la comparecencia— que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría tuvo que apartar a la ministra y tomar las riendas de la crisis unos días después. Había una única unidad de persona contagiada y quince contactos controlados, pero el Ejecutivo de Rajoy colapsó.
¿Cuál fue la solución para ese desparrame comunicativo? Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Ahora es un hombre extraordinariamente marcado, pero entonces era un técnico solvente y calmado que se designó para tranquilizar a la población. Estos días, el PP ha pedido su cese y es inevitable recordar, para los que tenemos memoria, cuando Simón rescató a ese mismo partido. Otro paralelismo con la crisis del ébola: la unidad de aislamiento del Hospital Gómez Ulla en la que se confinará a los pasajeros españoles se construyó en tiempo récord tras estallar aquella emergencia.
La oposición hace y dice lo que esperamos de ellos, pero cuando gobernaron en similares circunstancias, el fracaso fue absoluto. Hasta se acabó sacrificando al perro de Teresa Romero, Exkalibur, mientras la gente protestaba a las puertas de su casa. Entonces, Ana Mato se escondió de los medios durante días hasta que le pusieron a Simón de parapeto. Hoy, tenemos a tres ministros —Sanidad, Interior y Política Territorial— dando la cara a todas horas en el puerto de Granadilla con 350 agentes y junto con el líder de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom. Esto último es, además, muy simbólico: la prioridad es y debe ser el criterio sanitario, humanitario y científico. La OMS pidió ayuda a España y España responde.
El presidente de Canarias, Fernando Clavijo, no quiere el crucero en sus puertos. Con el ébola, también hubo muchas críticas por el “riesgo” de repatriar a los religiosos enfermos, pero lo que se debería esperar de los gobernantes es que asuman riesgos en los que prime la “responsabilidad moral”, como respondió estos días el Gobierno a la OMS. Los diez años más felices de mi vida los he pasado formando una familia en Tenerife y puedo asegurar que los chicharreros no son insolidarios ni cobardes. Y no se asustan ante una enfermedad de este tipo, porque tienen laboratorios y científicos de categoría para arrimar el hombro y explicar que el riesgo real es muy bajo. El partido de Clavijo, Coalición Canaria, ha agitado mensajes alarmistas y victimistas, ha asegurado que la OMS está “desnortada” y ha embarullado el discurso hasta el punto de ligar la gestión de esta embarcación con la de las pateras que traen migrantes a nuestras costas.
En 2014 también hubo lío con la administración regional, en aquel caso con el consejero de Sanidad madrileño, Javier Rodríguez, que fue destituido porque no dejó de enredar con mensajes que solo aportaban ruido, como ahora hace Clavijo. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría, al tomar el timón del comité de crisis, le hizo un 155 de facto a la Comunidad de Madrid. Estos días, el presidente de los canarios pide que Moncloa le imponga el fondeo del crucero para que nadie le pueda reprochar que un ratón colilargo nade desde la embarcación hasta la costa tinerfeña. “No vamos a ser cómplices de algo que pone en peligro la seguridad sanitaria de nuestra tierra”, dijo Clavijo en un órdago populista. Unas horas antes, se había puesto en ridículo a sí mismo al mandar a la ministra Mónica García su argumento científico definitivo: el pantallazo de la respuesta de la IA a un simple googleo, en el que preguntó por “ratas nadadoras”, cuando sabemos desde hace días que son ratones colilargos quienes contagian el virus. ¿Por qué no googlear murciélagos o armadillos zombis? Para Coalición no hay nada peor que un titular internacional asociando Canarias con algo malo como un brote contagioso, porque la patronal hotelera les tira de las orejas (aunque en este caso pidió que se priorizara la atención humanitaria). Pero a largo plazo, ciudadanos, votantes y turistas deberían fijarse en una cosa: quién se esconde cuando llegan los problemas y quién lo da todo por resolverlos, aunque sea el mar el que los lleva a nuestra costa.
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