Veo la luz, ¡quién lo iba a decir!, después de haber caído en el dichoso síndrome de Estocolmo y de, coyunturalmente, sacudirme algunas losas muy pesadas de encima, entrego esta mañana el último cáncamo pro bono que me quedaba por hacer en "el Ayuntamiento".
Se acabó, soy libre.
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