He tenido últimamente dos conversaciones interesantes, ambas sobre el tiempo, ambas girando alrededor de la frase "no tiene tiempo".
La primera de ellas fue hablando con una clienta, que discutía conmigo sobre las alturas aprobadas en la licencia y la posibilidad de modificarlas (ilegalmente, claro está), poniendo como justificación recurrente la opinión de una amiga arquitecta. Ya, harto de escuchar lo mismo, le pregunté ¿pero quién es esa arquitecta de la que hablas? Una amiga en la que confío, respondió, poniéndome en bandeja mi respuesta: ¿y cómo es que este trabajo no se lo encargaste a ella? Es que no tiene tiempo, me dijo. No tiene tiempo para encargarse del proyecto pero sí para opinar.
Por cierto, por una serie de circunstancias ajenas a este relato la clienta ha pasado a ser exclienta; ignoro si su amiga arquitecta le estará ahora echando una mano finalmente.
La segunda experiencia temporal ocurrió con un pariente cercano ingresado en una residencia de ancianos, o como llamen ahora a estos tristes centros, por otro lado tan necesarios. Mi tío, que tiene dos hijos, no se habla con una y recibe esporádicamente la visita del hijo, cada fin de mes, según me cuenta: es que no tiene tiempo, me dijo el otro día sin que yo le preguntara cómo es que no se acerca verlo más veces viviendo en el sur de la isla. Excusatio non petita..., pensé.
Seguro que Einstein tendría algo que decir sobre esto de la falta de tiempo.
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