El clasismo dice que los racistas son siempre los pobres porque es ignorancia y no ideología. Qué más quisiera.
Najat El Hachimi, 03.04.2026
Los racistas siempre son esos descerebrados que gritan cánticos idiotas desde las gradas, esos que no ven en el espejo que son más moros que rubios noruegos. Ocho siglos de presencia musulmana en España bien que debieron dejar algún que otro rastro genético, pero el que se cree distinto del musulmán que no bote también vive en la fantasía de la pureza racial. “El problema no es que vinieran; es que luego se quedaron”, me soltó una vez un escritor justo antes de entrar a compartir mesa en un festival literario de enorme prestigio. Con el pelo más oscuro que el de todos mis abuelos juntos y la tez aceitunada, se expresó así en una catedral del debate intelectual. Y se quedó tan ancho. El clasismo dice que los racistas son siempre los pobres porque es ignorancia y no ideología. Qué más quisiera.
Me hubiera gustado que así fuera el otro día, cuando decidí pasar un rato en la zona de aguas de un gimnasio carísimo de la parte alta de Barcelona. Justo cuando estaba a punto de meterme en la piscina de burbujas, el único señor que ya estaba dentro se dirigió a mí con esa insolencia que solo tienen los hombres que no han limpiado un váter en su vida. “Te tienes que duchar”, me dijo. Y en vez de mandarlo a la mierda, me comporté como una buena ciudadana y le dije que ya venía limpia. Me hablaba en castellano forzado, gritando y despacio. Así se les habla a los salvajes y primitivos en los barrios ricos de mi ciudad. “¿Quieres tocarme para comprobar que estoy mojada?” No entendió la ironía, claro.
Tendría que haberle dicho que tenía una venérea, a ver si así se iba él y yo podía disfrutar del agua. Te llaman sucia, asquerosa, repugnante e infecciosa para que te vayas de los sitios en los que creen que no deberías estar. Vino al cabo de un rato, a hablarme en ese castellano para inmigrantes. Yo le respondí en el catalán con más vocales neutras y eles geminadas del que fui capaz para decirle que la mugre que él daba por sentado que cubría mi piel solo porque es más morena que la suya puede quitarse con agua y jabón, pero que su repugnante y enquistado prejuicio no se va ni con agua hirviendo ni con el desinfectante más potente. Entonces empezó lo típico cuando los racistas se encuentran con alguien que les planta cara: la negación, las acusaciones de paranoia. “¿Prejuicios yo? ¡Ninguno! Però què dius? Es que no sé si te has duchado o no. Bueno, bueno, no te lo tomes así y perdona si te he molestado". No señor, no me ha molestado que me llame sucia asquerosa. No es la primera vez ni la última. Por suerte, hace ya tiempo que sé que la roña está en sus ojos y no en mí, que el asqueroso es usted, el racista civilizado.
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