lunes, 20 de octubre de 2025

EL HOTELITO


Residencia para mayores, para la 3ª edad, para jubilados... Un asilo. Deprimente donde los haya, para ricos y pobres, concertados o completamente privados, con jardines o sin ellos, con vistas o encerrados en sí mismos; todos asilos para viejos. Dependientes y no dependiente, a merced de un personal amable o solícito, déspota y antipático, que de todo hay en la viña del Señor, antaño y ahora, por los silos de los siglos, amén.
 
Semana pasada, 17:00h. Subo en moto a una de las residencias de ancianos de renombre, una con vistas espectaculares sobre la ciudad y el mar, de esas que se nombran siempre como "una de ricos". La misma, sí.
 
Estas palabras van dirigidas a los que nunca han tenido que visitar ninguno de estos lugares, ya sean de ricos o de pobres: mi enhorabuena. Se han librado de una experiencia desagradable y triste donde las haya. Eviten, mientras les sea posible, mirar al espejito de la malvada madrastra de Blancanieves, no les va a gustar lo que ven. Por mucho oropel, orden y concierto, el olor a lejía, a tristeza, a soledad no se va nunca de la nariz una vez se ha impregnado, y créanme que lo hace.
 
Vuelvo a mi visita, 17:00h como decía. Aparco la moto después de pasarme la entrada del edificio, presiono el timbre y entro a un gran hall donde una señorita me hace las preguntas de rigor: a quién viene a visitar, si soy familiar, etc., además de darme un código de 6 cifras para que pueda subir a la planta donde está "mi pariente", código que olvido ipso facto, ¡qué necesidad! La señorita, con ínfulas de enfermera, me acompaña al ascensor y es ella la que pulsa el arcano código y el piso 7º - son varios pisos, mejor en ascensor, me indicó cuando le pregunté si podía usar las escaleras que no tenían código de uso-, adonde llego raudo pues el embarque había sido en el piso 4º; en fin...
 
Salgo a un pasillo para encontrarme a una enfermera que me lleva a una gran terraza cubierta, con vistas al mar y un antepecho tan alto que dudo mucho que los "residentes" puedan ver algo, menos si vas en silla de ruedas. Allí, sentado en una mesa de plástico cochambrosa, estaba "mi pariente" leyendo tranquilamente un libro gordo (de Historia, resultó ser). ¡No te levantes! La mano, un medio abrazo dada la diferencia de altura, y me siento frente a él para darle algunos regalos que llevaba conmigo. 
Conversamos largo y tendido, la verdad es que la visita se hizo tan corta como amena. Me contó el periplo al entrar, los días que llevaba, la "idiosincrasia" del lugar y sus moradores, el funcionamiento del comedor, la tele, las horas de lectura, las horas muertas, el trato recibido, etc. Y he aquí que en medio de la agradable conversación aparece una pareja de la Guardia civil vestida de enfermeras que me dicen: 
> Se tiene que ir, ya pasó la hora de visitas.
> ¡Oh!, perdón, pensé que era hasta las siete.
> No, es hasta las 6.
> Perdón, perdón, ya me voy. Pero ¿no es muy corta la visita? Sólo una hora... 
> Puede venir por la mañana, de once a una, dos horas.
> Sí, bien, pero el problema es que por la mañana estoy trabajando, y claro, es difícil.
Fin de la conversación. No te preocupes, le dije a mi tío, mejor no enemistarse innecesariamente con la Gestapo, las normas están para cumplirlas. Intentaré volver la semana que viene y terminar la conversación sobre Spinoza, si te parece bien.
 
¿No les parece que una hora por la tarde es muy poco tiempo para visitar a alguien que pasa su vida en un lugar como éste? Como mi experiencia en este tipo de hotelitos, nada que ver con los que uno encuentra en la Costa Azul o en las costas griegas, es más bien escasa, ignoro los horarios normales, pero el sentido común me hace pensar que las visitas de familiares y amigos suelen ser de lo más entretenido que les sucede y siempre las agradecen. Pero claro, es sólo mi opinión.
En cualquier caso, espero no verme ni allí ni en un lugar parecido. Para eso, por si fuera necesario porque nunca se sabe, tengo mi bote de pastillas que acaban en zepan, que reúno y atesoro, y alguna ventana alta a la que también le he echado el ojo. Dicen que más vale prevenir, ¿no es así?  
 
¡Feliz comienzo de semana! 
Ives Montad, *Les feuilles mortes.

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