jueves, 15 de mayo de 2025

MIRAR AL CIELO (Y APAGAR EL MÓVIL)

Ayer se me fue el santo al cielo mirando al ídem, sentado en el asiento trasero del coche mientras nos llevaban a casa tras recogernos en el aeropuerto. Miraba el cielo azul con sus nubes blancas e imaginaba una cámara con desplazamiento único hacia arriba y hacia abajo. Entonces me vi absolutamente insignificante, alguien con una vida con tan poca importancia que fui consciente de la posibilidad de la cámara, dirigida hacia el cielo, de girar hacia el suelo y verme ahora, o hace 40 años, o 100, 500, siglos. Si esto fuera posible, ¿qué importancia tendría nuestra existencia? Ninguna. 

Comenzaban mis vacaciones a las 8 de la mañana, hora en la que despegó el avión sin retraso alguno, cosa muy rara a día de hoy. No hubo "llegada tarde del avión anterior", ni "causas operativas u operacionales, que tanto da, ni siquiera un retraso sin justificación, el más normal de todos. No, salimos en hora y al aterrizar y desconectar el modo avión del móvil comenzó la cascada de whatsaaps y de avisos de llamadas perdidas. Trabajo, más trabajo; concejales, compañeros, administrados... ¿La solución? La sé, palabra de (no) boy scout: a) tirar el móvil contra un muro; b) apagarlo; c) meterlo en una bolsa de plástico, apagado, y dejarlo dentro de una jarra de agua hasta el final de las vacaciones; d) la mejor de todas, cambiar de móvil a uno sin conexión a Internet. He aquí la respuesta a Hamlet, ésta es la cuestión, esa es.

¿Cómo desconectar de las responsabilidades profesionales, muchas autoimpuestas -uno intenta ser serio en su trabajo-, otras tantas obligadas, si el martilleo constante en la cabeza no se detiene ni siquiera durante unos pocos días de vacaciones? La posibilidad de no tener un smart phone la sopeso tanto como la de dejar de comer pescado, ambas ya con grandes posibilidades. El móvil ha logrado que acabemos desprendiéndonos de la poca libertad tangible de la que disfrutábamos. No sólo no somos libres sino que estamos expuestos a que cualquiera sepa lo que hablamos, lo que decimos, lo que dijimos, lo que queremos, lo que haremos, a quién queremos o a quién odiamos. Y además lo vemos como algo natural, no nos echamos las manos a la cabeza al leer publicados los antiguos mensajes privados del Presidente del Gobierno, por ejemplo. Todo vale, no pasa nada. 

¿No será el momento oportuno para volver a abrir los cuadernos de claves y así enviar mensajes cifrados siempre? Así, un sencillo "¿quedamos para cenar el martes a las 9?" podría enviarse por whatsaap de esta manera"¿echamos de comer a las gallinas el día de la guerra, cuatro después del té?". Todos estaríamos más seguros, ¿o no?

Con los maravillosos auriculares con cancelación de ruido para no escuchar a Ana Rosa, casposa donde las haya, imagino ahora a la cámara bajando de las nubes lentamente para encontrarse con el mismo horizonte pero en otra época, sin televisión ni teléfonos móviles.
Annie Lennox, *No more "I love you's".

No hay comentarios: