Tuvo lugar ayer una "conversación" interesante por whassap, siempre compleja porque no se ven las caras y lo escrito no siempre se lee como se debe, he ahí la magia de la escritura. El tema, ¡cómo no!, la guerra de Gaza, la sangrienta guerra. Aporte de datos históricos, de hemeroteca, de fresquísima actualidad; noticias que nos llegan, manipuladas todas posiblemente, incluso desde periódicos de allá para que uno pueda montar su puzzle y compartirlo, que es lo que al final hacemos todos, libre de proselitismo (así lo quiero entender). Este tipo de conversaciones acaba siendo como predicar en el desierto, pocas personas opinan, es más sencillo verlo desde lejos, como si de un espejismo se tratara, no vaya a ser que... Menos mal que Nadal lo logró, finalmente aparecieron opiniones al respecto de su homenaje en Roland Garros, incluso de aquellos que son mudos profesionales, los mismos que al cruzarte con ellos en mitad de una escalera ignoras si suben o bajan. Menos es nada.
Recuerdo en mi juventud y adolescencia hablar mucho con mi hermano -yo soy únicamente dos años mayor- sobre la actitud ante un tema espinoso en concreto, es decir si hablar de ello o dejarlo pasar. Siempre me maravilló su posición, era capaz de escuchar una discusión sobre un tema y no abrir la boca. El que no habla no se equivoca, está claro; para mi era imposible, siempre acababa metiéndome en la conversación, no podía quedarme callado. Posiblemente él sea mucho más inteligente que yo, incluso más feliz. No lo dudo. Pero somos como somos, c'est la vie!
Por último, leo una interesante entrevista al escritor suizo Jöel Dicker, donde le preguntan por el éxito. Él responde que su definición de éxito tiene que ver con sus hijos y las personas a las que ama, no con el número de libros vendidos o si tiene un deportivo. ¡Olé! Todavía hay esperanza.
PD. Hoy es el primer día del experimento, de varios. En principio comienzo por reducir al 50% la sacarina.
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