Ni contra el turismo, ni contra nadie: es por Canarias
Duele. Leer que la manifestación del 18M era “contra el turismo”, duele de verdad.
Porque es mentira. Y porque lo saben.
Con asombro, y también con estupor, he visto cómo algunos titulares y comentarios han querido reducir el grito de un pueblo a una consigna hostil. Se nos ha acusado de ser antiturismo, como si Canarias, que ha sido durante décadas anfitriona del mundo, se hubiese vuelto de pronto mezquina, ingrata, cerrada.
Nada más falso.
Los más de dieciséis millones de turistas que recibimos cada año no son nuestros enemigos. Pero esa cifra obliga a pensar.
Canarias tiene algo más de dos millones de habitantes y apenas siete mil quinientos kilómetros cuadrados de superficie.
En proporción, es como si cada canario tuviera que convivir con siete visitantes al año. No de forma repartida y amable. Sino concentrada, acelerada, sin pausa.
En algunas zonas, la densidad diaria en temporada alta supera los diez mil turistas por kilómetro cuadrado. ¿En qué otro lugar del planeta se le exige tanto a tan poco espacio?
No es una protesta contra el que llega. Es un grito desesperado por los que aún resistimos aquí.
El turismo que defendemos no es el del todo incluido que no deja ni una mirada. Ni el del alquiler voraz que vacía barrios y borra raíces.
El senderista que aprendía a decir guachinche está siendo sustituido por el bebedor de cubos de plástico fluorescente.
El viajero que subía al Roque a contemplar los riscos ha sido desplazado por la fiesta exprés sin pausa ni conciencia.
¿Dónde quedó ese turismo que nos miraba a los ojos?
El modelo actual no premia el valor, sino la cantidad. Se abarata la experiencia para llenarlo todo. Y al hacerlo, también se abarata la vida de quienes aquí intentan seguir viviendo.
La vivienda vacacional se ha convertido en una trampa. No hablamos del pequeño propietario que alquila unos días al año. Hablamos de miles de personas que compran casas solo para alquilarlas, expulsando a los canarios del mercado inmobiliario.
Ciudades y pueblos enteros están siendo desmantelados por dentro.
La gente trabaja aquí, pero ya no vive aquí.
¿Cómo se mantiene una economía donde los camareros no pueden alquilar una habitación?
¿Cómo se levanta una sociedad si el panadero, la enfermera, el maestro o el joven que empieza no pueden pagar un alquiler?
¿Cómo se accede a un empleo cuando ni siquiera hay techo donde dormir?
Esto no es contra el turismo. Es contra la injusticia.
Es contra el abandono político que ha permitido que la vivienda se convierta en mercancía, mientras cientos de familias se quedan sin opción.
Es contra la presión desmedida sobre recursos finitos como el agua, la energía o los paisajes.
Es contra el espejismo de la riqueza que deja migajas a los de abajo y privilegios a los de siempre.
Es contra la invisibilidad de un pueblo que sigue sonriendo para la foto, mientras por dentro se desangra.
La manifestación del 18M no fue una rabieta. Fue una declaración de dignidad.
Amor por lo propio. Por las madres que ya no pueden volver al barrio donde nacieron. Por los hijos que no podrán vivir cerca de los suyos. Por los pueblos donde ya no se oye el acento de siempre.
Nadie aquí odia al turista. Pero sí tememos perder lo que somos.
Y sí, nos duele que, mientras servimos desayunos en bufés ajenos, no podamos calentar café en nuestra propia cocina.
Sí, nos duele ver cómo todo sube, menos los sueldos.
Sí, nos duele que cada año el paraíso se vuelva más propiedad de otros.
Canarias no está en contra del turismo. Pero este modelo turístico sí está contra Canarias.
Éste no es un no al visitante. Es un sí a la vida. A la tierra. A la dignidad.
Porque si no defendemos hoy nuestro hogar, mañana ya no tendremos casa. Sólo decorado.
Si no cambiamos el rumbo, aquel paraíso que una vez recibió viajeros con alma terminará convertido en un escaparate vacío, donde ya no quede ni quien lo habite, ni quien lo recuerde.
Gracias por leerme,
Carlos Jesús Pérez Simancas









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