lunes, 29 de septiembre de 2025

SEP-2025. CRÓNICA IV: ATENAS


ΕΓΩ ΑΘΗΝΑ

En Atenas te sientes en casa, la cadencia de su idioma es tan similar al castellano que, a pesar de no entender nada, parece que sí lo haces. La gente es amable, su luz es maravillosa, sus barrios residenciales apacibles y su comida rica rica: berenjenas de mil formas, hojas de parra rellenas de arroz, ensalada griega con queso feta, alubias gigantes, setas...
 
Era ésta nuestra segunda visita a la ciudad y nos volvió a enamorar. Desde el magnético cambio de guardia en el Palacio del Parlamento en la Plaza Sintagma, el bullicio de Plaka, Monastiraki y aledaños, los barrios Pangrati, Lycabetttus o Paleo Faliro, todo respira vida.
Es ésta una ocasión perfecta para releer a Petros Márkaris y su "Póxima estación, Atenas". El autor se lleva al lector consigo y lo acompaña por la ciudad, siguiendo la línea más antigua de metro de la capital griega. Es un viaje por todos los estratos sociales: desde la ciudad portuaria del Pireo hasta el centro, y de allí, a través de los barrios más pobres, a la noble Kifisiá. Como en una máquina del tiempo, el pasajero viaja a la Antigüedad, a pleno siglo xix y al presente; y si quiere huir del ajetreo, encuentra, bajo la guía experta de Márkaris, rincones escondidos donde el tiempo parece suspendido. (Casa del Libro).

En esta ocasión cambiamos la ubicación del hotel, esta vez un apartamento, y nos quedamos en Pangrati, Archelaou 15, una calle animada con restaurantes y cafés donde pudimos disfrutar su gastronomía. Muy cerca del restaurante donde comimos hace un par de años, en nuestra primera visita a la ciudad, repitiendo en en este viaje. Fue un momento emotivo porque nos llevó nuestro amigo Nico, el mejor pigmalión y cicerone que alguien puede tener en Grecia, y en esta ocasión no pudimos disfrutar la comida con nuestros amigos del viaje anterior; no obstante, los cinco dimos buena cuenta de ella y brindamos por los ausentes como no podía ser de otra manera.
Στην υγειά μας!   

  

Atenas está llena de terrazas, en sus calles y en sus edificios. Allí no ha llegado la horrorosa moda de cerrar los balcones y terrazas con aluminio, de manera que se multiplican los toldos y los edificios respiran luz y conexión con el exterior. Vegetación por todos lados formando parte del propio urbanismo y de las construcciones que se mezclan con todo, empezando por las construcciones antiguas. Pasear por sus calles supone encontrar sorpresas en cada esquina, grandes palacios y villas, edificios con interminables terrazas, mármol, jardines, calles anchas y más estrechas a medida que te acercas a Plaka, y La Acrópolis que sirve de faro cuando caminas, más de noche, donde su silueta iluminada es una visión fantástica.

Uno no se puede hacer una idea del tamaño de la ciudad, ni siquiera cuando la atraviesa desde el aeropuerto Eleftherios Venizelos (Διεθνής Αερολιμένας Ελευθέριος Βενιζέλος), hasta que sube a la colina Lycabettus. La vista es absolutamente impactante.





La mañana muy ventosa no invitaba a pasar mucho tiempo en la colina, pero así y todo el paseo hasta arriba -en funicular- y desde la cima hasta abajo, dando un paseo, se hace imprescindible. Tras el calor infernal de Malta y algo menos en Nápoles, Atenas nos recibió con unos 25° de máxima que nos hizo la estancia más que agradable. Una gorra para resguardarnos y algo de crema solar fue suficiente. Al bajar de Lycabettus nos encontramos con un paseo y una arboleda donde habían colocado unas preciosas casitas para pájaros (creo que un arquitecto amante de las aves debía vivir en el vecindario).










Atenas es más que Plaka, aunque aquí saboreas el ambiente de la ciudad (lástima, como siempre, la cantidad de turistas); sus calles y avenidas están llenas de vida y de luz, de interesantísima arquitectura residencial, de terrazas, de cafeterías y restaurantes, de mesas para sentarte a beber un fredo capuccino. Qué placer sería sentarse en una de tantas a leer un buen par de horas, bajo la sombra de sus árboles y escuchando el trinar de los pájaros. La ubicación de nuestro apartamento hacía que caminásemos todos los días descubriendo nuevos recorridos, nuevas calles, nuevos ambientes. Las visitas que habíamos programado se cumplieron todas sin problema, salvo el museo de Museo de Arte Moderno de Atenas (Mueso Gouylandris), que al llegar descubrimos que cerraba los martes y ése era nuestro último día en la ciudad. Perfecto, pensé, el que no se consuela es porque no quiere, otra razón para volver a Atenas.









La luz griega.
Desde la Antigüedad, muchos viajeros y escritores han hablado de la luz en Grecia como más clara, blanca o pura. Pausanias, los poetas románticos del XIX y hasta arquitectos modernos como Le Corbusier mencionan esa cualidad luminosa casi mística, ligada al mar Egeo, el mármol y la sequedad del clima. Se construyó una especie de “mitología de la luz griega”, asociada a la forma en que revela con nitidez la arquitectura clásica y el paisaje.
La blancura de la luz tiene una base física: atmósfera seca y transparente: Grecia tiene baja humedad relativa y escasa polución atmosférica (comparada con el centro de Europa, por ejemplo); alta reflectancia: el mármol claro, las superficies encaladas y el mar multiplican la reflexión de la luz solar; latitud y ángulo solar: situada entre los 34° y 41° N, recibe un sol más vertical que en el norte de Europa, con mayor intensidad y menor filtrado atmosférico. Todo esto produce un espectro lumínico con menos dispersión y, en efecto, una sensación de luz más blanca y contrastada.

























Visitamos La Acrólpolis, por supuesto, en horario de tarde; entramos a las 17h. Nuestro amigo griego nos recomendó que huyésemos de la hora de los cruceros, es decir cuando los cruceristas toman la ciudad de 9 a 17h y lo visitan todo, de manera que, aunque había gente, pudimos disfrutar de la maravillosa arquitectura hasta la puesta de sol cuando, literalmente, nos "invitaron" a salir del recinto unos guardias con una campanita y/o silbato en ristre que no dejaban de usar. Fue ese nuestro penúltimo día, una tarde despejada, sin nubes, con una temperatura estupenda y sin viento, más que apto para pasar unas horas en ese mágico lugar.
La Acrópolis de Atenas es el conjunto monumental más importante de la Grecia clásica y uno de los símbolos universales de la civilización occidental. Se alza sobre una colina rocosa a unos 150 metros de altura, dominando la ciudad. Su construcción principal se desarrolló en el siglo V a. C., durante la época de Pericles, tras las Guerras Médicas. Fue concebida como centro religioso dedicado a Atenea, diosa protectora de la ciudad. Los edificios más destacados son:
- El Partenón: templo principal, obra maestra de la arquitectura dórica, consagrado a Atenea Partenos.
- Los Propileos: monumental entrada a la Acrópolis.
- El Erecteion: famoso por el pórtico de las Cariátides.
- El templo de Atenea Niké: pequeño templo jónico dedicado a la diosa de la victoria.
La Acrópolis no solo tuvo un papel religioso, sino también político y cultural, representando el esplendor de la Atenas democrática. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y uno de los destinos turísticos más visitados del mundo.

















Antes habías vuelto al Museo de la Acrópolis, esa joya del arquitecto suizo Bernard Tschumi en colaboración con el griego Michalis Photiadi (Tschumi se hizo mundialmente famoso por su "parque de La Villette", en París). El museo, inaugurado en 2009, emplazado en el barrio de Makrygianni, se proyecta en un diálogo visual con la Acrópolis y las excavaciones arqueológicas, siendo el último nivel, la Galería del Partenón, un prisma girado y diáfano para alinearse con el propio Partenón. Esta Galería exhibe los frisos en su disposición original, con copias de las piezas que están en Londres. El museo se levanta sobre restos arqueológicos (un barrio ateniense de época clásica y bizantina), que pueden verse gracias a los suelos acristalados. Este edificio se construye para albergar la colección del antiguo museo, utilizado por los países expoliadores (lésase Gran Bretaña) para justificar que las piezas expuestas en otros museos no podían volver a Grecia dadas las precarias instalaciones para albergarlos. Ahora, ya sin argumentos, siguen haciéndose los remolones como buenos ladrones. El museo muestra en un área preeminente las Cariátides auténticas (las que se hayan en La Acrópolis son copias para preservarlas) que conforman un espacio único y donde falta una de ellas, actualmente en el Museo Británico.
El museo reúne los hallazgos de la Acrópolis desde la prehistoria hasta la Antigüedad tardía, pero su fuerza reside en la museografía que integra arquitectura, arqueología y paisaje: un espacio contemporáneo que no compite con el monumento, sino que lo prolonga en clave actual. 

Así, el edificio se ha convertido en una referencia para el debate sobre los museos de sitio en el siglo XXI. Frente al riesgo de monumentalidad excesiva en un contexto tan cargado de historia, la propuesta apuesta por la transparencia, la diafanidad estructural y una relación constante entre interior y exterior. El uso del vidrio y el hormigón no pretende competir con la Acrópolis, sino crear un soporte neutro que enfatice la materialidad de las piezas. Su recorrido ascendente narra de forma progresiva la historia de la colina, culminando en la sala superior: un volumen girado y acristalado que reproduce las proporciones del Partenón y orienta su mirada hacia él. Este gesto, de una literalidad deliberada, ha generado críticas y elogios: para algunos, se trata de un recurso eficaz que otorga contexto al friso; para otros, roza lo didáctico en exceso. El edificio articula además la relación entre pasado y presente a través de su cimentación: los pilotes elevan la masa del museo para liberar y hacer visitables los restos arqueológicos bajo la cota cero, subrayando que la construcción contemporánea no borra, sino que revela las capas históricas del lugar. En síntesis, no es sólo un contenedor de esculturas, sino un manifiesto arquitectónico sobre cómo el presente puede relacionarse con un patrimonio universal. Su claridad compositiva, su rigor museográfico y su voluntad de diálogo lo sitúan en el centro de la discusión sobre arquitectura, memoria y contemporaneidad.



















































No cabe duda de que para un arquitecto viajar a Atenas es una inyección de todo, arte, optimismo, vuelta al romanticismo de la profesión, una pincelada del síndrome de Stendhal, un refuerzo a mi casi perdida vocación, en definitiva el maná del alma.   
La segunda de nuestra tardes en Atenas la pasamos de visita al Centro Cultural de la fundación Stavros Niarchos (SCFCC), inaugurado en 2016 y proyectado por Renzo Piano, emplazado en la bahía de Faliro, a unos 4 km al sur del centro de Atenas. Su concepción va más allá de un edificio: es un paisaje cultural que combina arquitectura, espacio público y ecología. Al sur de Atenas, donde la ciudad empieza a abrirse hacia el mar, el Centro Cultural Stavros Niarchos aparece como una colina cultivada que asciende suavemente hasta un mirador desde el que se abrazan a la vez la Acrópolis y el Egeo. A sus pies, un parque mediterráneo de olivos, laureles y pinos ofrece sombra y recorridos tranquilos, mientras un canal rectilíneo refleja la luz cambiante del cielo y devuelve a la capital un gesto hacia el agua.
En torno a una gran plaza pública, concebida como ágora contemporánea, se alzan los volúmenes diáfanos de la Biblioteca Nacional y la Ópera de Grecia, unidos bajo la extensa cubierta solar que flota como una vela ligera. Más que un edificio, el conjunto es un paisaje cívico: un lugar donde naturaleza, cultura y ciudadanía se entrelazan en una nueva centralidad para la vida ateniense. 

La visita duró varias horas; podríamos haber estado allí cada una de las tardes, se trata de un espacio absolutamente fantástico, consolidado como uno de los nuevos polos urbanos de Atenas, un lugar donde cultura, paisaje y ciudadanía confluyen en una infraestructura cívica que refuerza la dimensión pública de la arquitectura contemporánea.
El conjunto consta de lo siguiente:
- Parque: ocupa cerca de 21 hectáreas y se organiza como un parque mediterráneo, con olivos, laureles y plantas autóctonas. Funciona como transición entre la ciudad y el mar, y ofrece paseos, áreas de descanso y miradores.
- Canal/lago artificial: un canal lineal de 400 metros, paralelo al edificio, evoca la relación perdida de Atenas con el agua. Es al mismo tiempo espacio de recreación, espejo de agua y soporte para actividades náuticas ligeras.
- Plaza central: gran explanada pública, concebida como ágora contemporánea, donde se celebran conciertos, proyecciones y eventos colectivos.
- Edificios: el complejo alberga la Biblioteca Nacional de Grecia y la Ópera Nacional de Grecia, unidas bajo una cubierta común. La ópera dispone de dos salas (1.400 y 400 plazas) para repertorio clásico y contemporáneo. (Desgraciadamente no pudimos visitar el interior de este edificio y no coincidimos con la temporada de ópera. En otra ocasión, espero). La biblioteca se concibe como un espacio abierto, con salas de lectura transparentes y luz natural.
- Morfología arquitectónica: el conjunto se integra con la topografía artificial de una colina que asciende hasta una terraza panorámica con vistas a la Acrópolis y al mar. La cubierta fotovoltaica —una gran “vela” ligera de acero— suministra buena parte de la energía del complejo.
Las fotografías lo cuentan todo y ya se sabe que una imagen...





































El viaje se acababa y ya teníamos que despedirnos de Atenas. Con la música de Nino Bravo en mi cabeza ("Esa será mi casa"), dimos nuestros últimos paseos visitando iglesias -la Catedral Ortodoxa-, el Museo de la Guerra, que más que bélico es un fantástico museo de historia, y nos despedimos de Nico en una tarraza del barrio tomando café y comentando las bondades del viaje, todas. 
¡Hasta la próxima!





































Nino Bravo, *Esa será mi casa.

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