Nada más decir Pompeya nuestra imaginación vuela y traemos a nuestra mente los frescos y las figuras muertas en posiciones de lo más cotidianas. Y sí, eso es Pompeya. Y más, por supuesto.
Veamos, para abrir boca, unas pocas notas sobre la ciudad:
Pompeya fue una próspera ciudad romana situada cerca de la bahía de Nápoles, importante centro comercial y cultural, famoso por sus villas, templos y vida urbana activa. En el año 79 d.C., el volcán Vesubio entró en erupción de manera repentina. Una lluvia de cenizas, piedra pómez y gases tóxicos cubrió la ciudad en pocas horas. Muchos habitantes murieron asfixiados o sepultados, y Pompeya quedó enterrada bajo varios metros de material volcánico. La ciudad permaneció oculta durante siglos, hasta que fue redescubierta en el siglo XVIII. Las excavaciones posteriores revelaron calles, casas, frescos y objetos congelados en el tiempo, lo que convirtió a Pompeya en un testimonio único de la vida cotidiana en la antigua Roma.
Comenzó el día dando un corto paseo desde nuestro Hotel Casanova, la joya de la corona napolitana, hasta la Estación Garibaldi. Allí buscamos la garita para los tickets del tren (los de la visita ya los habíamos comprado con anterioridad) y, una vez resueltos los billetes, desayunamos de manera frugal antes de entrar en el tren que nos llevaría a la estación Pompei Scavi-Villa dei Misteri, donde canjeamos los tickets y entramos en el complejo sin mayor problema. Fuimos temprano con la intención de encontrar menos gente (ChatGPT dixit), pero turistas había y muchos que debieron pensar lo mismo que nosotros.
El sitio es enorme (unas 66 hectáreas excavadas, aunque aún queda parte sin desenterrar), por lo que la visita dura varias horas si no quieres perderte nada. La restauración continua permite entrar a nuevas casas y edificios que van reabriendo al público. Además, la visita está acompañada de paneles explicativos, rutas temáticas y hasta experiencias de realidad aumentada que ayudan a imaginar cómo se veía la ciudad en su esplendor.
Caminar por Pompeya hoy es lo más cercano a viajar en el tiempo a una ciudad romana del siglo I, con la posibilidad de experimentar tanto lo monumental como lo íntimo de la vida cotidiana.
La visita fue muy interesante, encontrándonos entre las ruinas arqueológicas, más o menos conservadas, calles empedradas con las huellas de los carros y las piedras elevadas que servían de pasos de peatones, el Foro romano, la plaza central donde se concentraba la vida política, religiosa y comercial, rodeada de templos y edificios públicos; casas privadas (domus) con frescos y mosaicos intactos, como la Casa del Fauno que conserva una sala decorada con escenas enigmáticas del culto dionisíaco. Así como termas públicas, espacios de baño y socialización con estructuras de calefacción subterránea (hipocaustos), teatros y anfiteatro, donde se realizaban representaciones teatrales y combates de gladiadores, tabernas, panaderías y talleres, con hornos, molinos de piedra y ánforas, que muestran la vida cotidiana. Jardines y huertos reconstruidos, que permiten imaginar el aspecto verde de la ciudad y, por último, también se pueden ver restos humanos y animales petrificados, moldeados en yeso a partir de los huecos dejados en la ceniza volcánica en las últimas horas de los habitantes.
Una experiencia imprescindible para poder hacerse una idea aproximada de cómo vivían los pompeyanos en aquella época.
Como siempre, si les gusta el cine "histórico" tipo péplum, no dejen de ver "Pompeya".











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