Me gusta todo de ti,pero tú no.Tú no.
Nápoles, nuestra segunda etapa de estas vacaciones.
Nápoles.
Ciudad de la que se ha dicho de todo: vibrante, llena de vida, caótica, con carácter, milenaria, pintoresca, ruidosa, intensa, sucia pero encantadora, peligrosa, elegante y desordenada.
Nápoles.
Nada más empezar a escribir la crónica me viene a la cabeza la canción de Serrat, no se me va. De la ciudad te fascina su arte, su bahía, el Vesubio, sus calles estrechas, su bullicio, su comida, sus ruinas griegas y romanas, sus castillos medievales, sus iglesias barrocas y palacios renacentistas, su grandiosa arquitectura... Pero ¿me gustó Nápoles? No, me temo que no. Como la canción, tal cual.
La llegada a Nápoles fue por la noche, en taxi desde el aeropuerto hasta el hotel.
El hotel.
De nombre "Casanova", esperábamos a que la recepcionista, una señora de cierta edad muy sonriente, despachara a una parejita a la que preguntaba si querían la habitación para toda la noche o sólo para un par de horas; Casanova+picadero, empieza bien la cosa. Identificaciones, algo de palique en italianoespañol o viceversa, parejita que debe esperar -nosotros debíamos ser clientes VIP, ¡5 días completos!- y subida a la primera planta de nuestro Hilton particular para enseñarnos las habitaciones. Pequeñas pero limpias, poco más que contar.
Hotel infame en barrio a la altura. Mea culpa, me temo. Aunque el lugar no estaba realmente lejos del centro y a tiro de piedra de la estación, de noche digamos que no apetecía mucho pasearlo (bueno, de día tampoco).
Caos en nuestra pequeña Comunidad del Anillo.
Que si nos cambiamos de hotel, que si esperamos a que salga el sol, que si nos movemos más al centro, bla bla bla. La cordura llegó y tomamos la decisión de seguir en la habitación asignada.
Finalmente, la estancia no estuvo tan mal, a pesar de los pesares. Entre alguna caminata y un par de UBER la cosa acabó funcionando sin mayor problema. Por otro lado, la visita a Pompeya nos quedaba muy cerca del hotel al coger el tren en la estación Garibaldi, a una manzana en nuestro emplazamiento. Posiblemente haya sido éste uno de los peores hoteles donde me haya quedado en mi vida, pero al menos puedo decir que estaba limpio, que ya es algo. De hecho esto sirvió para que cuando la web donde organicé el viaje me pidió una crítica para publicarla no fuera demasiado duro. El cuadro en relieve, de escayola policromada y en relieve, colocado sobre el habitáculo de la recepción era ya toda una declaración de intenciones.
Primera noche superada, nos esperaba nuestro primer día en la ciudad. Buscamos una cafetería que sería la de referencia el resto de mañanas y desayunamos sendos cruasanes y una napolitana sin crema (no recuerdo cómo llamaban al pequeño bollo) con sus respectivos cafés que suponen toda una odisea porque para el napolitano el café es el que es y nada que se salga de su costumbre existe o tiene nombre. Aun así sobrevivimos al desayuno y éste sería el recurrente cada día.
Accedimos al centro tras una buena caminata por la Corso Uberto I hasta llegar al puerto de los cruceros, la Piazza Municipio, el Castel Mascio Angioino, el Palazzo Reale, la Piazza Plebiscito y toda esa zona de la costa napolitana. Tuvimos también nuestra primera comida decente; nos sentamos en un restaurante de barrio donde compartimos el menú con un grupo de italianos que parecían disfrutar la comida tanto como nosotros.
Preciosas las vistas de la bahía, con la isla de Capri enfrente y el Vesubio flanqueándola. Su grandiosidad se disfruta plenamente al acceder al Castel St. Elmo, visita que también hicimos dos días después.
La ciudad está llena de calles estrechas y "pintorescas", repletas de tiendas y gente y ¡Maradona! Maradona es ubicuo, hasta lo pintan con aureola en fachadas y medianeras de los edificios. Lo tienes en banderas, mosaicos, frescos, postales, camisetas, gorras...
El fútbol es omnipresente en Nápoles, no sólo Maradona. Rara es la calle o el comercio, sea gastronómico o de souvenirs, que no esté decorado de azul y blanco. Incluso calles con luces azules que te recuerdan que o estás con el Napoli o contra él. Hasta la guía que nos enseñó las cisternas bajo la ciudad acabó colando la celebración de no-sé-qué campeonato de fútbol que ganaron y que se celebró en la ciudad como el mayor acontecimiento del mundo.
Paseo por Via Toledo, Piazza e Iglesia de Gesú, cena napolitana en toda regla frente al obelisco y vuelta al hotel Casanova. Un largo día para imbuirnos completamente del espíritu de la ciudad-caos. El tráfico, inconmensurable, es tan desastre que no encuentro adjetivos suficientemente descriptivos que le hagan justicia, de manera que echaré mano aquí, al blog de JR CHAVES que explica lo del tráfico a la perfección.
Continuamos descubriendo la ciudad, sobre todo sus calles, su arte y su gastronomía. Visitamos las antiguas cisternas griegas y romanas que acabaron sirviendo de refugio a sus ciudadanos durante la 2ª Guerra Mundial, la Piazza Dante, la Iglesia de Santa Chiara con su maravilloso claustro de azulejos vidriados (majólicas) del siglo XVIII, siendo el monasterio de 1310 pero restaurado en la época barroca. Ese mismo día habíamos recorrimos la Piazza Plebiscito, la neoclásica Basílica di San Francesco di Paola, el Teatro di San Carlo, adonde iríamos por la noche a ver Tosca y por supuesto la Galería Umberto I.
Recorrimos también el Centro Storico con el Duomo como referencia, después de visitar con calma el Castel S. Elmo. Este día antecedió a nuestra visita a Pompeya (serla ésta la siguiente crónica), donde pasamos varias horas desde temprano y que supuso casi el final del viaje. Nos esperaban los últimos paseos, una cena cerca del hotel, frente a la Porta Capuana y nuestra ultima noche en el hotel Casanova, el de la ducha infame pero donde nos cambiaban las toallas todos los días.
La visita al castillos nos sorprendió no sólo por sus espectaculares vistas o la propia arquitectura fortificada sino por una estupenda exposición de arte moderno que siempre es un gusto visitar.
Continuamos visitando Santa Chiara y el Centro Storico...


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