jueves, 12 de diciembre de 2019

SOMEONE LIKE YOU

Van Morrison, *Someone like you.
Van Morrison, *In the garden.

ARTE URBANO

De paseo por La Laguna.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

BRUJAS



DE LOS COCHES MÁS BONITOS DE LA HISTORIA

Volkswagen Karmann Ghia

El Karmann Ghia (Tipo 14) fue un coupé 2+2 y un descapotable (convertible) de dos plazas comercializado por Volkswagen en el periodo comprendido entre 1955 y 1974. Ambas variantes diseñadas por Carrozzeria Ghia y ensamblados por la carrocera alemana Karmann.
Esta combinación proporcionó grandes éxitos a Volkswagen, de tal forma que su producción tuvo que ser duplicada al poco tiempo de su introducción al mercado,​ llegando a ser el Karmann Ghia el automóvil más importado en los Estados Unidos.​ El diseñador industrial norteamericano Walter Dorwin Teague seleccionó al Karmann Ghia dentro de su lista de los productos con diseño más bello en el mundo.​
En 1961, Volkswagen presentó al mercado una variante: el Karmann Ghia Tipo 34, únicamente disponible en coupé, con un estilo menos redondeado, basado en la mecánica del Volkswagen Tipo 3, mientras que en Brasil, en 1971 se introdujo otra variante exclusiva para América del Sur: el Karmann Ghia TC con una apariencia más acorde a la época.
Durante su periodo de producción, más de 445.000​ unidades del Karmann Ghia salieron de las líneas de producción de Osnabrück, en Alemania, mientras que de las líneas de Volkswagen Brasil salieron 41,600 unidades.

♪ LOS PECES EN EL RÍO ♫

miércoles, 11 de diciembre de 2019

HORARIO DE INVIERNO


Esto que se ve en la foto es justo lo contrario a lo que me encontré esta tarde al sentarme a trabajar en el despacho: cielo gris y oscuro, casi de noche, frío. Deprimente. Una tarde que llegas a casa exhausto, sin energía(s), con ganas de meterte en la ducha, de no pensar. Claro que uno lo que hace es lo contrario, pensar, y he ahí el quid de la cuestión. ¿Qué estoy haciendo?

MARAVILLOSO MIES

Neue Nationalgalerie / Mies van der Rohe. Berlín.








MERCADILLO DE NAVIDAD

A ZOOT SUIT

domingo, 8 de diciembre de 2019

HUMOR CLIMÁTICO

¿POR QUÉ NO DICES NADA?

JAZZ SUITES


MOIRA

No, esta vez no se trata de las Minas de Moira, símbolo del poderío de los Enanos de la Tierra Media. Hablamos en esta ocasión de Moira sí, pero en Lesbos, la isla griega. ¿Cómo hemos dejado que esto se nos escape de las manos? Va a resultar que los nazis son sólo un ejemplo más de la barbarie humana. No aprendemos.
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Regresan los campos de concentración
El mundo se llena de espacios de excepción sin las garantías más básicas en los que seres humanos que huyen del horror o la miseria tienen menos derechos que un preso que ha cometido un delito.

Unos días después de la entrada en vigor del acuerdo antimigratorio entre la UE y Turquía, en 2016, decenas de refugiados se agolpaban en las vallas del campo de Moria, en la isla griega de Lesbos, en busca de comida y algo de información del exterior. Las autoridades acababan de decretar que Moria se convertiría en unas instalaciones cerradas y los internos no podrían salir de allí: en protesta, las ONG que ofrecían sus servicios se marcharon y el Ejército asumió parte de sus funciones.

A través de la alambrada, un grupo de sirios mostraban un documento fotocopiado que se les había distribuido. En él se establecía que los allí presentes habían sido “arrestados” por penetrar en el país de forma ilegal y, como tales, tenían derecho a un abogado, a un traductor, a informar a sus familiares y a las autoridades consulares y a ser puestos a disposición de un juez. Es decir, a los derechos garantizados a todo detenido en el ordenamiento jurídico de cualquier país democrático. Pero era una mentira tras otra; en Moria nada de esto se cumplía. Ni se cumple.

Ahmet, un afgano al que, junto a sus hijos de uno, dos y tres años, le obligaron a permanecer durante horas bajo la lluvia el día que llegó, a la espera de que se procesara su entrada en el campo, se preguntaba: “¿Por qué nos tienen encerrados? ¿Somos criminales?”.

No. “Según el derecho internacional, entrar de manera irregular en un país no es un delito, en todo caso es una falta administrativa. Y así debería ser tratado”, expone María Serrano, investigadora de Amnistía Internacional: “Una detención tiene que estar prevista en la ley, debe durar el mínimo tiempo posible y debe estar fiscalizada por un juez. Si una detención sucede de manera automática, sin atender a las responsabilidades concretas del individuo, y no tiene mecanismos de revisión, podemos hablar de detención arbitraria”.

Ahmet y otros como él forman parte de una categoría creciente de personas que, alrededor del mundo, permanecen encerradas por periodos indeterminados sin haber cometido un delito o sin haber sido condenadas por un tribunal, que no están formalmente bajo arresto, pero que se encuentran en lugares muy parecidos a una prisión y que tienen derechos aún más limitados que un reo. Son inmigrantes y refugiados como los casi 400.000 que en 2018 pasaron por los centros de detención de los diferentes servicios de inmigración y aduanas de EE UU, o los, al menos, 200.000 —según las estimaciones más conservadoras de Global Detention Project— que permanecen detenidos en diversas instancias en la Unión Europea. Pero también miembros de minorías étnicas y religiosas, como los entre 1 y 3 millones de uigures recluidos en campos de reeducación en China. O aquellos a los que nadie quiere: como los más de 70.000 esposas, familiares e hijos de combatientes del Estado Islámico recluidos en campos en el norte de Siria, miles con pasaporte europeo, pero cuyos países prefieren mantenerlos en un limbo legal antes que hacerse cargo de ellos. Sistemas que podrían definirse, sin errar demasiado, como campos de concentración.

Quizás al lector pueda resultarle exagerado encajar el sistema de los centros de deportación, los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros españoles) y los campos de refugiados cerrados en este concepto. “Es cierto que al escuchar campo de concentración, pensamos en los campos nazis de exterminio, pero antes de que existiera Auschwitz, a lo que se llamaba campo de concentración era a la detención masiva de civiles, donde el objetivo no era acabar con los internos, sino retenerlos. Y yo quiero recuperar ese sentido original, porque muchas de estas cosas que vemos actualmente, sí, podemos llamarlas campos de concentración”, expone la periodista Andrea Pitzer, autora de una monumental historia de los campos de concentración, Una larga noche (La Esfera de los Libros, 2018).

Se puede debatir si los primeros campos de concentración de civiles fueron los utilizados en la guerra civil americana, en las de Cuba o en Sudáfrica contra los Bóer, todos en la segunda mitad del siglo XIX, pero de lo que parece no caber duda es que el nombre en sí es un legado español. La táctica de la “reconcentración”, puesta en práctica por el general Valeriano Weyler, consistía en obligar a los habitantes rurales de Cuba a establecerse en campos rodeados de alambradas en torno a las plazas fuertes para evitar que apoyasen a las guerrillas que luchaban por la independencia de la isla. Al llegar la I Guerra Mundial su uso se extendió: los inmigrantes de países con los que se estaba en guerra fueron internados en campos sin atender a su peligrosidad o falta de ella. Y “una vez asimilada y normalizada la idea de la concentración, en los años veinte y treinta se empezaron a utilizar para todo”, añade Pitzer: mendigos, gitanos, refugiados...

Con la transformación de la cuestión migratoria en un problema de seguridad, los campos de reclusión de los sin papeles se han extendido por todo el orbe. La justificación que enarbolan los Gobiernos es que se trata de una medida cautelar para hacer efectiva la deportación de estas personas, pero —subraya Serrano— “si se examinan las cifras de retorno, se ve que no cuadra”. Según la Unión Europea, solo el 35 % de los inmigrantes con orden de expulsión son retornados, habitualmente tras largos y costosos procesos y extensos periodos de detención. En la mayoría de los casos no se puede proceder a la repatriación, pues no existen acuerdos con los países de origen. Es, por tanto, una detención inefectiva en ese sentido. Ocurrió del mismo modo durante la II Guerra Mundial en EE UU con el internamiento de inmigrantes japoneses y ciudadanos estadounidense de origen nipón. Pese a que informes de Inteligencia Naval y del FBI lo consideraban innecesario, las autoridades en Washington cedieron a la tentación de la demagogia y encerraron a 120.000 personas: la idea era mostrar a los ciudadanos que hacían algo por su seguridad.
El objeto de estos campos es, en realidad, la disuasión y el miedo. El miedo de los sin papeles que no han sido detenidos a serlo —“Lo que los convierte en mano de obra amedrentada y cautiva”, apunta Blanca Garcés, especialista en migración del centro de investigación Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB)— y la disuasión: los refugiados y los inmigrantes no sois bienvenidos y haremos todo lo posible por que no entréis.

Quizás el caso más sangrante es el de Australia, que dispone de un severísimo sistema de inmigración y rara vez acepta a los refugiados que llegan por aire o mar desde todos los rincones de Asia. A los que detienen sus guardacostas los internan bajo condiciones atroces en campos subcontratados a otros Estados (Nauru o Papúa Nueva Guinea) en remotas islas del Pacífico. Behrouz Boochani, un periodista kurdo que escapó de la represión en Irán, estuvo recluido durante cuatro años en uno de ellos, en la isla de Manus, y su libro No Friend But the Mountains (2018) es una de las escasas fuentes de información sobre este sistema: donde los internos no son llamados por su nombre, sino por un número, las condiciones son insalubres, los maltratos están a la orden del día y los suicidios son frecuentes. Boochani hizo llegar el libro al exterior de manera subrepticia, a través de mensajes de WhatsApp que enviaba a un amigo suyo con un móvil que había logrado esconder, porque la legislación australiana prohíbe no solo sacar fotos de los campos, sino que incluso castiga que se publique sobre ellos.

“Después de Auschwitz hubo una reflexión sobre adónde nos podían llevar los campos de concentración. Se debatió sobre cómo ayudar a la gente que huye y nos comprometimos a respetar sus derechos. Sin embargo, en los últimos 20 años hemos comenzado a deshacer ese sistema”, lamenta la periodista Pitzer: “Y ahora nos parece que, mientras un campo de concentración no sea tan malo como Auschwitz, resulta aceptable. Pero no, estos lugares crean mucho dolor”.

Es algo que se sabe desde hace un siglo. En 1918, el médico suizo Adolf Lukas Vischer publicó su estudio Die Stacheldrahtkrankheit (La enfermedad de las alambradas), en el que examinaba los daños mentales sufridos por los prisioneros de los campos de concentración en Gran Bretaña, que no eran precisamente los que estaban peor acondicionados. La falta de higiene, la escasa alimentación y el hacinamiento, unidos a la pobre atención médica, hacen aparecer o agravan todo tipo de enfermedades pero, además, la falta de privacidad, la separación de las familias, la monotonía, la privación del sexo, la incomprensión sobre por qué se está detenido y la incertidumbre sobre cuánto se prolongará la detención pasan grave factura psicológica: amnesia, estrés postraumático, episodios de pánico... Quien sale de un campo de concentración ya no es la misma persona que entró.

“Se trata de espacios de excepción donde la ley no se cumple, ni siquiera los derechos más básicos. Espacios sin las garantías que se encuentran dentro del sistema penal”, afirma Blanca Garcés. Un reo, por muy horrible que sea el crimen por el que haya sido condenado, tiene derecho a asistencia letrada, a buscar remedios legales para mejorar su situación, a tratamientos médicos, a ciertas actividades y entretenimientos, a completar su educación... Un internado en un campo de concentración, no.

La filósofa alemana Hannah Arendt, que pasó por dos lugares de internamiento en Francia antes de huir a EE UU —el Velódromo de Invierno de Paris y el campo de Gurs (inicialmente construido para alojar a los refugiados españoles republicanos)—, describió en Los orígenes del totalitarismo (1951) cómo estos sistemas terminan creando una doble vía legal: una para los ciudadanos nacionales y otra para los que no lo son, desprovistos de todo derecho. “El mejor criterio mediante el que decidir si alguien ha sido forzado fuera del límite de la ley —escribió Arendt— es preguntarse si se beneficiaría de la comisión de un crimen”. Mientras estos no ciudadanos, en su vida normal de irregulares o en el campo de concentración, carecen de todo derecho, el hecho criminal los igualará ante la ley —“será tratado como cualquier otro criminal (nacional)”—, dispondrán de abogado y derechos procesales y, “mientras dure el proceso y su sentencia, estarán a salvo de la arbitrariedad policial, contra la que no cabía recurso a letrado ni apelaciones”. Esto supone una violación de dos principios básicos del derecho: la igualdad ante la ley y el principio de proporcionalidad. Ya en el siglo XVIII, el jurista italiano Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, en su tratado De los delitos y las penas alertaba de que los castigos deben ser proporcionales a la gravedad de la falta cometida y el daño hecho o, de otra forma, los individuos tenderán a cometer siempre el delito de mayor gravedad. Es decir, si a una persona se le amenaza con el mismo castigo —la deportación o la reclusión— por una simple falta administrativa —no tener los papeles en regla— que por un crimen, se le está invitando a la delincuencia.

Resulta descorazonador leer, en la obra de Arendt, los párrafos dedicados a la cuestión de los refugiados y constatar cómo volvemos a repetir los patrones de la década de 1930. Entonces, escribe la filósofa, “todos los debates en torno a los refugiados giraban en torno a una pregunta: ¿cómo deportarlos?”, y la única solución que hallaron fue “el campo de internamiento”. El detalle que diferenciaba la situación de aquella época con la actual es que buena parte de quienes huían a otros países eran personas recién convertidas en “apátridas” después de que sus Gobiernos les despojasen de la nacionalidad, por ejemplo, a los judíos alemanes mediante las leyes raciales de Nurémberg. Pero incluso este peldaño está siendo alcanzando: el Gobierno de Birmania ha despojado de su nacionalidad a la minoría rohinyá, y 128.000 rohinyá están recluidos en campos de concentración y guetos —que, en palabras de la ONU, son equiparables a los utilizados por los nazis para recluir a los judíos—, mientras que unos 800.000 han huido a los países vecinos. La India, gobernada por el ultranacionalista Narendra Modi, ha despojado de la nacionalidad a cuatro millones de personas en el Estado de Assam, convirtiéndolas en apátridas, y ahora construye campos de concentración para alojarlas.

No hace falta irse tan lejos. El Reino Unido y Holanda han optado por desentenderse de los combatientes del Estado Islámico y sus familiares —la mayoría radicalizados en su propio territorio— retirándoles la nacionalidad. El caso más famoso es el de Shamima Begum, a la que Londres ha revocado la ciudadanía, pese a que la propia ley británica prohíbe hacerlo si, como en este caso, convierte a la persona en apátrida. Y en Estados Unidos “se están gastando millones de dólares para identificar posibles errores en los formularios o pequeñas faltas que permitan retirar la nacionalidad a inmigrantes que la obtuvieron”, apunta Pitzer. La idea es despojar a esta persona de todo rastro jurídico, sin país que pueda responder por él, sin sus derechos: un homo sacer, según la concepción del filósofo italiano Giorgio Agamben, mera vida física que ya no importa a efectos políticos o legales.

Autores como la académica Bridget Anderson (Us & Them? The Dangerous Politics of Immigration Control, Oxford, 2013) alertan de que este tipo de políticas terminan dañando a la democracia y los derechos de los propios ciudadanos. Los Estados buscan modos de adaptar su legislación para encajar estos espacios y políticas de excepción —Guantánamo, que pasó de campo de refugiados a oscuro lugar de detención y tortura, es un caso paradigmático—. En la Grecia del periodo más duro de la crisis económica, mientras los Gobiernos de Pasok y Nueva Democracia aventaban la culpabilización del inmigrante para tapar su propia incompetencia y periódicamente organizaban grandes redadas contra los irregulares, también les dio por detener a otros grupos de personas. Un día capturaron a todos los drogadictos que encontraron en el centro de Atenas, los llevaron a un campo de detención en las afueras y los obligaron a hacerse exámenes médicos. En otra ocasión se lanzaron a por las prostitutas de aspecto extranjero, a las que se acusaba de infectar el sida a “los padres de familia” griegos. Decenas fueron detenidas y algunas encarceladas durante más de un año, para ser posteriormente absueltas. La mayoría resultaron ser griegas. Dos no pudieron aguantar la presión de ver sus fotos, datos personales e incluso direcciones publicadas en todos los medios del país y se quitaron la vida.

“Cada vez tenemos Estados menos garantistas y democracias más iliberales. Vemos una deriva hacia el recorte de ciertos derechos que hasta ahora hemos considerado fundamentales”, advierte Garcés: “Estos espacios de excepción primero se usan con los de fuera y al final acabarán siendo usados con los de dentro”. Porque los campos de concentración son agujeros negros en la legalidad y los principios del derecho. Y los agujeros negros tienden a extenderse hasta engullirlo todo.
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 Y para ponerle música a este artículo tan duro una música triste como el maravilloso Adagio for stngs de Samuel Barber.

sábado, 7 de diciembre de 2019

BANALIZACIÓN PELIGROSA


La banalización de la extrema derecha
Ser acusado de fascista o de ser de ultraderecha es algo muy serio como para utilizarlo a la ligera. Pero tan grave resulta eso como pensar que los episodios históricos del fascismo tampoco estaban tan mal.
27 FEB 2019 - 08:27 CET. Ignacio Urquizu

Con la entrada en el Parlamento andaluz de Vox, en estas semanas hemos leído numerosos textos y escuchado múltiples análisis donde se trata de saber por qué hay gente dispuesta a votar a un partido de extrema derecha populista. Se han recurrido a estadísticas, casos particulares y numerosas teorías. Casi todas ellas tienen una parte de verdad, puesto que ningún fenómeno social es el resultado de un solo factor. La realidad siempre tiene múltiples causas, aunque algunas son más importantes que otras. Pero al margen de todas estas razones, me gustaría exponer un argumento que es compartido por casi todas esas personas que pueden estar pensando en estos momentos en subirse al carro de Vox: la banalización de la extrema derecha.

Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén, se hace la misma pregunta que muchos analistas se hacen estos días: ¿por qué personas de nuestra vida cotidiana pueden acabar apoyando una opción heredera del fascismo? La respuesta de Arendt se resume en un concepto: la banalidad del mal. Eichmann, quien fue condenado por su colaboración con el régimen nazi, nunca pensó que lo que hacía era incorrecto. Y es que este militar alemán no era un monstruo o un psicópata. Más bien su colaboración con el fascismo la realizó sin medir las consecuencias de sus actos e integrándola dentro de la normalidad.

En España, desde hace mucho tiempo, la idea de extrema derecha se ha banalizado por las diferentes corrientes ideológicas. Lo resumiré en dos ejemplos que engloban tanto a la izquierda como a la derecha. Cuando estaba en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, uno podía ser acusado de fascista con mucha facilidad por el grupo dominante: la extrema izquierda. Recuerdo cómo una tarde, una persona que hoy es un dirigente destacado de Ahora Madrid decidió arrancar un cartel de la pared que anunciaba unos actos religiosos. Un compañero de clase, de tendencia más bien liberal, le afeó esa actitud. Acto seguido, mi amigo fue acusado a gritos de fascista. Muchas de nuestras discusiones en clase o en la cafetería incluían ese término con demasiada ligereza. Hay una parte de la extrema izquierda que ha utilizado tanto este vocablo que ha logrado vaciarlo de contenido.

Pero si nos vamos al otro extremo del arco ideológico, encontramos un comportamiento similar de banalización. En gente conservadora de mi generación es común escuchar el siguiente juicio de valor que debe haber sido transmitido por sus padres, puesto que ellos no conocieron la dictadura franquista: “Con Franco no se vivía tan mal, había trabajo y más seguridad que ahora”. En el año 2008, el Centro de Investigaciones Sociológicas realizó una encuesta sobre la memoria de la Guerra Civil y el franquismo. En ella vemos que casi el 60% de los españoles afirmaba estar de acuerdo con que la dictadura tuvo cosas buenas y cosas malas, mientras que solo el 25% mostraba su desacuerdo con esta afirmación. Pero entre los ciudadanos que se ubican en la derecha de la escala ideológica, estos porcentajes son del 83% frente al 7,5%. Por lo tanto, no existe un juicio de condena contundente del franquismo, especialmente entre los conservadores, sino que nos encontramos con algunas opiniones ciudadanas más bien indulgentes. Pensar que el franquismo llegó a tener cosas buenas es una forma de “blanquearlo”, cuando aquello fue una dictadura cruel y terrible que condenó a nuestro país a 40 años de atraso.

Pero esta banalización no es solo una cosa de la ciudadanía, sino que también ha llegado al arco parlamentario. El pasado 20 de noviembre, el diputado Joan Tardà subió a la tribuna del Congreso y de forma solemne afirmó que cada vez que un diputado de Ciudadanos les llamase golpistas, ellos les responderían con fascistas. Son dos acusaciones muy graves que en cualquier democracia sería motivo de preocupación y consternación. Pero en nuestra vida pública, de tanto utilizarlas, han adquirido un significado banal y vacuo, algo que perjudica notablemente a nuestro debate político.
La extrema derecha es algo muy serio. Representa un proyecto político autoritario que ataca la idea de ciudadanía al generar ciudadanos de primera y de segunda. Además, confronta con la idea de cosmopolitismo y defiende un repliegue sobre nuestras propias fronteras, cuestionando cualquier mezcla con el exterior. Estamos, por lo tanto, ante un proyecto xenófobo, machista y homófobo con pulsiones autoritarias. La extrema derecha no solo es un retroceso en un modelo de sociedad que nos ha costado mucho construir, sino que además es un ataque directo a valores como la tolerancia, la igualdad y la libertad.

Viendo lo sucedido en otras democracias, esta amenaza ya es real. Combatirlo es tarea de todos los demócratas y no lo lograremos si banalizamos lo que representa. Ser acusado de fascista o de extrema derecha es algo muy serio como para utilizarlo a la ligera. Pero tan grave es eso como pensar que los episodios históricos del fascismo tampoco estaban tan mal. Entre unos y otros se ha banalizado el concepto y quizás por ello muchas personas de nuestra vida cotidiana, con las que podemos tomar un café o comer en la mesa de al lado, pueden estar planteándose hoy apoyar a Vox. Quizás ellos interpreten que su apoyo a la extrema derecha no es más que un desahogo, una forma de externalizar su enfado o su hastío y un mecanismo para mandar una señal al resto de formaciones políticas. Pero no acaban de percibir que es un grave problema para nuestra democracia. Por ello, la tarea de los demócratas es mostrar de forma seria y rigurosa la amenaza que supone la extrema derecha: cada vez que ha tenido la oportunidad de alcanzar el poder, los resultados han sido catastróficos para la sociedad.

En definitiva, tenemos una dura tarea por delante: mostrar el verdadero rostro de la extrema derecha. Su peligro no es solo lo que dicen, sino sobre todo lo que no dicen. Más preocupante que los folios del acuerdo entre PP y Vox, es lo que han hablado sin ponerlo por escrito. En consecuencia, que en pleno siglo XXI nos encontremos con formaciones políticas que han pactado con la derecha extrema y populista, deberían hacer saltar todas las señales de alarma, tal y como está sucediendo en muchos países europeos. Lo que nos estamos jugando es algo muy serio como para insistir en esta banalización. La ciudadanía debe tomar conciencia de qué representa Vox y en esta tarea los representantes políticos tenemos un papel muy importante.

Ignacio Urquizu es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y diputado del PSOE por Teruel en el Congreso.

EN AUSCHWITZ


MERKEL EN AUSCHWITZ: “LA MEMORIA DE LOS CRÍMENES NAZIS ES INSEPARABLE DE LA IDENTIDAD ALEMANA”
6 DIC, 2019. Enlace Judío México e Israel

“La memoria de los crímenes del nazismo es inseparable de la identidad alemana”, expresó la canciller Angela Merkel durante su visita al campo de exterminio de Auschwitz este viernes.
“El recuerdo de los crímenes, nombrar a los autores y rendir homenaje digno a las víctimas es una responsabilidad que no se detiene jamás. Eso no es negociable. Es inseparable de nuestro país. Ser conscientes de esta responsabilidad es parte de nuestra identidad nacional”, enfatizó.
Merkel es la tercera canciller alemana que visita el campo nazi donde un millón de judíos fueron asesinados entre 1940 y 1945 y que ha llegado a simbolizar el Holocausto en su conjunto.
En vísperas de su visita, Merkel, de 65 años, dijo que “la lucha contra el antisemitismo y contra todas las formas de odio” es una prioridad de su gobierno.
La canciller anunció una donación de 60 millones de euros para la Fundación Auschwitz-Birkenau que fue aprobada por los Estados federales de Alemania el jueves, señaló el sitio The Times of Israel.
Merkel comenzó su visita caminando bajo el eslogan nazi “Arbeit macht frei” (El trabajo te hará libre) que aún pende sobre las puertas del campo.
También guardó un minuto de silencio junto al Muro de la Muerte, donde miles de prisioneros fueron asesinados a tiros, y visitó el sitio de una cámara de gas y un crematorio.
La visita “es una señal particularmente importante de atención y solidaridad en un momento en que los sobrevivientes de Auschwitz son víctimas de insultos antisemitas y correos electrónicos llenos de odio”, señaló.
Merkel estuvo acompañada por Bogdan Stanislaw Bartnikowski, de 87 años, sobreviviente del campo, así como por el primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki.


Josef Schuster, presidente del Consejo Central de Judíos de Alemania, y Ronald Lauder, jefe del Congreso Judío Mundial, también participaron en la visita.
En total, 1.1 millones de personas fueron asesinadas en Auschwitz-Birkenau, judíos, polacos no judíos, prisioneros de guerra soviéticos, romaníes y combatientes contra el nacismo.
Merkel sigue los pasos de los cancilleres Helmut Schmidt, que visitó el campo de exterminio en 1977, y Helmut Kohl, que lo visitó en 1989 y 1995.
Ha visitado varios de los antiguos campos de Alemania y ha estado cinco veces en el centro conmemorativo del Holocausto Yad Vashem de Jerusalén.
En 2008 se dirigió a la Knéset donde habló de la “vergüenza” que todavía sienten los alemanes.
Merkel ha llamado al Holocausto una “ruptura con la civilización” y ha expresado su preocupación por el aumento del antisemitismo en Alemania.
Su visita se produce dos meses después de un ataque contra una sinagoga en la ciudad de Halle en el que murieron dos personas.
Según las cifras de la policía, los delitos antisemitas aumentaron casi un 10 por ciento en Alemania el año pasado con respecto al año anterior hasta alcanzar 1.646 incidentes, el nivel más alto en una década.
El partido alemán de extrema derecha AfD, cuyos miembros han sido acusados de utilizar retórica antisemita, ha pedido reconsiderar la forma en que Alemania recuerda su pasado nazi.

2 ESTADOS


CÁMARA BAJA DE EE.UU. REAFIRMA RESPALDO A SOLUCIÓN DE DOS ESTADOS
Enlace Judío México e Israel

La Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó una resolución que remarca el apoyo estadounidense a la solución de dos Estados para el conflicto palestino-israelí.
La Resolución 326 de la Cámara de Representantes, iniciativa del representante judío republicano Alan Lowenthal, fue aprobada este viernes por una mayoría de 226 votos a favor y 188 votos en contra, informó el sitio Arutz Sheva.
La resolución destaca que “solo el fin de una solución de dos Estados que aumente la estabilidad y seguridad de Israel, los palestinos, y sus vecinos, puede asegurar tanto la supervivencia del Estado de Israel como un Estado judío y democrático y cumplir las aspiraciones legítimas del pueblo palestino de un Estado propio”.
Por igual, la resolución hace un rechazo expreso a un tema que se ha vuelto constante en las últimas semanas en Israel: la intención del primer ministro Benjamín Netanyahu de anexar el valle del Jordán al territorio israelí.
“Una propuesta de los EE.UU. para lograr una justa, estable y durable solución para el conflicto palestino-israelí debería expresar un respaldo a la solución de dos Estados como su objetivo y desalentar los pasos tomados por cualquiera de ambas partes que pondrían un final pacífico al conflicto lejos del alcance”, dice el texto de la resolución, antes de resaltar, “incluyendo la anexión unilateral de territorio o esfuerzos para lograr el estatus de Estado palestino fuera de un marco de negociaciones con Israel”.
El texto precisa que serán solo los israelíes y los palestinos los responsables de “hacer elecciones difíciles” necesarias para poder solventar el conflicto.
Entre los legisladores que se opusieron a la resolución estuvieron las representantes Rashiba Tlaib e Ilhan Omar, conocidas por sus posturas negativas contra Israel y acusadas de lenguaje que ha girado en tropos antisemitas.
“Esta resolución no solo respalda una solución no realista e inalcanzable, una que Israel ha hecho imposible, pero también una que legitima la desigualdad, la discriminación étnica y las condiciones inhumanas”, condenó Tlaib al momento de intervenir en el pleno, con una kefiya, prenda tradicional palestina, atada al cuello.
Denunció la ausencia en la resolución de la frase “ocupación ilegal por Israel” en Cisjordania e instó a EE.UU. a “reconocer estas injusticias” y a “tomar acciones agudas” para asegurar los derechos humanos no solo de los palestinos, en los que pareció considerar también a los árabes israelíes, sino también, dijo, de los “israelíes negros”, aludiendo aparentemente a la población israelí de origen etíope.
La representante de Michigan también acusó a Netanyahu y su partido Likud de tomar los pasos que han ido llevando al fracaso a la solución de dos Estados.
Por su parte, Omar dijo a través de su cuenta de Twitter que con la resolución, “estamos desperdiciando una verdadera oportunidad para apoyar la paz en Israel/Palestina”, y también condenó que se omitiera la palabra “ocupación” de la resolución.

FUTURO PERFECTO

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Refolo by Cassina.

viernes, 6 de diciembre de 2019

BELLEZA

KF

¿ERES FELIZ?



NO EXIT

NAVIDAD EN LA ESPERANZA

Plaza de La Esperanza, Tenerife.

CRAZY ABOUT SELFIES




ME OFENDE

Sí, me ofende leer estas noticias, saber que el odio puede llegar a poner bombas y llegar a insensibilizar ante tanta desgracia. ¿En qué nos hemos convertido?


miércoles, 4 de diciembre de 2019

TOXICIDADES


Hay días extraños y hoy ha sido uno de ellos. Extraño por la velocidad con la que sucedieron las cosas, una detrás de otra, para rematar en una reunión inesperada con una señora que me creó un gran desasosiego por algo que dijo. Pero así somos.