Como era de esperar, las memorias de Juan Carlos I, publicadas en Francia esta semana, están ya trayendo cola, artículos de todo tipo se suceden en los periódicos. Este señor, autocomplaciente donde los haya, "escribe" sus memorias que ya podemos suponer en qué consisten, pues es impensable creer que va a contar en ellas las verdades verdaderas, sino más bien todo lo contrario. Hechas a medida, se espera de ellas poco o nada, pero cada uno escribe lo que le da la gana, edulcora el pasado a su gusto; al fin y al cabo, ¿qué es la realidad sino la que uno percibe?
Si el balonmano hizo mucho daño a la monarquía, según dicen, el propio éste ya ni te cuento. Pobre Felipe.
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Las memorias de Juan Carlos I son un autorretrato al ácido úrico de un hombre tan acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes que aún no acepta que ya no se obedezcan.
Luz Sánchez-Mellado, 06.11.2025
De todas las supuestas y sensacionales revelaciones de la autobiografía del rey Juan Carlos, solo una me ha hecho izar una ceja. No es el hecho de que admirara y apreciara al dictador Franco. Ni que sostenga con todo su real aplomo que fue él y solo él quien, tras la muerte del tirano, trajo personalmente la democracia a España. Ni que piense que su heredero, Felipe VI, es un ingrato por no reconocer solemnemente todo lo que le debe a Su Majestad su padre. No. Todo eso estaba claro para cualquiera que, además de tener ojos y oídos, supiera leer entre líneas sus gestos y sus discursos. Lo que me tiene patidifusa es que el Emérito tenga los santos atributos de referirse públicamente a su aún esposa desde hace 63 años como “Sofi”, como la llamaba en la intimidad, igual que ella le llamaba “Juanito”, y que, después de medio siglo de infidelidades y humillaciones, pregone que la reina Sofía es la mujer de su vida y le reproche no haber ido a verle a su exilio de Abu Dabi por no enfadar a su hijo. Ahí está la clave de los cientos de páginas del tocho. Ese pasaje no es uno más de la edulcorada autobiografía de un personaje histórico, sino un autorretrato al ácido úrico de un hombre machista y pasivo agresivo, y de un monarca tan acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes dentro y fuera de palacio, que aún no le cabe en la testa que ya no se obedezcan.
No se trata aquí de reivindicar a una sobre el otro, ni de recordar lo que el uno ha hecho tragar y la otra ha tragado. El tiempo ha puesto a cada uno en su sitio. Mientras Sofi acaba de celebrar su 87 aniversario oyendo cantarle el cumpleaños feliz a la mismísima Alaska y pensando en qué modelazo ponerse para recibir el Toisón de Oro, Juanito ni ha sido invitado al cincuentenario de su propia proclamación y ahoga el hastío del Golfo presentándose cada dos por tres en Sanxenxo a regatear, ponerse ciego a percebes y, de paso, dar por saco a la Corona. Con todo, yo no pondría la mano en el fuego porque no haya una auténtica reconciliación, más allá del título de sus memorias. Cuando coinciden, aún se ponen ojitos, y no sería la primera ni la última expareja de ancianos que, pasadas las urgencias de la carne, vuelven para cuidarse, lamerse las heridas y esperar juntos a la muerte. En First Dates pasa.

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