Cenábamos anoche unos amigos y surgió, entre unas cosas y otras, una conversación acerca de la violencia, o mejor dicho de la intimidación como respuesta ante un abusón. Parece que, por desgracia, la conclusión fue que ante un tipo de personas la única solución es la intimidación, que no es otra cosa que la violencia como arma. Triste, pero "así es la vida", sentenció mi amigo.
Poco más pude decir, cabizbajo.
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Contra los matones
La palabra respeto no existe en el vocabulario de los matones; la han sustituido por el término sumisión.
Rosa Montero, 30.03.2025
Como tantas otras personas, últimamente asisto, anonadada, al increíble, impensable espectáculo de la subversión de los valores más básicos, como si medio planeta hubiera perdido de repente la cabeza y el corazón. Siempre hemos sabido que la maldad existe, pero la historia de la humanidad, con sus avances y sus retrocesos momentáneos, con sus tropezones y sus instantes de gloria, es la historia de un esfuerzo colectivo por controlar y minimizar dicha maldad, por hacernos mejores de lo que somos. He sido educada en esa conciencia moral, en el convencimiento de que el abuso del poderoso sobre el débil es repugnante y algo de lo que la sociedad debe defenderse. Pero ahora, de la noche a la mañana, el modelo a seguir es el del abusón. Carta blanca para la atrocidad y la humillación. Los matones del colegio han sido nombrados directores del centro.
He escrito muchas veces sobre el acoso escolar, esa tragedia descomunal que se desarrolla justo delante de nuestras narices sin que le hagamos el suficiente caso. Es una brutalidad que debería haber sido erradicada hace mucho tiempo, porque el agudo sufrimiento que produce puede llegar a destruir a las personas para siempre. En los casos más extremos, o bien los niños y adolescentes se suicidan, o bien se convierten en verdugos: por ejemplo, en la inmensa mayoría de las matanzas cometidas por escolares en los colegios de EE UU había habido problemas de acoso. Y es que humillar al prójimo nunca sale gratis. Además, al tolerar semejante brutalidad en las aulas estamos construyendo un modelo de convivencia para la vida adulta. Una sociedad basada en una relación de abusadores y víctimas sólo puede empeorar, envilecerse, reventar.
Trump es un matón modélico y perfecto, el mezquino energúmeno que pega capones al compañero de pupitre, que le roba el bocadillo cada mañana no porque tenga hambre sino porque le deleita su desconsuelo, que mete la cabeza del alumno estudioso en el retrete para demostrarle que, por muy listo que se crea, aquí el que manda es él, el bravucón, la fuerza bruta, el acosador que se alimenta del miedo de los otros. No se puede entender de otro modo el feroz comportamiento del presidente norteamericano, sus constantes coerciones económicas, la amenaza de subir al 50% los aranceles a Canadá para hundir su industria de acero y aluminio, el chantaje a la debilitada Ucrania para quedarse con sus tierras raras, la megalómana y peligrosa declaración de que Canadá debería ser parte de Estados Unidos… Sí, Trump y los suyos, el matón de la clase y sus pandilleros, están dispuestos a comerse a los vecinos, a quedarse con su parte del mundo, desde Groenlandia hasta Tierra de Fuego, aunque para ello tengan que pisotear los acuerdos legales existentes. La palabra respeto no existe en el vocabulario de los matones; la han sustituido, con plena conciencia de lo que hacen, por el término sumisión.
Y lo peor es que no estoy haciendo una metáfora. Cuando digo que Trump es un matón de colegio no me expreso en sentido figurado, sino que, por desgracia, su comportamiento es literalmente igual al del zafio bravucón que aterroriza a la clase. Los demás alumnos nos arrugamos, callamos, temblamos, nos amedrentamos. Me impresionó de manera especial la ceremonia de entrega de los Oscar: ni una sola referencia a Trump. Claro que, si en el ámbito internacional andamos así de acoquinados, imagínate ahora lo que tiene que ser soportar a este energúmeno en tu propio país. Las tropelías y las amenazas están a la orden del día en EE UU. La gente está asustada con razón. El mal anda suelto y desbocado.
Ahora bien, aunque comprendo el miedo (y lo comparto), no podemos ceder a él. El matonismo escolar nos ha demostrado que la única manera de acabar con los abusadores consiste en que todos los demás alumnos se enfrenten a ellos. Agachar la cabeza y mirar para otro lado empeora las cosas, como dijo Niemöller: si no defiendes a quien está siendo atacado injustamente, cuando vengan a por ti ya no quedará nadie que pueda defenderte. Es difícil responder, lo sé, porque los bravucones son capaces de arruinarte la vida. Pero hay que hacerlo. Tal vez podamos abrir camino los mayores. Cuando has alcanzado la suficiente edad, los matones ya no pueden arrebatarte mucho futuro. Sí, tal vez sea la hora de los viejos. Y, detrás de nosotros, los demás. Hay que moverse.
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