sábado, 13 de abril de 2019

UNA NUEVA EXPERIENCIA

Tengo muy buena relación con la directiva del Colegio Leoncio Rodríguez, en La Esperanza. Me unen lazos con éste por muchas razones, una más ahora después de haber sido invitado a dar una charla a niños del centro, calculo que de edades entre 14 y 15 años.
En una visita a la cocina del colegio, después de una pequeña obra de remodelación que habíamos terminado, almorzamos allí (un 10 a David, el cocinero) y coincidí en la mesa del comedor con la profesora de matemáticas, que por esa magia incomprensible de la buena conversación, entre lo humano y lo divino, terminamos hablando de libros, de viajes, de ópera... Fue en ese momento cuando supe de la "semana de la oralidad" que allí se iba a celebrar, iniciativa interesante pues nunca es suficiente el intento de enseñar a los jóvenes la importancia de hablar bien, de expresarse con corrección, de saber relacionarse con el entorno ayudándose del lenguaje; saber comunicar y comunicarse es el primer paso del éxito. Me recuerda esto a un currículum de un norteamericano que buscaba trabajo y donde se decía, entre las habilidades, "saber hablar y escribir". En aquel momento pensé que era una obviedad, que sólo a una mente infantil se le podía ocurrir añadir esas dotes en un CV, pero qué equivocado estaba viendo lo visto. Saber leer o escribir mi mamá me mima no prueba nada, lo aseguro con contundencia.
Volviendo al Leoncio, finalmente fui invitado a dar una charla, algo avergonzado al decir que sí pues los demás eran escritores y personalidades muchísimo más preparadas que yo. No obstante, y como aprender algo nuevo siempre enriquece, pensé ¡de perdidos al río! y allí me planté una fresca mañana de martes. 
Me habían hablado de dar una charla informal sobre aspectos de mi trabajo como arquitecto, mis aficiones, etc. Como no estoy familiarizado con dar clases -mi experiencia se limita a unas semanas en el Claret sustituyendo a un amigo, profesor de dibujo, y aquello mientras estudiaba la carrera-, encontrarse frente a una clase llena de adolescentes impone, no sabía adónde mirar, pero poco a poco la cosa fue fluyendo, y aunque ignoro si les gustó lo que les conté ¡quién conoce la mente de un niño!, me gustó compartir con ello mi personal experiencia vital. Les hablé de lo importante de ir por el mundo con los ojos abiertos para impregnarse de todo lo que nos rodea, de observar más que de ver, de las nuevas experiencias que tenían por llegar, de exposiciones, conciertos, viajes. Hablé de lo importante que es saber comunicarse, de la lectura (en mi caso empecé por Enid Blyton y Agatha Christie... Harry Potter, La Brújula Dorada, etc.), de lo que aportan los viajes, de lo que nos ofrecen las tecnologías en este época, de Internet. Qué les voy a decir, como la vida misma.
Durante la despedida los profesores fueron tan amables de regalarme un cuadro, que ya cuelga en mi despacho, como recordatorio de este día tan emocionante, una manta esperancera, ¿puede haber un detalle mejor? Soy yo el que agradece la oportunidad de una nueva experiencia compartida.
Gracias.

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