domingo, 2 de octubre de 2016

LAS GRANDES PANTALLAS

Santa Cruz de Tenerife: las salas de cine de la ciudad alcanzaron su mayor esplendor entre 1950 y 1980
SOL RINCÓN BOROBIA


Los días en los que las salas de cine de Santa Cruz tenían taquilleros, correturnos, conserjes, porteros y acomodadores ya pasaron. Desaparecieron aquellos tiempos de gallineros, censura y entradas a siete pesetas. Todo eso se acabó, tuvo su Fin, su The End. Sin embargo, los datos no se han perdido. Las investigaciones de cinéfilos y profesionales del séptimo arte son claves para conocer cómo eran los cines de la capital tinerfeña del siglo XX y qué historias y anécdotas se criaron en torno a ellos. Y más que las investigaciones, las propias vivencias de los enamorados del cine, testigos in situ que se preocuparon de coleccionar, guardar y ordenar su afición.

Es el caso de José Antonio Pérez-Alcalde Zárate, un apasionado de las proyecciones y del ambiente que las rodea, autor de varias publicaciones: El cine en Tenerife. Apuntes para una historia -en colaboración con Aurelio Carnero-, Los cine-clubs Universitario y Naútico de Tenerife, La exhibición en Tenerife -un capítulo del libro El cine en Canarias-.

Pérez-Alcalde explica en La exhibición en Tenerife que las proyecciones de forma continuada comenzaron en Santa Cruz en 1906, cuando sociedades como la de Santa Cecilia, el Centro Republicano, el Centro Obrero y el teatro Guimerá se animaron a proyectar películas en sus locales. También en ese año se inauguró el Parque Recreativo, un cine al aire libre en la plaza del Patriotismo, que seis años después pasó a ser cubierto. Esta sala fue finalmente derribada en 1973.

Este cine tenía incluso un gallinero de madera al fondo, donde las localidades eran más económicas y donde, a veces, se sentaban personas sin miramientos, que solían lanzar comentarios en voz alta en mitad de las películas. No fue el único que disponía de un gallinero; también los tenían el cine La Paz -al aire libre e inaugurado en 1928- y el cine Avenida -del mismo año que el anterior, ubicado en la avenida Buenos Aires-. 

José Antonio Pérez-Alcalde recuerda la primera vez que fue al cine, siendo un niño. No se acuerda del nombre de la película, pero sí que fue en el cine La Paz, una sala de tercera categoría, de reestrenos. "Una sirvienta de mi casa me llevó a escondidas de mi madre y recuerdo que era una película tristísima. Salimos los dos con los ojos rojos de tanto llorar", indica.

Su afición por el cine la ha alimentado a lo largo de los años, pero al flechazo ayudó también el entorno familiar. Un tío suyo tenía en su sótano una sala de proyección y esa feliz circunstancia contribuyó a iniciarlo en un ambiente que lo cautivó. Años más tarde, su hermano mayor fue gerente de los cines Rex y Greco. "Hay una especie de tradición familiar", explica. Luego, él se encargó de hacerla aún más grande. Por ejemplo, tiene una colección de 600 libros de cine en su casa y no almacena más porque ya no dispone de sitio para colocarlos. Documentación variada, revistas, películas, todo un arsenal de celuloide que guarda como un tesoro. Entre los datos publicados de su puño y letra, ofrece los nombres de los cines que hubo en la capital desde principios del XX. En total, 34 salas oscuras -aquí se cuentan las salas que cambiaron de nombre o empresa en un momento dado-, que alcanzaron su esplendor entre los años 50 y 70, periodo de tiempo en el que todas competían por presentar las mejores películas. "Cines que tenían la exclusiva de algunas marcas productoras de verdadero prestigio habían de rendirse ante la competencia de otros locales, ya que los distribuidores cedían su mercancía sin ningún reparo al mejor postor". informa en uno de sus escritos.

Fue en los años 80 cuando las salas cayeron en crisis, sobre todo debido a los grandes gastos que tenían que afrontar sus propietarios para proyectar películas. Según recuerda Pérez-Alcalde, un día se enteró de que el distribuidor de una película que se estrenaba en el cine Rex se llevaba el 75% de la taquilla. Con estos costes resultaba imposible sostener una sala.

Sin embargo, antes de esos días, proliferaron los cines en Santa Cruz. En 1912 se inauguró el salón Novedades, en la calle Ferrer, aunque ocho años más tarde fue destruido por un incendio. En cine Avenida, en la avenida de Buenos Aires, abrió sus puertas en 1928. El edificio todavía está, pero se utiliza como depósito.

También ese año se inauguró el Cinema Victoria, en un local de la fábrica de tabaco de la familia Zamorano, en la avenida General Mola. Cerró en 1975.

Pérez-Alcalde destaca 1928 por ser un año en el que, de repente, abrieron bastantes cines. A los citados hay que añadir el cine Toscal, en la calle La Rosa, que en principio fue al aire libre y luego se cubrió. Más tarde cambió de nombre y pasó a llamarse Real Cinema. Desapareció en 1991.

El cine La Paz comenzó a funcionar, igualmente, en 1928. Duró hasta 1976 y también pasó de ser al aire libre a estar bajo techo. La plaza de toro también albergó distintos cines que ponían películas en verano: cine Tenerife, Alhambra, Rambla y Plaza. Las proyecciones en la plaza terminaron en el año 1987.

En 1929 abrió otro cine, el San Sebastián, que también fue en un principio una sala descubierta que más tarde se cubrió. En realidad, no fue hasta 1931, según indica el autor de La exhibición en Tenerife, cuando se construyó el primer edificio destinado exclusivamente a cine: el Royal Victoria, ubicado en la calle La Rosa. No obstante, en 1939 hubo sesiones al aire libre en una sala anexa. Cerró en 1975 y fue derribado.

También en 1931 se inauguró el cine Numancia, en la calle del mismo nombre. Esta sala llegó a especializarse en cine de arte y ensayo y aunque fue cerrado en 1983,e l edificio todavía se conserva.

En los años 40 abren el teatro Baudet -entonces el mayor cine de Canarias, con 2.000 localidades-, el cine Moderno -en la calle San Sebastián-, el cine Buenos Aires -en la calle Ortega y Gasset- y el Ideal Cine -al aire libre y en la calle San Francisco Javier-.
Mitad de siglo

Alcanzada la mitad de siglo, Pérez-Alcalde ya tenía 16 años, una edad en la que iba al cine los jueves por la tarde, aprovechando que ese día y a esas horas no había colegio. Recuerda que solía ir con un amigo y que si llevaban pantalones cortos no los dejaban entrar a las películas no aptas para menores. Por eso, a veces, llevaban pantalones bombachos, "ya que al quitarles el elástico parecían largos". Artimañas. En esa época, en los 50, los dos amigos tenían bastantes salas para elegir. En 1950 se inauguró el cine Price, en la calle Salamanca. Trece años después fue reconstruido y en 1988 cerró sus puertas. Esta sala dio paso a Multicines Price, que empezó a funcionar en 1989, hasta la fecha.

Aunque el cine Crespo abrió en 1949, más tarde fue reformado y pasó de ser al aire libra a estar completamente cubierto. Además, cambió de propietario y se rebautizó cine Princesa. Estaba en el barrio de La Salud, en la calle Princesa Dácil y cerró en 1976.

En 1951, en la avenida General Mola, abre el cine Tenerife, que en 1981 fue remodelado y pasó a llamarse Yaiza Borges, aunque no duró mucho. En 1986 cerró.

El cine San Martín -en el barrio de El Toscal- abrió en 1953. Duró 31 años. En 1954 se inauguró el cine Rex, en la calle Méndez Núñez y, unos meses más tarde, apareció el cine Víctor, en la plaza de La Paz.

Y las salas Valleseco -en el barrio del mismo nombre- y Costasur -en la barriada de García Escámez- abrieron en 1955.
Pasada la década de los 50, también hubo muchas más salas, como el cine Fraga, en la carretera del Rosario, y el cine San Andrés. En cuanto al cine Greco, en la calle Luis de la Cruz, fue inaugurado en 1967, aunque cerró en 1985 para convertirlo en los multicines.
Ya en 1982 abre el multicines Oscar´s, en la avenida Bélgica, con cuatro salas. También ese año abre Minicines Charlot, en la calle Santiago Cuadrado, aunque sólo estuvo abierto seis años. Tenía dos salas.

José Antonio Pérez-Alcalde explica que entonces había tres categorías de cines. Los mejores -el Baudet, Royal Victoria, Rex y Víctor- eran los que estrenaban las películas. Los de segunda categoría -por ejemplo el San Martín- eran los que ponían las películas una semana después de los estrenos. Y, finalmente, las peores salas eran las de proyecciones de poca calidad y muy viejas.