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domingo, 21 de junio de 2026

A PERROS FLACOS


Las posesiones de los indigentes
No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado, como ya hace Madrid con las personas sin hogar.
Antonio Muñoz Molina, 20.06.2026

Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que si hace buen tiempo tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones.

sábado, 13 de junio de 2026

VETE Y NO PEQUES MÁS


Actos y autos de fe
Rastros éticos y estéticos me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo a los que nunca he renunciado.
Antonio Muñoz Molina, 13.06.2026
https://elpais.com/opinion/2026-06-13/actos-y-autos-de-fe.html

A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

A nosotros el detalle del dedo que escribe sobre la tierra nos parece una sutileza literaria. Según Piñero, tiene un sentido simbólico, porque los mandamientos de la ley de Moisés los escribió el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Uno puede pensar que una nueva ley escrita sobre la tierra común que todos pisamos será más compasiva, menos sujeta a la rigidez del dogma, al ser tan fácil de borrar y de escribir de nuevo.

Tuve una infancia y una primera adolescencia católicas, como todo el mundo de mi generación, pero a la lectura atenta de los Evangelios he llegado muy tarde, después de una vida entera apartado a conciencia de cualquier práctica o creencia religiosa. A la Iglesia española, y a un cierto número de sus representantes en la Tierra, les debo un valioso regalo intelectual: el rechazo precoz de toda forma de creencia en una divinidad providencial y justiciera, en la vida eterna, en el premio del cielo y el castigo del infierno. Hacerse ateo, racionalista y anticlerical a los 14 o 15 años, en la España de Franco y de una Iglesia franquista y tridentina, era una pequeña rebelión personal que no habría sido tan precoz sin el rechazo que aquella gente provocaba. A nosotros no se nos daba a leer el Nuevo Testamento, ni se nos educaba la sensibilidad literaria con las muchas bellezas del Antiguo. El arte religioso que veíamos eran blandas estampitas piadosas, santos y vírgenes de escayola, cuando no cuadros ennegrecidos de torturas de mártires o de almas aterradas quemándose en el infierno. En cuanto a la música, pasamos de los cánticos sombríos a las simplezas de las guitarras y las flautas que tocaban El cóndor pasa en el momento de la consagración.

La vulgaridad estética, el feísmo sanguinario de los mártires desollados o amputados y de los crucificados con pelo natural y manos y pies atravesados por clavos, eran el espejo de la corrupción política y moral de una Iglesia parasitada en toda la mugre de la dictadura, beneficiaria del botín de guerra de la enseñanza, instalada en una supremacía sobre lo cotidiano que le costará mucho imaginar a quien no la vivió. Si aparecía un cura por la calle, los niños teníamos que ir corriendo a besarle la mano. En las puertas de las iglesias había unas fichas con la “clasificación moral” de las películas, que podían recibir un 3R (mayores con reparos) o incluso un 4, que las calificaba como “gravemente peligrosas”. Que unas películas ya autorizadas por la censura franquista pudieran contener tales extremos de pecado da una idea de la mentalidad eclesiástica de aquellos tiempos. Ir a verlas era pecado mortal. Y, como los buenos catequistas nos advertían, morir en pecado mortal garantizaba el fuego del infierno, que no era metafórico. Un cura encendía una cerilla y te retaba a que pusieras un momento el dedo en la llama: si apenas lo podíamos aguantar, ¿cómo sería quemarse así, sin tregua, sin alivio, sin fin, no un año, ni diez, ni cien, ni mil, sino toda la aterradora eternidad? Sembrar ese grado de angustia en una imaginación de siete años, edad a la que hacíamos la comunión, es sin duda una hazaña pedagógica que tarda en olvidarse. Que alguno de aquellos bondadosos agoreros cayera además en la tentación de meternos mano no es un matiz secundario.

La saludable rebeldía puede también derivar en prejuicio, en negación irreflexiva. En la militancia antifranquista encontré por primera vez a cristianos con los que tenía más cosas en común de las que había imaginado. Uno de ellos, que sigue siendo amigo mío, me dio a leer un libro que hablaba de las enseñanzas de Cristo bajo una luz del todo ajena a la de los curas de mi infancia: Lectura materialista del Evangelio de Marcos, de Fernando Belo. Poco a poco, a lo largo de los años, he sido siguiendo rastros éticos y estéticos que me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo que fui haciendo míos desde el final de la adolescencia, y a los que no he renunciado nunca. Hay una profunda sensación de lo sagrado que puede ser ajena a toda idea religiosa —al menos en el sentido occidental de la palabra— y que a uno lo exalta, por ejemplo, en una obra de Bach o de Tomás Luis de Victoria, en un Negro spiritual, en una saeta flamenca, en cualquiera de las escenas evangélicas de Caravaggio, en un poema de san Juan de la Cruz; y, sobre todo, en la plena contemplación silenciosa de la naturaleza, o en esos estados nada místicos ni vaporosos de la meditación budista, en los cuales, con disciplinado adiestramiento, se pueden ver las cosas como son, dentro y fuera de uno, en lo que Manuel Machado llamó “la tranquila belleza del presente”.

Monjas y curas católicos, rabinos, pastores luteranos, marxistas de espíritu abierto, desfilaban del brazo de Martin Luther King en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Nada es simple, ni fácil. La misma Iglesia católica que se alía con los ricos y con la derecha española para privatizar cada vez más la educación, ejerce a través de Cáritas y de sus voluntarios una asistencia imprescindible a quienes ese amigo mío que me ayudó a leer de otro modo el Evangelio llama “los últimos de los últimos, los que no quiere nadie”. El Papa que defiende la justicia y la paz con una rotunda claridad y una elocuencia que han desaparecido del idioma de la izquierda también condena el derecho al aborto y a la muerte digna y elegida. Los llamados evangélicos en Estados Unidos propagan el capitalismo y el racismo extremos y anuncian con júbilo el apocalipsis. A la mujer adúltera a la que Cristo disculpó hay millones de voluntarios dispuestos a ejecutarla, con una piedra en una mano y un libro de feroz monoteísmo en la otra.
Tomás Luis de Victoria, *Salve Regina.

sábado, 23 de mayo de 2026

HUMANISTAS


Dos retratos de humanistas
Consuela en este mundo cada vez más difícil sentarse a conversar con amigos que aúnan sin conflicto el saber y la sabiduría.
Antonio Muñoz Molina, 23.05.2026

Hace años, leí que un historiador ponía en duda la veracidad del relato de Marco Polo, porque en él no se mencionaban ni la Gran Muralla ni la costumbre de beber té. Se lo cuento a un amigo que acaba de llegar a Madrid desde China justo en el momento en que bebe una taza de té en una cafetería. Se queda pensando y no dice nada, quizás porque es un hombre muy reflexivo y acostumbrado a evaluar cada vertiente de un problema. Mi amigo es un físico cuántico recién jubilado que no rebaja por eso su actividad divulgadora y docente. Tiene discípulos en universidades y centros de investigación de medio mundo, y siempre que nos encontramos me dice al menos dos cosas que me dejan desconcertado. Nació en México y siente mucho apego a su Jalisco natal y a su familia, pero ha vivido y trabajado en las mejores universidades de California y la Costa Este. Ahora es un road scholar, como esos sabios de los primeros tiempos de la imprenta que andaban de un lado a otro de Europa buscando manuscritos antiguos y preparando ediciones de clásicos griegos o latinos, o de los Evangelios.

Los retratos de humanistas fueron un género cuyo modelo más acabado tal vez sea el retrato que Hans Holbein hizo de Erasmo de Rotterdam. Hasta entonces, el prototipo del varón estudioso era un santo, sobre todo san Jerónimo. A san Jerónimo lo pintan unas veces como un santo penitente, que se golpea el pecho desnudo con una piedra en castigo por el fervor que sintió en su juventud hacia los escritores paganos; pero en otro modelo de retrato, el santo está consagrado serenamente a la lectura en un gabinete confortable y lleno de libros, con la compañía dócil de un león adormilado a sus pies como un perro. Al humanista de la escuela de Erasmo se le representa puramente como un estudioso, leyendo o escribiendo, interesado en la precisión filológica del texto que tiene entre manos, dedicado a escribir no por directa inspiración divina, como un evangelista, sino por un puro afán intelectual.

Viendo a mi amigo recién llegado de China pienso en aquellos retratos. Se me ocurre que mi amigo es un humanista porque aúna sin conflicto el saber y la sabiduría. Cuando ha impartido seminarios sobre partículas subatómicas en una institución de Florencia ha llevado también a los estudiantes a contemplar la cúpula de Brunelleschi en el Duomo, y los frescos de Masaccio en la iglesia de la Trinità y de Fra Angelico en el convento de San Marco, y les ha enseñado los manuscritos originales del santo patrón de la Física, Galileo Galilei, en una biblioteca florentina. En China ha visitado una red de centros de información cuántica situados, me dice, en una ciudad secundaria, de apenas siete millones de habitantes, en los que se hace más ciencia que en toda la Unión Europea. En China uno no compra un billete de tren y lo enseña al llegar a la estación. Basta con que esos sensores de reconocimiento facial que hay por todas partes identifiquen su cara. A cada momento, lo que haga o no haga o diga, o la expresión que ponga un ciudadano, queda registrado a beneficio del Gobierno, y determina automáticamente su posición laboral y sus expectativas vitales, desde la elección de pareja o la duración y calidad de sus vacaciones. “Pero no pienses que tú o yo o cualquiera de la gente que ves en el café con su smartphone en la mano está menos vigilado”. Yo le expreso a mi amigo mi pesimismo sobre las posibilidades de dominación tiránica y robo del alma de la tecnología. Él sonríe casi compasivamente al decirme que es más pesimista todavía, hasta un extremo que me deja helado:

—Tú y yo pertenecemos al mundo del carbono, y el mundo que viene será el del silicio, ya está siéndolo. El mundo del carbono es el de la vida orgánica, que ha prevalecido durante los últimos 3.000 millones de años. El del silicio es el de la computación y la inteligencia artificial. Ya hay más transistores en el planeta que granos de arena en los mares.

Pero a continuación, y no sé cómo, la conversación deriva hacia san Agustín y sus Confesiones, asunto sobre el que mi amigo resulta tener conocimientos y opiniones muy precisos. Así que cuando nos despedimos ando confuso entre la triste invención agustiniana del pecado original y el resumen que hace mi amigo de los dos campos en los que se centra ahora mismo lo más adelantado de la inteligencia artificial: el control de las personas y el reconocimiento de imágenes con el fin de automatizar al máximo la guerra.

Anclado irremediablemente en el universo del carbono, a los pocos días quedo con otro amigo sabio y viajero, que acaba de llegar de la costa noroeste de Canadá, adonde lo llevó va a hacer 20 años la tenacidad de un tribunal de cátedra español resuelto a no reconocer ninguno de los méritos que le correspondían como psiquiatra e investigador de la salud mental. En lugar de té, este amigo bebe despacio, al final de la tarde, un cóctel de color caramelo en una copa pequeña. A juicio de su tribunal, mi amigo carecía de méritos para ser catedrático de una universidad intermedia española, lo cual no fue obstáculo para que lo contrataran de inmediato en una de las mejores universidades canadienses. Eso le abrió un campo de investigación que de otro modo él nunca habría elegido: la salud mental de las poblaciones originarias, marginadas, diezmadas en muchos casos hasta el exterminio, sometidas al robo de niños con el fin de encerrarlos en instituciones despóticas que les arrancaban su lengua y su sentido de comunidad, con los efectos habituales de desarraigo y alcoholismo. Cómo van a separarse las afecciones mentales de las condiciones de vida de quienes las sufren, o de sus valores culturales, sus visiones concretas del mundo, tan ajenas a las de los dominadores blancos. Científico errante también, este amigo ha trabajado con aborígenes de Australia, con inuit del Círculo Polar, con maoríes de Nueva Zelanda. Conoce bien las representaciones visuales y las leyendas sobre el origen del mundo de los nativos australianos, los “trazos de la canción” sobre los que escribió con tanta belleza y respeto Bruce Chatwin. Pero ahora, con el paso de los años, siente lo que es común en tantos desterrados más o menos voluntarios, las ganas de volver, la querencia poderosa de España. Vive en una sociedad que en muchas cosas le parece admirable: el compromiso cívico de las personas, la conciencia culpable y justiciera de los derechos de las minorías oprimidas, la transparencia y el valor del mérito justo en las administraciones. Dice que en la literatura y en el arte se puede aprender más sobre la psique humana que en los tratados de psiquiatría. Bebe un sorbo prudente de cóctel, y opina con pesadumbre sobre la atmósfera política española, que no lo entristece menos por vivir tan lejos. Otra de las tareas que lo llevan por el mundo es la de evaluar la calidad y solidez de sistemas públicos de salud. Dice que el nuestro, que ha sido de los mejores, está ahora al borde del derrumbe. “Lo más que se puede hacer es apuntalarlo para que no se caiga”. Considera la posibilidad de tomar un segundo cóctel, y como está a gusto, en el atardecer de Madrid, de vacaciones, y a punto de volver a sus lejanías canadienses, opta por pedirlo. Sabe que casi ningún problema serio se puede resolver con facilidad, y sin acuerdos imperfectos, y que cada asunto tiene una variedad de aspectos y matices que no pueden reducirse a opciones binarias, al sí o no, al blanco o al negro, simplezas muy queridas en la vida pública española, en un país en el que abunda por igual lo excelente y lo vergonzoso. “Pero es el nuestro, y a pesar de todo lo queremos”. Lo dice con la claridad melancólica del que vive muy lejos.

sábado, 18 de abril de 2026

ESOS QUE LO TIENEN TODO PARA SER MUY ALTOS, SALVO LA ESTATURA


Los petromachos
La estética del macho blindado en el interior de su coche ha agravado lo que ya era brutalidad masculina a secas.
Antonio Muñoz Molina, 18.04.2026

El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.

De pronto, la costumbre de ir en burro o a caballo, que había sido agradable y cansina, se volvió peligrosa. No era de temer que aquellos fatigados animales de cargas se lanzaran a galope, pero no estaban acostumbrados al ruido y la velocidad de los coches y se asustaban fácilmente, y podían pararse de pronto y tirarlo a uno por encima de las orejas, o alzar las patas delanteras y tirarlo de espaldas. Con el paso de los años, mi experiencia de la petromasculinidad ha enriquecido la que ya venía padeciendo a causa de la brutalidad masculina a secas, que se ceba con predilección en las mujeres, pero que a muchos varones poco inclinados hacia ella nos ha deparado bastantes amarguras. En los colegios de curas no había niñas, así que la burricie de profesores y alumnos machotes se volcaba en los compañeros débiles o tímidos que no participaban en los juegos violentos ni en los bramidos del futbolismo colectivo. El simio de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio se vuelve más temible cuando descubre que un fémur puede ser un arma de dominio. La masculinidad burda que con tanto empeño fomentaban por igual en mi niñez las autoridades civiles, militares y eclesiásticas dio un gran salto adelante cuando encontró su complemento en el motor de explosión. El sable, la pistola, la maza, la quijada de burro, difícilmente pueden competir con el pedal del acelerador y con el rugido del tubo de escape, e incluso son menos letales como armas de agresión. Raquel Vidales ha contado en estas páginas las investigaciones de la politóloga americana Cara Daggett, que acuñó el término petromasculinidad en 2018, y lo relaciona no solo con los coches, sino con el campo entero de los combustibles fósiles: “Las torres de extracción, la perforación, los oleoductos, la gasolina”. Drill, baby,drill: la consigna feroz de Sarah Palin en las elecciones de 2008, repetida con maníaca unanimidad en todos los actos de masas de la derecha republicana, cobra un sentido de éxtasis viril y émbolo de gimnasia pornográfica: “Taladra, taladra…”

He caminado por no sé cuántas ciudades y senderos en mi vida. He paseado a niños en carrito y de la mano, y a ancianos lentos que se agarraban con temor a mi brazo. He montado diariamente en bicicleta por Madrid, Ámsterdam, Nueva York, Valencia. He conducido con la prudencia de un aprendizaje tardío y un carácter temeroso y, por lo tanto, propenso a cumplir hasta la norma escrita con tipografía más pequeña. Y en cada una de estas circunstancias he sufrido la colisión literal o figurada con la horda petromasculina, que en cualquier momento podría haberme arrollado, como a ese pobre médico que conducía una madrugada por los túneles de la M-30 en Madrid y tuvo la desgracia de toparse con dos petromachos en trance de máxima berrea, uno de los cuales embistió su coche por detrás y le quitó la vida. Resulta que se habían picado entre sí, ahítos de cocaína y testosterona, y que durante varios kilómetros se persiguieron y se acosaron a 170 por hora, excitados por el doble berrido de los motores, imaginando quizás que estaban en un anuncio de coches deportivos, o en un videojuego. El médico madrugaba para ir a su trabajo o volvía de él. Por culpa de dos canallas sin cerebro, su hijo no volverá a verlo, y el que entonces estaba a punto de nacer no lo conocerá. Ver las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad hiela la sangre. Los dos llevaban años en libertad provisional, y ahora uno de ellos se ha dado a la fuga, como uno de esos delincuentes de tantas películas y anuncios que celebran obscenamente al conductor temerario, al hombre de mentón áspero y manos poderosas, echado hacia atrás y con los brazos extendidos para sujetar más chulescamente el volante, para emborracharse y quién sabe si llegar al orgasmo con la vibración del motor y el estruendo del tubo de escape.

Otro estudioso, Jaime Vindel, ha publicado un libro titulado Estética fósil. La estética del macho blindado en el interior de su coche como en la cabina de un avión de combate se corresponde con los nombres aventureros que los publicistas inventan para muchos de esos vehículos: Rover, Maverick, Ranger, Bronco. Es una fantasía de dominación más perfecta aún porque en ella los adversarios no existen, o no llegan a verse. Los coches de los anuncios aceleran sin esfuerzo por carreteras de montaña en las que no vendrá nadie de frente o por paisajes helados de ciudades de rascacielos por las que no camina nadie. Por las estrecheces de Madrid, los todoterreno o los llamados SUV avanzan tan amenazadoramente como las infames excavadoras israelíes por las ruinas de Gaza. Los conductores van tan altos que no pueden ver a niños ni a perros. Detrás de mí, en el tren, un viajero celebra por teléfono el Hummer que acaba de comprarse: “Eso no es un coche; es un tanque”.

Pero el tamaño o el precio del coche no tiene por qué corresponderse con la petromasculinidad del conductor. Es como esos hombres a los que se les ve que lo tienen todo para ser muy altos, salvo la estatura. Hay individuos que compensan la escasa entidad de su vehículo con ronquidos postizos de fieras al acecho, o con bombos de bajos que estremecen los cristales en todo un vecindario. Igual que mi madre me recordó siempre el susto de aquel médico, yo sigo rememorando para mi hijo Arturo la vez en que un chorizo subido a una moto mediocre pero atronadora en Granada se encaró en la acera con el carrito en el que yo lo llevaba. Protesté, con mesura, señalando lo estrecho del paso en que nos encontrábamos: “Pero hombre, bájate de la acera”. A lo cual respondió con un acelerón y un desafío: “¿A que te pillo?”

Ahora las aceras por las que paseo con mi perra son algo más anchas, pero las motos son mucho más grandes, y los conductores ostentan cascos y chaquetones de cuero con hebillas y correajes y hasta llevan micrófonos con los que parecen dar instrucciones a sus tropas de supermotoristas invasores. Me he vuelto más prudente, y para no incomodarlos me hago a un lado, tomando en brazos a la criatura amedrentada. Sé cómo se enfadan cuando se les incomoda. Mejor me la llevo al Retiro.

sábado, 14 de marzo de 2026

AL CAUTIVERIO DE LA IGNORANCIA


Leer a solas en una habitación
Mientras decenas de millones de niñas no pueden ir a la escuela, en nuestro mundo de desganado cinismo aprender se ve como algo superfluo.
Antonio Muñoz Molina, 14.03.2026

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.

domingo, 25 de enero de 2026

MEMORIES


El arco roto
El progreso que parecía apuntar que un negro llegase a la Casa Blanca apenas ha dado de sí.
Antonio Muñoz Molina, 24.01.2026
https://elpais.com/opinion/2026-01-24/el-arco-roto.html

Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.

Salgo a la calle después de medianoche. Se ven a lo lejos, hacia el norte, en Times Square, los fuegos artificiales que celebran la victoria. Hay gente que canta por la calle. El andén del metro y luego los vagones están llenos de una multitud festiva de gente joven. En la parada de Times Square el gentío es ya una inundación de cantos coreados y banderitas americanas. El tren sigue hacia el norte, pero hay tanta gente y es tanto el griterío jubiloso que no llego a oír por los altavoces uno de los avisos frecuentes de cambio de itinerario. He pasado de largo mi parada en la calle 103 y ahora me veo alejándome por Harlem y Washington Heights en dirección al Bronx. En ese tiempo breve sucede un cambio a mi alrededor. El clamor festivo se ha ido apagando a medida que las caras de los viajeros iban dejando de ser blancas. Por encima de la calle 125 la gente que viaja no celebra nada. Son personas pobres, hombres y mujeres, la mayoría inmigrantes, legales e ilegales, los que hacen los trabajos más agotadores, doblados de sueño en los asientos, ensimismados cada uno en su fatiga y en sus cavilaciones, algunos masticando esas comidas muy especiadas que se venden en los carritos de la calle, o echados contra el respaldo del asiento, durmiendo con la boca abierta, tapados con los capuchones de los abrigos. Muy al norte, en la vieja estación destartalada de la calle 168, con bóvedas y arcos como las ruinas de unas termas, consigo tomar un tren de regreso.

El segundo recuerdo es de unos años más tarde. Es 2013 y he ido a Memphis buscando el rastro de los últimos días de Martin Luther King y el de su asesino, James Earl Ray. Sobrecogidos de emoción, mi mujer y yo hemos llegado a la explanada del Lorraine Motel, delante del balcón corrido de la habitación 336. En esa baranda el doctor King se acodaba fumando un cigarro cuando un solo disparo de fusil le atravesó la mandíbula y le seccionó la yugular. Hay lugares sagrados. El Lorraine Motel es uno de ellos. En él se ha instalado el Museo de los Derechos Civiles, donde se conserva, entre muchos testimonios de infamia y heroísmo, un autobús medio quemado, uno de aquellos en los que viajaban juntos al Sur activistas blancos y negros para romper el apartheid en el transporte público y en las cantinas de las estaciones. La chatarra y el plástico calcinados de los asientos eran un testimonio más impresionante que esas imágenes de los noticiarios en las que hordas de hombres blancos asaltan con palos y armas los autobuses con sus caras deformadas por el odio. El museo es de una calidad documental y pedagógica intachable. Alumnos de instituto negros, blancos, asiáticos, morenos, recorren las instalaciones, a ratos conmovidos o extrañados, a ratos con un tedio de adolescentes sometidos a las lentitudes de un museo. En una réplica de la celda ocupada por Martin Luther King en la cárcel de Birmingham varios de ellos se sientan en el camastro mirando los móviles, con las cabezas juntas.

El hilo narrativo del museo deja una impresión doble: la de cosas sucedidas hace mucho tiempo, firmemente alojadas en el pasado neutro de los hechos históricos, y la de una historia dramática en la que el sufrimiento ha culminado en redención, y en un final si no del todo feliz, al menos mejor, y en colores vivos, no en el blanco y negro del pasado. Es el arco del progreso, que según creyó el doctor King se inclinaba en dirección a la justicia, y también el de las ficciones del cine y la televisión americanos, el the end feliz que compensa y justifica todo infortunio anterior. Esa mañana volvemos al centro de Memphis en uno de los tranvías como de saldo que circulan por la avenida principal. Digo de saldo porque cada uno es de una manera, como de segunda mano, traídos de aquí y de allá, algunos de ellos sin la menor duda de Lisboa. El conductor es un blanco joven y rubio. En una acera, entre dos paradas, hay una señora negra, encorvada por la vejez, que se mueve muy lentamente, y hace una señal desolada al paso del tranvía. Pero el conductor la ve y para, y se baja para ayudarla a subir, y a sentarse, con delicadeza y paciencia. Esta señora sería joven en la época de Martin Luther King. Me acuerdo inevitablemente de Rosa Parks, serena y firme, mirando por la ventanilla del autobús en el que no estaba dispuesta a permitir que la levantaran de su sitio. Pensábamos: hay progreso; una militancia organizada y no violenta, imaginativa, valerosa, persistente, puede mejorar las cosas de manera tangible, incluso irreversible; la desmoralización, el casi derrumbe de Martin Luther King en sus últimos días, quedaban redimidos después de su muerte, transfigurada en martirio necesario.

Luego vino lo que vino. En agosto de 2014, Michael Brown, un chico negro de 18 años que ni siquiera iba armado, murió por los disparos de un policía en Ferguson, Misuri. En diciembre, un policía de Nueva York le apretó el cuello hasta asfixiarlo a Eric Garner, un hombre negro que vendía cigarrillos sueltos. En junio de 2015, un supremacista blanco abrió fuego contra los asistentes a una iglesia afroamericana en Charleston, Carolina del Sur, y mató a ocho de ellos. Donald Trump, entonces solo un botarate de la televisión basura, llevaba años agitando la mentira de que Obama no era un presidente legítimo porque en realidad no había nacido en el país.

El simbolismo tan celebrado de que un hombre negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello de un doctorado en Harvard gracias al cual los multimillonarios de Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S, ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como había llegado, decorativo y cool, aunque con el pelo agrisado, y a continuación él y su esposa, que sí es descendiente de esclavos, se dedicaron a ganar dinero, y a no levantar apenas sus voces contra la grotesca tiranía de su sucesor. En noviembre de 2016, en otra noche electoral, nos dimos cuenta de que nuestro tiempo en aquel país se estaba acabando, y de que el arco del progreso es bastante menos firme de lo que nos parecía.

sábado, 26 de julio de 2025

UN ARIA x UN ARTÍCULO


Sálvese quien pueda
Mi vida entera ha consistido en el choque con la brutalidad y en la huida de ella: en presenciarla o sufrirla, en detectar sus síntomas, en rebelarme contra ella, casi siempre en vano.
Antonio Muñoz Molina, 26.07.2025

En los largos insomnios, ideas o imágenes inusitadas surgen como relámpagos en la oscuridad. En una sola noche sin dormir puede surgir entero un cuento o un poema. He llegado a pensar algunas veces que una novela aparece en la imaginación y se sostiene gracias a unos cuantos insomnios espaciados, que van alumbrando el camino que queda por delante. Esta madrugada, al cabo de muchas horas sin dormir, cuando ya está amaneciendo, he hecho uno de esos descubrimientos que le permiten a uno vislumbrar no ya detalles imaginarios que tienen toda la consistencia de lo concreto y lo verdadero, sino las líneas esenciales de una historia, la pura forma sumergida que la sostiene entera, o que convierte en ley de la naturaleza toda la proliferación de las observaciones singulares.

Pero en este caso el insomnio no está originado por una fiebre creativa, sino por una causa mucho más vulgar, de una contundencia irrefutable. No he dormido en toda la noche porque en la casa de al lado, con todas las puertas y las ventanas abiertas a lo que debería ser el regalo del aire de la madrugada, un grupo nutrido de gente joven y no tan joven está celebrando una fiesta en la que las carcajadas y los gritos de euforia alcohólica quedan sumergidos bajo un estruendo como de perforadoras de túneles cuyos golpes rítmicos contra la roca viva estuvieran amplificados por un equipo de sonido que bastaría para volver colectivamente sordos a los asistentes a un estadio. Hay gente que lo llama música. Pero no estoy en Madrid, en el vecindario del Santiago Bernabéu, escuchando el berrido oceánico de los seguidores de una de esas estrellas globales tan genéricas como la pizza o la Coca-Cola. Estoy en un pueblo interior, en una comarca que tiene algo de Edén regado por ríos de caudal jubiloso y protegido por un horizonte de montañas, uno de esos lugares que le permiten a uno sentirse fuera del mundo y a la vez habitar un mundo recogido y completo, como un arca de Noé en la que estuviera representada la variedad de las especies animales y vegetales y además de los paisajes: la vega fértil, las laderas de secano por las que trepan olivos y almendros austeros sobre la tierra roja, los montes de pinares, con cimas peladas en las que se encuentran ruinas de fortificaciones prehistóricas y de campamentos maquis de la posguerra, investigados con rigor y respeto por los arqueólogos.

Los dones de la mirada no son más ricos que los del oído. En el silencio del amanecer empieza a escucharse ese chirrido peculiar de las golondrinas, en sus idas y venidas urgentes entre el vértigo del cielo y los nidos de barro bajo los aleros. El sonido del caudal de los ríos viene acompañado por el de las copas de los fresnos, los chopos, los abedules, los cañaverales de las orillas. Por las noches es frecuente oír voces cercanas de personas a las que no se ve, pues hablan en un balcón, o en una calle de al lado, como cuando desde la cama, en las noches antiguas de verano, oíamos por la ventana abierta las voces de gente que pasaba. Sobre las hojas y las flores enormes de las calabazas vibra el zumbido laboral de las abejas. Pájaros cuyos nombres casi nunca llego a saber cantan en las copas de los manzanos, sobre las que vuela a primera hora de la mañana un cuervo majestuoso de voz ronca y alas de un negro de antracita con reflejos azules.

Todo ha desaparecido en esta noche de insomnio. Y entonces veo de golpe el patrón que ha regido una gran parte de mi vida, desde que tengo memoria, como cuando Darwin vio ante sí el diseño espléndido de la selección natural después de muchos años de observaciones meticulosas sobre los gusanos, los berberechos, los picos de los pinzones, las palomas mensajeras, las tortugas gigantes del Pacífico. Mi vida entera hasta el día de hoy ha consistido en el choque con la brutalidad y en la huida de ella: en presenciarla o sufrirla, en detectar sus síntomas, en rebelarme contra ella, casi siempre en vano, en constatar su predominio en la vida española, en encontrar su rastro en la historia del pasado y su perduración no mitigada sino exagerada en el presente; y también en examinarme a mí mismo para averiguar en qué medida puedo haberme contagiado de ella. No en vano me crié en un tiempo en el que curas, padres y maestros podían volverle la cara a un niño inerme de una bofetada, y en el que una reputada diversión infantil eran las charlotadas del bombero torero y los siete enanitos.

En los juegos de la calle y en los patios de la escuela asistí a la brutalidad de los grandullones y los crueles, en la universidad la de los policías de porras negras y uniformes grises, en el servicio militar la de los mandos y los veteranos serviles, en los años de Granada la de los guerrilleros fascistas que quemaban kioscos y asaltaban bares. He presenciado y sufrido la brutalidad clásica española ejercida por los matones reaccionarios, y por la simple burricie humana, pero también la otra brutalidad que consintió y muchas veces alentó y alienta la izquierda: la brutalidad de los represores y tristemente la de los antirrepresores, que en algún momento, allá por los ochenta, decidieron que la mala educación y la bronca, la imposición intolerante de la juerga, eran progresistas, y hasta tenían un alto interés cultural.

Uno busca un refugio y casi siempre alguna forma de brutalidad lo expulsa de él. En 1993, cuando mi mujer y yo reformamos nuestra primera casa juntos, descubrimos, nuestra primera noche en ella, que aquel recóndito paraíso no iba a ser posible. En los bajos del edificio había una especie de discoteca gay con la música tan fuerte que hacía temblar el suelo y las patas de la cama varios pisos más arriba. Fui a quejarme educadamente al dueño y aparte de encogerse de hombros deslizó contra mí una sospecha de homofobia. De la siguiente casa, un piso alto con una pequeña terraza en la que cabía todo el horizonte de Madrid, nos expulsó de nuevo el descontrol acústico de los bares, además de la esclarecida costumbre del botellón. Cada fin de semana, después de una noche sin dormir, amanecíamos al hedor de los vómitos y los orines en la acera. Había quien defecaba entre los coches aparcados, y quien prefería hacerlo, comprensiblemente, en la intimidad de nuestro portal. Por esa época, alguna autoridad pusilánime quiso poner algún límite a las horas de cierre de los bares. Hubo un manifiesto airado de intelectuales protestando contra aquel atentado a la libertad. Gente que vivía en urbanizaciones para ricos nos desdeñaba como reaccionarios a los que teníamos la desdicha de vivir dentro de la ciudad. Recuerdo a una dirigente célebre y radical que dictaminó: “Tampoco le pasa nada a la gente por no dormir alguna noche”. Quizás podía haber tomado la precaución de consultar a una de esas personas que madrugaban para trabajar, y que debían de ser sus votantes naturales; y haber pensado con algo de sensibilidad en los viejos, los niños pequeños, los enfermos, las personas cuyos derechos y cuya salud quedan abolidos por la bronca nocturna.

Me ofende la brutalidad de los conductores que dedican insultos atroces en un semáforo, y la de los moteros que atruenan un barrio entero con sus acelerones de obsceno exhibicionismo masculino, y la de los viajeros del metro que mantienen una conversación a todo volumen en el móvil sin la molestia de ponerse unos auriculares. Me llena de tristeza que la mala educación sea considerada en España un signo de autenticidad. En un sendero del campo, una especie de Mad Max montado en un artefacto con cuatro ruedas enormes siembra el pánico entre las criaturas que lo habitan, y a mí me sume en una desolación de derrotado. En el pueblo faltan varias semanas para que empiecen las fiestas, con sus vaquillas despavoridas entre la gente y sus comas etílicos juveniles, pero en la casa del otro lado del callejón los bárbaros llevan toda la noche entrenando. En España un ciudadano está tan inerme frente a la brutalidad como a la corrupción.
"Pagliacci", Leoncavallo. *Vesti la giubba.

sábado, 22 de marzo de 2025

¡A COMER!

Siempre he pensado que la costumbre española de comer juntos alrededor de la mesa, ya sea en la cocina, en el comedor o hasta viendo la tele, degustando platos elaborados normalmente por la madre, un primero -sopa o potaje-, un segundo consistente y un postre o fruta o ambas cosas (mi padre terminaba de comer con la pregunta ¿no hay alguna galletita o chocolate de ese fuerte?), es algo que nos une, en contraposición al mundo anglosajón, que rara vez se ven durante el día y sólo logran compartir, si acaso, una cena en familia; salvo honrosas excepciones, supongo. Ya mayores, cuando el pibe intenta sorprender con una invitación a cenar en su casa con un "cocino yo", se le ve cocinando pasta o ensalada, poco más. Los platos sofisticados como el pavo al horno o embostes similares los dejamos para Acción de Gracias o celebraciones parecidas.
Recuerdo con placer y felicidad cuando mi padre, muchos años ha, nos invitaba "a comer fuera", lo que significaba que iríamos a comer al ROMA o al CALLAO, más o menos cerca de casa. Allí pedíamos "un plato combinado", placer de dioses, la típica mezcla de comidas diferentes todas en el mismo plato para delicia del comensal. Era una de las pocas veces que podíamos pedir una Coca-Cola para acompañar -en mi casa siempre se comía con agua, ni refrescos ni vino-, lo que ponía la guinda al banquete. Entre los platos combinados que disfrutábamos con mi padre o las invitaciones al restaurante del Hotel Taburiente, al que me invitaba mi amigo G y donde pedía paella o platos elaborados que me hacían la boca agua, comer fuera siempre fue para mi una experiencia maravillosa. Con los años, con mis amigos de toda la vida y con mi familia, seguimos esta tradición que no se ha perdido e intentamos comer fuera de vez en cuando. Los platos combinados han cedido su lugar a otros, pero el fin sigue invariable: pasar un buen rato con la gente que quieres alrededor de una mesa. Y que siga, per saecula saeculorum. Amén.

Hoy, Muñoz Molina nos traslada a la cocina y fue tras leer su artículo cuando me volvieron a la cabeza los olores y los sabores de aquellas pechugas de pollo empanadas con más cosas en el plato y mi padre al lado.
Disfrútenlo.

Cocina y resistencia
Cocinar es una tarea del todo práctica y a la vez cargada de asociaciones sentimentales y simbólicas; uno cocina para la persona amada, para los seres más queridos, para los amigos.
Antonio Muñoz Molina, 22.03.2025

Recuerdo la primera vez que comí en algo parecido a un restaurante. Estaba con mi padre, en el bar de la estación de autobuses de Jaén, sentado en un taburete delante de la barra, y delante de mí había un filete de ternera con patatas, un cuchillo a un lado del plato, al otro un tenedor. Sería uno de aquellos filetes de ternera con una textura de suela de zapato o de carne de cabra que aparecían muy de tarde en tarde en las comidas de nuestra tierra, donde eran mucho más frecuentes y sabrosos el cerdo y el pollo, que alegraba el arroz amarillo de azafrán de los domingos. Yo no había usado nunca un cuchillo y un tenedor. Casi siempre comíamos con cuchara, y el tenedor era para sujetar las tajadas que no tenían hueso para cogerlas con la mano. Miré a mi padre, sin tocar los cubiertos ni el plato, a ver si fijándome aprendía el manejo, pero él parecía tan desorientado como yo, así que yo creo que acabaríamos comiéndonos el filete a nuestra manera campesina, poniéndolo sobre un trozo de pan y cortándolo no con el cuchillo, que no podría traspasar aquella carne tan dura, sino con la navaja que los hombres del campo llevaban siempre consigo, plegada en un bolsillo, y disponible lo mismo para el trabajo que para la alimentación.

Salvo en las bodas, donde los niños nos hartábamos de rodajas de salchichón y de exóticas gambas cocidas que nos pelaban nuestras madres, nosotros no comíamos nunca fuera de nuestra casa, o de las de nuestros abuelos, de modo que desarrollábamos un paladar agradecido pero autárquico. Mi tía guapa y moderna, la hermana menor de mi madre, se casó con un novio que tenía un coche y un negocio, y que la llevó a vivir en un piso con cuarto de baño, televisor, calefacción y nevera. Como yo era su sobrino preferido, mi tía recién casada me invitó a comer en su piso nuevo un domingo. Al abrir la nevera le daba a uno en la cara un frío delicioso, y en su interior había tarros tentadores de aquel nuevo producto que se llamaba yogur. Mi tía se esmeró en poner la mesa mientras su marido y yo esperábamos sentados el uno frente al otro. Como en aquella casa todo era nuevo y moderno, se comían varios platos sucesivos en vez de uno solo. En el primero de ellos había una cosa negra y algo repulsiva que yo tampoco había visto nunca. “Verás qué ricos están los mejillones”, dijo mi tío, con esa generosidad mandona del que tiene más dinero que tú, abriendo las valvas del mejillón y sorbiéndolo con su caldo para darme ejemplo. Él y mi tía me observaron aprobadoramente cuando abrí el primer mejillón de mi vida y me lo llevé a la boca, queriendo contener el asco de aquella carne viscosa con flecos peludos. Vomité con tanta fuerza que manché todos los platos, el mantel y las servilletas del ajuar de mi tía, hasta la corbata y la camisa blanca de mi tío, y el cenicero dorado en el que depositaba la ceniza de su cigarro rubio. Quizás el olor dulzón de aquel tabaco —en mi casa los hombres fumaban negro y sin filtro— contribuyó también a descomponerme el estómago.

A lo largo de mi vida el paladar se me ha ido educando, y ya manejo sin dificultad la pala de pescado, incluso los palillos de los restaurantes asiáticos. La suerte de tener al lado una persona más aventurada que yo me ha abierto a sabores y texturas a los que siendo más joven me negaba de antemano. Pero las comidas que siguen llegándome más de inmediato al corazón son las que hacían mi madre y mi abuela materna, y con menos frecuencia mi abuelo y mi padre. Los hombres tenían especialidades más rudas: las migas en los amaneceres de los días de aceituna, o cuando a causa de la lluvia no se podía ir al campo; las chuletas de cordero, las orejas y caretas de cerdo asadas en la lumbre, chorreando una grasa que mojaba luego el trozo de pan sobre el que se ponían. Aprendí a cocinar porque cuando era estudiante no podía permitirme ni los menús de los comedores universitarios. Aprendí fijándome en las mujeres de mi casa, las mismas que me habían transmitido el amor por las películas y las novelas de la radio.

Cocinar es una tarea del todo práctica y a la vez cargada de asociaciones sentimentales y simbólicas. Cuando les hago una tortilla de patatas o un arroz caldoso, mis hijos dicen que les saben como los que les hacía de niños mi madre, que fue una cocinera espléndida. Se cocina para satisfacer el hambre, y hay quien elabora platos muy complejos exclusivamente para sí mismo, pero cocinar de verdad es ofrecer a otros el fruto de ese trabajo, igual que escribir o pintar o hacer música. Uno cocina para la persona amada, para los seres más queridos, para los amigos. Quizás lo que a mí me desconcertó más que el tenedor y el cuchillo en aquel bar de la estación de autobuses fue que la comida me la estuviera sirviendo un desconocido.

Los ricachones de ahora, ebrios por su victoria absoluta sobre las ciudadanías y los gobiernos, quieren imponernos lo que según ellos es mejor para nosotros, igual que mi tío me impuso a mí los mejillones. Los ricachones creen que el dinero que han amasado es la prueba de su inteligencia y de su superioridad, y nos dictan cómo hemos de vivir y cómo será nuestro futuro. Hace unos treinta años, Bill Gates, que ya entonces tenía cara de adolescente viejo, decretó que el papel desaparecería muy pronto de las casas y de la vida de la gente. Con su filantropía despótica aspiran a invadir los espacios más íntimos de nuestra vida, y hasta de nuestra conciencia, de modo que no haya nada que no esté mediatizado por una transacción económica. Ahora uno de nuestros ricachones nacionales, Juan Roig, el dueño de Mercadona, ha dictaminado que en 2050 no quedará rastro de las cocinas en las casas, porque todo el mundo se alimentará de manera mucho más práctica y efectiva de platos preparados, a ser posible los producidos por su propia empresa, asegurando así de paso la riqueza que los herederos del señor Roig seguirán disfrutando dentro de un cuarto de siglo. Se ve que es una familia de extraordinarias cualidades intelectuales, y predictivas. Hace unos meses, fue un yerno de Roig el que lamentó que en la playa valenciana de la Malvarrosa hubiera un centro de salud, una escuela pública y unos cuantos restaurantes familiares, en vez de un telón de rascacielos con apartamentos y hoteles de lujo, como en Miami.

Ya que a nuestros hijos no vamos a legarles la fortuna ni la codicia inmobiliaria de la familia Roig, está bien que hayamos hecho lo posible por transmitirles desde niños la atención y el aprecio por la buena comida, que incluye el paladar y el olfato, y también los modales de convivencia en la mesa, que tienen un valor civilizatorio inapreciable. Preparar y compartir un buen desayuno da al arranque del día una plenitud eucarística. La cocina es un aprendizaje que solo se adquiere en la práctica, lo cual ya es un antídoto contra la prisa, la vaguedad y la palabrería. Y también es un adiestramiento en la autosuficiencia, y un correctivo del privilegio corruptor de ser servido siempre, sea por un maître palabrero en un restaurante de moda o por un emigrante que se ha jugado la vida sobre una bicicleta para llevarte a casa una pizza enfriada en la noche del sábado. Hay quien tiene el tiempo y los conocimientos para dedicar muchas horas a un plato complicado, pero con un buen guiso de cuchara se puede comer espléndidamente y muy barato varios días, y un simple sándwich con unas rodajas de tomate, un huevo revuelto, un poco de atún en conserva, puede ser una cena exquisita. En un trabajo tan quimérico como el mío, las angustias y las tormentas de la imaginación algunas veces se alivian mejor culminando no ya una frase brillante, sino un buen sofrito, o un caldo que deje por la casa una aroma de infancia de varias generaciones.

domingo, 27 de septiembre de 2020

1 MILLÓN DE VIDAS MENOS


La otra pandemia
La política española es tan destructiva como el virus. Contra éste llegará una vacuna, pero contra el veneno español no parece que haya remedio. Si no hacemos algo, esta gente va a hundirnos a todos. 

Antonio Muñoz Molina 
El País, 26 sep2020 
https://elpais.com/opinion/2020-09-26/la-otra-pandemia.html 

A cada momento la política española se va volviendo más tóxica que el virus de la pandemia. Día tras día, desde principios de este septiembre desolador, las noticias sobre el aumento de los contagios y las muertes las hemos visto agravadas por el espectáculo cochambroso de la discordia política, de la ineficacia aliada al sectarismo, de la irresponsabilidad frívola que poco a poco va mutando en negligencia criminal. La política española es tan destructiva como el virus. Contra el virus llegará una vacuna, e irán mejorando los tratamientos paliativos; contra el veneno español de la baja política no parece que haya remedio. Los científicos nos dicen que nuestro país tiene vulnerabilidades mayores que otros. Los epidemiólogos comparan cifras que nos sitúan a la cabeza de Europa en enfermos, en muertos, en sanitarios contagiados. Las instituciones económicas internacionales nos alertan de una recesión más grave que la de ningún otro país de la Unión Europea. Nuestra economía no había caído tanto desde la Guerra Civil. Una generación entera tiene en suspenso su porvenir porque no se sabe si podrán seguir abiertas las escuelas. Pero la clase política española, los partidos, los medios que airean sus peleas y sus bravatas, viven en una especie de burbuja en la que no hay más actitud que la jactancia agresora y el impulso de hacer daño, y el uso de un vocabulario infecto que sirve sobre todo para envenenar aún más la atmósfera colectiva, para eludir responsabilidades y buscar chivos expiatorios, enemigos a los que atribuir las culpas de todos los errores.

Es el virus el que mata, pero mataría muchísimo menos si desde hace muchos años la incompetencia, la corrupción y el clientelismo político no hubieran ido debilitando las administraciones públicas, expulsando de ellas a muchas personas capaces, sumiendo en el desánimo a las que se quedaban, privándolas de los recursos necesarios que acaban dilapidados en privatizaciones tramposas o en nóminas suntuosas de parásitos. El buen gobierno, la justicia social, necesitan lo primero de todo de una administración honesta y eficiente. Las mejores intenciones naufragan en la nada o en el despropósito si no hay estructuras eficaces y flexibles y funcionarios capaces que las mantienen en marcha. Un logro tan necesario como el ingreso mínimo vital queda empantanado por la indigencia de una administración desbordada. España es un país de discursos sonoros y de teléfonos oficiales que no contestan nunca, de asesores innumerables y centros de salud en los que falta material sanitario y hasta de limpieza, de dirigentes políticos que prometen el paraíso de la independencia o la igualdad y médicos que para subsistir han de firmar contratos de una semana o de un día. La Comunidad de Madrid tiene el ritmo de contagios más alto del mundo y su pomposo vicepresidente inaugura un dispensador de gel hidroalcohólico en una estación de metro. Ciento cincuenta científicos de primer rango publican en The Lancet un manifiesto en el que solicitan que las administraciones españolas hagan un examen completo, riguroso e independiente de la gestión de la pandemia en nuestro país. El manifiesto aparece a principios de agosto, cuando la curva de contagios ya está ascendiendo: ni una sola institución se hace eco; a mediados de septiembre, y solo después de que se publique un segundo manifiesto más alarmado todavía, el ministro de Sanidad propone a los científicos un encuentro para octubre. Se ve que no hay prisas. 

Médicos, enfermeros, limpiadores, repartidores de comida, reponedores de supermercados, policías, militares, cuidadores en residencias de ancianos, profesores, farmacéuticos: el número y la calidad de las personas que entregaron sus vidas haciendo trabajos esenciales durante los días más oscuros del confinamiento nos dan confianza en la solidez de nuestro país, más meritoria porque se mantiene en lo posible a pesar de un clima político destructivo y estéril, de una clase política en la que sin la menor duda habrá personas honradas y capaces, pero que en su conjunto, en la realidad cotidiana de su funcionamiento, se ha convertido en un obstáculo no ya para la convivencia civilizada, sino para la sostenibilidad misma del país, para la supervivencia de las instituciones y las normas de la democracia. No es que se muestren cada día incompetentes o irresponsables en la gestión de los problemas que nos agobian; es que se dedican activamente a agravarlos, impidiendo cualquier forma de acuerdo constructivo, y con mucha frecuencia a crear otros que solo existen porque ellos los han inventado, a fin de echar más leña al fuego de la bronca diaria. Viven tan encerrados en sus intereses que no tienen capacidad de dirigirse con generosidad y elocuencia al común de la ciudadanía que representan, y de la que viven. Hablan en público y solo les hablan a los suyos. Por perjudicar al adversario son capaces de sabotear lo que sería beneficioso para la mayoría. En lugar del debate público, del intercambio de ideas, de la búsqueda de mejoras prácticas, prefieren el circo venenoso de las redes sociales, que son el juguete y el escaparate al que todos ellos se han afiliado. Ya nadie se acuerda, pero hace un año tuvimos que repetir elecciones, porque los partidos más favorecidos por la ciudadanía en las elecciones anteriores de abril fueron incapaces de llegar a un pacto de gobierno, lo cual nos obligó a una larga interinidad de la que solo empezábamos a salir, de manera vacilante, cuando irrumpió la pandemia y nos puso delante sin excusa todas las fragilidades que llevan muchos años arrastrándose por la incuria y la incapacidad de la clase política. 

Pareció entonces, hacia principios de marzo, que el peso brutal de la realidad forzaría entre los dirigentes y los partidos un grado de sensatez, un sentido de la responsabilidad equivalente al de los ciudadanos que de un día para otro cambiaron sus hábitos y acataron el encierro, cuando no al de los sanitarios y a los servidores públicos que con frecuencia en condiciones lamentables ejercieron durante meses un tranquilo heroísmo. Era tan evidente lo que nos hacía falta que parecía imposible que no se forjaran grandes pactos para conseguirlo. Pero yo recuerdo que en los días más oscuros la derecha española daba tanto miedo en su saña destructiva como el coronavirus, y se confabulaba perfectamente con esa otra derecha integrista que a algunos les parece de izquierdas tan solo porque se declara antiespañola: a quienes más se parecen ahora los independentistas catalanes en su insolidaridad y en sus ganas de gresca y de aprovechamiento del desastre es a los patriotas españolistas que malgobiernan la Comunidad de Madrid. A unos y a otros, el daño que puedan hacer al Gobierno central les importa más que el perjuicio de todos. Y en el Gobierno mismo, mal avenido y desnortado, los bocazas y los irresponsables entorpecen el trabajo de los que sí saben lo que hacen. 

No sé, sinceramente, qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos.