lunes, 19 de noviembre de 2018

2009

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

EN MOTO POR GRAN CANARIA



HUMOR CANARIO

DE BODAS


SUPERVIVENCIA


Cuándo conviene marcharse
Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada.
Javier Marías

ENTRE SUS MUCHOS VIAJES y mis largas ausencias, hace tiempo que no veo a Pérez-Reverte, así que a finales de octubre hablamos por teléfono un poco con nuestros respectivos “pre-móviles”, dos antiguallas que no hacen fotos ni graban ni tienen Internet ni nada. El suyo es muy turbio, nos oíamos fatal y no nos dio tiempo más que a cruzar unas frases. Eran las fechas en que se iba a consumar la entronización de un tercer Trump en el mundo, un cabestro brasileño llamado Bolsonaro (el segundo ha sido Salvini en Italia, aunque hay que reconocer que de allí salió en realidad el ídolo y modelo de Trump, Berlusconi, que hoy, por comparación con sus émulos, parece un tipo sutil y respetuoso). En fin, en vista de la deriva actual, Arturo me dijo: “Esto no hay quien lo aguante. Es hora de irse”, a lo que yo le contesté: “¿Adónde? Ya no hay a donde ir. Los que padecimos el franquismo teníamos muchas opciones, si las cosas se ponían muy crudas y debíamos imitar un día a los de generaciones anteriores: Francia, Inglaterra, Italia, México… Mira cómo están ahora esos países”. Y él me corrigió: “No, me refería a morirse. A gente como nosotros nos va tocando salir, sin ver más deterioro”. Mi reacción fue espontánea y algo cómica, supongo: “No, no lo veo conveniente ahora. Nos despediríamos con la sensación de dejarlo todo manga por hombro, hecho un desastre. No que nuestra presencia pueda mejorar nada, pero es triste dejar un mundo más desagradable e idiota del que nos encontramos, y eso que nacimos bajo una dictadura odiosa. Pero la gente normal era menos estúpida y más cordial y educada”.
No sé si se cortó la comunicación o si aplazamos el pequeño debate sobre cuándo nos convenía largarnos. Yo, después, le di vueltas por mi cuenta, y, claro está, hablo sólo por mí (lo mismo, cuando se publique esto, Pérez-Reverte se ha perdido en el mar con su barco, y siempre me quedaría la duda de si lo habría hecho a propósito; no lo creo, pero toco madera por si acaso). Mi argumento esbozado era este: es molesto abandonar el mundo cuando lo vemos convulso, irracional e idiotizado; hay que esperar a que se enderece un poco (siempre según nuestro subjetivo criterio), a que vuelvan el sentido del humor, la racionalidad y la tolerancia, a que la gente no esté tan enajenada como para votar a brutos ineptos que irán en contra de sus propios votantes suicidas. Hay que esperar a que las masas no sean tan manipulables ni se dejen engañar por autoritarios sin escrúpulos como Orbán, Erdogan, Putin, Maduro, Ortega, Le Pen, Duterte, Al Sisi, Salvini, Puigdemont, Torra. Ahora bien, pongamos que de aquí a un tiempo los ánimos se serenan y la perspicacia aumenta, la verdad vuelve a contar y la gente se hace menos fanática, fantasiosa y tribal de lo que lo es hoy en día. Que el mundo recobra cierta compostura, por decirlo anticuadamente. Al fin y al cabo, la historia se ha regido siempre por ciclos. ¿Convendría entonces marcharse? ¿Lo haríamos con más tranquilidad, con la sensación de que la casa está en orden? Quizá nos parecería también mal momento: ahora que estamos mejor, qué lástima no aprovechar este tiempo, no disfrutarlo.
Los vivos nos decimos a veces, al pensar en seres queridos que ya murieron: “Menos mal que se ahorraron esto, que no lo vieron. Es un consuelo que a este hecho luctuoso no asistieran, o a esta situación tan grave, o a los errores y tropelías de sus próximos”. Pero también nos decimos: “Qué pena que no vieran nacer o crecer a este niño, les habría alegrado la vida; o que no presenciaran el éxito de su mujer o su marido o sus hijos, y tuvieran la incertidumbre eterna de qué iba a ser de ellos”. Y en todo caso los consideramos ingenuos, porque no alcanzaron a saber lo que sí hemos sabido los supervivientes. Esto es, porque inevitablemente creyeron que el mundo se quedaría fijo en el que abandonaron, y eso nunca sucede. Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada. La novela de la vida prosigue siempre, por lo que estamos condenados a ignorar cómo termina. Hay quienes piensan que termina con nuestro término, distinto para cada individuo. Nos consta que no es así, sin embargo. Que todo sigue, sólo que sin nosotros, y que nuestro final no significa el de nada ni el de nadie más. Me pregunto si la única manera de ver “conveniente” la propia despedida, o de estar conforme, es llegar al máximo desinterés, o al máximo desagrado, o hastío, por el mundo en que vivimos. Acaso es lo que expresó Pérez-Reverte en nuestra entrecortada charla: “Esto está inaguantable. Mejor llevarse un buen recuerdo; o, si no bueno, aceptable. Puesto que hemos visto mejores tiempos, no da tanta pena desertar de uno imbecilizado y despreciable”. Y no obstante, como he contado otras veces, a mí me aqueja la dolencia de los fantasmas (de los literarios, esa gran y fecunda estirpe): son seres que se resisten a perderlo todo de vista; que no sólo se preocupan por quienes dejaron atrás y su suerte, sino que tratan de influir desde su bruma, de favorecer a sus amigos y perjudicar a sus enemigos; o a los que, según su opinión que ya no cuenta, hacen más llevadero el mundo o lo envilecen. 

OTHER NEWS



ODIO LA CAZA

La odio, sí, por brutal y porque no la entiendo. ¿Qué placer dará quitarle la vida a un animal que está feliz en su entorno? Ahora los cazadores dirían que ellos son los que más cuidan la naturaleza, lo que más quieren a los animales, y todos esos tópicos que no se creen ni ellos. Hoy me he acordado de ellos por esta noticia que ha saltado en todos los periódicos acerca de una cacería en no-sé-dónde en España donde acabó despeñándose un ciervo y unos perros. Nada dice si se despeñaron también los cazadores, pero me guardo de preguntarlo por no ser políticamente incorrecto, que ahora hay que ir con los pies de plomo con lo que se dice o se escribe. Eh, que no he dicho nada.

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

SIN MÓVIL

La semana pasada acabé exhausto, ¡el miércoles! No aguantaba más discusiones ni más estrés ni más guerras perdidas (las guerras se pierden siempre, de una forma u otra, y quien diga lo contrario miente). Un segundo más en el trabajo y tiro la toalla, me sentía una isla, una absoluta isla en medio de todo aquello. La única salida era quemar las naves y les aseguro que no faltó mucho para ello. Luego la cabeza le planta cara a los impulsos del corazón y ese Pepito Grillo que todos tenemos termina imponiendo la cordura (¿o no?). Cordura digo, ya no sé qué pensar, quizá la cordura sería lanzarme como el loco de Gibran Jalil Gibran y listo. 
Decidido no dimitir finalmente opto por pedir un día libre y desconectar el móvil cuatro días, desconexión total en Gran Canaria. Mis perritas acompañadas, mis padres y amigos avisados, todo controlado; vuelo el miércoles por la noche y logro mantenerlo apagado hasta el domingo por la mañana ¿o fue tal vez el sábado por la tarde? Muchas cosas allá, poco trabajo y mucho relax. Créanme si les digo que la experiencia de estar varios días sin móvil es altamente aconsejable por gratificante. Claro que... fue volver al trabajo esta mañana y plegarse el tiempo, NO WAY!
   

John Mayer, *New light.

sábado, 17 de noviembre de 2018

FINA ESTAMPA QUE DA MIEDO

Vale que estamos en elecciones, vale que cada uno puede visitar a quien quiera, pero lo que leo y lo que veo me da miedo para estar publicado en un periódico europeo, español, de 2018. Lo próximo será hablar de la conspiración judeo-masónica en las escalinatas del Valle de los Caídos. 

martes, 13 de noviembre de 2018

HELLO!

Hello Dolly!, *Put on your sunday clothes.
*Hello Dolly!

ROTO





domingo, 11 de noviembre de 2018

SIN PALABRAS

GUNS

LAS BARRERAS

Las Barreras, La Esperanza. 8:30am.

CONVERSACIONES SOBRE LO HUMANO Y LO DIVINO

Más sobre o humano, todo hay que decirlo.
Mañana de domingo, 7:00h, café con leche y conversación con mi amiga Isabel en la cafetería, tema: los valores actuales, la importancia de la filosofía y el aprender a pensar. Premisas de partida, todas. Conclusiones, todas también, o sea, nada. La realidad es la que hay e ignoramos a dónde vamos, como siempre ha ocurrido, aunque ahora los cambios son tan rápidos -esto no había pasado nunca, tanta velocidad- que casi casi hemos perdido la capacidad de asombrarnos.

KF


MÚSICA PARA UN DOMINGO

Elvis, *Such a night.
Michael Bublé, *Haven't met you yet.

sábado, 10 de noviembre de 2018

TIEMPO

Escribir sobre el tiempo es recurrente, lo sé, pero no puedo evitarlo. Llega el fin de semana y necesito descansar, dormir un poco más, desconectar, pero no es posible. He acumulado tantas cosas -algunas pequeñas y otras más complicadas- que ya el viernes por la tarde empiezo a agobiarme porque no me dará tiempo para hacerlo todo en dos días; y vuelta a empezar. Esta mañana estaba a las 7 en pie para, después de un café y un desayuno frugal, sentarme a dibujar hasta la hora de comer. Ya esta tarde he estado algo más remolón, aunque ahora sigo frente al ordenador. Menos mal que para acompañar, un poco de ópera siempre viene bien. 
Cierro el quiosco ya.
Lucrezia Borgia, Donizetti. *Com'e bello!

I♥NY


TIM DUP

Tim Dup, *Mourir vieux.

OTHER NEWS



TITULARES PARA LA HISTORIA


CÓNDORES

2018
1975

viernes, 9 de noviembre de 2018

ANTE LA ADVERSIDAD, HUMOR

supremo, ma
Del lat. suprēmus.
Escr. con may. inicial en aceps. 4 y 5.
1. adj. Altísimo o enorme.
2. adj. Que no tiene superior en su línea.
3. adj. Dicho del tiempoúltimo. Llegar la hora suprema.
5. f. Consejo supremo del antiguo tribunal eclesiástico de la Inquisición.





jueves, 8 de noviembre de 2018

LA FUNCIÓN PÚBLICA

Trabajar en la Administración es duro. Aquellos tiempos donde se cumplía esa premisa tan extendida de que los "funcionarios" no daban golpe, que o estaban desayunando o leyendo el periódico o, algo más actual, haciendo solitarios en el ordenador. Créanme si les digo que más alejado de la realidad, por lo menos en lo que respecta a mi experiencia personal. 
La atención al ciudadano es muy complicada, no siempre los problemas son fáciles de solucionar o ni siquiera tienen solución alguna. Es frustrante muchas veces, agotador casi siempre y supone un esfuerzo intelectual importante. Y lo digo como lo siento, así lo veo yo; Y digo que es duro porque también hay que lidiar con el entorno, no todos vemos las cosas de igual manera, ni entendemos las leyes con igual dureza o flexibilidad. 4 puede ser 2+2 y únicamente 2+2, es una forma de verlo. Pero también puede conseguirse el mismo resultado sumando 3+1, 4+0, 5-1, etc. He aquí lo que nos debe diferenciar de las máquinas, de los ordenadores: ante un problema, un buen funcionario debe enfrentarse a él con asertividad y proactividad, pensando en que una solución encontrada es un problema que se le quita al administrado. 
Cansa mucho participar en todas las batallas que surgen en una oficina, la vida no va en ello. Dicen que hay que escoger las batallas, no se puede entrar en todas, y cada vez me convenzo más de ello.
Por otro lado, ¿cómo no vamos a meternos en batallas diariamente cuando ni el Tribunal Supremo -visto lo visto- es capaz de ponerse de acuerdo cuando se supone que es el must de la justicia? Ellos, tan doctos y sabios todos, dudan y nosotros, pobres mortales, cómo no hacerlo también?

lunes, 5 de noviembre de 2018

INTELIGENCIA EMOCIONAL


¿Qué es (exactamente) la inteligencia emocional?
Las emociones cambiaron el cerebro de los mamíferos hace ya más de 200 millones de años y perpetuaron una poderosa influencia que sigue viva en nuestra especie.

La expresión “inteligencia emocional” está incluida hoy en el léxico de muchos, tanto de la gente corriente como de los intelectuales o los famosos. Hasta los ministros la usan en sus comentarios y advertencias. Pero no todo el mundo se refiere a lo mismo cuando utiliza esa expresión. Para algunos la inteligencia emocional es algo así como una especie de inteligencia más avanzada que la clásica, es decir, que la inteligencia analítica, la que miden los test que acaban dando un resultado en forma de coeficiente numérico. Hay también quien se refieren a la inteligencia emocional en negativo, como una incapacidad para controlar las emociones: “Se comporta como si no tuviera inteligencia emocional”. No faltan tampoco quienes creen que es un nuevo tipo de inteligencia recientemente inventada, pues, a fin de cuentas, el concepto de inteligencia no es absoluto, como lo son la talla o el peso de una persona, pues siempre depende del criterio del observador. Otros, por fin, ni siquiera sabemos a qué se refieren cuando hablan de ese tipo de inteligencia. Quizá por todo ello vale la pena intentar aclarar el concepto.

Hace algunos años que la popular revista anglosajona Time convirtió la portada de uno de sus números en una pregunta escrita con grandes caracteres y dirigida al gran público “¿Cuál es su coeficiente de inteligencia emocional?”. Ella misma, en caracteres mucho menores respondía: “No es su coeficiente de inteligencia. Ni siquiera es un número. Pero la inteligencia emocional puede ser el mejor predictor de éxito en la vida, redefiniendo lo que significa ser listo”. Eran los tiempos en que el periodista Daniel Goleman había publicado su conocida y exitosa obra Inteligencia Emocional, haciendo creer a muchos que él había creado o descubierto ese (nuevo) tipo de inteligencia.

El concepto ha servido también para que muchos osaran desafiar a la evolución biológica del cerebro y las capacidades mentales anteponiendo la emoción a la razón, dándole primacía a la primera. Ciertamente, las emociones cambiaron el cerebro de los mamíferos hace ya más de 200 millones de años y perpetuaron una poderosa influencia de ellas que sigue viva en nuestra especie y nuestros días. Pero hace muchos menos años, aunque no pocos, unos 60 millones, el cerebro de los primates desarrolló el neocórtex, la corteza cerebral moderna, un cúmulo de neuronas altamente organizadas y capaces de dominar al resto del cerebro. Ese desarrollo le confirió, aunque no siempre lo notemos, primacía a la razón, es decir, capacidad para dominar a los sentimientos.

Lo hizo de una manera muy especial, que tampoco solemos notar. Cual fabuloso y perspicaz sujeto, la razón se propuso dominar a la emoción utilizando sus propias armas: una emoción solo la quita otra emoción, otra emoción que sea más fuerte y poderosa y/o incompatible con la que se quiere eliminar. Cualquier persona que haya sufrido una crisis sentimental, como la de ser abandonada por su pareja, sabe muy bien que la mejor forma de superar esa crisis consiste no tanto en infravalorar la pérdida como en suscitar un nuevo romance. Y para eso, para suscitar emociones incompatibles con las indeseables, es para lo que sirve la razón. Bien utilizada, la razón siempre será más poderosa que las emociones. Ambas, razón y emoción, forman parte del sistema funcional que es la mente humana. Van juntas y se necesitan mutuamente. Inteligencia emocional es la capacidad de gestionar las emociones utilizando la razón. Las emociones son el imprescindible ejército que continuamente moviliza la razón.

Quien antes y mejor lo supo no fue el periodista Daniel Goleman, ni tampoco los psicólogos John Mayer y Peter Salovey, de la Universidad estadounidense de Yale, modernos estudiosos del concepto. Fue el emperador romano Marco Aurelio (121-180 DC), apodado el sabio y verdadero padre de la inteligencia emocional. En su imperecedera obra Meditaciones, excelente tratado de inteligencia emocional, incluye la frase que todas las facultades de Psicología deberían esculpir con martillo y cincel sobre el mármol de su fachada: “La vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”.

Nadie ha captado mejor que este genial filósofo de la antigua Roma la esencia evolutiva de la mente humana, la capacidad del razonamiento para modificar las emociones, el modo de ver la cosas, aunque las cosas mismas no podamos cambiarlas. Esa capacidad, insiste Marco Aurelio, siempre está a nuestro alcance para facilitarnos la vida. Utilizando la neocorteza podemos hacer que encajen entre ellos nuestros razonamientos, nuestras emociones y nuestro comportamiento. Ese encaje es la verdadera esencia de la inteligencia emocional, una capacidad mental tan antigua como el propio Homo sapiens sapiens.

Pero quien no desee retrotraerse a tan lejanos tiempos, aún le queda la posibilidad de educar su inteligencia emocional siguiendo los pasos del autor clásico español más leído y traducido después de Cervantes, el jesuita Baltasar Gracián (1601-1658). Su obra El arte de la prudencia, publicada en 1647 y traducida a múltiples lenguas, a veces en bellos formatos de papel biblia y cinta de referencia, es uno de los mejores tratados de inteligencia emocional que hoy día pueden leerse. Como explicó este mismo diario el 16 de diciembre de 1993, su autor nunca pudo imaginar que de una de sus traducciones en EE UU en 1992 se venderían más de 100.000 ejemplares. Asimismo, y respondiendo a una encuesta de The New York Times, la escritora Gail Godwin recomendó su lectura a los políticos aspirantes a las elecciones presidenciales de aquel país. Aquí, en nuestro país, tampoco nos vendría mal hoy el mismo consejo.

Ignacio Morgado Bernal es director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de Emociones e inteligencia social: Las claves para una alianza entre los sentimientos y la razón. Barcelona: Ariel, (2010). Y de Emociones Corrosivas: Cómo afrontar la envidia, la codicia, la culpabilidad, la vergüenza, el odio y la vanidad. Barcelona: Ariel, (2017).