viernes, 21 de julio de 2017

? FREE!

MAGRITTE REINVENTADO


JOYAS MUSICALES

Emily Baker, *Nostalgia
Johnny Cash, *Ring of fire.

FROM DUSK TILL DAWN

Después de otra semana intensa, larga, llego al jueves por la noche tan cansado como es de esperar después de los madrugones y las mañanas a velocidad de salto de trampolín. Pero como bien está lo que bien acaba y esta semana ha sido finalmente productiva (y positiva), aguanté hasta las tantas viendo "Abierto hasta el amanecer", disfrutando de las absurdas conversaciones entre los protagonistas y de las muertes gratuitas, una detrás de otra. Si bien otras películas envejecen muy mal -véase, si no, la saga de Mad Max, las antiguas-, ésta de Robert Rodriguez, estrenada en 1996, lo ha hecho realmente bien.


miércoles, 19 de julio de 2017

YO PA'TI NO ESTOY

Rosana, Auditorio de Tenerife, 2014
*Yo pa'ti no estoy.

KF



DERIVA

video

SOBRE HIMNOS

He estado viendo en Internet una curiosa página web que nombraba -según votos de internautas- los himnos nacionales más bonitos. Muchos los conocía, otros menos y algunos eran completamente desconocidos. Si bien es difícil saber si nos gustas los himnos por su propio valor musical, por haberlos escuchado mil veces en el cine, en las Olimpiadas, etc. Difícil elección entre todos, más aún cuando uno no tiene tanta cultura musical, o nacional, para conocerlos todos.
He aquí mi modesta elección, de ignorante, repito. No pondré en la lista el himno español, que también es muy bonito, para no pecar de chovinista... Bueno, ¿y por qué no? Evidentemente no están todos los que son pero sí son todos los que están. (Versiones instrumentales, pura música).
Himno de Israel.
Himno de Francia.
Himno de Alemania.
Himno de EEUU.
Himno de Reino Unido.
Himno de Colombia.
Himno de Sudáfrica.
Himno de España.

domingo, 16 de julio de 2017

OTHER NEWS




AL FRESCO

Foto de ayer por la tarde.

Con este calor apetece estar en casa encerrado y leyendo, ¿o no? Hoy, para almorzar, ensalada cruda de zucchini y salmón ahumado.
Foto de hace 5 minutos.

EN NAIROBI

Encontré este bloc de notas que usaba, hace ya mil años, los meses que pasé viviendo en Nairobi. Recuerdo que lo usaba para escribir cartas, tomar notas e incluso dibujar. Está intacto pero huele a humedad.

EXPO EN EL TEA

Visité este pasado viernes, huyendo del calor, la magnífica exposición del TEA, en Santa Cruz de Tenerife, "Materia Contemporánea, Javier Díaz-Llanos y Vicente Saavedra, 50 años de arquitectura". La recorrí con mucha calma, disfrutando de los planos de su obra, maquetas y fotografías de una época que no creo vuelva. Después continué con otras dos, esta vez "Pintura y Poesía, la tradición canaria del siglo XX"; así como "Las frases que nunca escribiré, pintura y fotografía en la Colección Los Bragales".

 Una de las salas del TEA con la exposición de
Díaz-Llanos y Saavedra.
 Ten-Bel, Tenerife. Finales de los años 70.

¡TAXI!

ANACRONÍAS

LUTO

¿Puede ser el luto por las mascotas tan duro como el luto por otras personas?
En ocasiones, el impacto que produce la muerte de un animal es equiparable al duelo por un humano.

Cuando Ada Menéndez perdió a su gato Rodolfo tras una larga convalecencia, tomó la decisión de pedir ayuda psicológica para sobrellevar la ausencia de la mascota con la que había vivido casi 12 años. Después de decirle adiós y guardar sus cenizas, Menéndez acudió a Espacio Ítaca, un centro en Zaragoza donde psicólogos y terapeutas asesoran a los que acaban de perder a su animal de compañía. "Lo pasé muy mal, porque Rodolfo estuvo conmigo toda su vida, habíamos vivido los dos solos durante mucho tiempo y teníamos una relación muy especial", cuenta Menéndez a Verne. "Para mí no era una simple mascota, era parte de mi familia".
Durante alrededor de cuatro meses, Menéndez estuvo yendo a la consulta dos veces a la semana hasta que logró integrar la muerte de su gato. "Estuve deprimida, muy afectada, y como es algo que no comprende mucha gente, no puedes hablarlo en el trabajo o con tus amigos", añade Menéndez. "Me ayudó mucho hablarlo con la psicóloga, porque fuera de allí no tenía un lugar donde desahogarme y llorar".
En ocasiones, el impacto que produce la muerte de un animal es equiparable al proceso de duelo que se vive tras perder a un amigo o familiar. Ya en 1988, Sandra B. Barker, actual directora del Center for Human-Animal Interaction de la Escuela de Medicina de Virginia, realizó un estudio en el que se mostraba cómo algunas personas percibían la relación con su mascota de manera más cercana que el vínculo con sus parientes. Los sujetos tenían que representar a su familia mediante símbolos, y muchos de ellos situaron a su perro más próximos a ellos. "Detectamos que no había diferencia entre la cercanía con su familia y con una mascota", explica Barker a Verne por teléfono. Una década después, en 1998, otro estudio revelaba que la teoría del apego desarrollada por John Bowlby (que define el fenómeno por el cual los bebés forman un vínculo con su cuidador como instinto de supervivencia) se podía aplicar a la relación mascota-humano.
"Cuando introduces un animal en casa y convives con él muchas horas del día, forma parte de tu rutina y de tu día a día", cuenta Sandra Sánchez, la psicóloga que trató a Menéndez. "Las familias han cambiado y ahora podemos ver distintos modelos en los que el animal se integra como un miembro más", indica.
"Hemos llevado sobre todo casos de perros y gatos. Muertes imprevistas, y casos de fallecimientos de larga duración y enfermedades degenerativas. También viene mucha gente que va a tener que tomar la decisión de ponerle fin a la vida de su mascota", explica acerca de su experiencia. "En las sesiones se trabaja la canalización emocional, técnicas de relajación... En algunos casos con unas pocas sesiones ya siguen su rumbo, pero otras personas tardan más. Hay gente a la que le lleva a lo mejor un año".

Un duelo menos aceptado socialmente
Según un estudio de la Revista Canadiense de Veterinaria, el 50% de las personas que perdieron a su mascota opinaban que la sociedad no valoraba que ese fallecimiento fuera digno de poder vivir un proceso de duelo. "No todo el mundo tiene animal de compañía y eso dificulta que las personas tengan empatía respecto a esos casos, y también porque se infravalora el vínculo emocional que puede tener la persona con el animal", añade Sánchez.
Coincide con esta visión la veterinaria Mercedes González: "Al no estar socialmente aceptado que una persona pueda estar triste por la pérdida de su perro, no se pasa por todas las frases del duelo y ahí puede aparecer el problema. Por un lado porque tu entorno no lo entiende, y porque tú mismo no te permites estar triste".
En España ya existen varios centros que ofrecen apoyo especializado. Muchos de los tanatorios y crematorios de mascotas incluyen un servicio de asistencia terapéutica y planifican charlas y talleres sobre el duelo. En el de San Antonio Abad Memorial Center (Paracuellos del Jarama) disponen de una sala de despedidas con un atril para "dedicar unas últimas palabras a su querido compañero en total intimidad y respeto". En el tanatorio Galimascota, en La Coruña, se pueden realizar tributos en su sala de velatorios y también adquirir centros de flores.

Qué hacer y qué no hacer cuando ha fallecido tu mascota
Normalizar la tristeza y permitirse a uno mismo sufrir por la pérdida es uno de los principales consejos de Moira Anderson Allen, educadora especializada en este tipo de duelos. "Algunos encuentran útil expresar sus sentimientos y recuerdos a través de poemas, cuentos o cartas a su mascota", señala Anderson Allen en su página web. "Otra estrategia es reorganizar tu agenda para cubrir con otras actividades los momentos del día que solías pasar con tu mascota", añade la educadora.
"Las formas de ayuda varían mucho según la persona", explica Sandra Barker . "Uno de nuestros pacientes iba a tener que aprobar la eutanasia de su perro, y antes de hacerlo, como último deseo, se lo llevó a la playa y a comer hamburguesas, los pasatiempos favoritos de su mascota".
Una reacción común es adoptar otro animal poco tiempo después de la pérdida. Sin embargo, introducir un nuevo miembro animal en la familia solo suele ser aconsejable una vez se haya superado el duelo. "Hemos tenido a gente que ya estaba pensando en ir a adoptar otro animal, o que quería ponerle el mismo nombre, y les decimos que eso es muy negativo y que no lo hagan", apunta Sánchez.
"No hay que buscar un reemplazo para evitar la pena", añade Barker. "Hemos visto a personas que acababan decepcionadas porque la nueva mascota no era de la misma raza o porque no se comportaba igual que su mascota anterior".
Otra de las claves es usar la terminología adecuada. "También les decimos que la palabra sacrificio la quiten de su vocabulario, porque tiene una connotación muy negativa", señala Sánchez. "Con un ser humano nunca lo llamaríamos así. Es preferible decir 'muerte digna' o eutanasia. Con esta terminología el duelo puede mejorar".
La psicóloga Sandra Sánchez comparte un consejo: "Cuando un paciente me dice que nunca podrá superarlo, yo siempre le explico esta historia: ‘Imagínate que yo dijera que este calor es insoportable, que jamás volverá el invierno'. Seguramente me responderías que es absurdo decir algo así, que el invierno siempre llega’ Con el duelo sucede lo mismo. Hay que darse tiempo".

Cómo ayudar a que los niños sobrelleven la pérdida
"Los más pequeños no entienden el concepto de muerte", apunta Barker, "y muchos pueden sentirse culpables porque piensan que no cuidaron lo suficiente a la mascota". En casos con niños, los expertos recomiendan evitar los eufemismos. "Si les dices que el perro ha muerto mientras dormía, a lo mejor pueden tener miedos a la hora de acostarse", añade Barker. La especialista estadounidense anima a que las familias involucren a los pequeños en los homenajes a la mascota, puesto que "los niños son muy buenos haciendo ceremonias y dibujos".
La veterinaria Mercedes González señala que la actitud hacia los niños debe ser la misma que con la pérdida de un familiar cercano. "Hay que explicarles lo que ha pasado, y a veces no se hace de la misma manera porque no se le da importancia", explica. "Los padres a lo mejor no le tenían mucho aprecio al hámster, por ejemplo, pero hay que tener en cuenta que el niño ha podido desarrollar un vínculo más fuerte con el animal y puede ser más doloroso para él". Ante todo, paciencia.

PELUDOPATEO

VERDES VIENTOS. VERDES RAMAS

Futuro perfecto
Plaza del Ayuntamiento. La Esperanza
El Roario (Tenerife)

SEVE

Tez Cadey, *Seve

(Dance cover)
(One hour version).

CALOR

Sé que no podemos compararnos con el infierno  que sufren en la Península, casi 47° en Córdoba por poner un ejemplo, pero en Canarias no estamos acostumbrados a estas olas de calor, y menos si no vives en la costa sino a muchos metros sobre el nivel del mar, como es mi caso. Esta mañana, serían las 9:30, el termómetro del coche marcaba 29° en el exterior, mucho calor. Hoy es uno de esos días donde la inversión térmica -y la dichosa calima que nos manda el Sahara- hace que suban las temperaturas en el interior y se mantengan algo más bajas en la costa. Vean las temperaturas ahora mismo en Tenerife:

sábado, 15 de julio de 2017

ADICTOS A JANE AUSTEN

Adictos a Jane Austen
La autora de 'Orgullo y prejuicio' es tanto una escritora canónica como un icono de masas. Esta semana se cumplen dos siglos de la muerte de una pionera del pensamiento libre.
https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/14/babelia/1500042170_723966.html

En 1795 o por ahí, el joven hijo de un comerciante, desengañado en amores, decidía en pleno viaje de negocios renunciar a su nombre, a su trabajo y a su fortuna para dedicarse al arte: “A partir de ahora, el cultivo armonioso de mi naturaleza, que por nacimiento me ha sido negado, es exactamente lo que más deseo”. Son declaraciones del héroe de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (V, iii), y por nacimiento se refería a su origen burgués, que él oponía, en un tono de ambigua queja típicamente burguesa, al origen aristocrático, pues “el burgués jamás puede preguntarse: ‘¿Qué eres?’; solo puede preguntarse: ‘¿Qué tienes? ¿Qué inteligencia, conocimiento, talento, riqueza?”. La exclusión, y por tanto la persecución, del ideal clásico de lo armonioso, que al parecer con la nobleza venía incorporado, guía la primera crónica del pathos burgués, también llamada, para la posteridad, Bildungsromano novela de formación o aprendizaje.

El Wilhelm Meister no se publicó en inglés hasta 1827, en traducción de Thomas Carlyle, quien avisaba en el prólogo a “los amigos de lo sublime” —“a aquellos que no pueden pasarse sin sentimientos heroicos”— de que no encontrarían en ella “nada que pudiera prestarles el menor servicio”. No es posible que Jane Austen, fallecida en 1817, hace ahora 200 años, la leyera, ni nos consta que hubiera leído siquiera a Goethe. En 200 años, sin embargo, ha corrido lo suficiente para que en la bibliografía de esta escritora tan poco amiga de “lo sublime” como de los “sentimientos heroicos” se hayan señalado todo tipo de asociaciones, algunas de ellas con la novela de formación.

Ciertas indicaciones se han dado de que Emma (1816) es el primer Bildungsroman de la literatura inglesa, aun considerando que su protagonista —oh, pionera— no es para nada de origen burgués ni para nada un joven, sino una joven. En todo caso, apenas hay heroína austeniana que no goce con naturalidad del privilegio masculino de aprender algo de uno mismo y de abrazar el “cultivo armonioso” de su naturaleza en el curso de una accidentada trayectoria. Es cierto que Elinor Dashwood, en Juicio y sentimiento (1811), y Anne Elliot, en Persuasión (1816, publicada póstumamente en 1818), vienen ya aprendidas de casa; pero Elinor, además de luchar angustiosamente por guardar la compostura que le impide decir lo que su corazón grita, tiene que vigilar la locuacidad romántica de su alborotada hermana Marianne; y Anne bastante tiene con empezar la novela ya habiendo reconocido sus errores y en el trance de descubrir el hasta entonces desconocido derecho –—oh, pionera, dos— a una segunda oportunidad.

En las otras grandes novelas de la autora, el aprendizaje está claro: Catherine Morland, en La abadía de Northanger (1798-1803, publicada póstumamente en 1818), aprende a las malas que el mayor misterio gótico que encierra el caserón donde ha sido invitada es que la han confundido con una rica, siendo ella una pobretona, por lo cual es inmediatamente expulsada; la célebre pareja de Orgullo y prejuicio (1813), Elizabeth Bennet y el señor Darcy, tienen que aprender trabajosamente a domar, juntos y cada uno por su lado, al terrible par de monstruos del título; la virtuosa, trémula y gazmoña Fanny Price de Mansfield Park (1814) es devuelta a la pobreza en uno de los capítulos más lúcidos y brutales jamás escritos por Jane Austen, y allí, horrorizada, aprende, como buena marxista avant la lettre, que su virtud es una licencia dependiente de la fortuna (de su educación en casa de unos parientes ricos, generosos y esclavistas) y que no resistiría las condiciones materiales en que viven sus padres y sus hermanos; y la protagonista de Emma (1816), una heroína que, confesaba su autora, “solo me gustará a mí”, la metomentodo, jactanciosa, manipuladora y casi siempre equivocada Emma…, debe aprender, en fin, que hay que aprender.

Emma es tan reinezuela, hace tantas barbaridades, compromete el bienestar y la alegría de tanta gente y se empeña tanto —encima— en educar a quienes están por debajo de su “rango” que probablemente en una narración del siglo XX habría sido confinada al terror y decapitada a mitad de historia, o habría sido el personaje que, en una comedia o melodrama, queda al final sola y en ridícu­lo con gran ovación del público. En 1995 su actualización cinematográfica, Clueless, en los colegios y centros comerciales de Beverly Hills permitía augurar alguna tipología, más complicada en su recepción, del siglo XXI: la “posibilidad de actuar demasiado a su arbitrio personal y cierta tendencia a pensar demasiado bien de sí misma” no despiertan hoy únicamente antipatía, y una chica parecida a Emma podría muy bien ser una celebrity de Instagram o YouTube con muchos más seguidores que detractores.

Nacida en el seno de la gentry, “heredera de 30.000 libras”, libre, por tanto, del peso de las frustraciones sobre el ser y, en principio, de tener que trabajarlo, huérfana de madre, hija de un caballero cuya autoridad —bien presente— gira toda ella alrededor de la salud y el tiempo, Emma, con apenas 20 años al empezar la novela, no ha contado con otra guía que su institutriz y un espontáneo, el señor Knightley, “un hombre razonable de 37 o 38 años”, soltero y terrateniente de la vecindad. La institutriz se casa y se aleja, y aunque sigue dando buenos consejos, tampoco puede dejar de reírse con las crueldades y escarnios de su antigua pupila. En cambio, el señor Knightley, que a veces parece hasta sumamente irritable, no le pasa ni una.

Emma no solo no ansía casarse (“No necesito dinero, ni empleo, ni posición social. Creo que pocas mujeres casadas son tan dueñas de la casa del marido como yo lo soy de Hartfield”) ni enamorarse (“Ciertamente no voy a obligarme a sentir más de la cuenta”), sino que es probablemente una de las primeras heroínas novelescas —oh, pionera, tres— que hace lo que le da la gana. Sus discusiones con el señor Knightley son tan guerreras y territoriales como agudas, porque en situación de conflicto la mujer errada —como más adelante, por ejemplo, en Henry James, el hombre malo— a menudo lleva razón: sus invectivas contra la hipocresía de los hombres, “puesto que no se enamoran de cerebros privilegiados, sino de caras hermosas”, o contra la displicencia que muestran a otros hombres con “dificultades por depender [económicamente] de otros” ponen en más de un apuro al sensato señor Knightley, que, admitámoslo, algo tiene de mansplainer. El combate de razones se enreda naturalmente en un combate de sentimientos, que se saben y se ocultan, o que sinceramente, distraídos por una hiperactividad imperiosa, se desconocen. “Comprender, comprender enteramente su propio corazón, fue su primer esfuerzo”, dice la narradora, convencida de que conocerse a sí misma es la primera condición para conocer a los demás: Emma descubre que a ser también se aprende, y que ser implica —en una mujer como en un hombre: oh, pionera, cuatro— la posibilidad armoniosa de cambiar, de dejar de ser. El señor Knightley, por su parte, siempre supo que al dirigirse a ella y contradecir sus ideas y actos casi abusaba de “un privilegio más tolerado que concedido”.

Esta clase de privilegio puede atribuirse igualmente a la propia obra de Jane Austen, observadora desde dentro, y por tanto siempre en peligro, de lo no dicho, de lo no concedido, de lo callado. Hay otros reflejos de su arte en Emma: “Me diviertes contra mi propia conciencia”, le dice una vez su antigua institutriz a la joven aficionada a ridiculizar a los demás. Y esta misma joven, cuando enseña sus bocetos a Harriet y al señor Elton, entona con falsa modestia: “No puedo ofrecerles una gran variedad de rostros (…). No tengo para estudiar sino a mi propia familia”. Los bocetos de Jane Austen, que tan a menudo divierten contra la conciencia, siempre han tenido además la gracia de disimu­lar que, haciendo parcos estudios de familia, una estudia de hecho el mundo entero.

NAZIS (¡PUAG!) Y DEGENERADOS

NAZIS CONTRA EL ARTE DEGENERADO
Publicado por Diego Cuevas
http://www.jotdown.es/2017/07/nazis-arte-degenerado/

Establos, 1913. Franz Marc.

Al pintor y escultor alemán Max Beckmann (1884-1950) la gente suele acomodarlo entre las filas del movimiento expresionista pero lo cierto es que cuando el propio artista observaba que llovían sobre él ese tipo de etiquetas optaba por sacudírselas rápidamente de los hombros y acelerar el paso sin mirar hacia atrás. La figura de Beckmann, autor de Retrato familiar (1920), El sueño (1921) o La noche (1919) gozó de un reconocimiento considerable en la Alemania de la República de Weimar, aquel inestable régimen político que tuvo lugar tras la derrota del país en la Primera Guerra Mundial. Durante ese periodo, el artista impartió clases en la selectísima escuela Städelschule de Fráncfort del Meno, recibió la medalla de oro de la ciudad de Düsseldorf, observó cómo sus pinturas se acomodaban en la Nationalgalerie de Berlín y en general provocó genuflexiones allá por donde tuvo a bien pasearse. Hasta que Adolf Hitler llegó al poder y el Gobierno señaló con un dedo al artista acusándolo a gritos de ser un bolchevique cultural, lo apartó de la docencia y confiscó su obra. En 1937 más de quinientas piezas con la firma de Beckmann habían pasado de ocupar sitios privilegiados en los museos alemanes a ser utilizadas como tope de puerta en los despachos del Gobierno nazi. Poco después, la Administración del Führer se encargó de designar a un pintor profesional para repasar la producción de Beckmann y realizar una selección de piezas notables con el objetivo de celebrar una exposición en Múnich, los nazis pretendían agarrar los mejores ejemplos de la obra que condenaban para presentárselos al público. Y el escenario para llevar a cabo aquel brillante plan sería la Entartete Kunst (Arte degenerado), una exhibición con un objetivo opuesto al de cualquier otra: ser un greatest hits del arte a evitar donde el público visitante se dedicase a condenar lo expuesto en lugar de admirarlo.

Entartete Kunst
El pintor encargado de seleccionar la alineación ideal de la Entartete Kunst se llamaba Adolf Ziegler y, además de tener nombre de copia pirata del Führer, también era el artista favorito del líder nazi. A Ziegler el Gobierno alemán le asignó un equipo de cinco personas para peinar los museos del país dando caza al arte sospechoso de ofender al régimen como quien sale a atrapar pokémones. Tras la batida, la cuadrilla regresó con el maletero repleto de piezas representativas del cubismo, el expresionismo, el arte abstracto o el surrealismo. Una selección que dejaba claro que Hitler y compañía le tenían tirria a todo lo que vendría a ser el arte moderno de la época. Con el material incautado Ziegler se las apañó para seleccionar seiscientas cincuenta obras (entre las que figuraban pinturas, esculturas o libros de más de un centenar de artistas diferentes) y montar en tan solo dos semanas la muestra Arte degenerado inaugurada en Múnich durante julio de 1937. Un evento que el Gobierno nazi acompañó con el detalle malévolo y cabrón de montar durante el mismo mes, y en la misma ciudad, otra exposición artística titulada Große deutsche Kunstausstellung (La gran exposición de arte alemán) en el museo Haus der Kunst, una muestra ideada para alabar y dar bombo a aquellos artistas que tenían el beneplácito del régimen.

Goebbels dándose un garbeo por la exposición degenerada
Fotografía: German Federal Archives.

Las dos exposiciones en la misma urbe eran la manera nada disimulada del Gobierno de Hitler de enfrentar el arte que admiraban contra el que  consideraban deplorable. En La gran exposición de arte alemán el visitante podía encontrar las obras de gente como Adolf Wissel o Arno Breker, escenas que representaban familias alemanas idealizadas y felices, rubias chavalas arias desnudas, paisajes germánicos de aspecto bucólico y soldados victoriosos con pinta de anuncio. Todo ello muy bien ordenado y limpito. En cambio, en la Entartete Kunst las instalaciones tenían un aspecto caótico y destartalado, una puesta en escena realizada a propósito para transmitir la idea de que aquello era un outlet de arte moralmente deleznable: los cuadros habían sido apilados o pegados a las paredes con desgana, estaban torcidos y rodeados de grafitis que insultaban a la obra y al autor. El catálogo oficial anunciaba que el motivo de la muestra era «demostrar las  intenciones detrás de todo este movimiento filosófico, político, racial y moral, así como las fuerzas motrices de la corrupción que lo motivan».

Mein Kampf, quiero ser artista
El propio Hitler confesaría entre las páginas de aquel diario personal titulado Mein Kampf que había intentado vivir exclusivamente del arte, una meta hacia la que encaminó sus años mozos tras descubrir que era un zote para todo lo demás. Con dieciocho primaveras se trasladó a Viena para explotar un arte propio muy inspirado por la obra de Rudolf Ritter von Alt, un artista especializado en paisajismo cuyas paletas de colores e interés por las estructuras arquitectónicas influenciaron de manera notable los pinceles de Hitler. La estancia vienesa transformó al aspirante a pintor en un cliché bohemio: comenzó a vestir raro, frecuentar reuniones de artistas, vivir exclusivamente de noche (de manera célibe debido a que creía que era importante llegar puro al matrimonio) y evitó buscar trabajo fijo al considerar que él estaba por encima de todo aquello de tener un curro normal. Rebosando ilusión y mucha confianza en sí mismo, el pequeño Adolf intentó reservar pupitre en la Academia de Bellas Artes de Viena pero suspendió el examen de admisión dos años seguidos, y cuando solicitó explicaciones al profesorado del centro recibió puñaladas a cambio: según los examinadores, sus creaciones iban muy escasas de talento y, aunque demostraba una memoria casi fotográfica a la hora de representar edificios (uno de los profesores le aconsejó olvidarse del dibujo y meterse a arquitecto), también dejaban claro que era un completo incapaz a la hora de apreciar la forma humana y dibujarla sobre lienzos. Un detalle curiosamente premonitorio si se tiene en cuenta que aquel chaval se convertiría en uno de los personajes más faltos de humanidad de toda la historia.
Durante los años posteriores Hitler se dedicó a sobrevivir en Viena como pudo, durmió en bancos de la calle y mendigó meriendas en hogares sociales de monjas mientras subsistía de mala manera elaborando postales, pintando casas y vendiendo estampas de iglesias durante las bodas celebradas en los propios templos. La primera persona que se interesó en comprar a buen precio sus cuadros fue un vidriero judío llamado Samuel Morgenstern en cuya tienda el artista homeless había entrado con tres estampas paisajísticas bajo el brazo. Desde entonces Morgenstern se convertiría en el comprador más leal de la producción de Hitler, unas pinturas que el cristalero utilizaba para rellenar los marcos de cuadros que vendía en su propio establecimiento: «La experiencia me dice que es más fácil vender marcos si ya contienen una imagen dentro», explicaba el empresario. Mucho tiempo después, en 1938 y con el líder nazi completamente desatado a la hora de joder a las familias judías, el Gobierno le arrebataría el negocio a Morgenstern y su mujer, le privaría de la licencia comercial imposibilitando que pudiese trabajar y lo condenaría a aislarse en el gueto de Litzmannstadt donde moriría, arruinado y miserable, de agotamiento. Años más tarde los libros de contabilidad del negocio de Morgenstern revelarían que la mayor parte de obras con la firma de Adolf Hitler habían sido compradas por judíos que quisieron llevarse a casa un bonito marco con paisaje dentro.  
Se fantasea habitualmente con la idea de que si Hitler hubiese metido el pie en Bellas Artes quizás habría abandonado por completo la carrera política, pero dichas suposiciones son poco probables. Por una parte, porque el hombre, a pesar de mantener amistades estrechas con varios judíos, ya había empezado a cultivar interés por el antisemitismo y la política. Y, por otro lado, porque como artista era la mierda: sus mejores piezas eran mediocres, sus paisajes tenían sabor a producción amateur y en general era un completo negado a la hora de de dibujar seres humanos (los críticos lo achacaban a su profundo desinterés por las personas) u otros tipos de seres vivos, como por ejemplo las plantas. A principios de 2017, en el Museo di Salo de Lombardía, se mostró al público una pintura al óleo inédita de Hitler durante una exhibición que pretendía estudiar la relación entre la locura y el arte. Vittorio Sgarbi, el propio comisario de la exposición, definiría aquel sombrío cuadro del líder nazi sin demasiadas sutilezas: «Es una mierda que dice mucho de la psique del autor, no existe grandeza aquí, solo miseria».

Ilustres degenerados

Cartel de la Entartete Kunst de 1938.

La formación de artistas que desfilaron por la Entartete Kunst resultó ser un catálogo excepcional del arte más interesante del momento. Y poco importaba que la muestra estuviese alojada en habitaciones cochambrosas cuando los trabajos seleccionados defendían su grandeza por sí mismos, un detalle que resultaba gracioso de manera retorcida: Adolf Hitler, el artista frustrado que vendió obras mediocres gracias a unos marcos hermosos, creyó en algún momento que colocando un marco desagradable a las obras de arte la gente acabaría aborreciéndolas y renegando de ellas. Era difícil estar más equivocado.
El pintor alemán Franz Marc fue uno de los grandes pioneros del expresionismo. Se ocupó de fundar junto a su colega ruso Vasili Kandinski la influyente agrupación de artistas Der Blaue Reiter y en sus creaciones reinventó la naturaleza tiñendo animales con colores vibrantes en Grandes caballos azules (1911), Perro tumbado en la nieve (1911), La vaca amarilla (1911) o las espectaculares Zorros (1913) y En la lluvia (1912). En agosto de 1914 se alistó voluntariamente para combatir en la Primera Guerra Mundial y, tras demostrar que resultaba más útil empuñando pinceles que cargando armas, el ejército acabó encomendándole la labor de diseñar el camuflaje militar. Un trabajo que, como explicaría a su mujer en las cartas enviadas desde el frente, tenía bastante arte implicado: «Hoy he pintado nueve Kandinskis sobre las lonas de las tiendas de campaña. La idea es convertir a la artillería en invisible para los aviones de reconocimiento». Para lograr el camuflaje perfecto el artista había experimentado con diferentes estilos artísticos, entre ellos el de Monet, hasta descubrir que lo ideal a la hora de fusionarse con la naturaleza era combinar la técnica de Kandinski con la paleta adecuada de colores. En 1916 el Gobierno alemán elaboró una lista de artistas que estaban batallando en la guerra a los que consideraba necesario sacar del campo de batalla; Marc figuraba entre ellos, pero la mala suerte confabuló para que un pedazo de metralla lo matase en Verdún antes de que llegase la orden de su evacuación. Veinte años después, los simpáticos nazis ojearon sus obras, las etiquetaron como entarteter Künstler y requisaron ciento treinta de sus cuadros de los museos alemanes.

Guerra (1932). Otto Dix.

A Otto Dix, otro artista que se apuntó al ejército, la Primera Guerra Mundial no llegaría a matarlo pero le provocaría pesadillas de por vida. Las creaciones de Dix, influenciadas por los horrores de la batalla, se apuntaron a la nueva objetividad y se volvieron satíricas, descarnadas y feítas a propósito. El hombre capaz de retratar a personalidades de manera excepcional en Por la belleza (1922), Retrato de la periodista Sylvia von Harden (1924) o Retrato del abogado Hugo Simons (1925), decidió compartir sus terrores bélicos a través de creaciones como Tropas de asalto avanzando bajo el gas (1924), Almuerzo en las trincheras (1924) o Lisiados de guerra (1920). Los nacionalsocialistas, al asomarse a la oscuridad de su obra, consideraron que aquello era un «sabotaje al espíritu militar de las fuerzas armadas», confiscaron doscientos sesenta de sus lienzos y encendieron la chimenea con la mayoría de ellos. Pero todo aquello no hizo cambiar de opinión a la fanbase del artista: mientras el Gobierno alemán lo exhibía en la Entartete Kunst para despreciarlo, en su ciudad natal (Gera) se exponían sus obras con orgullo para celebrar el aniversario de la urbe.
La guerra también le dejó la cabeza como una maraca a Ernst Barlach, un escultor, escritor y grabador alemán que se alistó voluntariamente como soldado de infantería en 1916 y abandonó el conflicto a los tres meses por culpa de una dolencia cardiaca. La experiencia en el frente cambió el punto de vista del expresionista alemán y pasó de ser partidario del conflicto armado a tallar obras de potente mensaje antimilitar, llegando incluso a trolear con ellas sin ningún tipo de vergüenza: la ciudad de Magdeburgo le encargó un monumento bélico que honrase a los heroicos soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial y el artista entregó el Cenotafio de Magdeburgo en 1929. Se trataba de una talla donde tres soldados germanos, luciendo la mirada de las mil millas, rodeaban una tumba en un cementerio junto a una viuda de luto con la cara cubierta, un esqueleto vestido como un soldado alemán y la jeta horrorizada del propio Barlach. La guasa de la pieza no sentó nada bien a los alemanes más serios y los amigos del artista decidieron esconder la estatua durante años para evitar que algún ofendido la rediseñase con un hacha. La purga artística nacionalsocialista prohibió a Barlach trabajar como escultor y mayoría de sus obras fueron confiscadas.

El cenotafio de Magdeburgo (1929) en la catedral de Magdeburgo. El ejemplo artístico definitivo del «¿A que no hay huevos?». Fotografía: Chris73 (CC).

En 1902, un Emil Hansen con treinta y cinco veranos sobre las espaldas decidió hacer un Johnny Knoxville y ponerse de apellido el lugar de nacimiento para lucir nombre artístico: Emil Nolde, el pintor alemán que construyó una envidibale obra expresionista fraguada a base de pinceladas potentes, paletas de colores energéticas y sombras afiladas. Sus creaciones, herederas de la pintura de James Ensor o Vincent van Gogh, transitaron a través de la temática bíblica (El paraíso perdido, 1921), las imágenes florales (el óleo El jardín de flores, 1908), el retrato (la litografía donde asomaba una Cabeza con pipa de 1907 que pertenecía al propio autor) e incluso el paisajismo más melancólico (la potente acuarela Paisaje en luz roja, 1925). Lo curioso del caso es que Nolde era un hooligan del partido nazi, antisemita convencido y alistado en el nacionalsocialismo danés, que además creía que el expresionismo era un movimiento muy alemán y muy noble. Hitler no compartía esa opinión y como consideraba que todo lo moderno era deleznable y degenerado, por muy nazi que fuese su autor, ordenó confiscar más de un millar de pinturas de Nolde al mismo tiempo que le prohibió volver a empuñar un pincel en público o en privado. Pero el artista se pasó esta última orden por el forro y dedicó su tiempo libre a dibujar y esconder cientos de piezas tituladas con sorna «Los cuadros que no fueron pintados». Estampas realizadas en acuarela en lugar de óleo por cuestiones prácticas: si en algún momento la Gestapo efectuaba una de sus redadas sorpresa, la mejor manera de no parecer sospechoso era no oliendo a pintura.
A Paul Klee, un alemán nacido en Suiza, no solo le ocurrió juguetear con el expresionismo sino que también hizo manitas con el surrealismo. Aquel atrevimiento por parte del autor de En el principio (1916), Carnaval en las montañas (1924) o Globo rojo (1922) supuso que diecisiete de sus obras pasasen a formar parte de la exposición depravada mientras otro centenar acababan apiladas en los trasteros nazi. Enfermo de esclerodermia, sus creaciones se empaparon durante los últimos años de un tono tétrico: pintó Muerte y fuegoen 1940, poco antes de fallecer y escondió dos veces la palabra Tod («muerte» en alemán) en el lienzo, una de ellas entre las facciones de una calavera.

Ad Parnassum (1932). Paul Klee.

Entre los grandes artistas homenajeados en la muestra degenerada también se encontraban el caricaturista alemán y antinazi George Gorsz que retrataba la vida en Berlín con imágenes tan ácidas como aquel Autómatas republicanos (1920), el surrealista Max Ernst que parió el fantástico El ángel del hogar (1937), el escultor Edwin Scharff que talló el rostro de Anni Mewes en 1921 y las monumentales estatuas de domadores de caballos en pelotas (Rossebändiger, 1937) de Düsseldorf, aquel Max Pechstein que hacía de voyeur Bajo los árboles (1911) y otros genios como Kandinski, Henri Matisse, Pablo Picasso, Vincent van Gogh, Ernst Ludwig Kirchner o Edvard Munch.

Gloria al arte degenerado
En la Alemania de los años treinta nadie había oído hablar aún del efecto Streisand y por eso mismo al Gobierno no le salió bien la jugada de condenar a una tropa de artistas para menospreciarlos. La gran exposición de arte alemán fue una auténtica pifia, la visitaron cuatro gatos mientras el resto de la ciudad hacía cola para entrar en las salas donde se apilaba el Arte degenerado. La Entartete Kunst recibió más de dos millones de asistentes con hambre de degeneraciones, casi cuatro veces más que la exposición opuesta que gozaba el beneplácito de los nazis. A la hora de vender las piezas que conformaban La gran exposición nadie se dignó a pujar por ellas y, para disimular un poco lo vergonzoso del asunto, el propio Hitler compró la mayoría de los trabajos tirando del monedero del Gobierno.
Adolf Ziegler, el pintor encargado de hacer la selección de obras para aquella muestra de Arte degenerado, expresó ciertas dudas sobre la campaña de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y, en cuanto aquello llegó a los oídos del Führer, un par de agentes de la Gestapo llamaron a la puerta de su casa y lo acompañaron amablemente hasta el campo de concentración de Dachau para agasajarle con una estancia de seis semanas en el lugar. El propio Hitler acabó ordenado que lo dejaran en libertad y Ziegler desapareció con la cabeza gacha. Años más tarde intentó reactivar su carrera pictórica, pero en la Academia de Bellas Artes de Múnich le negaron continuamente un hueco al considerar que sus logros solo habían sido fruto de tener enchufe con Hitler, y también probablemente por todo aquello de ser responsable de una exposición destinada a crucificar a otros artistas. Ziegler se retiró a un pueblecito de Baden-Baden y durante los últimos años se dedicó con éxito a morirse en silencio de manera gradual.


La Entartete Kunst en un fotograma del documental Degenerate Art (1993).

VACACIONES DE VERANO


Fórmula V, *Vacaciones de verano.
(No se pierdan el baile, la ropita, el decorado, el órgano... No tiene desperdicio).

MANANTIAL

He retomado, ahora en serio, la lectura de "El manantial de Israel", una edición idéntica a ésta (que hasta podría ser la misma, mi libro lo compré online en una librería chilena o argentina ¿o quizá en México?). La trama se desarrolla, al menos por ahora, en una excavación en Israel y los protagonistas viven en un kibutz, donde el secretario del mismo se llama Schwartz, igual que mi apellido materno.
Recuerdo que en casa de mis abuelos había una biblioteca donde yo me entretenía echando un ojo de vez en cuando, sobre todo a la colección de revistas del National Geographic. Había un libro, algo mayor que el resto, con fotografías en blanco y negro, que me llamaba la atención de manera recurrente, sobre la vida en un kibutz en Israel. Nunca hablé con mi abuelo acerca de ello ni siquiera sé si estuvo allí en alguna ocasión, pero me fascinaban sus fotografías y lo que allí se contaba, una experiencia diferente y una manera completamente novedosa de entender la vida. 
Con los años me fui interesando más por el país, la Historia judía e incluso intenté ir un tiempo a un kibutz, pero por muchas razones no lo logré.

MILLONES DE ECOMUNDOS Y UNA PARADOJA

La paradoja de Fermi
¿Por qué si hay tantos planetas susceptibles de albergar vida inteligente, ninguna civilización extraterrestre se ha puesto en contacto con nosotros?
https://elpais.com/elpais/2017/07/12/ciencia/1499856047_142958.html

La conclusión a la que llegó el astrónomo Frank Drake a partir de su propia ecuación -una decena de civilizaciones capaces de comunicarse con nosotros en la Vía Láctea-, hoy, medio siglo después y a la vista de los últimos descubrimientos astronómicos, nos parece excesivamente prudente, y muchos creen que esas civilizaciones galácticas podrían contarse por cientos o miles.

A pesar de lo difícil que resulta detectar planetas extrasolares, ya se conocen más de tres mil, y algunos astrónomos consideran probable que la mayoría de las estrellas tengan planetas orbitando a su alrededor, lo que significaría que los “ecomundos” (planetas idóneos para albergar vida) se podrían contar por cientos de millones.

Y ahí es donde surge con renovada fuerza la conocida como “paradoja de Fermi”, pues el gran físico italiano, inspirador de la ecuación de Drake, se preguntó a mediados del siglo pasado por qué ninguno de esos supuestos vecinos galácticos se había puesto en contacto con nosotros ni había dejado ninguna huella perceptible de su presencia en el cosmos.

Una de las posibles explicaciones de esta paradoja es la denominada“hipótesis de la Tierra especial”, según la cual, aunque hubiera muchos planetas similares al nuestro, se requieren tal cantidad de condiciones para que se desarrolle la vida inteligente, que el proceso podría haberse dado en muy pocos planetas, tal vez solo en la Tierra. Pero esta hipótesis parte del supuesto de que la vida inteligente solo puede desarrollarse mediante un proceso análogo al que se ha dado en nuestro planeta, y no tiene por qué ser necesariamente así.

Invito a nuestras/os sagaces lectoras/es a reflexionar sobre la paradoja de Fermi y sus implicaciones. O a seguir reflexionando, mejor dicho, pues ya han empezado hacerlo en los numerosos y muy interesantes comentarios de la semana pasada.

Visitando a nuestros vecinos
Supongamos que en nuestro entorno galáctico más próximo hay tres planetas habitados por seres inteligentes, a “solo” 10, 20 y 30 años luz de distancia de la Tierra respectivamente. ¿Cuál es la distancia mínima a la que pueden estar dos de esos exoplanetas entre sí? ¿Y la máxima? Queremos visitar esos tres mundos, uno tras otro, en un solo viaje. ¿Cuál es la disposición espacial que haría que ese viaje fuera mínimo en cuanto a la distancia recorrida por nuestra astronave? ¿Y la disposición que daría lugar al recorrido más largo?

VIVALDI


ZARA & BRYANT PARK, NY

Amancio Ortega comienza a pagar el wifi a los neoyorquinos
Los visitantes de parque Bryant en el centro de la ciudad tendrán conexión gratis patrocinada por Zara. Las autoridades aseguran que es uno de los puntos más saturados del mundo.
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2017/07/14/companias/1500054181_312286.html

viernes, 14 de julio de 2017

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE

VERSUS

Me dice un amigo esta mañana: "Discutir sobre un color es como la discusión entre un cristiano y un musulmán sobre quién es el dios verdadero". ¡Qué gran verdad!

jueves, 13 de julio de 2017

HARTO


EL DÍA DE MAÑANA




Estas tres imágenes pertenecen a la película "El día de mañana" (The day after tomorrow); la foto de abajo a la película de la vida, es decir, a la vida real, la nuestra, la suya, la de "ellos". Sí, la misma vida de aquellos como Trump que niegan el cambio climático, la misma de los que permanecen impasibles ante noticias tan terribles como la que leemos ayer sobre un gigantesco iceberg que se ha desgarrado del continente helado. A mi me da miedo, nuestro munco se parece cada vez más al de las películas de catástrofes.