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domingo, 5 de julio de 2026

TRANSHUMANBOY

 

FELICES SUEÑOS


Cómo dormir mejor cuando hace calor
No dejes que el calor te quite el sueño. Aquí te ofrecemos consejos para mantenerte fresco por las noches.
The New York Times, Katie Mogg, 25.06.2026

Se espera que gran parte de Estados Unidos experimente niveles peligrosos de calor en los próximos días, y esas altas temperaturas pueden hacer más difícil el conciliar el sueño.

Los estudios demuestran que el calor extremo puede afectar tanto a la cantidad de sueño como a la calidad del mismo, dijo Chad Milando, científico investigador del Centro de Clima y Salud de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Boston. Él y otros expertos dijeron que las personas más vulnerables a dormir mal durante una ola de calor son las familias con bajos ingresos que no tienen aire acondicionado en sus casas, así como los adultos mayores o las personas con problemas de salud subyacentes que las hacen más susceptibles a las enfermedades relacionadas con el calor.

Por eso, cuando suben las temperaturas, es esencial tener un plan para mantenerte fresco mientras duermes.

Cómo el calor afecta al sueño

La temperatura central del cuerpo desciende de forma natural cuando dormimos, pero los ambientes calurosos pueden impedir que el cuerpo se enfríe adecuadamente. Los estudios también sugieren que las temperaturas ambientales más bajas indican a tu cuerpo que es hora de descansar.

Si la temperatura de tu dormitorio es demasiado alta, puede que te resulte difícil conciliar el sueño y que te despiertes con más frecuencia a lo largo de la noche, dijo Michael Irwin, profesor de psiquiatría y ciencias bioconductuales de la Universidad de California en Los Ángeles. También puedes tener un sueño menos reparador, añadió.

Para ayudar a tu cuerpo a regular su temperatura, lo ideal es que tu habitación esté a una temperatura de entre 65 y 68 grados Fahrenheit, es decir, de 18 a 20 grados Celsius, dijo Rebecca Robbins, profesora adjunta de medicina en la división de medicina del sueño de la Facultad de Medicina de Harvard. Si tu habitación es mucho más calurosa, es posible que te despiertes a lo largo de la noche, sobre todo durante las fases del sueño en las que el cuerpo no puede regular su propia temperatura, dijo.

“Cuando nos exponemos a temperaturas extremas, es probable que nos despertemos para tiritar o nos despertemos para sudar”, dijo Robbins.

Prepárate para un buen descanso nocturno

Hay medidas que puedes tomar para dormir mejor durante una ola de calor, más allá de encender el aire acondicionado, dijeron los expertos.

“Dormir bien por la noche empieza por mantenerse hidratado y fresco durante el día”, dijo Milando. Beber mucha agua cuando hace calor en el exterior garantiza que tu cuerpo tenga suficiente líquido para enfriarse. Cuando estás deshidratado, sudas menos, y es más fácil sobrecalentarse.

También puedes mantener tu casa más fresca cerrando las persianas o cortinas para filtrar la luz solar directa, dijeron los expertos. Mantener el aire circulando en tu dormitorio también puede ayudar. Si no tienes aire acondicionado, instala un ventilador en una ventana abierta, que ayudará a que entre el aire más fresco del exterior, dijo Robbins.

Para bajar la temperatura corporal antes de acostarte, ponte un trapo húmedo en la frente, dijo Irwin. “La humedad de ese trapo se evaporará a lo largo de la noche”, dijo. Pero evita las bolsas de hielo, dijeron los expertos, ya que colocarlas sobre la piel durante demasiado tiempo puede dañarla o provocar quemaduras por frío.

Robbins recomendó dormir bajo una sábana delgada, que puede favorecer la circulación del aire y facilitar que saques las extremidades cuando sientas demasiado calor. Las pijamas también deben ser finas y holgadas para evitar atrapar el calor. Pero cuando hace mucho calor, “puede ser un buen momento para probar el atuendo con el que naciste”, dijo Robbins.

Si te cuesta dormir plácidamente durante una ola de calor, resiste el impulso de dar vueltas en la cama: solo conseguirás acalorarte más, dijo Robbins.

“Intenta no atormentarte por estar despierto, cosa que todos podemos hacer”, dijo. “Levántate, ve al baño, intenta mantener las luces bajas, y luego vuelve a tu dormitorio cuando estés cansado y métete en la cama cuando estés listo para dormir”.

domingo, 19 de abril de 2026

PELIRROJOS


Ya habré contado anteriormente que de niño, siendo pelirrojo en los años 60, en un país inculto y supersticioso, ser pelirrojo no era tarea fácil, más si se era tímido y poco (nada) futbolero. Afortunadamente las cosas cambiaron, ya la gente no se santiguaban ni hacía tics absurdos al cruzarse con uno por la calle -yo me hacía el loco, claro está, como si no me hubiera dado cuenta, una vez tras otra- y los pelirrojos se convirtieron en niños guapos y niñas monísimas que poblaban los anuncios de publicidad allá donde fueres. Yo tuve la suerte de comenzar mi infancia con amigos, de G con 5 años; luego nuestras madres se hicieron mejores amigas y la vida siguió para todos nosotros -Exin Basket incluido-, a pesar del color del pelo. Con los años igual de rojo pero con menos pelo.
Hoy leo un interesante artículo que comparto con ustedes sobre la marcha.


Siempre habíamos creído que la evolución llevaba miles de años detenida. Los pelirrojos nos estaban diciendo lo contrario
Las personas pelirrojas son un resquicio de nuestra evolución acelerada más reciente.
José A. Lizana, abril 2026


La evolución ha sido una de las grandes aliadas que nos ha hecho llegar a donde estamos ahora mismo, pero también hay una idea que ronda la mente de algunas personas al apuntar que las comodidades, la agricultura o las mejores tecnológicas han hecho que esta selección natural se estanque en humanos. Pero... ¿Es esto verdad?

Un mito. La respuesta es que no. Y para demostrarlo, un grupo de investigadores ha publicado de manera reciente un nuevo artículo en la revista Nature, rompiendo este mito, apuntando que la evolución no solo se ha detenido, sino que la invención de la agricultura le hizo pisar el acelerador a fondo.
Aquí el equipo de investigación ha logrado lo que hasta hace poco parecía imposible, como es rastrear la huella de la selección natural a través de los milenios.

Cómo se ha hecho. No es algo fácil mirar hacia un pasado tan extenso, pero aquí los investigadores han usado un nuevo método bautizado como AGES, donde 'solo' han tenido que procesar 16.000 genomas antiguos provenientes de Eurasia occidental. De esta manera, los resultados han arrojado que existen 479 variantes genéticas que han experimentado una gran presión selectiva, por lo que nuestra adaptación biológica se ha acelerado tras los avances que han hecho a la humanidad tal y como es ahora.

Algunos ejemplos. Que haya habido cambios en nuestra genética está fenomenal, pero a veces queremos claros ejemplos de por qué es así. Uno de estos apunta a que cuando las poblaciones de Eurasia abandonaron el nomadismo para asentarse, cultivar la tierra y domesticar animales, sus dietas, la exposición a la luz solar y las dinámicas sociales cambiaron radicalmente.
Esto se tradujo, por ejemplo, en que aumentaron las variantes genéticas asociadas a la piel clara o al cabello rojo, siendo esto último algo ligado a las mutaciones en el gen MC1R. Y su sentido radica en la necesidad de adaptar el cuerpo para absorber suficiente vitamina D en climas con poca luz solar, aunque también se apunta a que estos genes podían compartir diferentes funciones muy relevantes de adaptación.
Y también estético. Alejado de lo funcional que puede ser tener una mayor absorción de vitamina D, los estudios también arrojan datos curiosos sobre nuestra estética evolutiva al apuntar que la selección natural favoreció la reducción de la calvicie en estas poblaciones.
Aquí la discusión está servida, ya que se puede pensar que está relacionado con la selección sexual o incluso que es la consecuencia de otros cambios en la genética que abrieron la puerta a que hubiera menos casos de calvicie y también de artritis reumatoide.

Los pelirrojos, que representan apenas entre el 1% y el 2% de la población mundial, poseen una importancia evolutiva significativa ligada a la adaptación a entornos específicos y a la gestión biológica de recursos, más allá de ser solo un rasgo fenotípico raro. Su origen se remonta a mutaciones en el gen MC1R hace unos 50,000 años.

Importancia y Ventajas Evolutivas: Adaptación a bajas latitudes (Vit. D): La piel clara asociada al cabello rojo es una ventaja evolutiva en el norte de Europa, permitiendo una mayor síntesis de vitamina D en entornos con poca luz solar.

Mecanismo de defensa tóxica: Un descubrimiento reciente sugiere que la feomelanina (el pigmento rojo) ayuda al cuerpo a gestionar el exceso de cisteína, un aminoácido que, en concentraciones altas, puede causar daño celular y estrés oxidativo.

Gestión del dolor y temperatura: Estudios indican que los pelirrojos tienen un umbral del dolor más alto, siendo capaces de soportar mejor ciertas molestias. Además, son más sensibles a los cambios de temperatura, lo que actúa como un detector precoz de frío/calor.
Herencia Neandertal: La variante del gen MC1R no es exclusiva de los humanos modernos; se ha confirmado que los neandertales ya eran pelirrojos, siendo esta característica parte de nuestra herencia híbrida.

Ventaja Metabólica e Inmune: Eficiencia en vitamina D: Los pelirrojos necesitan menos luz solar para producir vitamina D, lo que fue crucial en la prehistoria del norte de Europa.
Sistema inmune: Algunos estudios sugieren que tienen una mejor respuesta inmune y un envejecimiento celular más lento.

Desafíos Evolutivos: A pesar de las ventajas, el gen de la feomelanina presenta desventajas como la falta de protección solar (mayor riesgo de melanoma) y una piel más sensible.

En resumen, los pelirrojos representan un ejemplo de cómo la evolución equilibra costes y beneficios, persistiendo debido a ventajas metabólicas y de adaptación al entorno, a pesar de los riesgos dermatológicos asociados.

miércoles, 1 de abril de 2026

UNA NUEVA EPIDEMIA (NO ES UNA NUEVA DE STAR WARS)


Conocemos las siglas A.C., D.C.; en inglés, B.C.; en latín, A.D. Ahora debemos añadir otras, D.M. ó A.M., "después del móvil". La rueda, la electricidad, Internet, el móvil. Tantos siglos para erguirnos y volvemos a la casilla de salida. ¡SKYNET lo ha conseguido!
Generación yonqui
Hemos puesto en las manos de toda una generación, a edades en las que aún no han madurado, unos dispositivos que están programados para crear adictos.
Oriol Bartomeus, 01.04.2026

Según los datos de la última encuesta sobre el uso de drogas, el 23% del alumnado de educación secundaria en Cataluña tiene un riesgo elevado de presentar un uso compulsivo de internet. Son casi uno de cada cuatro. La encuesta, presentada a finales de marzo, no tuvo mucho eco. ¿Qué hubiese pasado si el titular fuera que uno de cada cuatro estudiantes de secundaria es adicto a la heroína? Seguramente se hubiese abierto un debate nacional, con expertos y tertulianos tratando la cuestión mañana, tarde y noche y todos los partidos políticos posicionándose sobre la cuestión, con gesto compungido y declaraciones solemnes.

Pero estar enganchado a internet no es lo mismo que ser adicto a la heroína para el común de la gente, en parte porque la heroína deja secuelas que son fácilmente visibles en sus víctimas, mientras que la adicción a internet es solitaria, silenciosa, y aparentemente no deja secuelas. Aparentemente, porque ya son legión los estudios que muestran cómo el uso temprano de internet afecta el cerebro de nuestros niños y niñas. El psicólogo Jonathan Haidt, en su magnífico y preocupante La generación ansiosa, publicado en 2024, describe los efectos del uso de internet en edades tempranas: aislamiento, malestar, sensación de fracaso, ansiedad, depresión, dificultad en el aprendizaje. No son las conclusiones de un tertuliano, es el resultado de cientos de estudios basados en investigaciones rigurosas.

Y todas estas investigaciones apuntan a un mismo responsable. No son los niños los que se vuelven adictos, son los dispositivos y cómo están concebidos lo que les hace engancharse. Hemos puesto en las manos de toda una generación, a edades en las que aún no han madurado, unos dispositivos que están programados para crear adictos, para asegurarse que sus usuarios pasen el mayor tiempo posible enganchados a sus pantallas centelleantes. Unos objetos, los smartphones, pensados para hacer de cada usuario un yonqui.

Y todo ello con un único fin: mejorar la ya de por si milmillonaria cuenta de resultados de unas empresas convertidas en las más poderosas de nuestro mundo. No hay un plan maléfico para conquistar el mundo ni una liga de supervillanos de película de James Bond. Lo que hay detrás es simple y vulgar codicia. Y a ella hemos entregado la salud mental de toda una generación, de nuestros hijos e hijas, convertidos en adictos de sus pantallas, incapaces de comunicarse, de pensar, de empatizar más allá del mundo virtual que les proporcionan los amos de la red.

Esto es lo que ha sentenciado la semana pasada un jurado californiano, en el caso de una niña enganchada a YouTube e Instagram: que los smartphones están diseñados para enganchar a sus usuarios como vía para engordar los bolsillos de tipos como Zuckerberg y los fondos de inversión con los que comparte la propiedad de Meta.

Un 23% de nuestros alumnos de secundaria está en riesgo de engancharse a internet. No debería ser un dato negligible, porque es el síntoma de una epidemia.

domingo, 12 de enero de 2025

ACABARÁ EN LA HORCA

 

Irene Vallejo, 12.01.2025

Así funciona el mundo. La lucha por la vida es una batalla descarnada. O devoras o eres devorado. En la ley de la selva, solo los más duros y despiadados sobreviven. Lo repiten una y otra vez: la existencia es feroz; sus dientes, afilados; sus garras, inmisericordes. Los ideales igualitarios son cuentos para consumo —y beneficio– de los débiles, ficciones que disfrazan la cruda realidad. En la naturaleza salvaje no hay compasión, solo competencia. Y se escudan en la biología para justificar el individualismo agresivo, el desprecio a los frágiles, el elogio del más fuerte.

Sin embargo, la expresión “la ley de la selva” no tiene raíz científica sino literaria. Se popularizó gracias al éxito de El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Las aventuras de Mowgli no son precisamente una descripción zoológica sino un conjunto de fábulas y, en su trasfondo histórico, una metáfora de las tensiones en la India colonial. Además, las normas que Baloo enseña al niño-lobo rechazan la crueldad y aspiran a que todos los miembros de la manada, fuertes o débiles, tengan alimentos suficientes para sobrevivir, se ayuden y se protejan. “He obedecido la Ley de la Selva”, afirma Mowgli, “y no hay ni uno de nuestros lobos al que no haya quitado una espina de las patas”.

A mediados del siglo XIX, Darwin había revolucionado la ciencia y las mentalidades con su teoría de la evolución. Sin embargo, otros pensadores traspasaron sus tesis —a veces de forma simplista— a la sociedad y la política. Thomas Henry Huxley, discípulo darwinista, publicó en 1888 un artículo que se convertiría en un manifiesto: La lucha por la existencia. En ámbitos académicos, se extendió el determinismo biológico: la medición de cráneos, el concepto de criminal nato e incluso se justificó el racismo con argumentos supuestamente científicos. Huxley escribió: “Ningún hombre racional, bien informado, cree en la igualdad del negro medio respecto del blanco medio; no puede medirse con su rival de cerebro más grande y mandíbula más pequeña en una pugna ya no de dentelladas, sino de ideas”. Volvía a estar vigente la idea aristotélica de que el esclavo lo es por naturaleza. Según esta mirada implacable, la biología dividía el mundo entre aptos y no aptos, es decir, entre vencedores y perdedores: la desigualdad era el estado innato de la realidad. Aún seguimos presos de ese imaginario que encumbra a quien aplasta a los demás, y culpa a quien tiene el agua al cuello de sus propios males, por falta de cualidades para triunfar en la lucha libre de todos contra todos. Como si no existieran desventajas y privilegios inmerecidos. Como si la concentración de la riqueza en unas pocas manos fuese un mandato evolutivo.

La obra de Charles Dickens exploró los márgenes y las intemperies de la sociedad victoriana, tan moralista como despiadada. El padre del escritor fue condenado a pena de cárcel por deudas y, con solo diez años, Charles, para ayudar a mantener a una familia asfixiada por las dificultades económicas, entró a trabajar en una fábrica. Por unos pocos chelines al mes, encolaba etiquetas en cajas hasta la extenuación. Ya adulto, convertido en novelista, denunció con ironía la muy conveniente idea de que los pobres son solo un daño colateral de la inevitable —y supuestamente leal—competición evolutiva. En su libro Oliver Twist, el protagonista, huérfano, recibe como alimento unas migajas y una nutritiva ingesta de frío gracias a la cual ocho de cada diez chiquillos internos morían de un resfriado. Cuando un buen día reúne valor para empuñar su escudilla y pedir una segunda ración a la hora del almuerzo, lo fulmina la mirada escandalizada del director del hospicio, que debe aferrarse al caldero para no caer de espaldas. “Estoy convencido de que ese niño acabará en la horca”, afirma durante la junta del orfanato otro rollizo caballero. Según los apóstoles de la objetividad científica de la época, Oliver acababa de rebelarse y, por tanto, revelarse como un delincuente de nacimiento.

Cuando el otro Charles —Darwin— escribió un nuevo libro, El origen del hombre y la selección en relación al sexo, dedicó amplio espacio al instinto social de ayuda, pero esta idea recibió menos atención que el concepto de la lucha por la vida. Entre 1862 y 1867, Piotr Kropotkin, con El origen de las especies en su mochila, participó en varias expediciones científicas para investigar las condiciones extremas de la tundra y la taiga siberiana. Concluyó que allí la colaboración es la estrategia vencedora de los grupos más capaces de superar las penalidades. Sin negar la realidad de la competencia, observó que los más aptos no son los más fuertes ni los más individualistas, sino quienes mejor se adaptan al entorno. En su libro El apoyo mutuo. Un factor de evolución, escribe: “Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las más numerosas, florecientes y aptas para el progreso”. Para el investigador anarquista, la solidaridad es también una forma de supervivencia.

En su ensayo de 2020 Génesis, el biólogo y naturalista Edward O. Wilson indaga en el misterio de esas especies eusociales, las que practican el nivel más alto de cooperación y altruismo. Primero fueron las termitas y las hormigas, que dominan la ecología del mundo de los insectos; millones de años después, nuestros antepasados homínidos. Aquí se plantea una de las cuestiones principales, no solo de la biología, sino también de las humanidades: ¿cómo supera el grupo la aparente prioridad del éxito personal egoísta? ¿Por qué causas y cauces pudo surgir el altruismo por selección natural? Wilson afirma que la habilidad de colaborar bien es una gran ventaja adaptativa, que ha permitido a ciertas especies crear sociedades más sofisticadas. Estas estrategias forman parte de un entrenamiento al que los individuos están predispuestos genéticamente. “Puede que la eusocialidad se haya logrado muy pocas veces durante toda la evolución, pero ha producido los niveles más avanzados de complejidad social. A los seres humanos nos convirtió en los administradores de la biosfera. La pregunta es si poseemos la inteligencia moral necesaria para cumplir con la tarea”. Aprender a cuidar y cooperar, incluso con los frágiles, nos vuelve más fuertes que la cruda lucha encarnizada.

Incluso el yo, expresión máxima del egoísmo, encierra en sí mismo multitudes que colaboran en delicado equilibrio. El biólogo molecular Carlos López Otín describe en La levedad de las libélulas una “asombrosa fauna de bacterias, hongos, virus y parásitos que nos acompañan y ayudan en la aventura diaria de la supervivencia”. Nuestro organismo es un ejemplo andante de las ventajas de aliarse y las delicadísimas polifonías que sostienen la vida. Cada individuo sano está habitado por billones de minúsculos forasteros. Si esa simbiosis se altera, enfermamos. Amanda Gorman les dedicó un poema: “La mitad de nuestro cuerpo no nos pertenece, navío de células no humanas. Para ellas somos un remolque, un país, un continente, un planeta. No, no me llames yo, mi nombre es nosotros”. Aunque imaginemos ser criaturas solas, somos enjambres. Si la ley de la selva existiera más allá de nuestras ficciones, uno de sus artículos principales sería la colaboración.

martes, 17 de diciembre de 2024

ORO PARECE, PLATA NO ES


¿Quién teme a Judith Butler?
La pregunta que hago a todas las mujeres indignadas con la filósofa y lo ‘queer’ es sencilla: ¿Reconocen la existencia de estas personas? ¿Las ven? Y si lo hacen, ¿qué proponen exactamente?
Máriam Martínez- Bascuñán, 15.12.2024

La indignación es un parapeto conveniente, una maniobra de distracción que suele impedir el debate. Desde la indignación no hay transacción posible: la transmites como desahogo y para apabullar, con el “¡Ahí te quedas!” despreciativo de los matadores. Estaba también en ese entusiasta “Hemos ganado” que se soltó por X por haber “desterrado” el lenguaje queer en el último congreso del PSOE. Como si fuesen la RAE. ¿Pero qué es eso tan malévolo y demoníaco de lo queer? Hace más de 30 años, Judith Butler publicó El género en disputa, libro donde trataba de dar respuesta al sufrimiento de algunas personas cuando se ven obligadas a ajustarse a unas normas sociales que “anulan su más profunda vivencia de quiénes son o desearían ser”. Para ellas, la necesidad de establecer los términos de una vida digna de ser vivida es algo urgente e importante. Cuando a Catharine MacKinnon se le preguntaba por el sentido de su trabajo, contestaba: “La ley es una herramienta de poder, pero también una herramienta para luchar contra el poder. Trabajo con personas que han sido victimizadas y que quieren resistir: mujeres, gays, personas trans, personas no binarias, prostitutas y víctimas de la pornografía”. Pues bien, la pregunta que hago a todas las mujeres indignadas con Butler y el virus queer es sencilla: ¿Reconocen la existencia de estas personas? ¿Las ven? Y si lo hacen, ¿qué proponen exactamente? ¿Qué hacemos para acompañarlas y protegerlas y crear las condiciones para que desarrollen con dignidad la vida que desean? Si admiten que existen y no les gusta la ley que reconoce sus derechos, ¿qué cambios proponen para mejorarla? Pero la conversación no es posible, pues lo queer o la propia figura de Butler se han convertido en chivos expiatorios para transmitir un clima de indignación. Y donde reina nuestra digna indignación, ¿qué se puede responder?

“¿Qué ven cuando me leen?”, se preguntaba Butler, esa “ínclita filósofa” de “bajeza intelectual” inigualable y con “una falta absoluta de ética y juego limpio”, la bruja de Salem que “falta descaradamente a la verdad” con su “tergiversación repugnante”, como leímos en este periódico. ¿Cómo llegar a algún lugar común si utilizamos el lenguaje de esta manera, despreocupándonos de sus brutales efectos? O quizás sea por eso: no lo hacemos para conversar o persuadir sino para vocear nuestro enfado contra una suerte de mal absoluto que identificamos claramente con una persona. Porque es el lenguaje quien crea enemigos, la retórica que empleamos para transmitir identidad: aquí estamos las verdaderas feministas. Y claro, enfrente solo puede haber traidoras. ¿Dónde quedan el compromiso político, el intercambio de ideas, proyectos y valores? Dicen que algo llamado “ideario queer” defiende los vientres de alquiler, la prostitución, la corrupción de menores, el borrado de las mujeres y mil atrocidades más. Es una construcción fantasmática. Yo misma defiendo los derechos de las personas trans y estoy en contra de los vientres de alquiler. ¿Dónde me sitúa eso, en qué lugar maldito? ¿Qué miedos hay tras ese “ideario queer” que nadie ha escrito ni leído? ¿Cómo explicar una demonización que podría encubrir una ansiedad legítima? Cuando una figura como Butler absorbe tantos temores se convierte en una obsesión pública, el perfecto comodín para que la verdadera conversación no se produzca y nuestros temores pierdan su verdadero nombre. Cuando hacemos circular un fantasma, no hay marcha atrás. Quizá por eso en su último libro, al preguntarse quién teme al género, Butler también nos esté preguntando: ¿Quién me teme a mí?

viernes, 11 de octubre de 2024

¿UNA TALLA MÁS?


Gordas contaminantes
Vivimos en una sociedad de consumo donde se puede comprar de todo, pero resulta que a las gordas se nos priva de la posibilidad de entrar en una tienda, escoger un artículo, probárnoslo y comprarlo si es de nuestro agrado.
Najat El Hachmi, 11.10.2024

Aviso importante: este problema del que voy a hablar es un problema del primer mundo. Pero como es aquí donde vivimos y donde nos fastidian por no ser esqueletos andantes, y como además somos seres sociales que tenemos la costumbre de andar vestidos por los sitios y no podemos ir como el rapero Morad en chándal a todas partes, se hace necesario volver a tratar este insidioso asunto. El malestar que nos provoca a muchas mujeres el no poder comprar ropa que se ajuste a nuestras medidas es real, quita mucha energía, dinero y a menudo acaba con toda nuestra paciencia. A ver, que vivimos en una sociedad de consumo donde se puede comprar de todo y el mercado está diversificado hasta el infinito, pero resulta que a las gordas se nos priva de la posibilidad de entrar en una tienda, escoger un artículo, probárnoslo y comprarlo si es de nuestro agrado.

Me dirán que exagero, que hoy en día hay infinidad de opciones, más después de la explosión del body positive y la inclusividad y toda esa retórica, pero intenten encontrar una talla por encima de la 42 en cualquier cadena de ropa de las muchas que hay en las ciudades de Occidente. Tanta tela no la tienen en ningún lado, un par de centímetros parece ser que es un gasto demasiado grande como para que las empresas puedan añadirlos, prefieren que nos asfixiemos al intentar meternos en un vestido o unos pantalones. Como mucho dispondrán de algunos modelos “plus” o “curvy” online, no vaya a ser que los establecimientos tan chics y diáfanos se les llenen de gordas sudorosas. Así que no nos queda otra: estamos obligadas a comprar de forma virtual y luego ya se verá si el producto se ajusta o no a nuestras dimensiones y preferencias.

La última vez que entré en una tienda digital me salió un aviso: billones de devoluciones de ropa están matando el planeta. A ver: que sois vosotros los que me obligáis a comprar por esta vía y ahora va a ser culpa mía que aumente el CO₂. Y parece ser que a muchas mujeres que compran en webs de moda ultrarápida, generosas con las tallas, se les recrimina el hecho de que escojan marcas tan poco sostenibles. Al pecado capital de ser unas holgazanas incapaces de meterse en cintura, al de zampar patatas fritas como decía el difunto Lagerfeld, de no tener control ni disciplina y cometer el delito de ser mujeres con pechos y caderas y esos osados atributos femeninos se nos cargará ahora también con la responsabilidad del cambio climático. ¿Qué quieren? ¿Qué nos compremos un burka, una chilaba o que no salgamos de casa para no molestar?

MOVE THE BODY, HEAL THE MIND


¿Puede el ejercicio físico sanar la mente?
Un libro reúne pruebas acerca de los beneficios de la actividad física sobre el bienestar del cerebro, un vínculo comprobado pero que aún no se aplica lo suficiente en los tratamientos contra algunas enfermedades.
Daniel Mediavilla, 27.05.2022

Los seres humanos han tenido, desde que existen, una forma de sobrevivir distinta de las de otros animales, adaptando el mundo en lo posible a sus necesidades en lugar de amoldarse a él. Esta capacidad de transformación los ha convertido en una especie exitosa, pero el progreso no ha sido gratis. La invención de la agricultura permitió la aparición de grandes ciudades, de la literatura y de todas las glorias de la civilización, pero también redujo drásticamente la variedad de la alimentación y ató a la mayoría al cultivo de la tierra. En las últimas décadas, la aceleración del progreso tecnológico y el sedentarismo han multiplicado las tasas de obesidad y diabetes, la vida moderna parece incrementar los problemas de salud mental y los dispositivos electrónicos están destrozando el sueño. En un libro de publicación reciente, Jennifer Heisz, especialista en salud del cerebro en la Universidad McMaster, en Ontario (Canadá), ofrece una respuesta casi universal a todos estos problemas de la civilización: el ejercicio físico.

En Move the Body, Heal the Mind (Mueve el cuerpo, sana la mente), Heisz hace una propuesta que mezcla la fe del converso, el atractivo del “a mí me funciona” y la justificación científica, y que puede explicar por qué tantas personas, en particular las que comienzan ya en la madurez con el deporte, hablan de ello como una experiencia transformadora. La científica, que ahora pilota el NeurofitLab en su universidad, un laboratorio dedicado a evaluar los beneficios del ejercicio en la salud mental, cuenta cómo el deporte, al que se aficionó rondando los 40, le ayudó en un momento de crisis vital tras una separación. Tanto, que incluso reorientó el foco de su investigación desde otros aspectos de la neurociencia hacia la investigación de los efectos del movimiento en el cerebro. “Mi enfoque práctico y basado en pruebas”, promete, “te ayudará a mejorar tu salud cerebral a través del ejercicio”. Y añade: “Estarás completamente equipado con una serie de habilidades para el ejercicio que te ayudarán a lograr más resistencia, una perspectiva más positiva, a estar más centrado, ser más productivo y tener relaciones más satisfactorias. ¡Sí, puedes tenerlo todo!”

Pese a este optimismo desmesurado, Heisz comienza explicando, en parte, por qué hacer ejercicio puede ser tan costoso, en particular al principio. Por primera vez en la historia de la humanidad, el exceso de alimentos es más peligroso que su falta, y durante cientos de miles de años la inclinación a evitar gastos inútiles y a aprovechar cualquier fuente de energía disponible pudieron ser factores positivos para la supervivencia y la transmisión de los genes a la siguiente generación. Sin embargo, en un mundo de abundancia y vidas prolongadas, esas inclinaciones se convierten en lastres. Se calcula que cada año mueren en el mundo un millón y medio de personas por diabetes, una enfermedad casi ausente de las sociedades preindustriales. Un artículo que apareció este año en la revista PNAS planteaba incluso que el valor de los abuelos en la crianza de sus nietos favoreció que los humanos pudieran mantener un buen estado físico después de rebasar sus mejores años reproductivos, y también que el ejercicio sea tan positivo en edades avanzadas.

En su alegato en favor del movimiento, Heisz recuerda que es una “medicina” en la que cada uno debe encontrar el punto justo de esfuerzo, sin compararse con los demás, y asegura que, según los datos obtenidos en su laboratorio, un ejercicio ligero como caminar durante media hora tres veces a la semana reduce la ansiedad, y que los beneficios se pueden incrementar progresivamente aumentando la intensidad o la duración de las sesiones. Más adelante, la investigadora recuerda estudios como un trabajo publicado en The American Journal of Psychiatry, en 2018, que calculó que al menos un 12% de los futuros casos de depresión se evitarían si todo el mundo hiciese un ejercicio leve o moderado al menos una hora a la semana. Este estudio muestra también las limitaciones de los trabajos que investigan la relación entre el ejercicio y la mejor salud mental, porque los beneficios que se encontraron en la depresión no se hallaron frente a la ansiedad.

La directora del NeurofitLab plantea también la posibilidad de sustituir, al menos en algunos casos, los fármacos antidepresivos por ejercicio. Este tipo de medicamentos, cuyo consumo se incrementó en España en un 6% entre 2020 y 2021, se han recetado con una frecuencia cada vez mayor en las últimas dos décadas, “especialmente para formas leves de depresión que pueden no llegar a cumplir los criterios clínicos”, afirma Heisz. Para estos trastornos leves del ánimo, la investigadora cree que es mejor asumir que un cierto nivel de malestar puede superarse sin necesidad de fármacos. En parte, porque se asume que “unos bajos niveles de serotonina causan todos los trastornos del ánimo”, y eso no es cierto y hace que para un porcentaje importante de las personas con depresión o ansiedad los fármacos creados con esta premisa no sean eficaces.

Para Heisz, la producción durante el ejercicio del neuropéptido Y, relacionado con una mayor resistencia a la ansiedad, o los efectos antiinflamatorios de la actividad física, que rebajarían la inflamación crónica que se ha relacionado con muchos cuadros depresivos, podrían explicar los efectos positivos del deporte en este tipo de trastornos mentales. Aunque existen estudios que sustentan la posibilidad de efectos ansiolíticos o antidepresivos del deporte, incluso comparados con los antidepresivos para algunos pacientes, no siempre ha sido fácil encontrar unos efectos claros o una relación de causalidad, o discernir hasta qué punto la persona capaz de superar un mal momento emocional para salir a correr no estaba tan grave en realidad. Algunos estudios recientes, no obstante, sí están logrando establecer ese vínculo robusto y causal entre el ejercicio y un menor riesgo de sufrir depresión.

jueves, 15 de agosto de 2024

GORDOFOBIA/ BODY SHAMING

Paula Leitón, una de las integrantes del equipo olímpico español de waterpolo, medalla de oro en París 2024. Estupenda, ya está bien de cuerpos de modelos clónicas.

Waterpolo y amor propio contra la gordofobia: “Sé cómo es mi cuerpo y lo quiero muchísimo”
La deportista, que mide 1,90 y es una de las mejores boyas del mundo, reacciona a las críticas con un discurso tranquilo y recibe una oleada de mensajes de apoyo.
Nadia Tronchoni, 14.08.2024

Dice Paula Leitón (Terrassa, 24 años), una de las mejores waterpolistas del mundo, que en estos años ha tendio que lidiar con comentarios malos, que no le han gustado. Le dolió que le dijeran que le quedaba mal un vestido. Pero, a cambio, encontró calor en otros comentarios positivos. Como cuando le dijeron: qué maravilla que haya mujeres grandes en España. “Al final, los comentarios buenos siempre compensan. Y son con los que me quedo”, concede en una entrevista con RTVE.

Leitón mide casi dos metros y tiene un cuerpo imponente. Trabajado en la piscina desde bien pequeña. En un medio y en una posición, la de boya, epicentro y corazón de un equipo de waterpolo, en el que se imponen la fuerza, la potencia y hasta el amedrentamiento al rival. “Con 12 años estaba gordita, me recomendaron hacer natación y me vieron facultades para jugar a waterpolo. Me gustó y por eso juego”, explicaba hace unos años a EL PAÍS.

Paula Leitón, natural, sencilla, de casa, de su familia, gente humilde, se formó en el club de natación de su municipio, Terrassa, antes de que la fichara uno de los clubes referentes de la categoría, el Sabadell, debutó en los Juegos de Río 2016 con solo 16 años y un Mundial ya a sus espaldas; ganó la plata en Tokio 2020 y ha vuelto de París con la medalla de oro al cuello tras un campeonato excepcional en el que la selección femenina venció por primera vez a Estados Unidos, un logro que empezó a cimentar el triunfo final ante Australia. La waterpolista, por su parte, dejó un gol para el recuerdo, de espaldas, en la semifinal ante Holanda y volvió a marcar también en la final. Durante su paso triunfal por París, sin embargo, tuvo que aguantar comentarios gordófobos en redes sociales. Comentarios que, asegura ahora, le “resbalan”.

Así se expresó después de proclamarse, el pasado sábado y junto a todo el equipo, campeona olímpica. “Igual piensan que me van a hacer daño. Sé cómo es mi cuerpo y lo quiero muchísimo. Lo trabajo para un deporte que es mi vida. Me dan absolutamente igual los comentarios. Acabo de ganar un oro olímpico, que es el sueño que tenía desde que era una enana”, dijo en el programa En boca de todos, de Cuatro.

Su reacción en la televisión ha desatado estos días toda una ola de empatía para con una deportista de alto nivel que se sale de los estereotipos y de lo que conocemos como cuerpos normativos. Sus redes se han llenado de todo tipo de comentarios de apoyo entre seguidores que se enorgullecen de sus logros y padres y madres que la ven como un ejemplo para sus hijas.

Buscada o no, es la reacción esperada cuando decidió responder a quienes critican desde la inquina y el desconocimiento, también desde el anonimato que ofrecen las redes sociales.

Lo hizo porque pensó en aquellas personas que no se ven capaces de quererse de la misma manera que ella lo hace. Además de para “normalizar la diversidad de cuerpos que hay en este planeta y que eso es lo bueno, que seamos diferentes y aprendamos a querernos a nosotros mismos”.

Ahora, explica, se centra en todos los mensajes positivos que le han llegado, “de toda la gente que me quiere, de mi familia, mis amigas, de la gente del waterpolo y de los que han estado al otro lado de la pantalla y el otro día veían su primer partido de waterpolo”.

Leitón mide 190 cm y pesa cerca de 90 kilos. “Siempre fue muy grande, ya de cadete destacaba por su envergadura y dimensiones, ya la veiamos e imaginábamos que sería tremenda. Es bastante dificil de parar dentro del agua”, explica Dani Ballart, exjugador de waterpolo y campeón olímpico con el mítico equipo de Atlanta 96, que la conoce bien. Como “un bebé gigante”, la describía su compañera Maica García el año que debutó con la selección en los Juegos de Río: “Es una mole y un solete. Es muy mona. Tiene unas enormes ganas de aprender y está muy atenta a todos los detalles”, decía entonces quien hoy comparte puesto con Leitón, igual de mole hoy que entonces, mejor jugadora todavía.

Un cuerpo, el de la boya de España, que está en sintonía con otros de los que se ven en las piscinas. “El waterpolo en general es un deporte muy duro. Si se pararan a mirar el equipo, somos tres tías que estamos en los dos metros. Se requiere de este potente físico para poder aguantar un partido”, declaraba ella. Y, para tranquilidad de muchos, se confesaba “cero preocupada”. Eso sí, advertía a los haters: “Si tienen que seguir con esos comentarios, que piensen en las personas a las que pueden hacer daño. A mí no me afecta, pero igual a alguna niña, sí”.

“Paula es casi imparable y lo es gracias a ese físico que tiene. Además, un equipo se compone de una conjunción de virtudes y las de la Paula son más que evidentes, más cuando somos un país que precisamente no cuenta con mujeres muy altas”, analiza Ballart. Y pone el ejemplo de Clara Cambray, capitana del CN Mataró, que mide 160 cm y pesa poco más de 50 kilos. “El deporte premia que llegues a tu mejor versión con lo que tienes”. Y, además, añade, “te ayuda a hacerte fuerte delante de estas circunstancias”.

Para la jugadora, integrante de una selección que ha estado en tres de las últimas cuatro finales olímpicas y que cosecha dos platas y un oro desde Londres 2012, esta medalla significa mucho: “Para el waterpolo español esta medalla es futuro, futuro el que tiene el equipo y futuro para que todas las niñas vean que es posible que con trabajo se llega y se puede soñar siempre”, explicó tras ganar la final.
Siete deportistas de élite que tuvieron que justificar, explicar o defender por qué su cuerpo es como es
El llamado ‘body shaming’ es la crítica a alguien por su forma, talla o la apariencia de su cuerpo. Se ejerce sobre todo contra las mujeres y el mundo deportivo no es la excepción, la waterpolista Paula Leitón ha sido la última en recibirlo.
Por gordas. Por flacas. Por ir maquilladas o por no llevar ni un poco de rímel. Por tener demasiado músculo. Por ser andrógina. Por no tener pechos o por tener demasiado. Por tener rasgos marcados. Por tener el pelo ensortijado. Por negras. Por bajitas. Por mestizas. Por lo que sea y para todas. Porque todos esos “por” operan para las mujeres, cualquiera. También para las deportistas y también las de élite. “Da igual, campeonas de sus países, del mundo, de los Juegos Olímpicos, no importa, si tu cuerpo no es el normativo, ese cuerpo es humillado y deja de reconocerse la autoridad profesional de las mujeres” en sus ámbitos, dice Isabel Tajahuerce, doctora en Ciencias de la información y experta en violencia de género, también delegada del rector para Igualdad en la Universidad Complutense de Madrid.

Isabel Valdés/ Eleonora Giovio, 15.08.2024

sábado, 6 de julio de 2024

PRIMAVERA QUE NO LLEGA

La experiencia de la muerte cercana es siempre arrebatadora, se lleva algo de nosotros con ella, más si cabe cuando se trata de una muerta voluntaria. Escucho "De vuelta y vuelta", de Jarabe de Palo, que no se me quita de la cabeza al pensar en un amigo que nos dejó hace pocas semanas. 
Las cifras dicen que el suicidio es la causa de muerte más alta entre los jóvenes, pero hasta ahora de este tema se habla poco o nada, parecería que existe un pacto no escrito sobre ello, como lo ha sido con las enfermedades mentales -de lo que no se habla no existe- o del cáncer -una larga enfermedad-. De lo que no se habla no existe, vale, pues rompamos esta antigua regla y hablemos para evitarlo.
La gente se muere de cáncer, y mucho. Visibilicemos la enfermedad con nombre y apellido para "normalizar" lo que existe y buscar remedio cara a cara. La depresión existe, es un hecho, y no hay que avergonzarse, como también las enfermedades mentales, los múltiples cánceres, aquellas enfermedades crónicas de las que no se habla nunca... 
Escuchemos, leamos y, sobre todo, apoyemos y ayudemos a todos a los que queremos (y a los que podríamos llegar a querer, por qué no, que pasan por momentos duros. Estas personas necesitan de todo lo que podamos darles para que nunca puedan llegar a pensar que están solos o que son unos apestados. Si a Carol Anne la salvó el amor... ¡¡¡aléjate de la luz Carol Anne, aléjate de la luz!!!, ¿cómo no íbamos a lograrlo nosotros? 
Con fuerza y with a little help from my friends, que dirían los Beatles, la primavera SIEMPRE acaba llegando. Palabrtia.

miércoles, 3 de julio de 2024

A PROPÓSITO DE QUEVEDO

El cachas estúpido y el gordo amargado
GUILLERMO ALONSO

Ayer publicamos en la web un análisis de la reacción en redes sociales a un vídeo de Quevedo (el de Quédate con Bizarrap, no el del Siglo de Oro) actuando en un festival de Valencia en el que aparecía más delgado y más cachas de lo que lo recordábamos. Twitter se dedicó a su actividad favorita: hablar de algo en bucle, estirar el chicle todo lo posible y convertir a los protagonistas del debate en parodias de seres humanos. "Está bueno". "Es una víctima". "¿Es que nadie va a pensar en la salud mental?". "Está bueno". "Es una víctima". "¿Es que nadie va a pensar en la salud mental?". "Está bueno". "Es una víctima". "¿Es que nadie va a pensar en la salud mental?". El fin de semana que viene aparecerá otro cuerpo célebre en otro lado y vuelta a empezar. El bucle es eterno. Mientras hablamos de otros cuerpos la vida pasa y no pensamos demasiado en los nuestros.

‌Justo el mismo fin de semana en Twitter (yo no sé por qué me meto ahí, andaba ocioso) un chico publicó la captura de la cuenta de otro chico que, con una foto de gimnasio en la mostraba pectorales, abdominales y unos cuádriceps del tamaño de una provincia castellana, adjuntaba un texto en el que afirmaba que anda buscando su "mejor versión".

(Resulta que si escribes "mejor versión" en la lupa de Twitter y le das a buscar te salen muchos hombres semidesnudos, por cierto).

Pues bien, el chico que hizo una captura de la foto del tipo de "mi mejor versión" y la compartió dijo que de mejor versión nada, que estaba harto de esos "mensajes de mierda" y que si ponías ese tipo de cosas eras una persona francamente mejorable y "una red flag con patas" (enormes, eso sí).

‌Se formaron dos equipos. A un lado los forzudos, los que afirman que el ejercicio físico les ha venido muy bien no solo para trabajar su cuerpo, sino la cabeza (eso está comprobado, por cierto, aunque para la cabeza también viene muy bien escribir, ir a la playa o, sobre todo, estar de vacaciones). Al otro lado los de los otros cuerpos, los cuerpos que no son de anuncio, explicando si ser una "mejor versión" de uno mismo pasa por tener abdominales se hace implícito que no tenerlos equivale a ser una versión temprana, imperfecta o defectuosa de un ser humano.

En realidad es todo una cuestión dialéctica. "Mi mejor versión" es una frase hecha, vaga y repetitiva que sirve como excusa para la muy respetable y sana misión de enseñar abdominales si es que los tienes y si es que te apetece enseñarlos. Enseñar los cuerpos es muy respetable, pero hacerlo acompañado de esa jerigonza tardocapitalista y estúpida no lo es. Enséñelos, sin más, si es que usted los tiene y si es que le apetece que el mundo los vea.

También es curioso el eterno comentario: "Menos gimnasio y más leer". "Menos pesas y más libros". Siempre lo escribe alguien en este tipo de perfiles. Esto también es preocupante, ojo: leer tampoco te convierte en la mejor versión de nada. Hay mucha gente que lee un montón y es una gilipollas integral. Hay gente que no lee nada y está bendecida por una sabiduría congénita, por un sentido del humor efervescente y contagioso. Hay gente con abdominales que lee muchísimo. Hay gente gorda que no lee nada. Hay gente que lee muchísimo y no retiene nada, ni una sola idea o un sentimiento dejan poso en ellos. Hay gente que dice a otra gente que a ver si lee más que no ha leído nada nunca. Hay gente para todo, eso es el resumen, y el problema en Twitter es que todos están representados, precisamente, en su peor versión, como si los hubiese definido su peor enemigo. El cachas estúpido, el gordo amargado. De Twitter ha aprendido mucho la dialéctica política últimamente: capturar un retrato sesgado del otro y dibujarlo como un idiota cuyas faltas remarcan tus virtudes sirve para que el que brille sea yo. Gane quien gane, perdemos todos.

martes, 14 de mayo de 2024

DAME SANGRE Y TE DIRÉ


Tony Wyss-Coray, neurólogo: “Podremos hacerte un análisis de sangre y saber de qué morirás”
El científico investiga el potencial rejuvenecedor de la sangre joven, y ha creado un sistema que calcula la edad de cada órgano y alerta de envejecimiento prematuro.
Nuño Domínguez, 14.05.2024

El biólogo molecular Tony Wyss-Coray (Aarau, Suiza, 60 años) lleva más de una década sumergido en los enigmas de la sangre. Este profesor de neurología de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) explora el potencial rejuvenecedor de ciertos componentes de la sangre de individuos jóvenes. Ha demostrado que las transfusiones tienen un efecto revitalizante, especialmente en el cerebro, y lo ha confirmado en enfermos de alzhéimer, aunque esta investigación ha quedado en dique seco por falta de fondos. De visita en España para impartir una conferencia en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), Wyss-Coray explica en esta entrevista sus últimos hallazgos, como un análisis de sangre que determina la edad de cada uno de nuestros órganos y calcula el riesgo de morir de forma prematura.

Pregunta. Usted ha dicho que la fuente de la eterna juventud está dentro de todos nosotros, pero que se va secando con el tiempo ¿Qué quiere decir?
Respuesta. La composición de la sangre cambia de forma dramática a medida que envejecemos. Podemos tomar sangre joven y dársela a una persona mayor y hacer que se vuelva más joven. Esto sugiere que hay algo dentro de nosotros que nos mantiene jóvenes, pero que lo vamos perdiendo con la edad. Si pudieras darle a alguien continuamente sangre joven, su cuerpo no envejecería tan rápido.

P. En su conferencia ha explicado que envejecemos a oleadas. ¿Qué significa eso?
R. El envejecimiento no es lineal. Hay proteínas características de la juventud que aumentan desde que nacemos hasta que llegamos a la mitad de la vida; y otras asociadas al envejecimiento cuyos niveles empiezan a crecer en el último tercio de la vida. Vemos un gran cambio alrededor de los 40 años. Después hay una estabilización, luego otro gran cambio a los 60, y por último el gran pico a los 80, que es cuando morimos la mayoría. Todo este proceso está caracterizado por el tipo de proteínas que circulan por la sangre.

P. ¿Esas olas no se pueden parar?
R. No, porque no sabemos cuáles son los interruptores que nos hacen cambiar de fase. Y más aún, no sabemos si estas moléculas son un reflejo del envejecimiento del organismo, o son las responsables del mismo. Hablamos de miles de moléculas distintas. Habría que hacer un experimento para cada una de ellas, lo que es complicado.

P. Pero sí se ha visto que la sangre joven rejuvenece.
R. Hubo un estudio liderado por Tom Rando [investigador de la Universidad de Stanford] que demostró que la sangre joven rejuvenece las células madre del músculo. Cuando eres viejo, los músculos dejan de regenerarse porque esas células madre dejan de hacer su trabajo. Este experimento demostró en ratones que la sangre joven reactiva las células madre musculares. También tiene un efecto en otros tejidos, como en las células hematopoyéticas, que componen el sistema inmune. Nosotros vimos algo similar en el cerebro. La otra observación interesante es que con la edad hay un aumento de la inflamación en todo el organismo, y la sangre joven también parece aplacar este proceso.

P. ¿Por qué?
R. No lo sabemos. Yo no creo que sean las células madre, sino un efecto activo de las proteínas sanguíneas. También sabemos que retirarle el plasma a un individuo viejo es beneficioso, porque probablemente el organismo acumula factores tóxicos con el tiempo.

P. Usted y otros grupos están probando estos efectos en pacientes con alzhéimer. ¿Qué se ha observado hasta ahora?
R. Se ha probado a darle a los pacientes plasma de personas jóvenes. Este mismo procedimiento, la aféresis, se hace en casos en los que no tenemos claro qué enfermedad tiene el paciente, por ejemplo enfermedades autoinmunes, o también síndrome de fatiga crónica. Y se ven beneficios.

P. ¿Qué resultados hubo en alzhéimer?
R. Grifols hizo un ensayo fase 2-3 hace varios años. Mostró beneficios claros para los pacientes. Los que hicimos nosotros con la empresa que cofundé, Alkahest, no eran tan contundentes debido al número reducido de pacientes; pero los de Grifols, con un ensayo doble ciego y controlado, mostraron mejora clara. Pero no se ha seguido adelante.

P. ¿Por qué?
R. Porque Grifols no tiene dinero. Tuvieron muchos problemas durante la pandemia y después solicitaron un montón de préstamos blandos de la Unión Europea y de bancos. Los tipos de interés subieron y ahora solo tienen deudas. Además han sido acusados de malas prácticas contables. No tienen dinero para seguir con los ensayos. Otro problema importante es que no podían hacer dinero con esto. Grifols se dedica a vender plasma y es un producto relativamente barato ¿Cómo iban a cobrar cinco veces más por dárselo a personas con alzhéimer?

P. Incluso si se llegase a transformar esto en un tratamiento, usted dice que posiblemente fuera imposible llevarlo a cabo, ¿por qué?
R. Porque se han visto beneficios no solo en gente con alzhéimer, también otras enfermedades. Sarcopenia [pérdida muscular], dolencias del corazón. Se podría tratar a millones de personas con plasma y sería positivo. El problema aquí es que no habría plasma suficiente para tratar a todos. Hay gente rica que paga por transfusiones de plasma, y lo llevan haciendo desde mucho antes de que se supiese todo esto.

P. ¿Esos tratamientos son fiables?
R. No. Probablemente tenga algún beneficio, pero solo hay casos anecdóticos de mejora en salud general y también en cognición. De hecho, así es como se fundó Alkahest. Los fondos los aportó una familia rica de Hong Kong. El cabeza de familia tenía alzhéimer. Recibió una transfusión porque también tenía cáncer. Su nieto se dio cuenta de que cada vez que a su abuelo le hacían una transfusión le volvía la memoria y podía volver a hablar con él de nuevo. Él fue quien aportó los fondos. [Era Chen Din Hwa, un multimillonario de origen chino, que finalmente murió en 2012. Después de ver los extraordinarios efectos de las transfusiones, sus familiares aportaron los fondos para crear Alkahest. La empresa fue adquirida por Grifols en 2020].

P. ¿Hay alguna otra forma de desbloquear esta situación?
R. Ojalá, pero es complejísimo. En el plasma hay decenas de miles de proteínas, y entre ellas hay cientos de miles de variantes distintas. No sabemos cuáles son las que necesitamos. Aquí volvemos al problema de la fuente de la juventud. Es posible que las proteínas rejuvenecedoras que tenemos en la sangre estén en una conformación distinta a si las sintetizamos en el laboratorio. Habría que hacer experimentos con animales para cada una, pero es un reto enorme y carísimo; hablamos de unas 10.000 moléculas. Ahora hay muchas empresas centradas en identificar alguno de estos factores rejuvenecedores.

P. ¿Se podrían convertir en un fármaco?
R. Es complicado. En la Unión Europea, Estados Unidos, prácticamente en cualquier área geográfica, normalmente se aprueba un solo compuesto, una molécula determinada. Si nosotros necesitamos un cóctel de digamos 10 proteínas, ¿cómo lo hacemos? ¿Probamos cada una por separado en ensayos con pacientes? ¿Cómo sabemos que esas 10 son mejores que solo cinco? Y peor aún, nada impide que un competidor te robe la idea, porque hablamos de proteínas que hay en el plasma. Hay muchas cuestiones que resolver.

P. ¿Es pesimista?
R. No. Creo que a pesar de todo veremos algún tratamiento de este tipo, tal vez en los próximos 10 años. Porque claramente podemos identificar factores que son beneficiosos para algo en concreto. Puede que no tengan ese efecto beneficioso a nivel de todo el cuerpo, pero aún así son útiles. Y luego conocemos factores muy negativos que podríamos neutralizar. Tal vez esta opción sea la más viable.

P. Volvamos al envejecimiento. Yo tengo 44 años, pero mi cerebro o mi corazón pueden tener ya 55. Eso aumenta mi riesgo de sufrir alzhéimer o de morir de forma prematura a un nivel muy alto, ¿más incluso que fumar?
R. Así es. El riesgo de morir si tienes un corazón muy envejecido es cinco veces mayor que fumar. Pero estos son casos raros. La mayoría de la gente tiene órganos bastante ajustados a su edad.

P. ¿Cómo saben la edad de cada órgano?
R. Algunas proteínas vienen de órganos específicos y nos dan información sobre su salud. La cantidad de esas proteínas en tu sangre pueden ser las normales para tu edad, o características de gente más joven o más vieja que tú. Así podemos estimar la edad aproximada de tus órganos. A mí me hace preguntarme si las enfermedades no son sino el reflejo del envejecimiento. Si tu corazón envejece mucho, llegará un momento en el que te dirán que tienes una enfermedad cardiaca. Si es tu cerebro, que sufrirás alzhéimer. Lo que no sabemos es por qué la gente suele tener solo un órgano más envejecido de lo normal.

P. ¿Funciona también al revés, un órgano más joven puede rejuvenecer al resto?
R. Si tienes un cerebro joven, vivirás más. Si tienes un sistema inmune joven, también. No está claro si es un efecto rejuvenecedor o simplemente que un sistema inmune efectivo te protege de enfermar. Es la eterna pregunta de causa y efecto. ¿Es genético? ¿Cuánto contribuye el estilo de vida y la alimentación? No lo sabemos.

P. El órgano que más riesgo de muerte aporta si está más viejo de lo normal es el cerebro, ¿por qué?
R. No está claro. Quizás porque este órgano regula muchas más cosas en el organismo de las que creemos. Por supuesto, controla la producción de hormonas, con efectos en todo el organismo, pero probablemente también otros factores que regulan el funcionamiento de otros órganos.

P. Uno de sus últimos estudios se basaba en 50.000 pacientes del Biobanco de Reino Unido. Un número ya considerable de casos. ¿Qué hace falta para poder llevar estos hallazgos a la medicina?
R. Tenemos que estudiar a gente antes y después de una intervención concreta y ver cómo responden sus órganos. Para esto hay que hacer estudios longitudinales, es decir, múltiples muestras de muchos pacientes, para confirmar si realmente esa intervención es efectiva.

P. ¿Cuando haya datos de muchos más pacientes y poder de análisis gracias tal vez a la inteligencia artificial, ¿hasta dónde podremos llegar?
R. Probablemente podremos hacer un análisis de sangre a una persona de mediana edad y saber de qué enfermará y calcular cuándo morirá.

P. Eso da bastante miedo.
R. Solo si no puedes hacer nada al respecto. Pero así ha sido siempre en medicina. Necesitamos saber quién tiene más riesgo. Por ejemplo, el colesterol alto y los infartos. Antes había familias enteras en las que todos morían de problemas cardiacos a los 50 o los 60. Después se supo que se debía a ciertas mutaciones genéticas y los estudios en esta población ayudaron a demostrar que controlar el colesterol es bueno para todos.

P. ¿Y si el análisis dice que lo que está muy viejo es el cerebro?
R. Eso es peor, porque no hay mucho que hacer. Aunque por primera vez hay fármacos que parecen tener un pequeño efecto positivo contra el alzhéimer. Ahora hacemos ensayos clínicos con pacientes sin saber la edad de sus órganos y muchas veces los medicamentos no muestran efectividad. Pero, ¿y si montásemos uno con pacientes que tienen el cerebro más viejo de lo normal? Igual vemos que esos fármacos desechados sí les benefician. Por eso creo que pronto habrá ensayos mucho más enfocados en las personas que tienen un riesgo alto de sufrir alzhéimer.

martes, 26 de marzo de 2024

¡A DORMIR!


Dormir lo suficiente y con un patrón regular ayuda a prevenir la demencia
Dos estudios indican que la cantidad, calidad y la regularidad del sueño influyen sobre el posible desarrollo de enfermedades neurodegenerativas.
Rodrigo Santodomingo, EL PAÍS
26.03.2024

Para la mayoría de la gente, dormir poco una noche equivale a espesura mental durante el día siguiente. Las horas transcurren pesadas y densas, teñidas por un filtro de irrealidad. El cerebro reacciona con lentitud. Pensamos peor, olvidamos cosas, nos cuesta mantener la concentración. Si la carencia de tiempo dormido es severa, nos invade una cierta confusión, como si las piezas de la jornada no acabaran de encajar.

Cuando esa falta de sueño puntual torna en algo sistemático, prolongado en el tiempo, se produce una especie de efecto acumulativo. La neurociencia ha demostrado de sobra, con evidencias abrumadoras, que dormir poco como norma —durante años o décadas— aumenta el riesgo de daño cognitivo en edades avanzadas.

Existen varios estudios que refrendan el perjuicio mental del sueño escaso. Uno publicado en 2021 por la revista Nature concluyó que dormir seis horas o menos —se midió la duración del sueño de casi 8.000 participantes a los 50, 60 y 70 años— aumenta en un 30% la probababilidad de sufrir alzhéimer y otros tipos de demencia. Otro análisis dado a conocer ese mismo año, a cargo de investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard, arrojó resultados aún más contundentes: los que duermen menos de cinco horas tienen el doble de probabilidad de desarrollar demencia que aquellos que sostienen un sueño medio de siete horas.

Dos recientes investigaciones apuntan a que no solo la duración importa. Ambas coinciden en señalar —aunque desde planteamientos diferentes— que la regularidad en los patrones de sueño podría tener también una influencia notable sobre nuestra cognición. No parece recomendable alternar tiempos de sueño muy variables. Tampoco resulta del todo inocuo modificar con frecuencia el tramo horario en que permanecemos dormidos.

Jeffrey Iliff, investigador en sueño y salud, lideró una de estas dos nuevas aportaciones a un campo de análisis al alza. Cruzando datos del Estudio Longitudinal de Seattle (EE UU), que lleva desde 1956 recopilando información psicosocial de miles de individuos, él y su equipo se propusieron conocer mejor el vínculo entre la estabilidad en la cantidad de sueño (medida a lo largo de 20 años) y la aparición ulterior de algún tipo de demencia.

Por videoconferencia, Iliff resume su principal hallazgo: “No son las personas que van disminuyendo progresivamente sus horas de sueño las que tienen mayor riesgo de discapacidad cognitiva, sino aquellas que más varían la cantidad de horas dormidas”. Gente de sueño escaso durante una temporada a las que, en otras, se les pegan las sábanas. Y que luego vuelven a dormir poco. Y, pasados meses o años, otra vez mucho. Y así sucesivamente.

Iliff admite que, por el momento, solo podemos especular sobre las causas de esta fuerte correlación entre sueño inestable y daño cognitivo. “Es posible que la variabilidad sea, de forma aislada, un factor a tener en cuenta. Pero también resulta plausible que otros factores asociados a un mayor riesgo de demencia (enfermedad crónica, apnea, depresión...) provoquen esa variabilidad”, explica.

El segundo estudio sobre patrones de sueño y demencia, elaborado por investigadores australianos y canadienses, pone el foco en la constancia de los horarios. Irse a la cama sin orden ni concierto (un día a las diez de la noche; otro, digamos, a las 3 de la madrugada), y hacer de esta anarquía la regla, provoca —sugiere la investigación— un aumento significativo en el riesgo de padecer más adelante alzhéimer u otras dolencias neurodegenerativas. Uno de los autores, Matthew Pase, investigador de la Universidad de Monash, se aventura a señalar un motivo que, matiza, entra también en el terreno de la mera conjetura. “Las enfermedades cardiovasculares son más frecuentes entre personas con un patrón de sueño irregular. Esas patologías hacen que el suministro de sangre al cerebro funcione peor, lo que quizá ayude a explicar en parte ese daño cognitivo a largo plazo”, señala.

En las dinámicas entre sueño y cognición, donde múltiples elementos convergen en una compleja ecuación, algunas evidencias confirman lo que ya vislumbraba el sentido común. Otras, por el contrario, se antojan contraintuitivas. Un buen número de investigaciones han concluido, por ejemplo, que dormir mucho (por encima de 9-10 horas) también dispara la posibilidad de experimentar una pérdida paulatina de facultades cognitivas. En 2017, un meta-análisis identificó dicho hallazgo en 10 publicaciones. Otro estudio de varios estudios dado a conocer en 2019 cifró en un 77% el aumento del riesgo de demencia entre los dormilones respecto a los que se mantienen en la franja óptima, estimada en unas siete u ocho horas.

Para Mercè Mayos, vocal de la Federación Española de Sociedades de Medicina del Sueño, un concepto clave vendría resolver esta aparente paradoja: comorbilidad. Es decir, la presencia de dos o más patologías cuyos síntomas y mecanismos resulta, en ocasiones, difícil observar por separado. “Desde luego, parece un sinsentido que dormir mucho sea malo a nivel cognitivo. La principal hipótesis es que han de existir factores confusores: depresión u otras comorbilidades que hacen que esas personas duerman más”.

El estudio sobre los horarios de sueño en el que participó Pase también contiene su dosis de extrañeza. Si dormir y despertar sin un criterio más o menos fijo podría estar comprometiendo nuestra capacidad cognitiva del futuro, el riesgo de demencia también aumenta cuando el reposo se rige por horas escrupulosamente estrictas. Alguien que duerme, pongamos por caso, de 23:00 a 7:00 con terca perseverancia, sin casi excepciones, a golpe de reloj. Pase desliza, como motivo factible y sugerente línea de investigación, otra vuelta de tuerca, en este caso de tipo relacional: “Quizá la gente muy rigurosa con sus horarios de sueño tenga una vida social muy limitada, algo que no favorece, precisamente, la buena salud cognitiva”.

En un terreno fértil para la exploración, un fenómeno descubierto hace apenas una década ayuda a comprender por qué el mal dormir (en cantidad y calidad) va hipotecando nuestra cognición. “Ahora sabemos que una de las principales funciones del sueño es la limpieza de la neurotoxicidad que vamos generando durante el día. Si dormimos mal, se acumulan sustancias que contribuyen a la neurodegeneración”, subraya Javier Albares, director de la unidad del sueño en el Centro Médico Teknon (Barcelona) y autor de La ciencia del buen dormir (Planetadelibros).

Saber de la existencia de un sistema glinfático —término acuñado por la danesa Maiken Nedergaard, que en 2012 conceptualizó dicho mecanismo— se ha erigido en un faro que orienta la creciente literatura sobre sueño y daño cognitivo. “Actúa como una red de bazos que elimina residuos del sistema nervioso central, sobre todo proteínas fibrilares muy relacionadas con el alzhéimer, la demencia frontotemporal o el párkinson”, resume Mayos. Albares añade que “estos procesos de limpieza cerebral se activa especialmente durante la fase 3 no REM, cuando se produce un sueño profundo de ondas lentas”.

Mayos aboga por “situar al sueño como pilar de salud a la misma altura que la nutrición o la actividad física”. Y lamenta que este ámbito siga siendo “la cenicienta de la medicina”. Escasa consideración que se refleja en nuestros hábitos e imaginario colectivo: “Socialmente, se banaliza dormir poco, incluso se premia dándole una connotación positiva en aras de una supuesta mayor productividad”. Matthew Pase, quien trabajó durante años en EE UU, da fe de lo “bien visto” que está allí madrugar mucho.

Lentamente, las cosas empiezan a cambiar. Mayos ofrece como prueba un influyente artículo que apareció el pasado octubre en The Lancet apelando a incluir al sueño “en las agendas de salud pública” de todo el mundo. Pase remata: “Cada vez sabemos más sobre su importancia para una buena salud a lo largo de nuestra vida. Es hora de que el mensaje cale entre la población”.