Los domingos son día que, junto a los lunes, ocupan los últimos lugares de favoritos entre los demás de la semana, quizá porque antecede al lunes, el más odiado sin duda. Pero los domingos tienen algo más, se puede disfrutar de los excelentes artículos que nos ofrecen los periódicos; yo he empezado por leer tres estupendos, dos de Rosa Montero y un tercero de Elvira Lindo, que subiré después al blog.
Durante nuestro último viaje a Bilbao nos cruzamos por la calle con una de esas personas invisibles, un homeless, enfundado en cartones y mantas sucias que dormía "plácidamente" ajeno a nuestra cercanía. Esta imagen, que me evoca una tristeza absoluta porque ¿quién me asegura que alguien a quien quiero o yo mismo no podría acabar así? y a la que le pongo en mi cabeza el fondo musical de los adagios de Barber y Mahler, me recuerda de sopetón lo injusto que es el mundo que habitamos. Tan inextricable es este asunto que imagino que, al dejar atrás al mendigo, nuestra cabeza lo olvida -en la manera de lo posible- y a otra cosa mariposa.
Nosotros, pobres diablos, españolitos todos, que separamos las basuras, vemos cómo la clase dominante vuela en aviones privados u organiza fiestones que deben hacer saltar las alarmas si éstas existieran para medir la huella de carbono.
Nosotros, que damos limosna cuando nos parten el corazón por la calle, vemos atónitos estas campañas antiaborto que nada dicen sobre qué ocurrirá con tanto niño nacido y no querido, con esa madre sin economía. El después no importa, sólo mantener la conciencia "tranquila", que igual grita ¡no al aborto! que clama por salir a cazar inmigrantes. La misma, sí, aunque cueste creerlo.
¿Alguien duda de la inteligencia de El Sistema? Nuestra sociedad ofrece libertades reales y, al mismo tiempo, produce formas de dominación que hacen que los individuos, nosotros, deseemos precisamente aquello que contribuye a mantener esa dominación. Si vemos de manera tan clara que el capitalismo explota a los trabajadores, también nosotros, ¿cómo es que las sociedades avanzadas no se revelan e incluso llegan a apoyar al sistema que los oprime? La cosa podría ser fácil de entender, aunque hablar de fácil... no sé yo. La sociedad nos ofrece consumo, entretenimiento, comodidad, tecnología, ocio, elección y libertad. Vale, hasta ahí todos de acuerdo. Pero, ¿qué precio pagamos por todo esto?: el individuo se adapta al sistema y deja de cuestionarlo. Estas falsas necesidades "nos hacen libre", o eso pensamos. ¿Somos realmente libres cuando existen ancianos viviendo en la calle? El sistema económico produce necesidades que experimentamos como propias, aunque contribuyan a mantenerlo integrado en el propio sistema.
Ya no vemos la dominación como algo tradicional, no nos enfrentamos a la orden "Haz esto porque te obligo", no. Ahora tenemos el moderno y actual "Haz lo que quieras", de manera que, como podemos elegir, igualmente experimentamos una conducta absolutamente libre, llegando a preguntarnos ¿es libertas elegir entre infinitas opciones previamente producidas por el propio sistema?
Bucear en la filosofía de la Escuela de Frankfurt es apasionante, pero no quisiera estropearles este día de asueto que comienza. Una sociedad puede ser formalmente libre y, sin embargo, contener individuos profundamente alienados; la dominación más eficaz sería aquella que no se percibe como dominación.
Música de nuevo. Hoy, Beethoven para empezar: esta, en un lado de la balanza; la política, en el otro.
Esta mañana, tras el parón de la hora correspondiente por aquello de tomar hierro en ayunas, me senté a leer el periódico. Ya a esas horas de la mañana, uno es capaz de ponerse de mal humor con las noticias. Leí un interesante y ¿profético? artículo con el título «Deutschland 2033» y, al comprobar las similitudes con lo acontecido en Europa en el siglo pasado —cámbiese la palabra «judío» por «inmigrante»—, me quedé preocupado.
En España, donde no tuvimos un pasado nazi, pero sí a Franco, nos encontramos con un panorama parecido, la conspiración comunista judeomasónica ha dado paso a las hordas invasoras —emigrantes, igualmente—, donde el miedo al que viene de fuera ha instalado el relato del odio allá donde mires; un relato basado en innumerables mentiras y bulos que pintan un final de legislatura terrible. No sé cómo Pedro Sánchez aguanta el embate, o mejor dicho, los embates.
Parecería que la opinión pública se decanta por el derrotismo y da como ganador al PP y a Feijóo —ejemplo patrio de gran estadista y orador—, de manera que el futuro se considera escrito, aunque personalmente no pueda entender cómo un país puede llegar a votar a un partido y/o ideología que en estos últimos años ha votado NO a todo:
NO al divorcio.
NO al matrimonio igualitario.
NO al aborto.
NO a la ley de dependencia.
NO a la ley de igualdad.
NO a la eutanasia.
NO a la reforma laboral.
NO a la subida del SMI.
NO a la subida de las pensiones.
Podríamos decir que España se ha vuelto un país masoquista sin ánimo de equivocarnos.
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Bruch, *Concierto para violín nº1.
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‘Deutschland 2033’: el libro que imagina cómo sería una Alemania gobernada por la ultraderecha
El periodista Justus Bender publica un análisis de un hipotético futuro gobierno de la formación ultra Alternativa para Alemania (AfD), basado en lo que ya está ocurriendo en el país.
Andreu Jerez Ríos. Berlín, 4 de septiembre de 2026 22:45 h
Alternativa para Alemania (AfD) ha ganado las elecciones federales con un 36% de los votos. La ultraderecha es, con mucha diferencia, el partido más votado del país. La formación, fundada en 2013 al calor de la crisis de deuda en la Eurozona, no tiene suficientes escaños para gobernar en solitario, pero se ha convertido en imprescindible para formar un ejecutivo en la mayor economía europea.
Los conservadores de la CDU-CSU están en segundo lugar, pero muy lejos de AfD. Los democristianos, en estado de shock, hacen frente a un dilema: probar un inverosímil gobierno cuatripartito con socialdemócratas, verdes y poscomunistas (la prensa bautiza la fórmula como Coalición Zimbabue-Ghana por la cantidad de colores de los cuatro partidos involucrados) o abrirse a negociar con la ultraderecha una coalición gobernante con una cómoda mayoría parlamentaria. La democracia cristiana alemana está entre la espada y la pared.
La segunda opción tiene además un serio inconveniente: como partido más votado, AfD tiene derecho a exigir que su candidata, Alice Weidel, se convierta en la futura canciller federal. Weidel lo pone además más difícil, exigiendo a los conservadores “una disculpa pública al pueblo alemán” por haber dejado entrar solicitantes de asilo e inmigrantes al país. La ultraderecha se siente más cerca que nunca de su objetivo real: destruir la democracia cristiana, alcanzar la hegemonía política, tener la mayoría absoluta para gobernar en solitario y transformar a su gusto el Estado alemán.
Tras días de debates internos en la cúpula de la CDU-CSU, el presidente del partido y candidato a canciller democristiano, Jens Spahn, toma finalmente la decisión de tumbar lo que queda del cordón sanitario y acepta unas negociaciones con una ultraderecha considerada por los servicios de Inteligencia del país como parcialmente de extrema derecha —por consiguiente, una amenaza para el orden constitucional—.
Las negociaciones van más rápido de lo esperado. En pocas semanas, los partidos se ponen de acuerdo y Weidel es elegida canciller por el Bundestag con los votos de su partido y de los conservadores.
La ultraderecha alemana no pierde tiempo. Desde el minuto uno, comienza a aplicar algunas de sus grandes promesas electorales: deportaciones masivas de solicitantes de asilo, sin esperar a que los tribunales fallen si son legales; prisión para las personas sin permiso de permanencia; retirada de la ciudadanía alemana a personas con raíces extranjeras; reforma del código penal, que incluye el delito de “difusión de noticias falsas”; encarcelamiento de periodistas y registros de medios críticos y recortes draconianos en la radio y la televisión públicas; una reforma constitucional que establece que la cultura alemana debe prevalecer sobre el resto y que Alemania es un país cristiano.
“Un escenario”
Los párrafos anteriores resumen la Alemania que Justus Bender se imagina en 2033. El periodista político del diario liberal-conservador Frankfurter Allgemeiner Zeitungensaya ese hipotético futuro en su recién publicado Deutschland 2033. Ein Szenario. ('Alemania 2033. Un escenario'). “El libro es un análisis, porque la trama ficticia solo sirve para ilustrar una idea”, explica el autor a elDiario.es.
Deutschland 2033 no es una novela, sino un ensayo sobre cómo lo que hoy está ocurriendo en Alemania puede influir en el futuro próximo del país. Que un periodista de uno de los diarios más leídos del país haya elegido 2033 —es decir, un siglo después de la toma del poder por parte de Adolf Hitler— indica el clima político en un país que durante décadas se creyó inmune al ascenso electoral de cualquier formación situada a la derecha de la democracia cristiana.
La historia no se repite y la República Federal de Alemania no es la República de Weimar. Sin embargo, el acompasamiento de determinadas dinámicas de los años 20 y 30 del siglo XX con lo que hoy ocurre en Alemania ha llevado a Bender a escribir un libro cuyo título es una provocación y una advertencia.
“El título es, por supuesto, provocador”, dice Bender. “Se trata claramente de una alusión a 1933, a la toma del poder por parte de los nacionalsocialistas. Y lo he elegido por una sencilla razón: llevo 13 años informando sobre AfD y conozco muy bien el partido. Y cada vez que leo informaciones de los años 30 –artículos de periódicos, por ejemplo, o diarios personales–, me doy cuenta de que el tono era muy similar. Es decir, la forma en que los nazis se reían de sus críticos, diciendo: '¿Cómo pueden insinuar que queremos hacer algo ilegal? No crean las mentiras de la prensa liberal mentirosa”.
Precisamente así reaccionan hoy así los líderes de Alternativa para Alemania cuando se les acusa de querer establecer una ciudadanía con criterios étnicos o aplicar su plan de “remigración” para deportar a millones de personas que han llegado al país en la pasada década.
La Hungría de Orbán como modelo
Alemania no está tan lejos del escenario que dibuja Justus Bender en su Deutschland 2033. Basta con echar un vistazo a las proyecciones electorales. Todas las encuestas sitúan a la ultraderecha entre el 27 y el 29% de intención de voto, más de seis puntos por delante de los conservadores de la CDU-CSU y muy lejos del resto de partidos.
No estamos ante la fotografía de un momento concreto, sino de una tendencia que se viene consolidando desde hace meses. AfD ha roto un dique y apunta a ser la fuerza más votada no sólo en el este del país, considerado hasta ahora su gran bastión, sino en el resto de Alemania. La ultraderecha acaricia el umbral del 30%.
Es la coyuntura en la que Bender ha escrito un libro en el que imagina cómo sería una Alemania con un gobierno liderado por la ultraderecha. “Es, sobre todo, un país en el que se ha roto algo muy fundamental”, explica el autor. “En la esfera pública, en la cultura del discurso público, ya no existe la responsabilidad. Es decir, ya no funciona como antes: que un político se contradiga a sí mismo o cometa un error y, a raíz de ello, surja una presión que le obligue a rectificar. Simplemente, en este país todo es posible y, en este clima, un gobierno de AfD puede, por supuesto, imponer muchísimas cosas”.
En Alemania, incluso en parte de la izquierda, se está imponiendo una opción ante el avance de la ultraderecha: dejar que gobierne con la esperanza de que fracase y decepcione al electorado. Una posición que parece más alimentada por la impotencia que por argumentos racionales.
“He oído muchas veces a gente decir: '¿Qué puede pasar de malo? O bien gobiernan correctamente o, si hacen algo ilegal, los tribunales los detendrán'”, reflexiona en voz alta Bender, quien advierte acto seguido: “He escrito este libro como respuesta, porque quería demostrar que no es tan sencillo y que un gobierno tiene un poder enorme y puede hacer muchas cosas sin que nadie lo detenga”.
¿Y qué podría cambiar AfD sin grandes obstáculos? “Lo que podríamos esperar de una Alemania gobernada por AfD no sería el Cuarto Reich –es decir, la continuación del nacionalsocialismo–, sino más bien algo parecido a la Hungría de Víktor Orbán, a su democracia iliberal. Creo que Alemania no dejaría de ser democrática porque habría elecciones, pero las instituciones liberales, la prensa libre, la formación de la opinión pública y la igualdad de los ciudadanos independientemente de su origen étnico se verían amenazadas”.
La primera piedra de esa hipotética futura Alemania pueden ser las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt del próximo domingo. AfD roza la mayoría absoluta en las encuestas de esa región del este de Alemania. Su candidato, Ulrich Siegmund, podría convertirse en el primer ministro regional de la ultraderecha y Sajonia-Anhalt, una especie de laboratorio de pruebas para la Alemania que sueña AfD.
Llego de ver a Jasper Johns, hace un par de meses Calder, en noviembre la mejor fotografía en París, el año pasado David Hockney, Chagall en la Ópera Garnier o en el MET de Nueva York, Indiana, Rothko, Moore en el Neues Musem de Berlín, Picasso, Kandinsky y tantos otros en el MOMA, Gauguin y toda la maravillosa colección del Thyssen, Leonardo en el Louvre, Goya, Velázquez, El Bosco, Tiziano, Rubens, El Greco en El Prado... No podría vivir sin el arte. Me da la vida, me recarga, me endulza.
Ante tanta barbarie que nos rodea, políticos rastreros, dictadores, abusones, narcicistas, gentuza, mediocres, acomplejados, egoístas, insolidarios, déspotas, explotadores, injustos, poderosos, las noticias devastadoras, los 4 jinetes, el apocalipsis que tenemos encima, la guerra, el poder allende los mares; la pérdida de los seres queridos, los amigos ausentes y a los que ausentamos -mano de santo-. Todo lo que, en definitiva, me resulta insoportable, hace que me plantee si estoy deprimido, respondiéndome cada vez más que sí.
Me salvan el arte, la música, los libros, la gente a la que quiero, los animales, el cielo azul, el mar, mi biblioteca.
"La viña del ensanche", un café rico por la tarde y una cena estupenda más tarde. Ahora, el diseño del cuchillo es para matarlos, complicadísimo para apoyarlo en el plato e imposible de coger cómodamente, sin hablar de su uso. Ya ven, no se puede tener todo. Por cierto, el plato de tempura de espárragos trigueros estaba delicioso.
Ya en casa. ¿No dicen que los de Bilbao nacen donde les da la gana? Pues eso…
Me gusta Bilbao; allí podría vivir feliz. Me bastaría un piso en Abando. Claro que, ya que estamos, estaría bien tener otro piso en Pangrati, Atenas. De esta manera estaría todo controlado.
Pero volvamos a la realidad, aunque soñar sea gratis. Regresamos de Bilbao anoche, a las tantas, y aunque el hotel estaba bien y todo eso, nunca se duerme como en casa -yo lo achaco a las almohadas-, de manera que he dormido algo más de lo normal y me siento ahora a trabajar. ¡Qué bien se está en casa!, afirmo, por mucho que a uno le guste viajar.
La disculpa de este corto viaje, uno de esos quenocuenta, era ir al Guggenheim a ver la exposición de Jasper Johns (Night Driver). Dicho y hecho. Nos quedamos en el mismo hotel de siempre, a tiro de piedra del museo, disfrutamos de la exposición y de sus fondos expuestos, a Serra, Igshaan Adams (Levantando el polvo: El archivo del cuerpo) y Ruth Asawa (Retrospectiva). También fuimos en un par de ocasiones al Azkuna Zentroa, a la exposición de Glenda León (A tree falls in the forest), y al cine: Palestine 36.
Mucha suerte con el tiempo: quizá un poco de calor ayer, un cielo azul perfecto para fotografiar la ciudad, navegar por la ría hasta el mar y pasear admirando la imponente arquitectura residencial. Abando animado a cualquier hora del día, el Casco Viejo repleto de turistas, pintxos ricos, ricos, cena en La Viña del Ensanche con su delicioso helado de queso de postre, cafés y hasta tiempo para hacer un par de compras, esto siempre al final de la lista de cosas que hacer durante un viaje.
Esta vez los vuelos cuadraron bien: llegamos al mediodía y volvimos por la noche, así que pudimos aprovechar más tiempo para desconectar antes de volver a la rutina.
En las fotos predomina el color del cielo, como verán. Una ciudad que puedes fotografiar siempre, no importa las veces que la hayas visitad. Disfrútenla también. Empiezo por las exposiciones y luego el resto en una segunda.
Esta obra, Flags (1965), viene con instrucciones. Fíjate que la bandera superior tiene un pequeño punto blanco en el centro y la inferior uno negro. Bien. Observa detenidamente el punto blanco, unos 15 segundo y después baja la vista hasta el punto negro. Ya me dirás qué ves.