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martes, 28 de julio de 2026

AVERGONZADO

El cine siempre nos enseña, ante una amenaza inminente, somo el alcalde o el general reniegan de los hechos y no asumen la responsabilidad de tomar alguna decisión importante e impopular. Épicas son ya aquellas imágenes del alcalde de Amity, con su chaqueta marinera azul, negando ante el Jefe Brody y Matt Hooper la evidencia del tiburón blanco.
¿A qué espera la derecha en España ¡España! para aceptar de una p vez que el clima ha cambiado. ¿No han estado en alguna conversación entre amigos o vecinos, en cualquier parte del país y sobre todo este verano, donde se comenta que cada vez hace más calor, que las olas de ídem se multiplican se adelantan o que la calima cada vez se hace más presente? La política y sus intereses parecería que venda los ojos y que vuelve estúpidos y ciegos a nuestros gobernantes. Tendremos que esperar a que el tiburón devore a alguien más para que se les abran los ojos de una vez.

jueves, 16 de julio de 2026

R_C_NC_L__C__N (FUGA DE VOCALES)


Hoy me dilataron la pupila en el oftalmólogo y, mientras esperaba la acción de las gotas cual vampiro con gafas oscuras, gorra y ojos cerrados, me vinieron a la cabeza las noticias del Tribunal de Justicia de la UE respecto a la dichosa amnistía a los del procés. Nadie diría que esta gente tan vetusta es procatalana y quiero pensar en su ecuanimidad, de manera que el fallo respaldando la amnistía es una buena noticia porque nos lleva al camino de la reconciliación, ¿y qué mejor que eso?


Raudo el PP, como no cabía esperar otra reacción, se ha apresurado a asegurar que acata la sentencia (como si no hubiera otra opción; bueno, sí despotricar contra los jueces europeos, pero de eso ya se encargará Ayuso, su mentor MAR, Aznar y si me apuras hasta Felipe; Rajoy no está ni se le espera, envuelto él en otros lares más afrancesados), pero después erre que erre contra Pedro Sánchez, el diablo con cuernos y rabo. Respeta el fallo pero carga contra Sánchez, reza el titular. Un respeto envenenado, claramente; Aznar lo denomina agresión sediciosa que no debe quedar impune, a pesar de lo que ha dictaminado el Tribunal europeo. ¿Dónde está el respeto pues? 

Veamos, ¿cómo está Cataluña ahora? ¿No está tranquila, con un presidente no independentista precisamente, integrada en el país como una autonomía más? La amnistía, y por supuesto Illa, han traído la paz, se mire como se mire. Lo peor de esto, sin duda, es tener que aguantar otra vez al majadero traidor Puigdemont alegando sin parar.



El asunto de Begoña Gómez lo dejamos para otro día, no tengo fuerzas hoy.

domingo, 12 de julio de 2026

DON'T MAKE IT O EL HUMANISMO CRISTIANO PERDIDO


No ceder al marco extremista
El PP impulsa las ideas y las guerras culturales de Vox al homologar términos falaces como “prioridad nacional” o “concebidos no nacidos”.
EL PAÍS, 12.06.2026

España era, hasta finales de la década pasada, una excepción entre muchos de sus vecinos europeos porque, al culminar el proceso de Transición, no quedaba rastro de la extrema derecha en el Parlamento. Pero, desde que Vox irrumpió en la Cámara autonómica de Andalucía en 2018 y luego en el Congreso, la representación institucional de la corriente nacionalpopulista no ha parado de crecer, sincronizada con la derechización más o menos intensa de casi todas las principales democracias del mundo e impulsada por los tecnoligarcas y la segunda presidencia autoritaria de Donald Trump. Y aunque este giro reaccionario no haya llegado aún al centro de mando de muchos gobiernos, lo indiscutible, y preocupante, es que sus marcos conceptuales calan en la cotidianidad por medio de una batalla cultural que coloca a la defensiva a un progresismo que acaba pareciendo entre anticuado y acartonado. No es solo una cuestión de votos, principios o persuasión electoral; es un proceso, ensayado con éxito desde hace décadas en Estados Unidos, que mediante la manipulación del lenguaje delimita el terreno de juego y determina la manera de pensar y ver el mundo. El propósito esencial de la extrema derecha es normalizar el discurso que sostiene que la modernidad ilustrada está en decadencia para imponer, envuelta en una idea tergiversada del sentido común, una agenda de valores y políticas regresivas presentadas a la opinión pública como una forma de transgresión.

Lo ejemplifican las recientes declaraciones del líder de la oposición, cuando afirmó que, si llegase a La Moncloa, impulsaría una ley para dar ayudas al “concebido y no nacido”. Esta norma destila activismo contrario al derecho al aborto al ignorar el consenso tradicional sobre el tratamiento del embrión mientras apunta al control político del cuerpo de la mujer. Hace tres años Alberto Núñez Feijóo no lo contemplaba. En su programa para las elecciones de 2023, el presidente del PP incluyó medidas de apoyo a la maternidad asumidas por las sociedades del bienestar avanzadas: desde un pacto de Estado para la conciliación a la gratuidad de la educación de 0 a 3 años. No se hablaba del “concebido no nacido”, un concepto que sí patrimonializaba Vox en su programa con prueba de paternidad: la proposición no de ley que la ultracatólica, y exdiputada popular Lourdes Méndez Monasterio defendió en la Comisión de Igualdad con la pregunta “¿por qué ese interés en matar a los nuestros?”. No deja de ser significativo que en 2019 Isabel Díaz Ayuso sí defendía estas medidas cuando se presentó por primera vez a las elecciones, pero, sin el apoyo de los liberales de Ciudadanos, tuvo que descartarlas. Este julio ha aprobado una ley que define como “una defensa de la vida”. A Vox le parece bien pero insuficiente.

La contaminación de los marcos conceptuales del nacionalpopulismo –en el caso español, con elementos de un nacionalcatolicismo actualizado– en la política democrática y la conversación cívica opera en dimensiones como la memoria histórica y los discursos revisionistas sobre la Hispanidad o el origen de la guerra civil. Pero a la vez impacta en asuntos tan sensibles como el que se desprende de la “prioridad nacional” cuando la cuestión inmigratoria es uno de los principales factores de tensionamiento de las democracias occidentales. Al PP del primer Feijóo esa noción no le cabía en el programa, mientras el punto 125 del de Vox era meridianamente excluyente: “Estableceremos la prioridad nacional en las ayudas sociales y los programas de acceso a la vivienda”. Tras las últimas elecciones autonómicas, más o menos incomodado, al partido de estado que es el PP le ha tocado consentir dicho concepto en los acuerdos para revalidar los gobiernos regionales. Es otro ejemplo claro de cómo el uso falaz de expresiones con una profunda carga ideológica desliza el terreno del debate al extremo y, en vez de desactivarlas, se asumen como aceptables. El problema, en estos pactos autonómicos, no está solo en las políticas discriminatorias que puedan surgir. Lo más inquietante es que sectores crecientes de la sociedad integren en su día a día, desde la escuela a los hospitales, que unos ciudadanos tienen prioridad sobre otros.

jueves, 25 de junio de 2026

¿DÓNDE LOS VALORES CRISTIANOS?


La UE ha perdido el norte, sus principios. Todos estos que aplauden las palabras del papa León XIV allá donde las dice son los mismos que luego hablan con los talibanes reconociendo de facto este terrorífico régimen de terror, misoginia y todos loa adjetivos que se te ocurran. ¿Dónde han quedado los valores cristianos? ¿Y la defensa a las mujeres?
Si te interesa el tema, o simplemente si tienes un mínimo de sensibilidad, no dejes de ver la serie NO MANS LAND. Dura pero imprescindible. 
Olé por este editorial de EL PAÍS.

Negociación indigna en Bruselas
La UE no puede legitimar a los talibanes como interlocutores en nombre de un supuesto pragmatismo migratorio.
EL PAÍS, 25.06.2026

La Unión Europea ha optado por una política de romper tabúes respecto a la inmigración, pero no podía haberlo hecho de una manera más opuesta a sus principios fundacionales que con la reunión celebrada el martes en Bruselas con representantes del régimen talibán, ideólogo, ejecutor y apóstol de un sistema de apartheid de género que ha convertido Afganistán en uno de los agujeros negros de los derechos humanos más lacerantes del mundo. Aunque se disfrace de excepcionalidad, recibir a los talibanes en el corazón de Europa y negociar con ellos de igual a igual sobre la posible expulsión de migrantes acusados de delitos graves no solamente cruza una línea roja simbólica. Daña la imagen de la UE como territorio de libertad y valores democráticos.

Con coherencia, España no ha participado en ese encuentro con los enviados de una tiranía que establece por escrito un tratamiento peor a las mujeres que a los animales. Sí han acudido otros 15 Estados miembros. Esto da una idea de una peligrosa tendencia en política migratoria, y a la vez, de una realpolitik mal entendida. La reunión se presenta con un gris tono burocrático como “una oportunidad para que los Estados miembros, y sus representantes a nivel técnico, establezcan contactos”. Pero este lenguaje no puede esconder la realidad: se trata de convencer al Gobierno de Kabul para que acepte la devolución forzada de afganos, además de suponer la salida del ostracismo de un régimen contra el que varios ejércitos europeos combatieron durante dos décadas con un elevado coste humano. Ahora, sin que medien mayores explicaciones, se les reconoce como interlocutores válidos.

Desde el sangriento retorno al poder de los talibanes en Afganistán en 2021, entre 100.000 y 115.000 ciudadanos de ese país piden asilo en la UE cada año. Por nacionalidades son el grupo al que más se le concede protección, sobre todo en Francia, Austria, Suecia y Alemania. Es Berlín quien más está empujando para llegar a un acuerdo con los talibanes por la vía de los hechos sin esperar a un consenso europeo. El Gobierno alemán admite que ha negociado secretamente con los islamistas y el resultado inmediato serán tres vuelos charter al mes con migrantes afganos además de los que sean deportados en vuelos regulares.

La legitimación de los talibanes se enmarca en el giro que ha dado Europa en política migratoria, y que amenaza con convertirse en la nueva normalidad del continente. Se escenificó la semana pasada cuando el Parlamento Europeo adoptó la nueva normativa para crear centros de expulsión en terceros países, mientras la bancada de la extrema derecha lo jaleaba gritando un vergonzoso eslogan de ecos trumpianos: Echadlos. Bruselas también tiene acuerdos para controlar la migración con la Guardia Costera de Libia, instruida y fortalecida con fondos europeos, y con mandos sancionados por la misma UE por violaciones de los derechos humanos. La ONG SOS Meditérrannée ha denunciado que en agosto de 2025 los guardacostas libios dispararon contra el barco humanitario Ocean Viking desde un buque financiado con fondos europeos.

Si el caso de Libia ya resultaba inquietante, el del Afganistán de los talibanes va más allá de lo que se entiende por un país inestable e inseguro para sus nacionales, y mínimamente fiable en en las relaciones internacionales. Es un lugar donde la ley misma considera a las mujeres como subhumanos. Esta lamentable negociación disfraza de pragmatismo lo que más bien parece una abdicación.

domingo, 10 de mayo de 2026

TODOS MENOS UNO


La valentía de decir no: cultura y periodismo para resistir al autoritarismo
En tiempos de oscuridad para la democracia en muchos lugares del mundo, periódicos e intelectuales siguen siendo ejemplos de dignidad cívica para preservar las libertades.
Guillermo Altares, 09.05.2026

A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.


Sin embargo, un hombre decidió decir que no y su imagen se ha convertido en uno de los símbolos de la resistencia civil ante una dictadura. En aquella visita del Führer al astillero, todos los trabajadores hicieron el saludo nazi, menos uno, que permanece llamativamente con los brazos cruzados: era August Landmesser. Y pagó un precio muy alto por mostrar su oposición a un régimen que se estaba colando en todos los resquicios de la vida cotidiana, que había creado ya un sistema de delación y sospecha, simplemente, por intentar “vivir fuera del rebaño”, como cantó Georges Brassens en La mala reputación. Su hija, Irene Eckler, que había sido adoptada, dio a conocer la historia y la foto en 1991. Este obrero alemán, que tenía 26 años en el momento de la imagen, se había casado con una mujer judía, Irma Eckler, asesinada por los nazis en un campo de exterminio. Él fue recluido en un campo de concentración, al que sobrevivió, para ser reclutado a la fuerza y enviado al frente. Murió en combate en Croacia en 1944.

La resistencia también consiste en imprimir un periódico. Como han explicado sus protagonistas y recuerda Javier Cercas en el libro que acaba de publicar con motivo del cincuentenario de EL PAÍS, El periódico de la democracia (Random House), la decisión de sacar una edición especial cuando todavía la suerte del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 no estaba echada cambió el destino del diario y, tal vez, de la asonada militar. Consolidó su prestigio internacional y transmitió a los ciudadanos la idea de que estaba dispuesto a jugársela para defender las libertades. El teniente coronel Tejero, que había entrado a tiros en el Congreso, todavía mantenía como rehenes a los diputados y al Gobierno, los tanques de Milans del Bosch estaban en las calles de Valencia y un espeso manto de fascismo amenazaba a la joven democracia española, mientras la Embajada de Estados Unidos calificaba todo aquello de “asunto interno”.

El director del diario, Juan Luis Cebrián, recuerda así el momento en el que se tomó en su despacho la decisión de salir a la calle en una reunión improvisada en la que estaban desde el editor, Jesús de Polanco, hasta muchos periodistas que habían acudido aquel lunes por la tarde a la Redacción. “Comprendimos que la única actitud posible que podíamos adoptar era la de comportarnos como periodistas: tratar de sacar cuanto antes —y sobre todo antes de que llegaran los soldados, si es que iban a ocuparnos— una edición. Absolutamente todo el mundo apoyó la decisión”.

El director de 'The Washington Post', Benjamin C. Bradlee, y la editora Katharine Graham leen los informes del Tribunal Supremo de EE UU donde se permitía al diario publicar historias basadas en el estudio secreto del Pentágono sobre la Guerra de Vietnam, el 30 de junio de 1971. Charles Del Vecchio (The The Washington Post / Getty Images)

Ben Bradlee, el mítico director del caso Watergate y uno de los grandes periodistas del siglo XX, pronunció unas palabras similares cuando su periódico, The Washington Post, decidió publicar los Papeles del Pentágono —que revelaban todos los secretos del desastre de la guerra de Vietnam que había tratado de esconder la Administración de Nixon—. Sabían que les iban a demandar, porque The New York Times lo había sido por difundir los mismos documentos. Así lo explica Bradlee en sus memorias, La vida de un periodista: “No publicar la información cuando la teníamos era como no salvar a un hombre que se estuviera ahogando o como no decir la verdad. No publicarla sin luchar constituiría una renuncia que marcaría al Post para siempre, catalogándolo de herramienta al servicio de la Administración que estuviera en el poder”.

Aquel número titulado EL PAÍS, con la Constitución se convirtió en un emblema de la resistencia civil ante el golpe. Cercas recuerda que le impresionó especialmente un fragmento del primer editorial —luego se fueron publicando diferentes versiones según iban saliendo ediciones— en el que quedaba claro que, entonces, cuando se tomó aquella decisión en un despacho atiborrado, el futuro de las libertades estaba en el aire. No hay que olvidar que muchos de los allí reunidos tenían en mente los golpes que habían triunfado en los setenta en Chile y Argentina y la crueldad de la represión despiadada que desataron las juntas militares. “Ocurra lo que ocurra en las próximas horas o en los próximos días, suceda lo que suceda…”, decía aquel texto.

Así describen aquel momento María Cruz Seoane y Susana Sueiro, en su excelente libro Una historia de EL PAÍS y del Grupo Prisa (Plaza & Janés, desgraciadamente casi imposible de encontrar, incluso de segunda mano): “La valentía de EL PAÍS en aquella jornada histórica, saliendo a la calle en un tiempo mínimo con la intención de contribuir a abortar el golpe, cuando todavía parecía que podía triunfar, queda como la página más brillante de su historia y su actitud supuso su decidida consagración como el diario emblemático de la democracia para el público y un motivo de orgullo y por lo tanto de cohesión interna en el seno de la Redacción; un momento, en fin, estelar en la vida de un periódico”.

Retrato coloreado de Marc Bloch, en 1914. SPCOLLECTION / Alamy / CORDON PRESS

Otras veces, la resistencia significa renunciar a su vida y, al final, perderla. El próximo 23 de junio, el féretro del historiador Marc Bloch va a entrar en el Panteón, el mayor honor póstumo que Francia concede a la memoria de un ciudadano. Bloch revolucionó la forma de mirar al pasado a través de la revista Annales, que codirigió con Lucien Febvre, y escribió libros que los historiadores siguen considerando fundamentales para entender la Edad Media, como La sociedad feudal o Los reyes taumaturgos. Sirvió en la Primera Guerra Mundial —sobre la que escribió el lúcido ensayo Réflexions d’un historien sur les fausses nouvelles, en el que se pregunta cómo fue posible que toda una generación acabase en el matadero de las trincheras a base de mentiras— y en la Segunda.

Bloch era judío y, cuando Vichy aprobó en 1940 las primeras leyes antisemitas, fue expulsado de su cátedra. Logró un permiso especial para seguir enseñando gracias a una figura que resume los abismos morales que, en tiempos de crisis y ocupación, separan el bien y el mal a través de una interminable gama de grises. Se trata de Jérôme Carcopino, como recuerda Stéphane Nivet en un pequeño libro que reconstruye la entrada de Bloch en la resistencia, su detención, tortura y asesinato en 1944, L’assassinat de Marc Bloch, un historien dans la Résistance (Éditions Midi-Pyrénéennes). Carcopino es autor de un estudio sobre la Antigüedad que sigue siendo un clásico, La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. Pero fue también secretario de Estado de Educación bajo Vichy, hasta que renunció en 1942. No dudó en aplicar las leyes antisemitas, primero como rector y luego como ministro: su actitud hacia Bloch fue una excepción, debido a que había sido alumno de su padre. Stéphanie Corcy-Debray, autora del ensayo Jérôme Carcopino, un historien à Vichy, reflexiona así sobre la elección que hizo aquel erudito: “Al aferrarse a la defensa de la soberanía del Estado, y no de la nación, se extravió en el turbio espacio de la colaboración”. En otras palabras, eligió la injusticia de un Estado antisemita y criminal frente a los principios democráticos, que deberían haber estado por encima de ese mismo Estado.

En 1941, con las segundas leyes antisemitas de Vichy, fue definitivamente expulsado de la cátedra y supo que, tarde o temprano, sería deportado y asesinado. Entonces se pasó a la clandestinidad y se convirtió en uno de los jefes de la resistencia en Lyon. Fue arrestado por la Gestapo con ayuda de la Milicia de Vichy el 8 de marzo de 1944 —previa denuncia de dos colaboradores franceses de los nazis—, torturado y fusilado el 16 de junio.

Elecciones Legislativas del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas en España desde 1936. Noche electoral informativa en diario EL PAÍS, con la asistencia de numerosos políticos de diferentes partidos. En la foto, de frente y de izquierda a derecha: Fernando Claudín; Felipe González; Javier Pradera; Ramón Tamames y Jorge Semprún. EL PAÍS

En su magnífico ensayo Los amnésicos. Historia de una familia europea (Tusquets), Géraldine Schwarz reflexiona sobre los Mitläufer, las personas que siguen la corriente durante una dictadura: no son partidarios convencidos, pero conviven con lo intolerable. “Sin la participación de los Mitläufer, Hitler no habría estado en condiciones de cometer crímenes de aquella magnitud”, escribe. Resulta especialmente doloroso mirar a Carcopino en el espejo de Bloch, contemplar la incapacidad del sabio latinista, que no era un nazi pero que aplicó sin pestañear una legislación antisemita, para entender que hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin convertirse en cómplice. Su actitud recuerda a una de las escenas más célebres de Vencedores y vencidos, la película sobre los juicios de Núremberg de Stanley Kramer. Burt Lancaster interpreta a un jurista de enorme prestigio que se dejó arrastrar por el nazismo (su personaje está seguramente inspirado por el filósofo Martin Heidegger). “Aquella pobre gente, aquellos millones de personas. Jamás supuse que llegaríamos a eso”, dice Lancaster. El juez, interpretado por Spencer Tracy, le responde: “Se llegó a eso la primera vez que usted condenó a muerte a un hombre sabiendo que era inocente”.

Los resistentes son también aquellos que están dentro del sistema y dicen no, que son capaces de ver el mal desde dentro y enfrentarse a él. Son lo que Hans Magnus Enzensberger llamó en un artículo publicado en EL PAÍS en 1989 Los héroes de la retirada, un concepto que Javier Cercas retomó en su libro sobre el 23-F, Anatomía de un instante. “El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje”, escribió el gran intelectual alemán. Hablaba de personas que luchan contra un régimen injusto desde dentro, a veces con las propias armas y mecanismos del Estado. Habla del húngaro János Kádár, del polaco Wojciech Jaruzelski y también del español Adolfo Suárez, “secretario general de Falange Española, que se convirtió tras la muerte de Franco en primer ministro y que en un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática”.

El escritor y político Dionisio Ridruejo, en una imagen sin datar. Europa Press / CONTACTO

Antes de Suárez hubo otros conversos, quizás el más importante de todos ellos fue Dionisio Ridruejo, al que este periódico, durante sus primeros cinco años, le dedicó un editorial cada 28 de junio, aniversario de su muerte, textos escritos casi con total seguridad por Javier Pradera —sobre el que Jordi Gracia escribió la biografía Javier Pradera o el poder de la izquierda. Medio siglo de cultura democrática (Anagrama)—. “En la madurez de su vida, Dionisio Ridruejo no conservaba ni un solo rasgo de carácter ni una brizna de pensamiento de su pasado falangista”, rezaba el segundo de aquellos editoriales. “La superación de esa etapa la realizó por una doble vía: mediante la reflexión teórica, a través de artículos y trabajos, y a través de la lucha práctica contra un sistema del que se había apeado cuando ni se divisaba siquiera la posibilidad de su desaparición”, continuaba dando una de las claves de su conversión: no lo hizo por conveniencia, sino por convicción, y un momento en el que resultaba extraordinariamente peligroso.

El propio Pradera firmó el 1 de abril de 1956 un manifiesto, junto a otro de los héroes cívicos de la democracia en Europa, Jorge Semprún, en el que, en el día de la victoria en la Guerra Civil, sostenían: “Los universitarios madrileños nos dirigimos a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos— porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.

Falangista de primera hora, responsable de propaganda en el bando franquista durante la Guerra Civil, fundador de la División Azul —las tropas que la España fascista envió a combatir a la URSS junto a los nazis a las que la revista de historia Desperta Ferro acaba de dedicar un excelente número monográfico—, su primer enfrentamiento con Franco se produjo a la vuelta del frente soviético. En Castillos de fuego (Seix Barral), una gran novela sobre la posguerra española, Ignacio Martínez de Pisón reconstruye el momento en el que Dionisio Ridruejo es detenido por primera vez, en julio de 1942, tras haber enviado una carta incendiaria sobre la podredumbre del régimen al mismísimo Franco. Lo hizo entonces desde el falangismo, aunque evolucionó, a lo largo de los años cincuenta, hacia posiciones democráticas. “Tendrá usted que acompañarnos, don Dionisio”, le dice el policía que encabeza el amplio despliegue movilizado en torno a su domicilio en el barrio de Salamanca para apresarle y llevarle a su destierro interior en la serranía de Ronda. En aquel momento, Ridruejo empezaba a cruzar el Rubicón de la dignidad.

Porque, a veces, se puede decir no y cambiar las cosas. Conviene recordar, tal vez ahora más que nunca, cuando las libertades están siendo asaltadas en numerosos lugares del mundo, los versos de Raimon en su canción Diguem no: “No, / yo digo no. / Digamos no. / Nosotros no somos de ese mundo”.

lunes, 4 de mayo de 2026

INFORMARSE SIEMPRE

La verdad es que estoy un poco harto del despliegue de EL PAÍS por su 50 aniversario, aunque supongo que era de esperar. Demasiado yo-yo-yo para mi gusto, pero a veces hay noticias que me parecen interesantes, como ésta.

Manuel Vicent defiende que el éxito de un periodista “no está en ser leído sino en ser creído”
El escritor y columnista de EL PAÍS reivindica en su discurso durante la ceremonia de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo la búsqueda de la verdad ante “las soluciones fáciles a problemas complicados”.
Josep Catá Figuls, 04.05.2026

El periodismo está de celebración, pero Manuel Vicent no quiere que los fastos lleven a perder el rumbo: “El éxito de un periodista no está en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio, y su prestigio viene de ponerse al servicio del derecho del ciudadano a estar bien informado”, ha resumido el escritor y columnista de EL PAÍS en su discurso tras la entrega de premios Ortega y Gasset. Esta edición de los premios coincide con la celebración del 50 aniversario de la fundación de este diario, y Vicent ha querido rendirle homenaje: “En estos 50 años, por sus páginas han pasado los mejores intelectuales, analistas y periodistas del momento. EL PAÍS ha cumplido con su deber”.

Los periodistas galardonados en los Premios Ortega y Gasset dan cuenta de esta búsqueda de la verdad y una vocación de servicio público como brújula para el buen periodismo. Los premiados son tres periodistas y escritores de referencia global: Svetlana Alexiévich, Sergio Ramírez y Martin Baron, ejemplos de las palancas en las que todo profesional de la información debe apoyarse para ejercer su oficio, ha dicho Vicent. “Son tres figuras imprescindibles para entender el mundo en el que vivimos. Alexiévich, escritora y periodista, y Premio Nobel de Literatura 2015, nos ha explicado la realidad compleja del mundo soviético y postsoviético; Sergio Ramírez es un referente ético en América Latina, con una perspectiva centrada en la dignidad humana y dignidades fundamentales; y Martin Baron es reconocido por el periodismo y liderazgo, con el que trabajó en investigaciones de alto impacto, entre ellas la cobertura contra abusos de la Iglesia católica”, ha resumido.

El escritor, al tiempo que reconocía las trayectorias de los premiados, ha reivindicado “las marcas de identidad de EL PAÍS”: “La defensa de la democracia y de la libertad de expresión, la lucha por los derechos humanos, y por Europa”. Lo logrado, sin embargo, no está exento de retos. “El desafío consiste en continuar trabajando para que este periódico siga siendo un producto viable, solvente y de referencia en todo el mundo hispano, que dirija su información hacia la inteligencia de sus lectores, sin participar en el absurdo de las redes. Debemos unir nuestras fuerzas para seguir adelante sin perder la identidad”.

Vicent ha resaltado la importancia del oficio de periodista, y ha puesto en valor a las redacciones. Frente a los que proponen “soluciones fáciles a problemas muy complicados”, Vicent ha reivindicado “esa raza de periodistas que no buscan el escándalo, que no se creen intérpretes y conductores de la opinión pública, que solo sienten pasión por la información rigurosa, y son conscientes de que la moderación, el buen sentido, el análisis, el criterio y la opinión ponderada es la conquista más alta del espíritu, y es el arma más certera y elegante contra los adversarios”. Vicent también ha advertido de que el periodismo que él defiende “se ha convertido en una profesión de riesgo”: “No es fácil, hay que abrirse paso entre la basura mediática, bulos y calumnias, y hay que enfrentarse a la serpiente del escuadrismo fascista como sucedió en los años 30″, ha afirmado el escritor, quien ha avisado también sobre el desafío que plantea la inteligencia artificial: “El mundo está cambiando a una sorprendente velocidad, con tanta rapidez que vemos creer una extraña tierra bajo nuestros pies”.

El periodista Juan Cruz (a la derecha) conversa con Manuel Vicent (centro) y Joan Manuel Serrat,
antes de la ceremonia. Albert Garcia

Frente a la “sobrecarga de información” y al magma en el que resulta cada vez más difícil distinguir lo veraz de lo falso —“ya no podemos distinguir lo que oímos, lo que vemos y lo que leemos de lo que soñamos”, ha dicho Vicent—, el escritor ha recordado que solo hace falta una cosa: “Personas que cumplan con su deber, incluso los héroes de la modernidad, que son los buenos y arriesgados periodistas”.

Hacia el final de su discurso, Vicent ha apuntado que hay beneficios en esa ardua tarea de buscar la verdad. El beneficio de ir al quiosco, leer el periódico cada mañana, en papel o en la tableta. “Coger EL PAÍS como quien escoge un alimento informativo bien horneado, sentir el latido de lo real de la vida, junto con la sangre y la tinta, y luego leer la historia universal que nace y muere cada día. y ver como alrededor de sus páginas fluye el río de la gente”. Además, hay un valor añadido del que también se ha acordado Vicent: leer el periódico “te hace creer que eres un tipo interesante e inteligente”.

sábado, 25 de abril de 2026

EL MUNDO AL REVÉS

Éstas son noticias de EL PAÍS en sus primeras "páginas" del periódico online, que se ha vuelto frívolo, taurino y rosa. Qué pena, tendré que buscar ahora otro periódico que leer; está claro que todo tiene un ciclo.



Por otro lado, el periódico habla de Tana como si se tratara de una prócer o personalidad importante en este país de pandereta. 






Otra periodista a la que veto, la tal Luz Sánchez-Mellado, que recuerda que en España nadie glosa la "gesta" de los toreros muertos. Alucinante. 


lunes, 20 de abril de 2026

EL PRECIO POR ENFRENTARSE AL MATÓN (VI)


León XIV se planta ante Trump
La reacción iracunda del presidente contra el Papa refuerza la autoridad moral de este más allá de los católicos.
Editorial de EL PAÍS, 20.04.2026

En su temeraria concepción de las relaciones internacionales, que considera la guerra como una herramienta de negociación y no como el último recurso, el lenguaje amenazante como una fase obligatoria en cualquier diálogo, la historia como una anécdota y la verdad apenas como una opción más sobre la mesa, pocas personalidades mundiales quedaban en teoría fuera del destructivo radio de acción dialéctico de Donald Trump. Pero los sorprendentes, reiterados e injustificados ataques lanzados contra el papa León XIV demuestran, una vez más, que es un personaje sin límites que tampoco tolera competencia en el ámbito de la infalibilidad.

Trump embistió en diversas ocasiones durante la semana pasada contra el líder de la Iglesia católica, con su habitual falta de respeto y distorsión de los hechos, después de que Robert Prevost declarara en voz alta lo mismo que han dicho otros líderes y ciudadanos en todo el mundo: amenazar con “borrar una civilización” de la noche a la mañana dando además un ultimátum, como hizo Trump en referencia a Irán, va más allá de cualquier bravuconada bélica conocida y constituye un desprecio inaceptable a la humanidad misma.

Desde su particular mentalidad de ganadores y perdedores, Trump calificó al Papa de “débil” y cuando el Pontífice respondió, en su inglés materno y su acento de Chicago, con un “no tengo miedo”, el mandatario recurrió al argumento falaz de insinuar que el Papa pretendía ignorar los muertos causados por la represión de la dictadura iraní. Abierta la veda, los colaboradores del actual presidente republicano se sumaron a la ofensiva. Incluso el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, católico converso, se permitió dar lecciones de teología al Pontífice y, con una osadía pasmosa, explicarle al Papa lo que es una “guerra justa” para la Iglesia. Resulta que es un concepto desarrollado por Agustín de Hipona. Prevost, el primer Papa agustino, es uno de los mayores expertos mundiales en San Agustín. En el plano más folclórico, pero representativo del nivel de irreverencia, el presidente de EE UU ha compartido por redes una imagen de inteligencia artificial en la que aparece él como Jesús sanando enfermos y otra en la que Cristo le da ánimos.

Lo que seguramente no estaba en los cálculos de Trump han sido las consecuencias de este ataque. Mandatarios —incluyendo el español Pedro Sánchez—, políticos y ciudadanos de a pie de todo el mundo, católicos o no, han cerrado filas en torno a León XIV, quien no ha hecho sino lo lógico: condenar una amenaza de exterminio. Con sus insultos, el presidente de EE UU ha dado involuntariamente un espaldarazo de autoridad moral mundial —incluyendo el respeto del mundo islámico—, a un Papa que era un desconocido cuando fue elegido hace casi un año. Además, ha perdido valiosos aliados europeos, como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a quien ha descalificado tras defender a León XIV. El caso de Meloni es un importante recordatorio de que Trump no tiene aliados, sino vasallos.

Prevost ha alzado la voz para oponer el sentido común a la desquiciada retórica de un presidente de EE UU que está causando un inmenso daño a la ya precaria arquitectura de paz internacional y a su propio país. Y ha puesto frente al espejo —también en España— a aquellos que presumen de defender ideales cristianos mientras aplauden a quien los utiliza como una herramienta para perseguir únicamente su propio interés.

martes, 31 de marzo de 2026

LÍNEAS PARALELAS


Llego ahora del gimnasio, directo a la ducha, pero sin poder resistir sentarme para escribir unas notas después de haber visto la "portada" de EL PAÍS online, una suerte de desgracias diarias, las de siempre, junto con una frívola noticia sobre Ágatha Ruiz de la Prada. Casi vomito ante tanta ridiculez; pensé ¿a quién le interesa esta mujer o lo que puede decir? Imagino que el que estará equivocado soy yo, de lleno, y que si sale en la primera página es porque la gente lo va a leer, los algoritmos no se equivocan. 
Empezamos este martes con calima, viendo el cielo con este color grisáceo amarillento que nos trae la arena del Sáhara. Salimos de Therese y entramos en la calima como quien no quiere la cosa, otro punto más para los negacionistas. Claro que si la Tierra es plana la arena se mueve por ella como Pedro por su casa. Poca gente en las calles -no hay colegio y se nota-, poca gente en el gimnasio, un poco de conversación sobre la situación en Cuba al salir y vuelta a casa. No me esperaba Medianoche, el gato del barrio, para su desayuno, pero sí pude ver tras el ventanal a mi anciano yorkshire paseando a su dueño a ritmo lento, como un reloj. 
Nada, me voy a la ducha, un café después y a trabajar. Feliz martes.

martes, 24 de marzo de 2026

CHE BOLUDO, NUNCA MÁS


Argentina: nunca más, 50 años después
La democracia no puede permitir que el revisionismo de los crímenes de la dictadura distorsione hechos probados y juzgados.
EL PAÍS, 24.03.2026

Este 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe militar que derrocó al Gobierno constitucional de Isabel Perón e inauguró la última dictadura en Argentina. La fecha, que desde hace dos décadas se conmemora como el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, llega en un contexto político enrarecido, atravesado por discursos revisionistas desde el poder, intentos de relativizar el terrorismo de Estado con la promoción de una presunta “memoria completa” de lo ocurrido y una creciente disputa sobre el sentido mismo de lo que pasó entre 1976 y 1983.

La dictadura que se instauró aquel día no fue un paréntesis trágico ni una deriva descontrolada. Fue un sistema de poder que organizó la represión como política de Estado. Secuestros, torturas, desapariciones, centros clandestinos, apropiación de niños. La violencia no fue un exceso: fue el método. El objetivo no era solo eliminar a quienes el régimen consideraba enemigos, sino reconfigurar la sociedad a través del miedo.

Esa caracterización no descansa únicamente en la memoria colectiva o en el trabajo de organismos de derechos humanos. Descansa, sobre todo, en la justicia. Argentina construyó, con avances y retrocesos, un andamiaje judicial que permitió investigar, probar y condenar esos crímenes como delitos de lesa humanidad. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y más tarde el indulto presidencial a los jerarcas del régimen intentaron clausurar ese camino, pero su posterior anulación y la reapertura de los juicios consolidaron algo más que un consenso moral: una verdad jurídica.

A diferencia de otros países que optaron por la amnesia o por fórmulas de reconciliación sin rendición de cuentas, Argentina convirtió su pasado en materia de derecho. Lo que ocurrió no es objeto de interpretación libre ni de balance equidistante. Está documentado, probado y sentenciado. Ese suelo firme es el que hoy se ve interpelado.

El discurso que reaparece con fuerza, y que encuentra respaldo en sectores del poder, con el presidente, Javier Milei, a la cabeza, intenta reinstalar la idea de una “guerra” entre dos bandos, con responsabilidades repartidas y “excesos” de ambos lados. La fórmula no es nueva, pero su resignificación actual sí resulta inquietante. Porque no se limita a revisar el pasado: lo reconfigura para alterar el presente. Hablar de “excesos” implica aceptar que hubo una respuesta legítima que se desbordó. Pero en Argentina no hubo tal desbordamiento. Hubo un aparato estatal que actuó fuera de la ley de manera planificada y sistemática.

La apelación a una supuesta politización de la memoria busca, además, deslegitimar décadas de trabajo institucional. No fueron solo activistas o relatos supuestamente interesados las que fijaron los hechos. Fueron tribunales, pruebas, testimonios, sentencias firmes. La discusión no es entre memorias enfrentadas, sino entre hechos juzgados y su negación.

Cada intento de relativizar el terrorismo de Estado erosiona la frontera que separa lo que una democracia puede tolerar de lo que debe condenar sin ambigüedades. Y cuando esa frontera se vuelve difusa, no solo se reescribe el pasado: se debilita el presente.

Frente a esa deriva, la persistencia de la sociedad argentina ofrece un contrapunto elocuente. Las historias de hijos de desaparecidos y de nietos y nietas que recuperan su identidad, el trabajo incansable de organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la continuidad de los juicios, incluso medio siglo después, no son gestos simbólicos. Son la expresión de una convicción profunda: que la verdad no prescribe.

A los 50 años del golpe, Argentina no está condenada a repetir su historia, pero tampoco está vacunada contra su distorsión. La democracia no se sostiene solo en elecciones o en mayorías coyunturales. Se sostiene, también, en acuerdos básicos sobre lo que ocurrió y sobre lo que no puede volver a ocurrir. En esa claridad se juega no solo la memoria de Argentina, sino la calidad de su democracia.

sábado, 28 de febrero de 2026

DESDE LAS MALVINAS


En abril de 1982 se declaró la Guerra de las Malvinas entre Argentina y UK siendo la primera guerra que yo recuerdo televisaba. Viviendo aún en casa de mis padres donde compartía la habitación con mi hermano, teníamos en la esquina del mueble-biblioteca -mi pr1mera biblioteca- un pequeño televisor en blanco y negro, aparato que terminó viviendo conmigo durante la carrera y que incluso olvidé, durante una mudanza, en la capota de mi Volkswagen escarabajo -mi primer coche, viejo viejo, pero repintado de amarillo pollito; precioso-, donde observábamos casi en directo la guerra allende los mares. Luego llegarían más guerras, las del Golfo, la de los Balcanes, ahora la de Ucrania o Gaza... Tras la captura de Maduro en Venezuela llegamos a la noticia de ayer: Pakistán declara la guerra a Afganistán y a la de hoy, por si no era suficiente lo que tenemos: ataque de EEUU e Israel a Irán. Uf, muy fuerte.
¿Qué nos depara la estabilidad mundial a partir de esta nueva guerra?
¿Tiene Irán los días contados?
¿Lograrán derribar al régimen teocrático actual?
Leemos sobre la posibilidad del regreso a Teherán de la dinastía Palevi, encabezada ahora con Reza, el hijo del último Sha, que más parece una noticia de revista del corazón. Recuerdo dos libros que me impactaron sobre la era del Sha y del cambio en irán: "El Sha o la desmesura del poder", de Kapuscinski y "Persépolis", de Marjane Satrapi. Ambos, diferentes, son magníficos y un rayo de luz para entender la idiosincrasia persa.
La beligerancia de estas nuevas Administraciones a ambos lados del Atlántico da mucho miedo, más si tenemos en cuenta que los otros dos observadores, léase Rusia y China, están muy callados. ¿Han llegado ya los jugadores a repartirse los premios? 
¿Tal vez un quítate tú para ponerme yo?
 
Kazem Davoudian, *Asmar.

domingo, 8 de febrero de 2026

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS


Cofradía de pedófilos
En la lista de depravados de Epstein hay de todo y Europa se definirá por la respuesta que dé al escándalo.
Elvira Lindo, 08.02.2026
https://elpais.com/opinion/2026-02-08/cofradia-de-pedofilos.html

En 2016, cuando un joven de 28 años irrumpió con un rifle de asalto en una pizzería de Washington en donde los bajos fondos de internet habían situado el centro de una fraternidad de pedófilos capitaneados por Hillary Clinton, yo aún creía que las mentes que producían esos delirios solo podían brotar en Estados Unidos. Hace diez años pensaba que el influjo que ejercía el imperio sobre nosotros, cultural en gran medida, no nos empujaba como sociedad a reproducir comportamientos patológicos. Aquella creencia delirante, bautizada como QAnon, creyó ver en Trump al David bíblico designado desde el más allá para limpiar de inmundicia este mundo. Lo alzaron como el líder del Gran Despertar, y Trump, proclive a alimentar con cualquier idea pestilente su propio pedo, se dejó abrazar por la conspiranoia y auguró que los papeles de Epstein serían la prueba definitiva que señalaría a toda una cofradía de pedófilos demócratas. Los papeles de Epstein protegieron, paradójicamente, al hombre amoral del que ya conocíamos comportamientos abusivos en todos los campos. Pero este cuentagotas de revelaciones enfurece al presidente: aunque lo desvelado aún no justifica imputación alguna para ese plantel de individuos repugnantes, Trump brilla con demasiada frecuencia en sus páginas; aunque jamás lleguemos al fondo del caso más sórdido de depravación protagonizado por figuras poderosas de la política internacional, la realeza, la academia y la cultura, todo nombre que asoma se convierte a nuestros ojos en partícipe o cómplice de esta fiesta inmunda.

Ya es mucho lo que nos señala el pequeño porcentaje de revelaciones. El poderoso se siente atraído por sus iguales; el poderoso cree que su comportamiento, por dañino que sea, es legítimo por cuanto el poder lo sitúa más allá de la legalidad; los derechos de mujeres y de menores, más aún si son pobres, no entran en su consideración ni le provocan culpa o piedad; asume, sin asomo de empatía, la idea de que hay personas que nacieron para su uso y disfrute, no contempla que ese abuso las desgracie de por vida. Hay ya algún idiota en España, siempre hay idiotas de avanzadilla, poniendo en duda la veracidad del caso. Es una interrogación que siembra otras, al tiempo. Está a un paso de decir que esto es una confabulación de las feministas para que los hombres muerdan el polvo de una puta vez, o para que esa ultraderecha que marcha a galope se descabalgue. Pero no hay caso, porque en la lista de los depravados hay de todo: filántropos que enmascaran lo sucio con buenas obras; líderes demócratas, como Clinton, a los que se les vio el plumero desde la casilla de salida; mujeres, como Hillary, que llevan toda la vida disculpando los pecadillos del cónyuge; hay privilegiados, como el ex príncipe Andrés, que ya desde el líquido amniótico han nadado en la abundancia; ministros de cultura de un país que han defendido el abuso como un aspecto de la vida íntima, véase Strauss-Khan; hay damas atraídas por ricos depravados; hay gente de la cultura que busca influencia o donaciones, referentes morales de la izquierda que sirven de consejeros, empresarios que por codicia estrechan la mano del pervertido. Hay un dinero putrefacto que les une a todos y un salvoconducto para entrar en la real sociedad de marranos. Europa se definirá también con la respuesta que dé a esta infección de carácter internacional. Como decía esta semana Reed Brody, el abogado de derechos humanos, comienzan a vislumbrarse los efectos de la resistencia del pueblo ante la crueldad. Europa empieza a torcer el gesto ante Trump, incluso una extrema derecha consolidada como la francesa. Aquí, en España, vamos tarde: Díaz Ayuso prepara una intervención en Mar-a-Lago con la ilusión de una chiquilla. No entiende, o sí, que se une a la parada de los monstruos, un espectáculo grotesco que acabará mal no sin antes destrozar lo que encuentren a su paso.

MALDITOS TIEMPOS INTERESANTES


Esta inacabable charlatanería
Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha.
Irene Vallejo, 08.02.2026

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.