sábado, 1 de octubre de 2016

DE PASEO CON LEOPOLD BLOOM (O UNA MODESTA CRÓNICA IRLANDESA)

Llegué de Irlanda anoche, ocho días de desconexión casi total -con los móviles es imposible que sea completa- y, aunque aún me restan algunos días de asueto, las vacaciones las doy por terminadas.

Irlanda, ocho días, ¿qué puedo decir? VERDE, literatura, música y cerveza, la bebas o no. El color verde es omnipresente, así como la Guinness, pero me impresionó más la capacidad que tiene el país de imbuirte en su historia y en su literatura: Joyce, Yeates -del que visitamos su tumba-, Wilde, Bernard Shaw, Beckett, Stoker, O'Neill, etc., emocionan. El viaje, en Ryanair, toda una experiencia (si quieres dormir durante el vuelo olvídate, es un escándalo, que diría Raphael), aún así puntuales y sin problemas, partía del aeropuerto de Gran Canaria directo a Dublín. Allí nos esperaba nuestro amigo Gerard. Él, y su mujer Kathleen, han sido nuestros anfitriones, cicerones e incluso pigmaliones en su país, ofreciéndonos alojamiento e inestimable compañía. Comenzamos el viaje en Dublín, paseando por sus calles durante tres intensos días, donde disfrutamos de sol, nubes y lluvia, una mezcla con buena temperatura, hasta tal punto que creo que estuve todo el viaje en pantalón corto. 
Pasear por las calles de la ciudad, desde nuestra casa de Portobello Harbour, resultó muy placentero desde el primer momento; disfrutar del ambiente, de su arquitectura, de la música que se cuela por cada rendija de sus numerosos, recargados y oscuros pubs, siempre llenos sea la hora que sea, y en los que es inevitable una parada para beber una Guinness, o de las referencias a sus ilustres escritores, una y otra vez. Nada se escapa al aroma irlandés, a su historia y a su literatura. Oscar Wilde, vigilante desde su pequeña atalaya en la esquina de Merrion Square, James Joyce en O'Donnell, pintadas con el retrato de alguno de ellos, referencias sobre la acera impresas en placas de bronce, Leopold Bloom... 




Si las mañanas dublinesas las pasábamos recorriendo los rincones de la ciudad, empezando por el maravilloso Trinity College y su grandiosa Old Library -sólo por esta visita vale la pena ir a Dublín-, durante las noches recorríamos ávidos de buena música las calles del animado barrio de Temple Bar, lleno de pubs a rebosar. 

El sábado, nuestro último día en Dublín, visitamos la fábrica de Guinness, o eso  pensamos. La Guinness Storehouse es un edificio adosado a la fábrica donde se expone parte de los artilugios para confeccionar la cerveza, una sala de retratos de sus fundadores, otra donde enseñan a beberla, varios bares de degustación y un mirador en la última planta donde observar la ciudad desde prácticamente 360°. Aún así, quizá por no gustarme la cerveza, ni esta ni ninguna, la visita es completamente prescindible, siento decirlo. Por la noche fue casi imposible encontrar un hueco donde poder cenar y quedarnos después a disfrutar de su música en vivo. The Temple Bar, The Oliver St. John Gogarty, The Brazen Head, O'Neill's... magníficos.




The Pogues, *Dirty Old Town.

Recorrimos durante tres días y tres noches la ciudad de Dublín para partir el cuarto, conduciendo, hacia los Acantilados de Moher (Moher Cliffs), en el Oeste de la isla, con la intención de dormir en Galway, como finalmente hicimos sin contratiempo alguno. Los acantilados no los describiré, las palabras no serían suficientemente descriptivas.



*The sailor on the rock.

Recalamos en Galway después de pasar la tarde en Moher Cliffs, con un tiempo estupendo, donde finalmente llegamos al hotel sin contratiempos, ya que viajar en coche con el navegador del móvil es realmente fácil. Dejamos las cosas en la habitación y nos dispusimos a salir a dar un paseo por la ciudad con la intención final de cenar algo y de escuchar música. Y así fue, dicho y hecho, cena en The Kings Head y música en The Quays. Este último pub, The Quays (pronunciado Quys) con una arquitectura interior muy interesante y la música siempre estupenda.


The Canberries, *Zombie.

Verde por la mañana, un paseo con verde y agua. Galway resultó una ciudad muy bonita, agradable para pasear, con una calle central peatonalizada, Quay St., con mucha animación, la misma donde habíamos estado la noche anterior.  




Empezábamos así, al dejar Galway, la última etapa del viaje que pasaríamos en el condado de Donegal, en la ciudad de Letterkenny. De esta ciudad partiríamos al tercer día hacia el aeropuerto de Belfast, último destino del viaje antes de estar de vuelta en Tenerife. En esta vasta zona de la isla, situada al Oeste de Irlanda del Norte, llegamos después de una breve estancia en el cementerio de Drumcliff, en el condado de Sligo, donde visitamos la tumba de Yeats.
“Observa la vida y la muerte con frialdad, jinete, no te detengas”

En la zona de Donegal nos encontramos con un paisaje algo diferente pero siempre verde; montañas, valles y lagos y hasta nos acercamos a la playa de Magheroarty, lugar donde Gerard y sus amigos practican windsurf. A pesar de un tiempo infame, frío, lluvia y viento, no puedo negar el interés de esta experiencia, con cena y cánticos la primera noche en un restaurante de un pueblo cercano.

Christy Moore, *Black is the colour.





Y así, entre montañas y mar, terminaba nuestro viaje a Irlanda, viaje que se hizo corto pero que ha servido para recargar fuerzas. Las vacaciones son necesarias, sin duda, y viajar sigue siendo un gran placer, a pesar de las horas en los aeropuertos y los vuelos interminables que se han convertido en un mercado. Termino mi pequeña crónica de este viaje a la preciosa Irlanda con las mismas palabras del principio: una isla llena de verde, literatura, música y cerveza. ¡Ah!, y no olvidemos la historia. He aquí una miscelánea de un viaje inolvidable y muy muy recomendable. ¿Repetiremos? I hope so!







































The Dubliners, *The Irish Washerwoman.