viernes, 29 de julio de 2011

SIGUIENDO CON ESTA ABSURDA MANÍA...

...que me ha dado últimamente, y que no es otra que empezar un libro nada más acabar de leer otro, pero sin terminar aquél que empecé, a su vez, al terminar el anterior. Un lío sin explicación razonable, lo sé, pero hay manías peores ¿no es así? Termino hace unos minutos "El Manifiesto Negro", de Forsyth -muy entretenido-, para empezar con gran ímpetu "1984" de Orwell, que creo no haber leído, ¿o quizá sí? El hecho es que estoy por la mitad de "Pastoral Americana" de Roth y quiero terminarlo. En fin... necesito vacaciones ya, es algo de vida o muerte.
Quiero ver la última de Harry Potter y no encuentro el momento, siempre me surge algo en casa, me engancho a otro y otro capítulo de Boston Legal o, simplemente, me da pereza coger el coche y salir de casa. Igual me animo este fin de semana, aunque no sé si tendré ganas finalmente. Ahora me ronda por la cabeza ver la película "Hindenburg", que recuerdo, sobre todo, por su espectacular escena final en Lakehurst, New Jersey. Películas como ésta me retrotraen a mi infancia, y hasta mi adolescencia, pues el cine formó parte importante de ella; una rama de mi familia tenía dos cines en Santa Cruz, los conocidos Rex y Greco, cuando aún no habían llegado los multicines a España, un modelo que acabaría con las grandes y clásicas salas, de manera que prácticamente devoraba todo lo que proyectaban y que era "para todos los públicos" en mis primeros años, y después "para menores de 14", que ya eran algo más serias. Uno se quedaba embobado con las imágenes del dirigible, empezaba de camino a odiar a los nazis, y al final explotaba aquel cacharro inundando la gigantesca pantalla del cine. Mi sala preferida, sin duda, era el Cine Rex, que estaba a sólo dos pasos de mi casa. Allí iba muchas tardes de la semana y todos y cada uno de los domingos, a la sesión de las 4 de la tarde, con el dinerito que nos daba a cada nieto mi abuela paterna, 15 pesetas al principio hasta 25, que es la cantidad última que recuerdo. Mi abuela Mamaía, que nos regalaba dinero para golosinas y que comía caramelos da "caféyleche", como los llamaba. En el Rex me sentaba siempre en el asiento del pasillo, 4ª fila, en aquellas butacas de madera y piel que eran el ejemplo opuesto a la ergonomía (German lo recordará). Con los años llegó la moda de los multicines y los centros comerciales y el cine cerró. Después fue restaurante, bolera, pub... La vida lo devora todo.

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