miércoles, 19 de agosto de 2026

DOS LAGARTOS


Yo no creo en nada. Bueno, no es del todo cierto, creo en el karma -o quiero creer en él- y también en la buena gente. El karma se resiste a cumplir su cometido y es leeeeento; respecto a la buena gente, en general he tenido suerte, ni puedo ni debo quejarme.

¿Conoces a una persona de esas que, cuando la ves, te produce un rechazo automático? Afortunadamente, esta gente no suele abundar en tu vida -al menos no en la mía-, pero como las meigas, haberlas, haylas. Cuando te cruzas con ellas se te oscurece el día, se nubla, te quita hasta el apetito.

Hoy tuve una mañana con uno de estos encuentros que, como una gota de tinta china en un vaso de agua, llama mucho la atención en el momento, pero luego se diluye y desaparece; no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, dice nuestro refranero. Este momento efímero pasó y seguí disfrutando de la compañía de mis antiguos compañeros de trabajo, con los que estaba tomando un café y poniéndome al día, siempre un rato de lo más placentero.

El resto de la mañana, todo a contrarreloj: una reunión y una visita de obra que, por cierto, va muy bien. Tras mi revisión dermatológica anual, ya solo me queda volver al centro de salud para que me miren el oído derecho, que, aunque con algo menos de sordera que hace unos días, no me fío del todo. ¿Me habrán echado un mal de ojo? ¡Lagarto, lagarto!

Recuerdo que en mi antiguo despacho del Ayuntamiento, antes de mudarme al de la planta de arriba y por aquello de la cercanía, tenía colgada junto a una jamba de la puerta una ristra de ajos. Creo que aquello fue lo que me salvó; una estaca de madera hubiera llamado demasiado la atención y no era cuestión de asustar a los pobres ciudadanos que iban a contarme sus problemas. Me pregunto a quién se los contarán ahora...

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