Un científico, un médico, un astrónomo, escoge uno. Siglos de ciencia, demostrados, documentados, experimentados, son puestos en tela de juicio por unos fantoches a los que se les hace caso, ¿se puede entender esto? Se duda de los conocimientos adquiridos pero se cree todas las majaderías que dice esta gente al publicarlas en Internet: Youtube, Tik Tok, Instagram, etc.
¿Cómo luchar contra esta gente cuando la ignorancia es uno de los contrincantes de la lid? No se puede, es imposible. Los conspiranoicos, que no tienen que demostrar nada -he ahí su poder-, asisten a "debate" donde la otra parte la encabeza un científico, ya de entrada es todo surrealista. ¿Qué argumentos esgrime un sujeto que cree que la Tierra es plana antes un geólogo o un astrónomo? Pues ya ven, estos encuentros se dan constantemente y estos elementos gozan de micrófono y redes sociales para extender sus cafradas. Se habla más del inefable Miguel Bosé (cantante colgado) que de Alfredo Corell (divulgador científico), por ejemplo, y así nos va.
¡Problemas de ricos!
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Las conspiranoias no son una anomalía de internet ni nacieron con la covid. Son una forma de alejar el miedo y buscar chivos expiatorios en momentos de incertidumbre.
Enrique Alpañés, 14.08.2026
Ursula Kemp era una mujer de carácter fuerte. Probablemente por eso acabó en la horca. Esta comadrona y curandera gozaba de cierto estatus en el pequeño pueblo de St. Osyth, Inglaterra. Los vecinos acudían a ella cuando enfermaban sus hijos o si necesitaban ayuda que los médicos profesionales no podían ofrecer. Pero empezaron a suceder desgracias a su alrededor: la muerte del bebé de una compañera con la que se enemistó, la repentina cojera de una enemiga. Una serie de acusaciones infundadas acabaron sentándola frente al juez, en uno de los más famosos juicios de brujería. Era 1582. En esa década, en Inglaterra, el 13% de los delitos juzgados eran relativos a las artes oscuras. Este fenómeno es especialmente útil para ilustrar cómo una combinación de rumores, conspiranoias y prejuicios sociales puede acabar infiltrándose en las instituciones. Para explicar por qué, cinco siglos más tarde, hay gente que cree que la Tierra es plana, que el Gobierno aprovecha el eclipse para desviar nuestra atención, que las vacunas tienen microchips o que Trump ganó las elecciones de 2020.
Las teorías de la conspiración no son una anomalía de internet. Son una forma antigua de alejar el miedo, repartir las culpas y crear un relato comprensible del mundo. “Lo que vemos a lo largo de la historia es que cuando hay mucha incertidumbre económica y social, hay un aumento en la demanda y la oferta o desinformación”, explica Sander van der Linden, profesor de Psicología Social en la Universidad de Cambridge. En ese sentido, la Inglaterra isabelina o la época de las colonias del Nuevo Mundo, ofrecían el escenario perfecto para que se propagara el relato de la bruja. Había una inexplicable aparición de enfermedades y plagas. La tasa de mortalidad infantil era altísima, y lidiar con la pérdida de un hijo era más fácil si se buscaba un chivo expiatorio. Van der Linden añade además un dato a tener en cuenta. Los historiadores estiman que entre el 75% y el 80% de las personas condenadas por brujería en Europa fueron mujeres. “Estos juicios se dan en una época en la que se teme el ascenso de la mujer, la concesión de derechos. Se acusó a muchas mujeres de practicar artes oscuras cuando en realidad solo buscaban ascender en su estatus social”.
Es fácil buscar rimas históricas con los versos de la actualidad, explica el experto: “Estamos en una era donde las pandemias, el cambio climático y las guerras internacionales suponen una amenaza constante. Así que hay muchas oportunidades para que se produzca desinformación, y también hay mucha más demanda de ella”.
Porque los conspiranoicos no son tanto víctimas como partícipes voluntarios de este engaño. “Son activos y, en cierto sentido, piden esta información. Tienen motivaciones, valores y creencias, y quieren propagarlos, y no les importa si la información es verdadera o no”, apunta Van der Linden. No nos manipulan, buscamos activamente ser manipulados.
Otro factor en común es la tensión por la conquista de derechos civiles. Las mujeres siguen luchando por la igualdad real, y las poblaciones migrantes son el blanco perfecto de muchas teorías conspiranoicas (los haitianos que se comen a sus perros y gatos, sin ir más lejos). Esta es otra de las coincidencias más locas: las autoridades parecen haber normalizado y absorbido parte de las ideas conspiranoicas. En Estados Unidos, Donald Trump es propagador, cuando no creador, de muchos bulos. Su secretario de Estado para la salud, Robert Kennedy Jr., es un antivacunas contumaz. Una de las ideas fundamentales de este ideario era la rebelión contra la versión oficial, contra lo establecido por las élites. Pero ahora son estas élites (con Elon Musk, el hombre más rico del mundo, a la cabeza) las que se visten de resistencia antisistema.
Todos estos factores se combinan con una situación inédita: el polvorín de una sociedad altamente tecnologizada, borracha de información y sin las herramientas para diferenciar lo real de lo falso. “Es una combinación de factores perfecta,” apunta el experto. “Por eso estamos en un pico sin precedentes”. Entre que se publicaron las primeras leyes contra la brujería y que se alcanzó el máximo de condenas en la Inglaterra isabelina pasaron 40 años. Hoy en día, una teoría conspirativa puede nacer en internet y propagarse por el mundo en cuestión de horas, entrando en el imaginario público en unos pocos días.
La gente está dispuesta a creer lo increíble. Lo hace por el llamado sesgo de confirmación. Cuando alguien decide adoptar determinada visión sobre la realidad, tiende a buscar informaciones que confirmen esa teoría, obviando o rechazando cualquier evidencia en sentido contrario. El problema es que, en el contexto de las redes sociales, ya no tenemos que buscar nada: la información que nos interpela viene a nosotros. “Está personalizada”, dice Van der Linden. “Los mensajes que nos llegan se basan en nuestra huella digital y, por lo tanto, pueden explotar las vulnerabilidades de las personas de formas desconocidas hasta ahora”.
El entorno es distinto, pero los mecanismos psicológicos subyacentes son los mismos hoy y ayer. Karen Douglas, profesora de Psicología Social de la Universidad de Kent, lleva años estudiándolos. “Las personas se sienten atraídas por las teorías de la conspiración cuando una o más necesidades psicológicas fundamentales se ven frustradas”, explica. “La primera es de tipo epistémico, relacionada con la necesidad de conocer la verdad y de tener claridad y certezas. Las otras necesidades son existenciales, vinculadas a la necesidad de sentirse seguro y de tener cierto control sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor; y sociales, relacionadas con la necesidad de mantener nuestra autoestima y sentido de pertenencia”.
Esta perspectiva implica, en esencia, que cualquiera puede caer en teorías de la conspiración si se dan las circunstancias adecuadas. Se suele caricaturizar a las personas que propagan este tipo de pensamientos, reducir al estereotipo de desquiciados con un gorrito de papel en la cabeza, pero la realidad es más compleja. Tendemos a refugiarnos en las teorías conspirativas cuando vivimos situaciones nuevas que ponen en tela de juicio nuestra idea sobre cómo funciona el mundo. “La gente busca formas de entender qué está pasando y no le gusta la incertidumbre que suele rodear a los acontecimientos en desarrollo. Además, una explicación simple a menudo no resulta muy atractiva,” apunta Douglas. Es una forma de intentar mantener cierto control narrativo en un mundo cambiante y complejo que a veces, simplemente, no se puede explicar del todo. Una mentira simple puede ser más tranquilizadora que una verdad compleja.
Van der Linden destaca la gran capacidad adaptativa de estas ideas, a pesar de las evidencias en contrario, y anima a entender las motivaciones subyacentes de la gente en lugar de intentar rebatir los detalles de una idea específica. Para explicarlo pone el ejemplo de los antivacunas. Cuando se patentó esta técnica, hace 200 años, muchos activistas alertaban de que quienes se vacunaran se convertirían en un híbrido vaca-humano, por el origen vacuno de esta técnica. Obviamente eso no sucedió. Pero eso no impidió que el movimiento antivacunas tomara fuerza. Hace poco, reflotó en X un tuit viral de una cuenta que aseguraba: “Las personas que se vacunaron contra la covid no vivirán más allá de junio de 2026”. Tampoco parece que el movimiento vaya a recular ahora, por mucho que la realidad les rebata sus argumentos. Porque la idea de fondo sigue vigente, la lucha contra las obligaciones gubernamentales, el rechazo a la medicina moderna. “Piensa en ello como en un árbol”, anima Van der Linden. “Nos entretenemos mirando las ramas, intentando podarlas y nadie está mirando a la raíz. A lo que hay debajo de la superficie”.
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