Estrategia y práctica política en la que los líderes buscan ganar o mantener el poder halagando los sentimientos, las emociones, los miedos o los deseos elementales de los ciudadanos, en lugar de usar argumentos racionales o planes lógicos; una forma en la que se debilita y se daña la democracia.
Me gusta la política, desde siempre. En la universidad, muchos de mis amigos me llamaban «el rojo», los mismos que no se plantearon jamás que 2+2 también suma 3+1. Siempre me gustó disentir y, con los años, no ha dejado de ser así; al contrario. Con la edad a uno le va importando menos (nada) lo que piensen los demás, y los que me conocen saben de qué pie cojeo y me respetan, o así lo quiero creer. Todos buscamos lo mismo por diferentes caminos: el bien común.
Esto de la crisis de Ceuta —la invasión o como quieras hacer tú la lectura—, que finalmente ha desembocado en la suspensión del espacio Schengen de manera unilateral por parte de Italia, con una respuesta similar de España, no deja de ser otra maniobra de puro teatro del país transalpino: demagogia populista con bases falsas. Resulta que la «ruta italiana» recibe casi el doble de inmigrantes que la española, sumando la del Estrecho y la canaria. Meloni obvia estos datos, larga por esa boquita reaccionaria y crea una crisis diplomática para correr una cortina de humo que opaque sus fracasos, enardeciendo a la derecha europea aprovechando la ocasión.
Otro dato más para conocer el andar de la perrita en Europa y lo que nos espera si la mancha conservadora se sigue extendiendo por Europa y el mundo. Como en la novela de Michael Ende, La Nada puede llegar a ejercer una fuerza irresistible: todo lo que se acerca a ella siente un impulso ciego de arrojarse a su interior.
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