sábado, 18 de abril de 2026

ESOS QUE LO TIENEN TODO PARA SER MUY ALTOS, SALVO LA ESTATURA


Los petromachos
La estética del macho blindado en el interior de su coche ha agravado lo que ya era brutalidad masculina a secas.
Antonio Muñoz Molina, 18.04.2026

El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.

De pronto, la costumbre de ir en burro o a caballo, que había sido agradable y cansina, se volvió peligrosa. No era de temer que aquellos fatigados animales de cargas se lanzaran a galope, pero no estaban acostumbrados al ruido y la velocidad de los coches y se asustaban fácilmente, y podían pararse de pronto y tirarlo a uno por encima de las orejas, o alzar las patas delanteras y tirarlo de espaldas. Con el paso de los años, mi experiencia de la petromasculinidad ha enriquecido la que ya venía padeciendo a causa de la brutalidad masculina a secas, que se ceba con predilección en las mujeres, pero que a muchos varones poco inclinados hacia ella nos ha deparado bastantes amarguras. En los colegios de curas no había niñas, así que la burricie de profesores y alumnos machotes se volcaba en los compañeros débiles o tímidos que no participaban en los juegos violentos ni en los bramidos del futbolismo colectivo. El simio de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio se vuelve más temible cuando descubre que un fémur puede ser un arma de dominio. La masculinidad burda que con tanto empeño fomentaban por igual en mi niñez las autoridades civiles, militares y eclesiásticas dio un gran salto adelante cuando encontró su complemento en el motor de explosión. El sable, la pistola, la maza, la quijada de burro, difícilmente pueden competir con el pedal del acelerador y con el rugido del tubo de escape, e incluso son menos letales como armas de agresión. Raquel Vidales ha contado en estas páginas las investigaciones de la politóloga americana Cara Daggett, que acuñó el término petromasculinidad en 2018, y lo relaciona no solo con los coches, sino con el campo entero de los combustibles fósiles: “Las torres de extracción, la perforación, los oleoductos, la gasolina”. Drill, baby,drill: la consigna feroz de Sarah Palin en las elecciones de 2008, repetida con maníaca unanimidad en todos los actos de masas de la derecha republicana, cobra un sentido de éxtasis viril y émbolo de gimnasia pornográfica: “Taladra, taladra…”

He caminado por no sé cuántas ciudades y senderos en mi vida. He paseado a niños en carrito y de la mano, y a ancianos lentos que se agarraban con temor a mi brazo. He montado diariamente en bicicleta por Madrid, Ámsterdam, Nueva York, Valencia. He conducido con la prudencia de un aprendizaje tardío y un carácter temeroso y, por lo tanto, propenso a cumplir hasta la norma escrita con tipografía más pequeña. Y en cada una de estas circunstancias he sufrido la colisión literal o figurada con la horda petromasculina, que en cualquier momento podría haberme arrollado, como a ese pobre médico que conducía una madrugada por los túneles de la M-30 en Madrid y tuvo la desgracia de toparse con dos petromachos en trance de máxima berrea, uno de los cuales embistió su coche por detrás y le quitó la vida. Resulta que se habían picado entre sí, ahítos de cocaína y testosterona, y que durante varios kilómetros se persiguieron y se acosaron a 170 por hora, excitados por el doble berrido de los motores, imaginando quizás que estaban en un anuncio de coches deportivos, o en un videojuego. El médico madrugaba para ir a su trabajo o volvía de él. Por culpa de dos canallas sin cerebro, su hijo no volverá a verlo, y el que entonces estaba a punto de nacer no lo conocerá. Ver las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad hiela la sangre. Los dos llevaban años en libertad provisional, y ahora uno de ellos se ha dado a la fuga, como uno de esos delincuentes de tantas películas y anuncios que celebran obscenamente al conductor temerario, al hombre de mentón áspero y manos poderosas, echado hacia atrás y con los brazos extendidos para sujetar más chulescamente el volante, para emborracharse y quién sabe si llegar al orgasmo con la vibración del motor y el estruendo del tubo de escape.

Otro estudioso, Jaime Vindel, ha publicado un libro titulado Estética fósil. La estética del macho blindado en el interior de su coche como en la cabina de un avión de combate se corresponde con los nombres aventureros que los publicistas inventan para muchos de esos vehículos: Rover, Maverick, Ranger, Bronco. Es una fantasía de dominación más perfecta aún porque en ella los adversarios no existen, o no llegan a verse. Los coches de los anuncios aceleran sin esfuerzo por carreteras de montaña en las que no vendrá nadie de frente o por paisajes helados de ciudades de rascacielos por las que no camina nadie. Por las estrecheces de Madrid, los todoterreno o los llamados SUV avanzan tan amenazadoramente como las infames excavadoras israelíes por las ruinas de Gaza. Los conductores van tan altos que no pueden ver a niños ni a perros. Detrás de mí, en el tren, un viajero celebra por teléfono el Hummer que acaba de comprarse: “Eso no es un coche; es un tanque”.

Pero el tamaño o el precio del coche no tiene por qué corresponderse con la petromasculinidad del conductor. Es como esos hombres a los que se les ve que lo tienen todo para ser muy altos, salvo la estatura. Hay individuos que compensan la escasa entidad de su vehículo con ronquidos postizos de fieras al acecho, o con bombos de bajos que estremecen los cristales en todo un vecindario. Igual que mi madre me recordó siempre el susto de aquel médico, yo sigo rememorando para mi hijo Arturo la vez en que un chorizo subido a una moto mediocre pero atronadora en Granada se encaró en la acera con el carrito en el que yo lo llevaba. Protesté, con mesura, señalando lo estrecho del paso en que nos encontrábamos: “Pero hombre, bájate de la acera”. A lo cual respondió con un acelerón y un desafío: “¿A que te pillo?”

Ahora las aceras por las que paseo con mi perra son algo más anchas, pero las motos son mucho más grandes, y los conductores ostentan cascos y chaquetones de cuero con hebillas y correajes y hasta llevan micrófonos con los que parecen dar instrucciones a sus tropas de supermotoristas invasores. Me he vuelto más prudente, y para no incomodarlos me hago a un lado, tomando en brazos a la criatura amedrentada. Sé cómo se enfadan cuando se les incomoda. Mejor me la llevo al Retiro.

LAS DE TODA LA VIDA

El fenómeno de los 'edificios cebra' que invaden las ciudades: “Están hechos para venderse en una foto de inmobiliaria”. El bloque cebra es la moda arquitectónica que define los edificios de viviendas con fachadas compuestas por franjas blancas y negras que se han diseminado durante la última década por toda la península.


Persiana Barcelona o cómo un pequeño gesto mediterráneo cambió el mundo del diseño
Persiana Barcelona contra los pisos cebra: cómo un simple elemento funcional se ha convertido en el objeto de culto de los arquitectos para reclamar la identidad urbana
Un objeto cotidiano y casi invisible en fachadas ha pasado de proteger del sol a convertirse en protagonista del diseño. Persiana Barcelona reinventa un gesto milenario, combinando tradición, innovación y sostenibilidad.
Beatriz González, 15 de abril de 2026

En la ciudad de Barcelona, donde la relación con la luz es casi una disciplina en sí misma, hay elementos que han formado parte del paisaje sin reclamar atención. La persiana enrollable es uno de ellos. Durante años, su papel fue estrictamente utilitario. Hasta que alguien decidió mirarla como proyecto. “Esto pasa en el año 2009”, recuerda Pau Sarquella. “Diana [Usón] y yo aún no éramos arquitectos y nos presentamos a un concurso para mejorar rincones del Raval”. Allí, entre calles estrechas y viviendas sin patios interiores, detectaron una escena cotidiana: ropa tendida protegida con plásticos improvisados. “Había cortinas de ducha, manteles… cada vecino hacía lo que podía”. La observación fue directa y, en cierto modo, clásica: entender un problema real antes de plantear una solución formal.


“Nos dimos cuenta de que la persiana tradicional no funcionaba bien en ese caso porque deja pasar el agua. Y algunos vecinos ya estaban haciendo algo interesante: mantenían la persiana por fuera y ponían un plástico por dentro”, explica Sarquella en el taller de Girona donde se hacen sus persianas a medida. La propuesta fue mínima en apariencia: modificar la geometría de la lama para que, en lugar de estar separada, se solapara. “Podíamos mantener la ventilación y evitar que el agua entrara. Era un gesto pequeño, pero cambiaba tanto el uso como la imagen de la calle”. Ganaron el concurso en 2010, pero el verdadero trabajo empezó después. Ese tránsito –del concepto al producto– define en gran parte la trayectoria de Persiana Barcelona, que en 2024 cumplió diez años convertida en un producto internacional sin perder su esencia. “No es un objeto hecho a mano al cien por cien, pero tampoco es una cadena automatizada. Se fabrica con máquinas antiguas y eso permite pequeñas variaciones que le dan carácter”, revela Pau.
La decisión sobre el material fue clave desde el inicio. “Podríamos haber hecho una extrusión de PVC y listo. Pero teníamos claro que debía ser madera. En Soria encontramos una comunidad afectada por la crisis y por la competencia de grandes cadenas. Empezamos con dos carpinteros y ahora hay un pequeño equipo”. A partir de ahí, el desarrollo del producto ha sido una acumulación de decisiones más que un gesto único. Mejorar la calidad de la madera –recuperando el pino local de crecimiento lento–, replantear los sistemas de anclaje o incluso el color. “Nos interesaba que la persiana siguiera siendo de Barcelona, aunque se fabricara en otro sitio”. Por eso, las tonalidades tienen nombres de edificios de la ciudad: Verde Batlló, Beige Vicens, Azul Sagnier o Marrón Planells. “Nunca hemos tenido comerciales”, añade. “Como arquitectos, sabemos que no nos gusta que vengan a vendernos cosas. Cuando necesitas algo, lo buscas tú”.


La expansión ha llegado a través de la propia arquitectura: proyectos de estudios potentes como MVRDV y H Architectes, así como presencia en el Salone de Milán y en la International Contemporary Furniture Fair de Nueva York. En los últimos años, ese proceso se ha acelerado con la vivienda pública. “Hay una generación de arquitectos centrada en reducir la huella de carbono. Y ahí nuestro producto encaja”, dice en referencia a la presencia de Persiana Barcelona en obras de estudios como Sarquella Torres, Peris+Toral Architectes y TEd'A architectes. En paralelo, Pau observa con distancia los debates mediáticos sobre el paisaje urbano. Frente a fenómenos como las fachadas repetitivas (esos pisos cebra virales en las redes) o las soluciones estandarizadas introduce un matiz: “Cuando te quedas solo con la imagen y pierdes el concepto, acabas generando clichés”. En cambio, reivindica elementos como los toldos verdes madrileños, porque “explican una época, una forma de construir y de vivir la ciudad”. Quizá ahí se sitúa el valor de Persiana Barcelona: recuperar un elemento sin convertirlo en nostalgia. Una mejora silenciosa que, repetida miles de veces, transforma la percepción del entorno urbano. Y el uso del sol. Que no es poco.

NOTICIAS QUE ENCANTAN


Placas de mentiras
Una distorsión crea una leyenda que se repite al infinito. Como la surgida en Jaén en torno a Ricardo Darín.
Leila Guerriero, 18.04.2026

Al recibir la nacionalidad española, cuando le preguntaron dónde quería situar su origen el actor argentino Ricardo Darín dijo, porque le gustaba el nombre, “Jaén”. Ahora, el municipio de esa ciudad lanzó una campaña ingeniosa para poner una placa con la leyenda: “Aquí decidió nacer Ricardo Darín”. En un video, algunos jienenses cuentan historias inventadas —ese es el chiste— para argumentar por qué la placa debe colocarse donde ellos sugieren.

El propietario de un local de telas dice que debe ir allí porque “nosotros le hicimos el traje de conejito en su primera obra de teatro”. La dueña de una floristería dice que no hay mejor sitio que ese, puesto que “nació aquí, en el portal de al lado”. La mujer que atiende una confitería dice que ese es el sitio correcto porque, de niño, “se pasaba aquí todo el día”. La ficción está en el origen de la historia de Darín. Cuando tenía siete años, su padre lo llevó a volar un planeador y le dijo: “Ahora va a manejar el avión usted solo. Vire a la derecha”. Darín movió la palanca y el avión viró a la derecha. “Vire a la izquierda”, y el avión viró a la izquierda. Como no veía las manos de su padre, no le creyó: “Dale, pa, lo estás manejando vos”. Entonces su padre levantó las manos y dijo: “Y ahora?”. Darín quedó obnubilado. ¿Realidad, mentira, magia?

Una distorsión crea una leyenda que se repite al infinito. La idea del municipio de Jaén juega en el borde y deja el invento en evidencia. Pero como hace rato hemos empezado a no distinguir la broma del dato, algún habitante del futuro podría escribir, muy convencido, algo como: “Darín nació en Jaén, en el portal contiguo a la floristería Aguilera. Se pasaba los días comiendo bollos en la confitería Barranco y parte de su éxito teatral comenzó con el traje de conejo que le hicieron en Tejidos El Carmen”. No sería raro. Vivimos en la era del olvido. El pasado es apenas una molestia y, poco a poco, empieza a ser una molestia fácil de modificar.

POESÍA

ESA NOCHE


Me meto en la cama a leer a Alfredo Bryce con sueño y los latidos del corazón sonando en mis oídos, abro el libro y rápidamente la cabeza se aleja de Julius para recordar el día que fui a que me manosearan el cuello en busca del cáncer inoperable diagnosticado, cuando el médico se presenta en un cuarto donde yo esperaba pacientemente con un buenos días, soy el doctor fulano de tal, radiólogo, al que contesté hola, José Carlos, arquitecto, absolutamente avergonzado en ese momento e incapaz de disculparme por tal majadería debida a mis nervios, encuentro por otro lado con final feliz al decirme el médico que le dijo lo del cáncer no estaba en sus cabales, esto es el típico lipoma, vamos a operarlo en unos días y listo, por lo que yo salí contento y feliz para variar, pues todo acontecía durante mi baja por depresión que me llevó a ella el terrible sufrimiento de estos, aquellos, últimos años en el ayuntamiento, rodeado de mala gente, mala mala, que me hizo la vida imposible hasta conseguir que me fuera por la puerta de atrás y a los que espero no ver nunca más ni en pintura, allá se las arreglen ellos, porque la vida sigue para todos y tenemos que aprender de los perros y esa capacidad suya de sacudirse el agua como si nada, táctica perfecta para sacudirnos lo tóxico, dormir como un niño sin dar vueltas en la cama ni pintar grandes muros de blancos llamando al sueño y lograr concentrarse en la novela que nos llevamos a la cama, cualidad que me temo vamos perdiendo con los años y es tanta la batidora en nuestra cabeza que concentrarse en la lectura o en Morfeo se torna tarea ímproba, enseguida nos viene la lista de cosas que hacer al día siguiente, lo que dejamos hoy sin terminar, las verduras que comprar en el súper porque quiero hacer hoy tempura sin saber con qué completar la comida, quizá con algo de carne vegetal y salsa de curry, meterme con suma paciencia en la red en busca de la cultura berlinesa propuesta para este estivo, conciertos, exposiciones y la obligada visita ala remodelada Neue National Gallery de Mies, si hay o no vuelos directos porque odio a muerte las escalas, la fecha de clausura de otra exposición desconsolante de Calder y vuelta a la cabeza lo de ir al supermercado, un sábado, ya suponen la cantidad de gente, me espera tomarme con paciencia este sábado, beberme un par de cafés y un jugo de naranja para desayunar, acabo de acordarme que compré y están fresquitas en el compartimento de la fruta y la verdura de la nevera, y posiblemente salir en moto para moverla un poco que lleva tiempo sin arrancarse y luego acaba dándote un susto justo cuando sales con prisa al aeropuerto, todo después de leer el periódico y masticar todas esas noticias terribles que nos cuenta EL CASO, sea el periódico que sea porque hoy todos son EL CASO, esos que nos cuentan a primera hora las desgracias y los muertos y los desencuentros y la nada que se extiende como macha de aceite, esta vez sin los colores iridiscentes que le da la luz cuando se mueve, una mancha de aceite usado y espesa y oscura y muerta, noticias que me hacen olvidar el trabajo pues espero decisiones de clientes herreños a los que les proyectamos su cansa de descanso y que están decidiendo los materiales, trabajo que junto con la música logra evadirme y reconciliarme muchas veces, aunque no todas, nada es perfecto.

FAROS