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sábado, 28 de marzo de 2026

EL CIELO ABIERTO


Bellezas matemáticas
Los científicos describen sus hipótesis y los experimentos con que las ponen a prueba utilizando términos estéticos: sencillez, elegancia, belleza.
Antonio Muñoz Molina, 28.03.2026

Dice Don DeLillo que escribir es el más llevadero de los oficios: Solo requiere un lápiz y un papel. En el caso de la poesía, muchas veces ni eso. Igual que muchas obras maestras del arte universal se hicieron milenios antes de que existiera la palabra arte, los dos grandes poemas fundacionales de Europa se compusieron siglos antes de que se inventara la escritura, y se transmitieron oralmente, como por otra parte se transmitieron las canciones y músicas populares antes de la invención del gramófono. La métrica y la rima son recurso mnemotécnicos que alcanzaron grados inauditos de sofisticación, y que siguieron siendo útiles cuando ya existía la escritura. Un poema medido y rimado es más fácil de recordar que otro en verso libre; y también más fácil de componer sin escribirlo. Borges se fue volviendo un poeta más formal según iba quedándose ciego y ya no podía confiar en la escritura para no olvidar los versos que inventaba. Hay poetas que escriben sin escribir mientras dan un paseo, mientras conducen, y llevan el poema consigo, como en una libreta virtual en la que tachan, añaden, corrigen.

La prosa tiene otras exigencias. No habría podido inventarse si no la preservaba la escritura. Quizás por eso, la prosa nació en Grecia casi mil años después que los grandes poemas homéricos. Un rapsoda podría cantar cientos de hexámetros seguidos de la Ilíada, pero no creo que alguien tuviera memoria suficiente para recitar la rica prosa narrativa de las Historias de Herodoto. El caso de los cuentos populares es diferente. Al ser breves, cerrados, y protagonizados por personajes arquetípicos, la continuidad de la transmisión era compatible con las variaciones menores que fueran introduciendo las sucesivas voces narrativas. Caperucita roja es distinto cada vez que un adulto se lo cuenta a un niño, pero siempre es el mismo. Yo he pensado a veces que la máxima gloria secreta para un escritor sería inventar una historia tan poderosa, tan bien armada, que no necesitara ser escrita para perpetuarse, con el mismo anonimato con que se perpetúan esas expresiones hechas dentro de las cuales hay una gota o una pepita de poesía. Quienes inventaron “andar con pies de plomo” o “ver el cielo abierto” “se me cayó el alma a los pies” fueron sin duda creadores originales del idioma.

En una época de tantas complejidades tecnológicas, la simplicidad del papel y el lápiz es un símbolo de la libertad irreductible de la conciencia humana. Lo más esencial es también lo más barato, y su materia prima, las palabras, es más barata todavía. Ese era el motivo, dice Virginia Woolf, por el que la única profesión abierta en Inglaterra a las mujeres fuera la literatura. Hasta una señorita de provincia sin recursos como Jane Austen se la podía permitir. Muchas veces, sentado en un parque o en un café de una ciudad extranjera, con mi libreta y mi lápiz en la mano, me he sentido como ese príncipe de incógnito del que habla Baudelaire. Sospecho que hay una felicidad todavía mayor, y es la del dibujante que abre uno de esos admirables carnets de bolsillo con tapas de hule y es capaz de dibujar con un lápiz o un rotulador de punta muy fina las cosas comunes o inusitadas que tiene delante: la cara de un desconocido, la curva de un tejado, una calle tras la cristalera de un café, una hilera de casas blancas en una colina, un gato, una golondrina en la vertical de la torre de una iglesia.

Hay destrezas que uno envidia más porque se sabe incapacitado para ellas, o porque las tuvo y las perdió por descuido. Nunca tuve la oportunidad de aprender a tocar un instrumento, pero se me dieron muy bien el dibujo y el latín, y dejé que se me olvidaran, con una pena que no sentí de joven, pero que crece con los años. También se me dieron bien las matemáticas durante un par de cursos, antes de que las hiciera odiosas el cura cruel y funerario que nos las enseñaba, castigando cada error en la pizarra con un golpe de nudillos huesudos en la nuca o un bofetón que te volvía la cara. No saber matemáticas le cierra a uno la comprensión cabal de cualquier faceta de las ciencias. Hay divulgadores asombrosos, que poseen el talento opuesto al de los teóricos de la literatura o del arte: dichos teóricos vuelven incomprensible lo que cualquier persona puede entender con sus luces naturales y algo de esfuerzo y experiencia; los divulgadores hacen comprensible lo que realmente es muy difícil, pero sus capacidades se detienen en un límite: el de las matemáticas, sin las cuales ni el lector más voluntarioso puede ir más allá.

Conozco a muchos científicos interesados por la literatura y las artes; el caso contrario es mucho más infrecuente. Los científicos describen sus hipótesis y los experimentos con que las ponen a prueba utilizando términos estéticos: sencillez, elegancia, belleza. Curiosamente esas palabras cayeron en desuso en los lenguajes de las artes. La lejanía entre las “dos culturas” (la humanista y la científica) que lamentó C.P. Snow en los años cincuenta me temo que sigue ensanchándose. Pero en un reportaje apasionante de Patricia Fernández de Lis sobre la Olimpiada Matemática Internacional de 2025 encuentro que en el fondo hay muchas resonancias entre ellas. En la Olimpiada compiten cada año 600 estudiantes de bachillerato, más o menos seis de cada uno de los países que participan. Todos han de resolver una prueba que será sin duda de una dificultad aterradora. Y han de hacerlo en un plazo de cuatro horas, solos y aislados, y usando, aparte de su propia inteligencia y memoria, nada más que un lápiz y un papel.

La figura del joven matemático se parece mucho a la del joven poeta: alguien, hombre o mujer, sentado delante de una mesa, con los codos en ella, la mirada fija en el papel o perdida en el aire, la mano suspendida, con el lápiz en la mano, lanzándose a un trance de escritura rápida, tachando, corrigiendo, encontrando, después de mucho esfuerzo, quizás al filo del agotamiento y la capitulación, una imagen que une de pronto las piezas dispersas en un solo enunciado, irrefutable, lapidario, como el verso que completa un poema, o como esa rima obligatoria que según W. H. Auden fuerza a veces a un poeta a descubrir una verdad.

Un eminente divulgador, Paul Lockhart, dice que las matemáticas son “la más pura de las artes, así como la más incomprendida…, un arte más antigua que cualquier libro, más profunda que cualquier poema”. Los participantes en la olimpiada hablan de la “belleza y dificultad” de los problemas, de la “elegancia y la simplicidad” de las soluciones, de la “libertad creativa” que exigen. Lawrence Summers, el economista responsable de algunas de las políticas más calamitosas desde los tiempos de Clinton a los de Obama, dijo que estaba demostrado que la capacidad matemática de las mujeres era inferior a la de los hombres, y tuvo que dimitir como rector de Harvard. El equipo español para la Olimpiada lo viene dirigiendo desde 1984 una mujer, María Gaspar. Miguel, uno de los participantes españoles del año pasado, se explica con una elocuencia de joven poeta iconoclasta: “Cuando me enfrento a un problema y me tiro ocho horas con él y acabo sacándolo me entra una alegría que no puedo explicar”. En el hallazgo científico, como en el de la literatura, la perseverancia en el trabajo culmina en el azar, en el hallazgo jubiloso de una iluminación.

El escándalo de esta Olimpiada ha sido, cuenta Fernández de Lis, que las grandes compañías de inteligencia artificial se han inmiscuido en ella, y alguna asegura haber resuelto el problema matemático con la fuerza arrasadora de su computación. El coste en energía y en agua de cada respuesta de la inteligencia artificial se calcula en más de un millón de dólares. Bastante más práctico y más barato es el fruto de una joven inteligencia humana y entusiasta, armada de un papel y un lápiz.

domingo, 15 de marzo de 2026

π


Se conocen como Día de Pi dos celebraciones en honor del número π: el "Día Pi” y el “Día de aproximación de Pi”. Esta celebración fue una iniciativa del físico Larry Shaw, en San Francisco (California), y ha ido ganando en popularidad, hasta el punto de contar en 2009 con una resolución favorable de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, en la que se declaraba oficialmente el 14 de marzo como Día Nacional de Pi.
Por la forma en que se escribe la fecha en la notación empleada en Estados Unidos, el 14 de marzo (3/14)​ se ha convertido en una celebración no oficial para el “Día Pi”, que ha derivado de la aproximación de tres dígitos de pi: 3,14.​ Habitualmente, la celebración se concentra a la 01:59 pm (en reconocimiento de la aproximación de seis dígitos: 3,14159),​ aunque algunas personas afirman que en realidad son las 13:59, por lo que lo correcto sería celebrar a las 01:59 am.
Matemáticos de varias escuelas del mundo organizan fiestas y reuniones en esta fecha. La fecha se celebra de maneras muy diversas: algunos grupos se reúnen para discutir y comentar sobre la importancia de pi en sus vidas, intercambiar anécdotas o teorizar cómo sería el mundo sin el conocimiento de pi.​ Otros grupos se reúnen para ver la película de culto, Pi, fe en el caos/Pi, el orden del caos, de Darren Aronofsky, que habla acerca de este número y también del número phi.​ También es frecuente comer tartas con motivos sobre π; otro juego de palabras, pues en lengua inglesa, tanto pi como pie (tarta) tienen idéntica pronunciación.