domingo, 16 de agosto de 2026

ORIENTACIÓN NATAL


Los ‘años perdidos’ son en realidad un viaje de regreso a casa
Nadie te dice que volver a ser tú misma no tiene nada de glamuroso. Se trata sobre todo de desaprender y borrar, y de decir no a las cosas a las que solías decir que sí.
The New York Times, Jessica Ciencin Henriquez, 15.08.2026

Cuando nace una tortuga marina hembra, mide tal vez cinco centímetros de largo, y lo primero que emprende en su vida es una carrera desenfrenada hacia el agua. No mira atrás ni duda. Corre. Pasará las próximas décadas en mar abierto antes de encontrar el camino de regreso al tramo exacto de arena donde nació para poner sus huevos.

Dentro de su cuerpo lleva un mapa, una huella de su playa, codificada antes de que siquiera llegara a las olas. Los científicos llaman a esto “orientación natal”. Siempre me he imaginado que nosotros también llevamos mapas como este, destinos hacia los que nos dirigimos antes de saber exactamente adónde vamos.

En algún momento, cuando tenía treinta y muchos años, empecé a temer que me quedara más vida por detrás que por delante. Que mis grandes amores hubieran llegado y se hubieran ido, que las puertas se estuvieran cerrando y que eso fuera todo, lo único que obtendría.

Creía esto, y pensaba: Bueno. Lo que había querido no era ser amada ni elegida. Había querido sentirme segura dentro de mi propia vida. Estar en una habitación con alguien sin tener que llevar la cuenta de lo que había dicho mal, esperando a perdonar o a disculparme. Y ningún hombre me había dado eso.

Me habían pedido matrimonio cuatro veces, dije que sí a la mitad de ellas, me casé y me divorcié dos veces antes de cumplir los 30. Había amado a personas que me habían correspondido, y nada de eso me había hecho sentir que estaba en terreno firme. Seguía pensando que la próxima persona me daría estabilidad.

Me acercaba a los 40 de la misma manera en que una persona termina un maratón: con calambres en las piernas, los pulmones ardiendo, demasiado agotada para sentirme triunfante. Cada relación había exigido una versión diferente de mí, y yo me había transformado cada vez, perdiendo un poco más de aquel yo con el que había comenzado. Si las puertas realmente se estaban cerrando, pensé que podría vivir con eso. Estaba tan cansada de correr, huyendo de algo, hacia algo. Quizás por eso fui a buscar tortugas en primer lugar.

El centro de conservación de tortugas se encuentra en 36 hectáreas de chaparral seco al pie de las montañas Topatopa de California. Allí viven más de 600 tortugas, bajo el cuidado de guardias que recorren los recintos con una paciencia que parece devoción.

Rastrillé los recintos, agregué hojas frescas de aguacate, rellené los platos con lechuga, flores y sepia seca. Pasé las mañanas frotando aceite de coco en los caparazones de las tortugas con mis manos, mientras ellas se acurrucaban contra mí con algo que parecía confianza. De cerca, el caparazón de una tortuga es arte. Cada escama está rodeada de líneas superpuestas. Los patrones se repiten a lo largo de sus espaldas, pero nunca de manera exacta. Así es como luce llevar toda tu historia por fuera.

Antes de empezar a venir aquí, pensaba que el caparazón de una tortuga era una casa prestada que quedaría por quedarle chica y de la cual se desharía. Pero el caparazón no es algo que la tortuga lleva; es algo que la tortuga es. Pensaba en esto constantemente, preguntándome cómo se sentiría nacer con tanta seguridad.

Hubo tantas noches a lo largo de mi vida de casada, acostada en la cama con mi lámpara encendida, escuchando a mi esposo respirar al costado. Él me amaba tanto como podía, de las formas que sabía. Y yo yacía allí calculando la distancia entre nosotros, centímetros de sábana tan amplios que no podía imaginarme cruzar a su lado.

No decía nada. Nunca lo hice. Ese era todo el problema y también todo el matrimonio: una mujer que apagaba su luz creyendo que había cosas que podían permanecer ocultas.

Perdí la cuenta de cuántas veces busqué su mano durante una discusión mientras mi cuerpo aún temblaba. Me había vuelto tan experta en abandonarme a mí misma que ofrecía ternura antes incluso de reconocer mis propias heridas.

Es posible ser amada y, aun así, no sentirse segura. Lo que faltaba era algo para lo que aún no tenía un nombre, algo que seguía pidiéndole a las personas equivocadas. Le estaba dando a cada hombre que me amaba una tarea imposible: Sé firme para que yo me sienta firme. Protégeme para que me sienta protegida.

Hay una tortuga a la que le he tomado cariño; la llamé Damien. Damien, el tope de puerta. Las tortugas de Galápagos pueden vivir bastante más de 100 años. Muchas han estado vivas desde antes de la Guerra Civil, antes del teléfono, antes de cualquier forma de existencia que yo pudiera reconocer.

Cada mañana, cuando abro la puerta, Damien bloquea la entrada con todo su cuerpo, como una roca indiferente. Las otras tortugas terminan trepando por encima de él. Él sale cuando está listo; tiene la edad suficiente para actuar a su propio ritmo.

Lo entiendo. Algo cambió en mí el año en que cumplí 40: una renuencia profunda, casi química, a moverme antes de estar lista. Se acabaron las disculpas y las concesiones. Sáquenme la vuelta.

La mayoría de la gente no sabe que si rascas suavemente el caparazón de una tortuga con las yemas de los dedos, a lo largo de su joroba abovedada, ocurre algo que los cuidadores llaman finching. La tortuga se levanta sobre sus patas, casi hidráulicamente, extiende el cuello y todo su cuerpo se eleva en busca del contacto. Como si dijera: Sí, gracias, más por favor. No se lanza ni corre, solo se levanta lentamente para recibir lo que le da placer.

A mí nunca me había sucedido. No sabía cómo hacerlo.

Coleccionaba comienzos de la misma manera en que algunas personas acumulan deudas: con entusiasmo, rapidez y la confianza de que mi yo futuro lo resolvería todo. Las llamadas telefónicas de horas, la sensación de que me acababan de conocer. Era excepcionalmente buena para eso. Lo que me derrotaba era la larga etapa intermedia: el lavado de ropa, las listas de compras, las peleas, la distancia entre la vida que me habían prometido y la vida que realmente podían ofrecerme.

Me tomó un tiempo entender que no me estaba enamorando tanto como enamorándome de la caída misma. Perseguía algo que se disolvía cuando lo alcanzaba. Cada vez, me decía a mí misma que el problema era la persona. Creía que la persona adecuada mantendría esa caída libre. Era como la liebre de la fábula a la que le encanta tanto correr que se olvida de que hay una meta. Todo eran círculos, velocidad y el sonido de su propia respiración.

Había pasado por encima de tantas cosas que no eran amor que me había vuelto experta en sus imitaciones: el peso de una relación mantenida a flote por el impulso, cómo nos quedamos porque irnos requiere admitir hace cuánto tiempo debimos habernos ido. Sabía lo que se sentía desaparecer poco a poco: primero las opiniones, luego las necesidades, después las preferencias y, finalmente, los instintos que susurraban: “Algo anda muy mal”. Cuando salí en busca del yo que había silenciado, solo encontré una silueta con forma de mujer donde solía estar yo.

Así que dejé de buscar. Sin coqueteos, sin sexo, sin desplazarme por las pantallas ni deslizar el dedo. Sin nadie a quien manejar ni a quien impresionar. Dejé de evitar mi propia compañía y empecé a darme cuenta de quién era cuando nadie me observaba. El primer mes se sintió como una abstinencia. El tercero, como tranquilidad. Alrededor del sexto, empecé a escuchar mis pensamientos.

Y en algún lugar de esa quietud, encontré el camino de regreso a la mujer que había sido antes de dejar que otras personas me dijeran quién debía ser. Ella era rebelde, divertida y valiente. Se detenía a ver las puestas de sol y lloraba cuando los demás lloraban. Aprendió a mantener vivas las plantas en el jardín, y luego, en sí misma. Y dejó de preocuparse tanto por lo que los demás pensaran de ella.

Para cuando encontré el centro de conservación de tortugas, ya llevaba casi dos años sola. Iba cada semana y aprendí a caminar con cuidado entre animales que no necesitaban que me apurara. Preparé los recintos para la hibernación, construyendo pequeños refugios para cuerpos que sabían cuándo retirarse.

Y una tarde, con los codos hundidos en el heno y las hojas, sentí lo que había estado buscando: el suelo firme bajo mis pies, sosteniéndome desde adentro. Nadie te dice que volver a ser tú misma no tiene nada de glamuroso. Se trata sobre todo de desaprender y borrar, y de decir no a las cosas a las que solías decir que sí.

Y luego, un día, simplemente está ahí. Te has convertido en alguien que se toma su tiempo y no se disculpa por ello, alguien que puede sentarse en el silencio confiando en que sobrevivirá a lo que venga después, alguien que sabe lo que es moverse por el mundo sin necesitar que nadie se interponga entre ella y él.

Al período que transcurre entre la eclosión de una tortuga y su regreso a casa, los científicos lo llaman “los años perdidos” porque hay muy pocos datos sobre adónde fue o qué hizo. Pero no creo que se haya perdido para nada. Décadas de mar abierto, miles de millas de corrientes fuertes, derivas violentas y el lento desplazamiento del propio campo magnético, y aun así su mapa se mantuvo firme. Sin necesitar que nadie le mostrara el camino a casa. Solo tuvo que detenerse el tiempo suficiente para sentir la atracción.

Jessica Ciencin Henriquez, escritora de Ojai, California, es autora de la próxima colección de ensayos If You Loved Me, You Would Know.

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