domingo, 16 de agosto de 2026

QUIERO SER BORGES O BAILABLE


Borges piensa en voz alta
La publicación de unas conferencias del escritor argentino muestra su insólita inteligencia y el valor de los libros.
Juan Gabriel Vásquez, 10.08.2026

Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como El sur o La muerte y la brújula, no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera.

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