domingo, 16 de agosto de 2026

NUNCA SE TOMA EL SOL COMO DIOS MANDA


Sofía Ruiz de Velasco, 16.08.2026

Un domingo de julio paseando por la Alhambra, achicharrada por una desafortunada mezcla de un nuevo fuego interno (hormonal), una resaca de boda y una ola de calor, pregunté muy en serio cuántos grados menos haría allí en los siglos XIII, XIV, XV. El edificio, prodigio de arquitectura termodinámica por su orientación, con sus patios, fuentes, recorridos de agua, vegetación y ventilación cruzada, estaba destinado a hacer la vida más fresca, sí. Pero ¿cuánto?, quería gritar yo. Hablemos en grados. Aquí han habitado muchas mujeres cerca de los 50. Sé lo que sufrían. ¿Cuánto enfría una fuente?, ¿cuántos grados hacía?

Un acompañante me recuerda que, además de hacer probablemente varios grados menos, las personas vestían entonces muchas capas de ropa, algo que en aquel momento casi me provocó una lipotimia solo de pensarlo. A veces, en Occidente nos resulta contraintuitivo comprender que cubrirse con tejidos de la cabeza a los pies sirve para combatir el calor. Taparse conserva la humedad del cuerpo y no deja escapar el sudor, por tanto frena la deshidratación, evita quemaduras en la piel, mantiene alejados a los insectos… Grandísimas ventajas.

Unos días después leo una noticia que dice que han expulsado de una piscina pública a dos mujeres por bañarse con burquini. Al parecer, aunque taparse tenga muchos beneficios no está permitido expresamente, tampoco prohibido expresamente y depende de la interpretación de las normas que haga el vigilante de turno. Me acuerdo entonces de hace unos veranos cuando expulsaron con gran escándalo de la piscina de un club a una mujer que hacía toples al grito de “provocadora”. Al parecer nunca se toma el sol como Dios manda.

Me he criado en un entorno poco pudoroso. La playa de mi pueblo no era nudista, pero tampoco mojigata. Allí los niños pequeños iban casi siempre desnudos y no existía la parte de arriba del biquini hasta que había algo que sujetar. Si a algún joven se le ocurría hacer mucho fasto a la hora de vestirse o desnudarse, una horda de tías, primas segundas de tu madre, amigas de tu abuelo, quien pillara más cerca, te sacaba cantares con aquello de “anda, anda, déjate de remilgos”. Los cuerpos y la desnudez eran algo normal. El que venía de hacer surf o de pescar se desnudaba para ponerse el bañador sin exhibicionismo pero sin esconderse. Ya más mayor frecuenté feliz las playas nudistas de alrededor de acceso difícil y sin chiringuito donde todo el mundo estaba desnudo, incluso los que jugaban a palas. Ahora, mis hijas hacen malabarismos complejísimos para cambiarse el traje de baño mojado sin que se les vea un centímetro de piel y me abroncan a mí que no los hago.

Creo que tengo bastante claro qué pienso de las normas religiosas que dictan que las mujeres han de cubrirse. En principio el hiyab, la toca de las monjas, el velo de las mujeres hindúes o las pelucas de las judías ortodoxas me parecen elementos restrictivos. Ocurre con muchas prácticas rituales: su razón de ser primitiva es servir de medida de protección, higiene y bienestar, pero se terminan incluyendo en los códigos de modestia. Al parecer, por razones distintas, o por las mismas, ha descendido el número de mujeres que hace toples.

Quienes defienden que las mujeres que se cubren lo hacen libremente argumentan también que los tacones, la ropa estrecha, el maquillaje o los tratamiento estéticos a los que nos sometemos otras mujeres son igual de restrictivos y se eligen con la misma libertad o falta de ella.

Leticia García, periodista de moda, no se cansa de explicar en sus libros y artículos que nadie viste como quiere. Incluso quien cree estar contradiciendo un canon o creando uno propio responde a una circunstancia social. Rebelarse contra el sistema es muchísimo más difícil de lo que parece. La escritora Alana Portero contaba en una entrevista acerca de su novela La mala costumbre que a la protagonista de su obra y a ella misma ponerse tacones les había salvado la vida. Símbolos que para otras mujeres, sin embargo, habían sido elementos de opresión muy asociados a la mirada masculina a ellas las liberaron.

Por supuesto, no llego a ninguna conclusión sobre si nos cubrimos o nos desnudamos por voluntad propia. Solo tengo claro que de la piscina no se debería echar a nadie, que la moda importa mucho más de lo que nos quieren hacer creer y que me voy a dar un baño.

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