sábado, 23 de mayo de 2026

PAZ PERPETUA


Begoña Román, filósofa: “Los adultos no hemos pedido perdón por dejar a los jóvenes un mundo deforestado, consumista y estresante”
La especialista alicantina en ética explica que hemos de reconstruir un entorno que refuerce lazos sociales y también materiales, como la vivienda y el trabajo.
Jaime Rubio Hancock, 23.05.2026

A Immanuel Kant lo recordamos como un filósofo árido y difícil, casi como la caricatura de los pensadores alemanes que escriben usando palabras larguísimas y llenas de consonantes. Pero la filósofa Begoña Román (Petrel, Alicante, 1965) recuerda que Kant no solo escribía esos textos académicos complejos, sino también artículos destinados a influir en la vida pública y a defender los ideales de la Ilustración, el cosmopolitismo y la paz perpetua.

Lo explica en esta entrevista, pero sobre todo en Gracias a Kant (2025, Herder), libro en el que parte de las ideas éticas y políticas del filósofo para analizar problemas y retos actuales, en los que además trabaja de forma activa: forma parte del Comité de Bioética de Cataluña y es autora de una Ética en los servicios sociales (Herder, 2016). Por eso no es extraño que la conversación en su despacho de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, donde da clases, comience con Donald Trump. El presidente de Estados Unidos dijo en una entrevista en The New York Times que su único freno era su propia moral, casi lo contrario de lo que proponía Kant. Como explica Román, Kant defendía una ética universal, “independiente de personas, circunstancias y experiencias”. Nos dice que todos deberíamos preguntarnos qué debemos hacer, mientras que Trump se pregunta qué le conviene a él y a los suyos.

Pregunta. Kant habla también de la paz perpetua como un ideal alcanzable. ¿Estamos retrocediendo en este terreno?
Respuesta. Él dice que la idea de paz perpetua es una línea asintótica: nos acercamos, pero nunca llegamos del todo. ¿Por qué? Pues porque olvidamos que debemos batallar por determinadas instituciones e ideales. Hay una involución moral cuando volvemos a épocas de guerra, pero la involución no es solo que algunos gobernantes olviden esos ideales, sino que la sociedad deje de considerarlos una brújula moral.

P. ¿Y como ciudadanos qué podemos hacer aparte de votar?
R. Debemos ser más creativos para hacer valer nuestra voz. Las firmas y las manifestaciones siguen siendo útiles, pero en la era digital las fake news y la posverdad nos están haciendo mucho daño. Debemos crear espacios para exigir respeto a nuestra condición de ciudadanos y rechazar los mensajes populistas.

P. Y no mentir.
R. Y tener la humildad de rectificar. Si un medio publica algo veraz por la mañana, pero por la tarde sabe que ya no es así, debe corregirlo con claridad, y no en un lugar pequeñito donde solo lo vean algunos. Rectificar no es una debilidad: es humanidad y humildad. Y aunque la gente busque certezas, debemos asumir que nos equivocamos.

P. ¿Estamos perdiendo la capacidad de dialogar con gente que piensa diferente?
R. Sí. Hemos perdido la capacidad de dialogar en general. Nos enviamos mensajes cortos, audios rápidos, pero no conversamos con calma. También hemos perdido la capacidad de escuchar: nos interrumpimos. Falta respeto por los tiempos del otro.

P. La ética de Kant es deontológica, tiene en cuenta los deberes. Y también hay éticas utilitaristas, que se fijan en las consecuencias de nuestros actos. ¿Son compatibles?
R. Una buena ética aplicada trabaja con distintas dimensiones. La gran aportación de Kant tiene que ver con los derechos humanos y la dignidad, con el concepto de autonomía: cuando algo afecta a la vida de una persona es esa persona quien tiene que decidir. Por ejemplo, toda la cuestión de la eutanasia no tiene que ver con derechas e izquierdas, sino con la autonomía. Y el derecho a la libre orientación sexual tampoco es de derechas ni de izquierdas, sino de derechos. Pero no solo hay que tener en cuenta los derechos, deberes y consecuencias. También los procedimientos, que suelen olvidarse: si los procedimientos son malos, las consecuencias también lo serán aunque el objetivo sea bueno. Por ejemplo: un Ayuntamiento decide que las ayudas para vivienda irán a los primeros que se apunten. Luego se descubre que los beneficiarios están todos relacionados con personal del Ayuntamiento. ¿Por qué? Porque el procedimiento estaba mal diseñado. Y eso hace que algunos concluyan erróneamente que no vale la pena dar ayudas. No es cierto: falló el procedimiento.

P. Esto también tiene que ver con la burocratización. Muchos ni siquiera saben que existen ayudas o cómo acceder a ellas.
R. Sí, respetar la autonomía y la dignidad implica proporcionar medios para ejercer los derechos. La burocracia debe garantizar la igualdad de acceso y la no arbitrariedad. El problema no es la burocracia, sino esa falta de reflexión crítica sobre cuál es el procedimiento más adecuado.

P. ¿Estamos perdiendo el convencimiento de que el Estado debe ayudar?
R. Hay que evitar la polarización entre “Estado benefactor sí o no”. Cataluña tuvo una gran red social, voluntaria y vecinal. Cuando el Estado monopolizó la ayuda social, esa red se debilitó. El Estado debe mantener el bienestar, pero no debe hacerlo todo: no tiene la proximidad de una entidad de barrio ni la agilidad de una fundación. El Estado no debe retirarse, pero sí coordinar mejor las redes públicas y privadas, y fomentar el trabajo social comunitario. La asistencia a la vulnerabilidad es un deber de todos según nuestras posibilidades.

P. No se refiere solo a empresas.
R. También hablo de ciudadanos. Mi vecino no me es indiferente. Yo puedo ayudar según mis posibilidades. Pensar “si lo hago yo, el Estado no lo hará” es mezquino. La responsabilidad es compartida. Por ejemplo, Suecia tiene un Estado social excelente, pero también altísimos índices de soledad y suicidio. Han deshidratado los capilares comunitarios. El Mediterráneo todavía conserva esos vínculos: familia, vecindad, barrio.

P. Esto conecta con los problemas de salud mental de los jóvenes.
R. Sí, es un problema multifactorial. Toda tradición espiritual ha señalado que el ser humano necesita afecto y reconocimiento. Y toda tradición materialista ha señalado que necesita infraestructura: comer, techo, estabilidad. Son pilares básicos. Hoy esos lazos están dañados. Además, las redes sociales han sido un intruso que ha alterado muchas dinámicas, sobre todo en adolescentes. No les veo apenas efectos positivos. Los adultos tampoco hemos pedido perdón por la insensatez de dejarles un mundo deforestado, consumista y estresante. Los jóvenes viven en un entorno donde incluso los adultos, que somos sus referentes, estamos desconcertados.

P. ¿Quizá por eso hay un retorno a la espiritualidad?
R. En nuestra facultad hay dos asignaturas que no existen, pero deberían: filosofía de la tecnología y filosofía de la religión. Muchos introducimos la tecnología en clase y todos los grandes filósofos se han planteado los límites de la razón, y con eso asaltan el ámbito de la espiritualidad. Pero una sociedad sin educación en espiritualidad se queda sin herramientas para explorar cuestiones profundas. Me parece positivo que los jóvenes busquen, pero también hay riesgos: el sectarismo, quedarse con lo primero que vean, la superficialidad. Las tradiciones espirituales son exigentes: cábala, ejercicios gnósticos, meditación. Falta educación en espiritualidad —no religiosa necesariamente, sino espiritual— y eso nos deja desprotegidos.

No hay comentarios: