Se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los artistas más creativos e influyentes de la historia, cuya obra es esencial para entender las diferentes evoluciones de la música negra.
Yahvé M. de la Cavada, 26.05.2026
https://elpais.com/cultura/2026-05-26/miles-davis-un-siglo-del-gran-alquimista-del-jazz.html
Toda la historia del jazz moderno, desde el bebop hasta finales del pasado siglo, puede contarse a través de su obra, algo que no puede decirse de ningún otro músico. Muchos provocaron y protagonizaron alguna revolución musical en diferentes periodos, pero nadie como Miles Davis lo hizo tantas veces, y en todas ellas de forma rotunda y enormemente influyente. Estilos como bebop, cool jazz, hard-bop, third stream, jazz modal, post-bop o jazz-rock, además de diferentes fusiones con géneros como funk, pop o hip-hop, no se pueden entender sin el legado de Davis. Hoy, en el centenario de su nacimiento, su importancia no ha decrecido ni un ápice, y la gran mayoría de su obra, siempre en el epicentro de los terremotos musicales que fueron empujando la frenética evolución del jazz, mantiene la misma frescura que cuando se creó.
Davis nació el 26 de mayo de 1926 en el seno de una familia acomodada, aunque también afrodescendiente, lo que le expuso a episodios racistas que calaron fuertemente en él, forjando un orgullo racial que trasladaría a buena parte de su obra. A los 11 años le regalaron su primera trompeta y enseguida la música se convirtió en lo más importante para él. Durante una visita de la orquesta de Billy Eckstine a East St. Louis, la ciudad en que se crio, sustituyó a uno de sus trompetas y tuvo la oportunidad de conocer a Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Su camino estaba claro: Nueva York y el incipiente bebop.
Aunque sus padres lo inscribieron en Juilliard, un respetado conservatorio privado al alcance de muy pocos músicos negros en la época, Davis se entregó al nuevo jazz que se tocaba en los clubes, y ya en 1945 reemplazó a Gillespie en el quinteto de Parker. El paso de Davis por el bebop supuso un aprendizaje extraordinario que le dio alas para perseguir su propia música. Así se mostró con su liderazgo en las sesiones que acabarían convirtiéndose en el mítico álbum Birth Of The Cool. A finales de los cuarenta, en pleno auge del bebop, Davis se unió a músicos como Gil Evans, Gerry Mulligan o John Lewis, que también buscaban una alternativa más lírica, con arreglos ricos y sofisticados, y una aproximación templada y cercana al jazz de cámara, formando un noneto muy particular para la época que reflejaba el talante rupturista de Davis. El grupo no tuvo un éxito destacable en su momento, pero años después se reconoció su decisiva influencia.
En la primera mitad de los cincuenta, Davis se vio lastrado por su adicción a la heroína, pero en 1954, ya desenganchado y en plena forma, lideró varias grabaciones fundacionales del hard-bop, recopiladas en álbumes como Walkin’ o Bags’ Groove. Su eclosión definitiva como líder tuvo lugar poco después, con dos hitos estrechamente relacionados: su fichaje por el sello Columbia de la mano del productor George Avakian y la formación de su primer gran quinteto junto a John Coltrane, con el que grabó para Prestige cuatro álbumes —Cookin’, Relaxin’, Workin’ y Steamin’— y su debut en Columbia, ’Round About Midnight, todos ellos piezas esenciales del hard-bop.
Estar en Columbia fue decisivo: significaba disponer de grandes medios y un respaldo creativo que le permitió grabar discos costosos como los que hizo con su viejo amigo Gil Evans, auténticas cumbres del jazz orquestal: Miles Ahead, Porgy and Bess y Sketches of Spain. Este último fue su primer álbum producido por Teo Macero, que a partir de entonces y casi hasta el final fue su más estrecho cómplice discográfico.
Pocos meses antes, Davis había registrado otro álbum de enorme éxito que se convertiría no solo en el más importante de su carrera, sino también de la historia del jazz: Kind Of Blue. Davis había ido depurando su música en busca de formas más abiertas de afrontar la improvisación, y con este álbum marcó un antes y un después en el género. No fue el único responsable de esta evolución, pero sí el más influyente. Su importancia como líder había ido superando el resto de sus talentos, y he ahí una de las claves de su carrera: era un compositor notable y un trompetista de sonido y lenguaje muy personales, pero su mayor talento fue ser líder, ideólogo, y un intuitivo director musical. Hasta entonces ya había sido certero reclutando: Coltrane, Sonny Rollins, Cannonball Adderley, Bill Evans… Pero a partir de los sesenta se convierte en un catalizador de talento único, acompañándose de jóvenes que con él crean algo que son incapaces de sacar en otros contextos.
En 1964 se conforma su segundo gran quinteto con unos jovencísimos Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams, un grupo irrepetible con una química realmente fascinante, como denotan sus álbumes de estudio —como ESP o Miles Smiles— y grabaciones en directo como su monumental Live at the Plugged Nickel.
De la misma forma en que es imposible entender el jazz contemporáneo sin Davis, lo sería también sin Shorter o Hancock, como sin Joe Zawinul, Dave Holland, Chick Corea o Jack DeJohnette, músicos que serán clave en su siguiente ruptura musical. Solo hicieron falta dos discos, In A Silent Way y Bitches Brew, para cambiar definitivamente el rumbo de su carrera, y del jazz en general. Ambas obras reflejan el espíritu del líder y sus jóvenes acompañantes: un caleidoscopio de creadores buscando algo, quizá sin saber qué, pero también con el ánimo de llegar a donde sea necesario; y dos visionarios, Davis y Macero, sin miedo a pervertir los preceptos orgánicos de la interpretación jazzística para manipular en el estudio las grabaciones hasta crear algo que quizá no era jazz, ni falta que hacía. El impacto fue decisivo y marcó el rumbo que tomaría el género en los setenta, propiciando bandas como Weather Report, Mahavishnu Orchestra o Return To Forever, entre muchas otras.
En directo la búsqueda de Davis y los suyos era diferente, pero igual de inspiradora: sus conciertos con su último gran quinteto (Shorter, Corea, Holland y DeJohnette) y con nuevos reclutas como Keith Jarrett, Gary Bartz o Steve Grossman son un dechado de energía y creatividad sin complejos ni fronteras. Las grabaciones en directo de 1970 en el club Cellar Door o en los Fillmore suenan tan vibrantes como si se hubiesen grabado ayer mismo.
Más allá de la utilización de instrumentos eléctricos y algunos aspectos estéticos, la música de Davis no estaba tan enraizada aún en el rock o el funk, pero esa apertura estaba a punto de llegar, influenciado por Jimi Hendrix, Sly Stone o James Brown. Después del arrollador éxito de Bitches Brew su música fue evolucionando, simplificándose sin perder su nervio, hasta cristalizar en 1972 con su álbum más polémico, On The Corner. Buscaba conectar con la juventud negra, pero lo que consiguió fue alienar a su público, que en general no entendió una propuesta que aglutinaba funk, música concreta y muchas otras cosas. Años después se reveló como un disco adelantado a su tiempo, precedente del hip-hop y la música electrónica.
A partir de entonces Davis siguió empujando los límites de su particular mezcla de jazz, rock y funk, cada vez con menos respaldo de público y crítica, hasta entrar en un retiro que lo apartó de la música durante seis años. A su vuelta, en 1981, todo había cambiado en el jazz y en la música popular, y él intentó encontrar su lugar con mayor o menor éxito artístico, pero buena respuesta del público. Se imbuyó de los sonidos de la época, siguió reclutando jovenes brillantes (John Scofield, Kenny Garrett…) y disfrutó de su estatus de leyenda viva. Su música quizá ya no era influyente, pero seguía sintiéndose arriesgada. Poco antes de su muerte en 1991, estaba terminando su último disco, Doo-Bop, en el que se zambullía en el hip-hop junto al productor Easy Mo Bee. Hasta el final en busca de la música negra que estaba por llegar.
♫
*I never entered my mind.
No hay comentarios:
Publicar un comentario