En tiempos de oscuridad para la democracia en muchos lugares del mundo, periódicos e intelectuales siguen siendo ejemplos de dignidad cívica para preservar las libertades.
Guillermo Altares, 09.05.2026
A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.
Sin embargo, un hombre decidió decir que no y su imagen se ha convertido en uno de los símbolos de la resistencia civil ante una dictadura. En aquella visita del Führer al astillero, todos los trabajadores hicieron el saludo nazi, menos uno, que permanece llamativamente con los brazos cruzados: era August Landmesser. Y pagó un precio muy alto por mostrar su oposición a un régimen que se estaba colando en todos los resquicios de la vida cotidiana, que había creado ya un sistema de delación y sospecha, simplemente, por intentar “vivir fuera del rebaño”, como cantó Georges Brassens en La mala reputación. Su hija, Irene Eckler, que había sido adoptada, dio a conocer la historia y la foto en 1991. Este obrero alemán, que tenía 26 años en el momento de la imagen, se había casado con una mujer judía, Irma Eckler, asesinada por los nazis en un campo de exterminio. Él fue recluido en un campo de concentración, al que sobrevivió, para ser reclutado a la fuerza y enviado al frente. Murió en combate en Croacia en 1944.
La resistencia también consiste en imprimir un periódico. Como han explicado sus protagonistas y recuerda Javier Cercas en el libro que acaba de publicar con motivo del cincuentenario de EL PAÍS, El periódico de la democracia (Random House), la decisión de sacar una edición especial cuando todavía la suerte del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 no estaba echada cambió el destino del diario y, tal vez, de la asonada militar. Consolidó su prestigio internacional y transmitió a los ciudadanos la idea de que estaba dispuesto a jugársela para defender las libertades. El teniente coronel Tejero, que había entrado a tiros en el Congreso, todavía mantenía como rehenes a los diputados y al Gobierno, los tanques de Milans del Bosch estaban en las calles de Valencia y un espeso manto de fascismo amenazaba a la joven democracia española, mientras la Embajada de Estados Unidos calificaba todo aquello de “asunto interno”.
El director del diario, Juan Luis Cebrián, recuerda así el momento en el que se tomó en su despacho la decisión de salir a la calle en una reunión improvisada en la que estaban desde el editor, Jesús de Polanco, hasta muchos periodistas que habían acudido aquel lunes por la tarde a la Redacción. “Comprendimos que la única actitud posible que podíamos adoptar era la de comportarnos como periodistas: tratar de sacar cuanto antes —y sobre todo antes de que llegaran los soldados, si es que iban a ocuparnos— una edición. Absolutamente todo el mundo apoyó la decisión”.
El director de 'The Washington Post', Benjamin C. Bradlee, y la editora Katharine Graham leen los informes del Tribunal Supremo de EE UU donde se permitía al diario publicar historias basadas en el estudio secreto del Pentágono sobre la Guerra de Vietnam, el 30 de junio de 1971. Charles Del Vecchio (The The Washington Post / Getty Images)
Ben Bradlee, el mítico director del caso Watergate y uno de los grandes periodistas del siglo XX, pronunció unas palabras similares cuando su periódico, The Washington Post, decidió publicar los Papeles del Pentágono —que revelaban todos los secretos del desastre de la guerra de Vietnam que había tratado de esconder la Administración de Nixon—. Sabían que les iban a demandar, porque The New York Times lo había sido por difundir los mismos documentos. Así lo explica Bradlee en sus memorias, La vida de un periodista: “No publicar la información cuando la teníamos era como no salvar a un hombre que se estuviera ahogando o como no decir la verdad. No publicarla sin luchar constituiría una renuncia que marcaría al Post para siempre, catalogándolo de herramienta al servicio de la Administración que estuviera en el poder”.
Aquel número titulado EL PAÍS, con la Constitución se convirtió en un emblema de la resistencia civil ante el golpe. Cercas recuerda que le impresionó especialmente un fragmento del primer editorial —luego se fueron publicando diferentes versiones según iban saliendo ediciones— en el que quedaba claro que, entonces, cuando se tomó aquella decisión en un despacho atiborrado, el futuro de las libertades estaba en el aire. No hay que olvidar que muchos de los allí reunidos tenían en mente los golpes que habían triunfado en los setenta en Chile y Argentina y la crueldad de la represión despiadada que desataron las juntas militares. “Ocurra lo que ocurra en las próximas horas o en los próximos días, suceda lo que suceda…”, decía aquel texto.
Así describen aquel momento María Cruz Seoane y Susana Sueiro, en su excelente libro Una historia de EL PAÍS y del Grupo Prisa (Plaza & Janés, desgraciadamente casi imposible de encontrar, incluso de segunda mano): “La valentía de EL PAÍS en aquella jornada histórica, saliendo a la calle en un tiempo mínimo con la intención de contribuir a abortar el golpe, cuando todavía parecía que podía triunfar, queda como la página más brillante de su historia y su actitud supuso su decidida consagración como el diario emblemático de la democracia para el público y un motivo de orgullo y por lo tanto de cohesión interna en el seno de la Redacción; un momento, en fin, estelar en la vida de un periódico”.
Otras veces, la resistencia significa renunciar a su vida y, al final, perderla. El próximo 23 de junio, el féretro del historiador Marc Bloch va a entrar en el Panteón, el mayor honor póstumo que Francia concede a la memoria de un ciudadano. Bloch revolucionó la forma de mirar al pasado a través de la revista Annales, que codirigió con Lucien Febvre, y escribió libros que los historiadores siguen considerando fundamentales para entender la Edad Media, como La sociedad feudal o Los reyes taumaturgos. Sirvió en la Primera Guerra Mundial —sobre la que escribió el lúcido ensayo Réflexions d’un historien sur les fausses nouvelles, en el que se pregunta cómo fue posible que toda una generación acabase en el matadero de las trincheras a base de mentiras— y en la Segunda.
Bloch era judío y, cuando Vichy aprobó en 1940 las primeras leyes antisemitas, fue expulsado de su cátedra. Logró un permiso especial para seguir enseñando gracias a una figura que resume los abismos morales que, en tiempos de crisis y ocupación, separan el bien y el mal a través de una interminable gama de grises. Se trata de Jérôme Carcopino, como recuerda Stéphane Nivet en un pequeño libro que reconstruye la entrada de Bloch en la resistencia, su detención, tortura y asesinato en 1944, L’assassinat de Marc Bloch, un historien dans la Résistance (Éditions Midi-Pyrénéennes). Carcopino es autor de un estudio sobre la Antigüedad que sigue siendo un clásico, La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. Pero fue también secretario de Estado de Educación bajo Vichy, hasta que renunció en 1942. No dudó en aplicar las leyes antisemitas, primero como rector y luego como ministro: su actitud hacia Bloch fue una excepción, debido a que había sido alumno de su padre. Stéphanie Corcy-Debray, autora del ensayo Jérôme Carcopino, un historien à Vichy, reflexiona así sobre la elección que hizo aquel erudito: “Al aferrarse a la defensa de la soberanía del Estado, y no de la nación, se extravió en el turbio espacio de la colaboración”. En otras palabras, eligió la injusticia de un Estado antisemita y criminal frente a los principios democráticos, que deberían haber estado por encima de ese mismo Estado.
En 1941, con las segundas leyes antisemitas de Vichy, fue definitivamente expulsado de la cátedra y supo que, tarde o temprano, sería deportado y asesinado. Entonces se pasó a la clandestinidad y se convirtió en uno de los jefes de la resistencia en Lyon. Fue arrestado por la Gestapo con ayuda de la Milicia de Vichy el 8 de marzo de 1944 —previa denuncia de dos colaboradores franceses de los nazis—, torturado y fusilado el 16 de junio.
Elecciones Legislativas del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas en España desde 1936. Noche electoral informativa en diario EL PAÍS, con la asistencia de numerosos políticos de diferentes partidos. En la foto, de frente y de izquierda a derecha: Fernando Claudín; Felipe González; Javier Pradera; Ramón Tamames y Jorge Semprún. EL PAÍS
En su magnífico ensayo Los amnésicos. Historia de una familia europea (Tusquets), Géraldine Schwarz reflexiona sobre los Mitläufer, las personas que siguen la corriente durante una dictadura: no son partidarios convencidos, pero conviven con lo intolerable. “Sin la participación de los Mitläufer, Hitler no habría estado en condiciones de cometer crímenes de aquella magnitud”, escribe. Resulta especialmente doloroso mirar a Carcopino en el espejo de Bloch, contemplar la incapacidad del sabio latinista, que no era un nazi pero que aplicó sin pestañear una legislación antisemita, para entender que hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin convertirse en cómplice. Su actitud recuerda a una de las escenas más célebres de Vencedores y vencidos, la película sobre los juicios de Núremberg de Stanley Kramer. Burt Lancaster interpreta a un jurista de enorme prestigio que se dejó arrastrar por el nazismo (su personaje está seguramente inspirado por el filósofo Martin Heidegger). “Aquella pobre gente, aquellos millones de personas. Jamás supuse que llegaríamos a eso”, dice Lancaster. El juez, interpretado por Spencer Tracy, le responde: “Se llegó a eso la primera vez que usted condenó a muerte a un hombre sabiendo que era inocente”.
Los resistentes son también aquellos que están dentro del sistema y dicen no, que son capaces de ver el mal desde dentro y enfrentarse a él. Son lo que Hans Magnus Enzensberger llamó en un artículo publicado en EL PAÍS en 1989 Los héroes de la retirada, un concepto que Javier Cercas retomó en su libro sobre el 23-F, Anatomía de un instante. “El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje”, escribió el gran intelectual alemán. Hablaba de personas que luchan contra un régimen injusto desde dentro, a veces con las propias armas y mecanismos del Estado. Habla del húngaro János Kádár, del polaco Wojciech Jaruzelski y también del español Adolfo Suárez, “secretario general de Falange Española, que se convirtió tras la muerte de Franco en primer ministro y que en un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática”.
Antes de Suárez hubo otros conversos, quizás el más importante de todos ellos fue Dionisio Ridruejo, al que este periódico, durante sus primeros cinco años, le dedicó un editorial cada 28 de junio, aniversario de su muerte, textos escritos casi con total seguridad por Javier Pradera —sobre el que Jordi Gracia escribió la biografía Javier Pradera o el poder de la izquierda. Medio siglo de cultura democrática (Anagrama)—. “En la madurez de su vida, Dionisio Ridruejo no conservaba ni un solo rasgo de carácter ni una brizna de pensamiento de su pasado falangista”, rezaba el segundo de aquellos editoriales. “La superación de esa etapa la realizó por una doble vía: mediante la reflexión teórica, a través de artículos y trabajos, y a través de la lucha práctica contra un sistema del que se había apeado cuando ni se divisaba siquiera la posibilidad de su desaparición”, continuaba dando una de las claves de su conversión: no lo hizo por conveniencia, sino por convicción, y un momento en el que resultaba extraordinariamente peligroso.
El propio Pradera firmó el 1 de abril de 1956 un manifiesto, junto a otro de los héroes cívicos de la democracia en Europa, Jorge Semprún, en el que, en el día de la victoria en la Guerra Civil, sostenían: “Los universitarios madrileños nos dirigimos a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos— porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.
Falangista de primera hora, responsable de propaganda en el bando franquista durante la Guerra Civil, fundador de la División Azul —las tropas que la España fascista envió a combatir a la URSS junto a los nazis a las que la revista de historia Desperta Ferro acaba de dedicar un excelente número monográfico—, su primer enfrentamiento con Franco se produjo a la vuelta del frente soviético. En Castillos de fuego (Seix Barral), una gran novela sobre la posguerra española, Ignacio Martínez de Pisón reconstruye el momento en el que Dionisio Ridruejo es detenido por primera vez, en julio de 1942, tras haber enviado una carta incendiaria sobre la podredumbre del régimen al mismísimo Franco. Lo hizo entonces desde el falangismo, aunque evolucionó, a lo largo de los años cincuenta, hacia posiciones democráticas. “Tendrá usted que acompañarnos, don Dionisio”, le dice el policía que encabeza el amplio despliegue movilizado en torno a su domicilio en el barrio de Salamanca para apresarle y llevarle a su destierro interior en la serranía de Ronda. En aquel momento, Ridruejo empezaba a cruzar el Rubicón de la dignidad.
Porque, a veces, se puede decir no y cambiar las cosas. Conviene recordar, tal vez ahora más que nunca, cuando las libertades están siendo asaltadas en numerosos lugares del mundo, los versos de Raimon en su canción Diguem no: “No, / yo digo no. / Digamos no. / Nosotros no somos de ese mundo”.
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