De vuelta a casa tras unos días de desconexión. Qué raro se hace todo, únicamente he estado 5 días fuera y ya necesitaba estar en mi casa, en mi cama, en mi cuarto de baño. No hay nada como mi casa, de verdad. Poco a poco se acerca el verano, el calor; nos quedan pendientes terminar dos viviendas en El Hierro -siempre un placer proyectar allí-, un edificio en Santa Cruz y un chalé-escorial que tarda y tarda y cambia de forma y tamaño a medida que pasa el tiempo y Berlín, siempre maravilloso. Berlín, el ejemplo palpable de la relatividad del tiempo, donde nunca hay suficiente para ver lo que se debe, para hacer lo que apetece, para caminar por esas calles de baldosas del color que prefieras.
Con el ritmo cambiado, cogiendo el paso poco a poco, olvidando el síndrome, durmiendo más -asignatura pendiente-, simulada la jubilación (el que no se consuela es porque no quiere), con suficientes libros empezados y esperando, música presente e ilimitada, ópera en ciernes, Calder en la cabeza y en el alma, una casa en Tacoronte por inaugurar que abre un nuevo horizonte y mucho lastre desprendido, continúa la vida a ritmo de metrónomo de ritmo inestable.
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Las nietas de Charli, *Rabia.

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