martes, 26 de mayo de 2026

DESECONOMIZAR


Como si fuéramos libres: el legado pirata y anarquista de David Graeber
Cinco años después de su muerte, las ideas del antropólogo neoyorquino, muy influyente para pensadores como Piketty, Solnit o Latour, siguen ayudándonos a imaginar otra democracia y otra economía más allá de lo que se nos vende como inevitable.
Mar Padilla, 26.05.2026

Poco más de cinco años después de la muerte de David Graeber (Nueva York, 1961-Venecia, 2020) la impronta de su obra crece. Desde los primeros años 2000, el antropólogo y pensador estado­unidense ha tenido un papel determinante en la difusión internacional de modos de resistencia y libertades sociales desarrolladas en diferentes culturas. “Es el pensador social más importante de los últimos tiempos por su exploración en las posibilidades de la interacción humana basadas en principios distintos al dinero y la coacción”, afirma por correo electrónico David Wengrow, arqueólogo británico y coautor, junto con Graeber, de El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad, un tocho de más de 800 páginas, best seller en The New York Times en 2021, que argumentaba con datos hasta qué punto es falso el relato “oficial” de que nuestros antepasados más remotos o los grupos humanos “indígenas” eran seres primitivos, y que solo es posible alcanzar la “civilización” subordinándose al colonialismo occidental.

Tras su fallecimiento, en 2024 se publicó Ilustración pirata. Bucaneros, alegres leyendas y democracia radical y en 2025 Anarquía, qué si no y también Posibilidades. Y hace unas semanas aterrizó en las librerías Occidente nunca existió (Ariel), una compilación de artículos en los que Graeber demuestra que la situación actual no es una fatalidad inapelable, sino una construcción humana, y que nunca es tarde para crear realidades distintas. Además, se siguen vendiendo los otros libros de Graeber —­algunos convertidos en clásicos, traducidos al árabe, al chino, al farsi, al serbio, al ruso, al coreano, al turco y a una veintena de idiomas más— como En deuda, La utopía de las normas o Trabajos de mierda.

En contra del espíritu más desesperanzador y tenebroso de los tiempos actuales, las ideas de Graeber brillan con una extraña y trémula luz. En sus ensayos, en sus trabajos de campo académicos y en sus artículos, el neoyorquino señala cómo se manipula la fantasía para que abandonemos toda acción o pensamiento que se pueda catalogar despreciativamente como “utópico”, al cuestionar el statu quo. A su vez, también denuncia el mantra de la economía como único marco de relación social posible, criticando además que los trabajos de primera necesidad —como quedó claro en tiempos de pandemia— muchas veces se pagan con salarios irrisorios, mientras hay otros prescindibles que cobran su peso en oro. Y, sin complejos, analiza también el funcionamiento comunitario de la anarquía como un sistema real en pequeños colectivos a lo largo de la geografía y el tiempo.

En vídeos o en libros, escuchar y leer a Graeber se revela importante. Figuras como Thomas Piketty, Bruno Latour o Rebecca Solnit han reconocido el impacto de su obra en la economía, la sociología, las ciencias políticas y la filosofía. En un encuentro en 2014, el economista estrella francés calificó de “admirable” la capacidad de Graeber para redirigir “nuestra atención haciendo hincapié en las relaciones de poder y dominación que subyacen a las relaciones de endeudamiento”. En aquel debate, celebrado en la École Normale Supérieure de París, ambos conversaron sobre el sentimiento de impotencia, “fruto de herramientas de persuasión y coerción para librar una guerra ideológica a favor del capitalismo, en lugar de crear las condiciones para que el capitalismo siga siendo viable”, según Graeber.

En una entrevista en Radio France, el antropólogo y filósofo Latour, fallecido en 2022, subrayó el concepto de “deseconomización” de Graeber, su idea de “deshacernos de la violencia del pensamiento económico” como único motor, destacando “el enorme efecto y la capacidad de acción” que despierta el estadounidense. Y en el prólogo de Occidente nunca existió, la ensayista Rebecca Solnit señala que Graeber muestra con hechos que la gente común sin poder aparente sí lo tienen si se une: “El cinismo, aunque muchas veces genuinamente inexacto en lo que a la naturaleza humana y a las posibilidades políticas se refiere, da una apariencia de sofisticación; la desesperación se considera a menudo sofisticada y bien informada, y la esperanza se ve como algo naif, cuando muchas veces es justo al revés”.

Holly High, editora con Joshua O. Reno de As If Already Free: Anthropology and Activism After David Graeber (Pluto Books, 2023, como si ya fuera libre: antropología y activismo después de David Graeber, sin edición en español), abunda por correo electrónico en su talento para hacernos comprender que imaginar mejores sistemas de vida y hacerlos realidad es un acto muy humano: “Ha llegado el momento de acabar de una vez por todas con la idea de que cualquier plan para crear conscientemente un mundo mejor es necesariamente utópico y, por lo tanto, autoritario. Eso es una locura”.

Frente a las crisis democrática, económica y climática, su legado combate la guerra contra la imaginación que libra el neoliberalismo, y usa la antropología como “un archivo de futuros posibles, extrayendo de culturas periféricas y momentos históricos olvidados las herramientas conceptuales para desbloquear el presente”, reflexiona al teléfono Alberto Corsín Jiménez, doctor en Antropología Social por la Universidad de Oxford. La clave en el pensamiento de Graeber, según Corsín, es actuar como si ya fuéramos libres, “creando espacios donde la igualdad, el consenso y la creatividad colectiva se practican aquí y ahora, sin esperar permisos”.

Contra las trampas del determinismo y el relativismo, el activista estadounidense ejerce de puente entre pensamiento y experiencia, rescatando vivencias de democracia horizontal invisibilizadas en los libros. Como escribe en Occidente nunca existió, “hablando con miembros de las comunidades zapatistas de Chiapas, piqueteros desempleados de Argentina, okupas holandeses o activistas contra los desahucios en los townships sudafricanos, constatamos que casi todos ellos coinciden en la importancia de las estructuras horizontales frente a las verticales; en la necesidad de que las iniciativas surjan de grupos relativamente pequeños, autoorganizados y autónomos, en lugar de transmitirse hacia abajo a través de cadenas de mando”.

Según Wengrow, en Graeber fueron determinantes las figuras de su padre, Kenneth, miembro de las Brigadas Internacionales en la guerra civil española, y su madre, Ruth, que formaba parte del Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección. También le marcaron las experiencias de acoso en la infancia y a lo largo de toda su vida, que le hicieron reflexionar sobre las relaciones de poder, y sus compromisos intelectuales como antropólogo en Madagascar.

Roger Sansi, amigo y compañero de Graeber en la Universidad Goldsmiths de Londres, destaca al teléfono su mirada periférica: sus orígenes obreros, su crecimiento en una vivienda de protección oficial, su lucha contra el academicismo convencional y sus ganas de llegar al gran público. “Era un divulgador nato, escribía con un lenguaje transparente, inmediato. Y era hiperproductivo, un workaholic contento de serlo, con una capacidad extraordinaria para inspirar a los demás”.

El perfil movilizador del neoyorquino aún es palpable. Tras su muerte, de forma intermitente, se organiza en la Red el Intergalactic Memorial Carnival, un homenaje a su figura que une a gente de todo el mundo. Su huella permanece en muchos rincones del planeta. También en Nueva Zelanda, donde en un debate recogido por la revista Antropología Urbana, Georgina Tuari Stewart, profesora de Filosofía de la Educación Maorí en Auckland, explicó que para ella Graeber era como Ursula K. Le Guin o como George Orwell: “Usaba la escritura para cambiar la manera de pensar de la gente y, por tanto, para cambiar el mundo”.

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