Yves Montand, *Les feuilles Mortes.
Paso unos días de asueto, más de lo que acostumbro, tres o cuatro a lo sumo, desconectado de la monotonía, sin programa de dibujo instalado en este ordenador -es decir, si poder trabajar-, sin teléfono, sin siestas, sin reloj, aprovechando para leer y cultivar il dolce far niente. Con esta joya de pequeños auriculares con cancelación de ruido, que logra aislarme del mundo completamente, escuchando a Mozart en este preciso momento, la novela que estoy leyendo a mi derecha a la espera de abrirla y sin planes en el horizonte, me dispongo a pasar el día tranquilamente.
Los años pasan, la vida pasa y, a pesar de las guerras y el panorama mundial que tenemos delante, nos obligamos a seguir siendo optimistas, sobre todo por las generaciones que nos suceden. Mañana hay elecciones en Andalucía y, cómo no, hemos tenido el espectáculo que se esperaba de insultos, descalificaciones, mentiras y encuestas, todas las encuestas y más. Mañana se verá en qué queda todo.
Mientras, en Canarias, no sólo buen tiempo y una hora menos, ahora majaderos de CC ubicuos, en televisiones reaccionarias y periódicos del régimen, consolidando esa huida hacia delante de Clavijo y sus adláteres que no encuentran nada mejor para sacudirse las vergüenzas propias, que las ajenas ya nos las tragamos nosotros, gracias.
Orgulloso por nuestra solidaridad, avergonzado por el resto. Poco más que decir al respecto al hantavirus, ahora azote de la ultraderecha y como la sombra del ciprés pende de un hilo la siguiente pandemia en forma de gastroenteritis, tos o dolor de muelas, que lo mismo es. Si algo hemos aprendido de este último brote de hantavirus de los Andes es que Pedro Sánchez, cual Magneto, goza de un poder casi ilimitado como mutante aún no revelado.
Pasa el tiempo, caen las hojas y mi capacidad de asombro no desaparece, y lo intento. ¿Qué queda por ver? Uno cree que nada, que lo ha visto todo, pero no es así; todo sigue en continuo movimiento, como el agua del río, que nunca es la misma. Amigos de toda la vida que de un plumazo desaparecen, pésames que se esperan pero que no se dan nunca, familiares que exprimen la última gota de la naranja a ritmo del chelo del concierto de Elgar, injusticias sociales para las que no hay solución aparente, un statu quo surrealista... Mejor escoger bien las batallas, ya lo dice el sabio refranero: a veces conviene más tener paz a tener razón.
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Rossini, "Guillaume Tell". *Por notre amour.
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