Consuela en este mundo cada vez más difícil sentarse a conversar con amigos que aúnan sin conflicto el saber y la sabiduría.
Antonio Muñoz Molina, 23.05.2026
Hace años, leí que un historiador ponía en duda la veracidad del relato de Marco Polo, porque en él no se mencionaban ni la Gran Muralla ni la costumbre de beber té. Se lo cuento a un amigo que acaba de llegar a Madrid desde China justo en el momento en que bebe una taza de té en una cafetería. Se queda pensando y no dice nada, quizás porque es un hombre muy reflexivo y acostumbrado a evaluar cada vertiente de un problema. Mi amigo es un físico cuántico recién jubilado que no rebaja por eso su actividad divulgadora y docente. Tiene discípulos en universidades y centros de investigación de medio mundo, y siempre que nos encontramos me dice al menos dos cosas que me dejan desconcertado. Nació en México y siente mucho apego a su Jalisco natal y a su familia, pero ha vivido y trabajado en las mejores universidades de California y la Costa Este. Ahora es un road scholar, como esos sabios de los primeros tiempos de la imprenta que andaban de un lado a otro de Europa buscando manuscritos antiguos y preparando ediciones de clásicos griegos o latinos, o de los Evangelios.
Los retratos de humanistas fueron un género cuyo modelo más acabado tal vez sea el retrato que Hans Holbein hizo de Erasmo de Rotterdam. Hasta entonces, el prototipo del varón estudioso era un santo, sobre todo san Jerónimo. A san Jerónimo lo pintan unas veces como un santo penitente, que se golpea el pecho desnudo con una piedra en castigo por el fervor que sintió en su juventud hacia los escritores paganos; pero en otro modelo de retrato, el santo está consagrado serenamente a la lectura en un gabinete confortable y lleno de libros, con la compañía dócil de un león adormilado a sus pies como un perro. Al humanista de la escuela de Erasmo se le representa puramente como un estudioso, leyendo o escribiendo, interesado en la precisión filológica del texto que tiene entre manos, dedicado a escribir no por directa inspiración divina, como un evangelista, sino por un puro afán intelectual.
Viendo a mi amigo recién llegado de China pienso en aquellos retratos. Se me ocurre que mi amigo es un humanista porque aúna sin conflicto el saber y la sabiduría. Cuando ha impartido seminarios sobre partículas subatómicas en una institución de Florencia ha llevado también a los estudiantes a contemplar la cúpula de Brunelleschi en el Duomo, y los frescos de Masaccio en la iglesia de la Trinità y de Fra Angelico en el convento de San Marco, y les ha enseñado los manuscritos originales del santo patrón de la Física, Galileo Galilei, en una biblioteca florentina. En China ha visitado una red de centros de información cuántica situados, me dice, en una ciudad secundaria, de apenas siete millones de habitantes, en los que se hace más ciencia que en toda la Unión Europea. En China uno no compra un billete de tren y lo enseña al llegar a la estación. Basta con que esos sensores de reconocimiento facial que hay por todas partes identifiquen su cara. A cada momento, lo que haga o no haga o diga, o la expresión que ponga un ciudadano, queda registrado a beneficio del Gobierno, y determina automáticamente su posición laboral y sus expectativas vitales, desde la elección de pareja o la duración y calidad de sus vacaciones. “Pero no pienses que tú o yo o cualquiera de la gente que ves en el café con su smartphone en la mano está menos vigilado”. Yo le expreso a mi amigo mi pesimismo sobre las posibilidades de dominación tiránica y robo del alma de la tecnología. Él sonríe casi compasivamente al decirme que es más pesimista todavía, hasta un extremo que me deja helado:
—Tú y yo pertenecemos al mundo del carbono, y el mundo que viene será el del silicio, ya está siéndolo. El mundo del carbono es el de la vida orgánica, que ha prevalecido durante los últimos 3.000 millones de años. El del silicio es el de la computación y la inteligencia artificial. Ya hay más transistores en el planeta que granos de arena en los mares.
Pero a continuación, y no sé cómo, la conversación deriva hacia san Agustín y sus Confesiones, asunto sobre el que mi amigo resulta tener conocimientos y opiniones muy precisos. Así que cuando nos despedimos ando confuso entre la triste invención agustiniana del pecado original y el resumen que hace mi amigo de los dos campos en los que se centra ahora mismo lo más adelantado de la inteligencia artificial: el control de las personas y el reconocimiento de imágenes con el fin de automatizar al máximo la guerra.
Anclado irremediablemente en el universo del carbono, a los pocos días quedo con otro amigo sabio y viajero, que acaba de llegar de la costa noroeste de Canadá, adonde lo llevó va a hacer 20 años la tenacidad de un tribunal de cátedra español resuelto a no reconocer ninguno de los méritos que le correspondían como psiquiatra e investigador de la salud mental. En lugar de té, este amigo bebe despacio, al final de la tarde, un cóctel de color caramelo en una copa pequeña. A juicio de su tribunal, mi amigo carecía de méritos para ser catedrático de una universidad intermedia española, lo cual no fue obstáculo para que lo contrataran de inmediato en una de las mejores universidades canadienses. Eso le abrió un campo de investigación que de otro modo él nunca habría elegido: la salud mental de las poblaciones originarias, marginadas, diezmadas en muchos casos hasta el exterminio, sometidas al robo de niños con el fin de encerrarlos en instituciones despóticas que les arrancaban su lengua y su sentido de comunidad, con los efectos habituales de desarraigo y alcoholismo. Cómo van a separarse las afecciones mentales de las condiciones de vida de quienes las sufren, o de sus valores culturales, sus visiones concretas del mundo, tan ajenas a las de los dominadores blancos. Científico errante también, este amigo ha trabajado con aborígenes de Australia, con inuit del Círculo Polar, con maoríes de Nueva Zelanda. Conoce bien las representaciones visuales y las leyendas sobre el origen del mundo de los nativos australianos, los “trazos de la canción” sobre los que escribió con tanta belleza y respeto Bruce Chatwin. Pero ahora, con el paso de los años, siente lo que es común en tantos desterrados más o menos voluntarios, las ganas de volver, la querencia poderosa de España. Vive en una sociedad que en muchas cosas le parece admirable: el compromiso cívico de las personas, la conciencia culpable y justiciera de los derechos de las minorías oprimidas, la transparencia y el valor del mérito justo en las administraciones. Dice que en la literatura y en el arte se puede aprender más sobre la psique humana que en los tratados de psiquiatría. Bebe un sorbo prudente de cóctel, y opina con pesadumbre sobre la atmósfera política española, que no lo entristece menos por vivir tan lejos. Otra de las tareas que lo llevan por el mundo es la de evaluar la calidad y solidez de sistemas públicos de salud. Dice que el nuestro, que ha sido de los mejores, está ahora al borde del derrumbe. “Lo más que se puede hacer es apuntalarlo para que no se caiga”. Considera la posibilidad de tomar un segundo cóctel, y como está a gusto, en el atardecer de Madrid, de vacaciones, y a punto de volver a sus lejanías canadienses, opta por pedirlo. Sabe que casi ningún problema serio se puede resolver con facilidad, y sin acuerdos imperfectos, y que cada asunto tiene una variedad de aspectos y matices que no pueden reducirse a opciones binarias, al sí o no, al blanco o al negro, simplezas muy queridas en la vida pública española, en un país en el que abunda por igual lo excelente y lo vergonzoso. “Pero es el nuestro, y a pesar de todo lo queremos”. Lo dice con la claridad melancólica del que vive muy lejos.
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