domingo, 31 de marzo de 2024

ROTHKO, UNO DE MIS FAVORITOS


Colores con los que no soñamos
Quizás todos tenemos algo de daltónicos funcionales. Mark Rothko dijo que en sus obras se cruza nuestra soledad con la suya.
Estrella de Diego, 29.03.2024

Me pasaba las mañanas en el MoMA, delante de aquel cuadro de Rothko. Lo miraba y en cada visita a la ciudad esperaba sentir lo que todos decían sentir frente a las pinturas del artista, a sus colores fundiéndose: agua. Esperaba la reiterada sensación de sosiego; las lágrimas que los visitantes describen en el libro a la entrada de la capilla en Houston, cubierta por cuadros de Rothko. Las puertas están abiertas para los que busquen encontrarse y en su página web la capilla ecuménica se presenta como un espacio para fomentar el crecimiento espiritual. Pese a todo, al llegar a Texas me atraparon las telas —terminadas un par de años antes de su suicidio en febrero de 1970—, pero no sentí el esperado sosiego. Allí los cuadros parecían más sobrecogedores, un presagio de la muerte teatralizada del pintor —sin pantalones y con calcetines— que cuenta su biógrafo James Breslin en Mark Rothko. A Biography (1993). “¿Quién es ese tal Mark Rothko que ha matado a mi amigo?”, comentó la pintora Hedda Sterne al enterarse del suicidio.

Recordaba las historias camino del aeropuerto de Houston. Pese a la quietud de la capilla, la desazón me había vuelto a invadir. “Me gustaría aclarar a los que piensan que mis cuadros están llenos de sosiego, sean amigos o meros observadores, que he sido prisionero de la más terrible violencia en cada pulgada de la superficie”, explicaba Rothko. Otro pensamiento lúcido de los que recoge en sus escritos, La realidad del artista (2004).


He vuelto a París, a la muestra de la Fundación Louis Vuitton (hasta el próximo 2 de abril), y ante los colores de Rothko me han asaltado las emociones, pero de nuevo se me ha extraviado el sosiego, quizás porque los colores juegan estas malas —y maravillosas— pasadas. O porque Rothko persigue colores que son malabarismos. Pese a todo, también a mí, como al resto de los visitantes, el juego de colores de Rothko me atrapa. Es inútil resistirse a los colores, a los tonos, a las gradaciones. Hay en ellos un elemento que apela a la intimidad, al desamparo profundo y humano al cual se refiere Rothko cuando dice que en sus obras se cruza nuestra soledad con la suya. Además, ¿cómo narrar el mundo desde un Nueva York sumergido en la Guerra Fría, sino a través de los colores?

Los colores tienen algo de medias palabras, cosas no dichas, y se vuelve cada vez a ellos; se aspira a rescatarlos desde el pasado la colombiana Susane Mejía lleva años haciéndolo en su proyecto Color Amazonia. Cada planta (cúrcuma, achiote, cudi, amacizo….) es pigmentos, matices, saberes ancestrales, Pantone mágico de entintados y tejidos. Tal vez por eso los colores gobiernan el mundo, hasta cuando el mundo urge a ser plasmado en blanco y negro. Los neorrealistas italianos —dicen— retocaban con pintura la tierra de los descampados para lograr ese tono gris que requería la circunstancia y la película no conseguía trasladar a los ojos. Otro cineasta, el polaco Kieślowski, recurrió en los 90 del XX a la bandera francesa en su Trilogía de los colores —Azul, Blanco y Rojo—, para trazar en cada episodio el trastocamiento de los géneros cinematográficos.

Josef Albers planteaba su teoría de los colores como un instrumento de enseñanza del arte y el mundo en La interacción del color (1980) y el poeta Goethe volvía a ellos en su texto escrito entre 1810 y 1820, donde demostraba que los colores no son solo territorio de los profesionales de lo visual —cineastas, artistas, fotógrafos, historiadores del arte…—. Al hablar del “efecto moral del color”, regresaba a las clásicas asociaciones de los colores fríos y cálidos con las emociones, las mismas a las cuales se apelaba el pasado mes de enero —dedicado al tan de moda Wellness— desde el MoMA en un seminario de la artista especializada en meditación Dora Kamau, quien toma los colores como punto de partida para el trabajo personal sobre la autoconciencia de los participantes. Los colores, en su infinita ars combinatoria, se transforman unos junto a otros. Lo presintió Goethe. Lo escribió Albers. Lo supo Rothko. Lo plasmó Warhol en un remake de colores disonantes —casi de Vívianne Westwood, la diseñadora punk— para su retrato doble del poeta alemán. Lo busca Susana Mejía.


Los colores se instalan en nuestras chaquetas o en la arquitectura del popular edificio en rosa de Sauerbruch y Hutton, que plantea la pregunta inevitable: son belleza y sostenibilidad compatibles —aunque vivir en un lugar bello es otra forma de sostenibilidad, supongo—. El reciente artículo ‘Culturas del color’ de Luis Fernández-Galiano en Arquitectura viva lo exponía sin titubeos: la elección del color no es nunca casual. El compositor John Cage (Color y significado , 2023); la periodista Victoria Finlay (Historia de la paleta cromática, 2023); o la antropóloga Anne Varichon, que acaba de reimprimir Color Charts. A History (2024), una impresionante historia visual de los colores… eran algunos de los libros citados en el texto.

El propio Fernández-Galiano es autor, junto con Sánchez Bellver, de La belleza común. España tienda a tienda (2023), un libro delicioso que repasa los establecimientos extinguidos que devuelven a la memoria los colores de la infancia por antonomasia, la variedad que subrayaba la noción de la abundancia infinita de colores cuando acompañaba a mi madre en sus compras. Me refiero a las tiendas de lanas, madejas y ovillos que se agolpaban en los escaparates y el interior del local, en un despliegue abrumador de tonos, de presagios, igual que los Rothko de París. Las lanas apiladas por tonos —lo oscuro siempre arriba, decía Rothko— dejaban clara la imposibilidad de recordar cada uno de ellos al dejar la tienda —para los colores no hay diapasones de bolsillo—.

Al final, el Pantone y su gama infinita conforma un aparente control que nos lleva a presentir a los colores inofensivos frente al gusto o el olfato y su capacidad de llevarnos lejos, a otro tiempo y otro sitio sin garantías de veracidad. Por el contrario, el Pantone crea la falsa impresión de mantener a los colores a raya. Nada menos cierto. Mecanismo privilegiado de la memoria y no solo hilo conductor de las historias —lo explicita Michel Pastoureau en Los colores de nuestros recuerdos (2017)—, cada color estará asociado a una evocación que hará estallar pero, igual que ocurre con la magdalena de Proust, nos devolverá un color diferente del que fue. Además, quedan tantos tonos por inventar, por rememorar, por reconstruir…

Porque nuestros recuerdos de los colores son sin remedio dudosos, simples maniobras de aproximación, al reencontrarnos con la Capilla Sixtina restaurada tras años de limpieza, no lo dudamos: aquello brillaba demasiado y había dejado de ser lo que vivía en nuestra memoria. Ocurrió con Las meninas también, tras su restauración en 1984: ahí estaba aquel cuadro de colores extraños, un regreso a la casa de la infancia envuelta en tonalidades desconocidas. Sin embargo, ¿qué hay de verdad en nuestros recuerdos de los colores? Ese mismo año 1984, Buero Vallejo estrenaba Diálogo secreto, la historia de un crítico de arte daltónico que, para no dejar vislumbrar su falta de criterio a causa de la enfermedad, reparte comentarios negativos de manera despiadada. Un día, el amigo de su hija no puede soportar la presión. Se suicida y ella misma descubre el terrible secreto del padre.

Quizás frente a los colores todos tenemos algo de daltónicos funcionales. Los vemos y se escapan deprisa, peluches azules de la infancia o superficies de Rothko en París. Se escapan nada más dejar la sala. Se han ido y otros colores invaden la retina. Ya no están los colores que estuvieron y dejan tras ellos, si acaso, la posibilidad de nombrarlos con las escasas herramientas que poseemos para hacerlo: Sin título (negro sobre gris). Son colores con los que ni siquiera soñamos. Colores que vienen desde el fondo del tiempo.

No hay comentarios: