El piso de estudiantes era, para los chicos de pueblo, el trampolín a la emancipación y una trinchera urbana de resistencia al sistema. Ahora está en peligro de extinción.
Paco Cerdá, 12.06.2026
Fue vaciando el piso de mi abuelo cuando apareció la revista olvidada. La abrí. Contenía uno de mis primeros artículos. En él recordaba la gran aventura vital que para un chico de pueblo suponía irse a Valencia a estudiar. Ya ha pasado casi un cuarto de siglo, pero en mi memoria sigue intacta aquella imagen. Hay un chico de 18 años tumbado en el camastro de un cuartucho caluroso al que sus compañeros llaman ratonera. Lee un libro de Francisco Peregil, el reportero al que más admira, ese reportero que algún día sueña ser. Suena airada la voz de Raimon por el radiocedé. Sobre el cabecero de la cama hay un cartel del año 36 con unos niños tristes, caras de hambre y brazaletes negros. Per ells! Vota les esquerres. Por la ventana ve ocho carriles para el tráfico y otros dos para el tranvía: monotonía urbana tras los cristales. Qué distinto todo al pueblo. Sobre todo, la independencia. Esa desconocida sensación de libertad. Los ojos que no te escrutan. La pregunta que no te aguarda. El pasado que no cuenta. Todo idealizado, claro: así era la juventud, así es la nostalgia.
El recuerdo ha regresado en estos días amorfos del final de curso, cuando el vía crucis de la selectividad desembocaba en la aventura de buscar piso para el curso siguiente. Pero no ha vuelto por melancolía: a quién le queda tiempo hoy para las magdalenas de Proust. El disparadero ha sido una noticia cruda. Dice el titular que los universitarios afrontan el curso más caro de la historia con habitaciones en Valencia a 500 euros al mes. Yo pagaba 135 euros: casi cuatro veces menos. Antes de que pueda improvisar una mínima reflexión, leo el comentario de una persona que se pregunta, con tono elegíaco, qué será de la Valencia universitaria. Qué será de la ciudad llena de jóvenes estudiantes de todas las comarcas. Qué será del ir a estudiar a Valencia como etapa vital de emancipación y entrada en la adultez. Nada quedará. Solo una ciudad de guiris y alquileres turísticos.
Es Valencia. Es Madrid. Es Barcelona. Es Granada. Es Palma. Es San Sebastián. Son algunas ciudades españolas más. Cada vez es más difícil, cuando no imposible, que un chico humilde de pueblo que rellena la beca y pone bracero y auxiliar administrativa en las casillas de las profesiones paternas pueda quedarse a vivir en la gran ciudad en la que estudia. Ya no puede permitirse estudiar en la universidad pública y vivir en esa ciudad. Es un veto práctico a su vida como universitario. Así lo ha decretado el mercado inmobiliario y la dejadez política: si eres de pueblo y clase obrera, casi mejor no estudies, como ocurría hace medio siglo por razones económicas. En mi pueblo era famoso el único chico que había podido ir a estudiar a la Universidad cuando mi padre era joven. Aquel mundo de ayer todavía me impresiona: ni siquiera poder contemplar la opción.
Alguien alegará: puede ir y volver cada día con el transporte público. Seguramente lo dirá quien no ha tenido que pasarse una hora larga de ida y otra hora larga de vuelta en el tren para ir a estudiar y que luego tu padre te deje y tu madre te recoja en la estación para llevarte otra vez al pueblo, y así un día y otro y otro más, y así cuatro años seguidos, porque vives en un pueblo pequeño y por allí no pasa el tren. Seguramente lo dirá quien no sufre, en el país de la alta velocidad japonesa sin ejecutivos nipones, el desmantelamiento de facto que se ha producido en los trenes de cercanías: más lentos, mucho más impuntuales, algo sombríos ya.
Otro alguien alegará: que estudie en las universidades por internet, esa burbuja privada que ha engordado sin límites para enriquecer bolsillos que hablan poco latín salvo el gaudeamus igitur de la cuenta final. Seguramente lo dirá quien entiende la vida universitaria como una acumulación de créditos para recibir un título enmarcado firmado por el Rey. Porque aquel universitario rural que no puede vivir donde estudia ni acceder a la ciudad tampoco tiene tiempo para apuntarse a un grupo de teatro, ver una exposición, acudir a una conferencia, visitar grandes librerías, trabar amistades nuevas, pasar un atardecer conversando en un café con gente distinta o tener un camastro íntimo donde poder volar con otra persona más allá de una pantalla. Además: con 18 años, estudiar aislado frente al ordenador crea un perfil individualista temible como sociedad.
O no tan temible. Depende de quien lo mire.
La rebeldía universitaria contribuyó decisivamente al despertar antifranquista de la sociedad española. El silencio de posguerra y aquel entorno universitario de sistemática depuración —catedráticos fusilados, rectores exiliados, profesores apartados, las clases vencedoras copando todos los bancos de clase— dejó paso a la protesta creciente de una nueva generación estudiantil, nacida tras la guerra, que desafió al régimen y lo pagó con las manos sucias y ásperas de los torturadores y con las delicadas manos que firmaban penas: mans fines que manen matar. Muchos estudiantes de pueblo estaban allí, viviendo en sus ciudades, peleando en sus calles por las libertades y los derechos de todo un país.
Más tarde, la vida universitaria —no exactamente la universidad— también fue un disparador de democracia en la Transición. Aquellos cuadros de Genovés pintados en los agitados setenta, con las pequeñas motas coloreadas de jóvenes que corrían a toda prisa para escapar al zarpazo de las porras grises, estarían hoy protagonizados por chicos que huyen despavoridos de la página de Idealista y corren hacia sus pueblos para quedarse a vivir en la casa de sus padres. Adiós a la juventud que podrían haber vivido. Antes por dinero; ahora también.
La vida universitaria contribuyó decisivamente a la vida democrática de este país. Pero si hoy los universitarios están atomizados y apenas conviven, si los tienes viajando arriba y abajo en el tren tres horas al día y poniéndole reclamaciones a Renfe cuando llegan de noche a casa, la alienación es perfecta. Y si en las ciudades dejan de latir los pisos universitarios —no las residencias estudiantiles: Lorca, Dalí y Buñuel no se peleaban en la Residencia de Estudiantes por quién tenía que lavar el retrete esa semana—, serán ciudades con menos pintadas y con menos manifestaciones. Serán ciudades más dóciles, menos contestatarias: el sueño de toda dictadura.
Y no digo política. Me refiero a esa otra clase de dictadura que nos va cercenando las libertades con su mano invisible. Una dictadura que no prohíbe ni censura, pero que sí expulsa. Que no encarcela a la disidencia, pero que sí la disuade. Que diseña libertades de papel. Porque, sobre el papel, ese chaval de pueblo puede estudiar donde quiera. Sobre el papel puede alquilar un piso, participar en la vida de la ciudad, quedarse a una conferencia o volver andando de madrugada a su piso de estudiante después de una conversación interminable que arreglará el mundo. Sobre el papel puede hacerlo todo. La realidad se lo impide.
Recuerdo aquel chaval de pueblo tumbado en la cama, con las páginas de Reportero en Bagdad entre las manos y soñando cada día un futuro distinto. Pienso en él y en todo lo que vivió en aquel microcosmos de besos, canciones y periódicos. Y siento una pena enorme por aquel otro chaval de pueblo, al que no conozco, que no podrá irse de casa a estudiar.
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