Juan José Millás, 14.06.2026
No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder preguntas, a administrar un sacramento a hostias. Hay en su expresión una mezcla de fatiga y de severidad pontificia, como si acabara de descender del monte sagrado con las Tablas de la Ley en las que se establece el modo en que los periodistas y demás ralea deberán hablar en el futuro de esa entidad metafísica denominada Real Madrid. Viene inflamado de una ira divina. De ahí quizá la presencia excesiva del extintor colgado de la pared no para apagar un fuego físico, sino una combustión teológica.
A mí, pese a que practico el ateísmo futbolístico, me impresionó, qué quieren que les diga. El magnate de ACS no hablaba, emitía encíclicas papales. No defendía una gestión, sino una esencia. La idea del Madrid aparecía en sus palabras como algo eterno, inmaculado, quizá anterior incluso a la creación del mundo. Los críticos no eran discrepantes, sino herejes. Los periodistas incómodos, sacrílegos que se revolcaban como cerdos en una cochiquera blasfema. Más que como presidente, actuaba como sumo sacerdote de una religión perseguida.
Ningún poder excesivo puede sostenerse solo sobre balances económicos o victorias deportivas. Necesita una mística. Necesita un misterio. Necesita un dogma. Necesita un relato sagrado. Mientras veía el telediario, pensé que el fútbol quizá sea el último lugar de Occidente en el que aún se cree de verdad, a ciegas, sin distancia irónica alguna. Y Florentino, al atravesar esa puerta azul de Valdebebas, era consciente de ello.
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