domingo, 14 de junio de 2026

GOLFOS


Estamos hartos
La corrupción es un parásito que se esconde en la barriga del cuerpo social, como la tenia que coloniza el intestino.
Rosa Montero, 14.06.2026

Hace unos días cené con X. Es un autor notable con una repercusión comercial mediana. Me contó que buena parte de sus ingresos los obtiene escribiendo o reescribiendo las novelas de otros. Vamos, lo que tradicionalmente se conoce como un negro literario (suena fatal; los ingleses lo llaman escritor fantasma). Y no crean que se trata de esos libritos ocasionales firmados por famosos de profesiones diversas, sino, horror de horrores, de las novelas de unos cuantos autores muy conocidos y, por supuesto, superventas. Es probable que los farsantes hayan tenido la idea de partida, y alguno hasta puede haber pergeñado un (mal) borrador; pero la autoría del libro desde luego no es suya, aunque, según X, los hay que se creen escritores extraordinarios aun sin haber escrito, en una de esas carambolas mentales de la miseria humana. Goethe ya contaba algo parecido en su bella autobiografía Poesía y verdad; cuando, a los 10 años, en la escuela les pedían a los alumnos que hicieran poemas, había un chico que llevaba unos versos espantosos y además obviamente escritos por su ayo, pero que se pavoneaba como si fuera el poeta más excelso, lo cual lo convertía en el hazmerreír de todos. Pues bien, lo malo de nuestros tiempos es que ahora nadie se ríe del mentiroso, porque la trampa permanece oculta. A X le obligan a firmar un contrato de confidencialidad, así que ignoro qué libros rehace. No obstante, en el mundillo se comenta algún nombre muy conocido, pero no tiene por qué ser de X porque hay otros escritores en la sombra. De hecho, la primera vez que un fantasma me habló de estos tejemanejes fue en 2019; se trataba de una buena escritora que, al igual que X, tiene ventas medianas. Los dos me dijeron la misma frase: “Entro en las librerías y pienso: esta novela es mía, y esta, y esta otra”. Debe de ser amargo saberse mucho mejor artista que esos autores de mentira y tener una ínfima parte de su éxito.

Hace siete años ya me escandalizó la situación, pero la otra noche me dolió mucho más, como quien echa sal en una herida abierta. Y es que estoy harta de las marrullerías, de los trucos sucios, de las corruptelas y las mentiras, de esta sociedad de malditos trileros. Siempre he pensado que el arte nos salva; que la literatura es el refugio de las almas buenas o, al menos, de las que aspiran a ser mejores. Por eso me desespera que también aquí, en este pequeño oasis, haya mangantes.

No puedo más. Basta ya de unos comportamientos depredadores que en algunos casos son delictivos y que en otros solo rozan la ilegalidad, pero son igual de repugnantes moralmente. Y lo peor es que quienes actúan así creen estar en su derecho. De la misma manera que el escritor que no escribe termina creyendo que es Cervantes, estos desfachatados piensan que estirar las leyes, retorcer las normas y apañarse un dinero no es más que lo que la sociedad les debe y que, por añadidura, todos lo hacen. Pues bien, les voy a dar una noticia: no lo hacen todos. Ni muchísimo menos. Solo los chorizos y los parásitos. Porque la corrupción es eso, un parásito que se esconde en la barriga del cuerpo social, como la tenia que termina colonizando el intestino. Y así estamos, ocupados por un gusano que parece estructural, que abarca a derechas e izquierdas, pero eso sí, sólo a las personas de posibles, de dinero y sobre todo de poder, de influencias y de un egocentrismo encanallado. Porque la gente, la inmensa mayoría de la gente, de derechas y de izquierdas, no es así. Miro a mi alrededor en el último día de la Feria del Libro de Madrid, en este milagro de hermandad, de creatividad y de alegría por medio del poderoso vínculo de la literatura, y me vengo arriba: en realidad, los autores mentirosos son una excepción (al igual que los demás golfos de este mundo). Lo que abunda son los escritores que perseveran en la obra aunque sean poco leídos, y las pequeñas editoriales que navegan por mares furiosos, y las grandes editoriales que se despepitan por visibilizar sus catálogos, y los libreros maravillosos que no paran jamás de trabajar. Abundáis vosotros, lectores, que recorréis la feria día tras día, que a veces os gastáis con esfuerzo vuestros últimos euros en un libro, en un cuento, en una pizca de palabras y belleza. Por eso me digo una vez más que no todos hacemos lo mismo, que no todos somos ladrones. Sólo sois un puñado de mangantes y estamos hartos.

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