Aplaudieron todos en el Congreso pero no por lo mismo, contentos como niños con su trozo de Papa en la boca.
Elvira Lindo, 14.06.2026
Siete minutos de aplausos. Al estilo de un congreso del Partido Comunista soviético. Siete minutos. Pruébenlo, aun a riesgo de parecer tronados delante de los suyos: levántense y comiencen a aplaudir con energía y sin perder entusiasmo, sigan así, siete minutos. Solo de esta manera percibirán lo largos que son. Los profesionales de la radio saben bien lo que vale cada segundo: al cabo de tres minutos uno ya no sabe ni lo que aplaude. Ah, perdón, sí que lo sabían en este caso. Aplaudían para patrimonializar a quien pronunció el discurso, aplaudían para no dejar de aplaudir antes que el de al lado o para afirmar que lo escuchado está en consonancia con la ideología propia, aunque ocurra que lo expuesto por el padre santo esté radicalmente en contra de lo que a diario se defiende a gritos, con sarcasmo o violencia verbal. Sin piedad.
Aplaudía la derecha porque siempre ha considerado que en España la voluntad de Dios está de su parte, no le falta razón, pero tampoco le sobra, dado que ignora a esos otros fieles que anteponen la compasión y la generosidad al interés propio. Aplaudía Díaz Ayuso con su traje negro y su moño de devota, como transida, y a las pocas horas denunciaba públicamente que los que nos llegan en pateras van armados con móviles. ¡Móviles en África! Estamos perdidos. Aplaudían muchos en connivencia con la extrema derecha, convirtiendo al Papa, y esto sí que es inaudito, en un progre. Aplaudían quienes creen que su patria es solo para los cristianos, quienes recurren al discurso colonialista de la evangelización al salvaje.
Aplaudía la izquierda satisfecha por el sapo que se han de tragar los de la “prioridad nacional”, aplaudía porque este papa, sereno y cultivado, impone un silencio eclesiástico cuando recuerda que no deben existir los excluidos, que no hay vida más valiosa que otra. Pero la izquierda también hubo de aplaudir fingiendo que no se enteraba cuando escuchó aquello de que el ser humano no tiene derecho a acabar con el dolor si el dolor emana de la enfermedad.
Aplaudieron las diputadas feministas aunque no hay papa sobre la Tierra ni ha habido ni habrá que esté de acuerdo con el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Aplaudieron porque esa mañana en que el estrado se convirtió en púlpito priorizaron lo urgente. Es justo reconocer que el discurso a favor de los inmigrantes emanaba un halo de samaritanismo en estos tiempos de crueldad. Aplaudieron siete minutos hasta los entusiastas de Trump, los partidarios de la guerra, los equidistantes con Israel, los que ignoran a las víctimas de Gaza, aun sabiendo que este papa se haya medido con Trump por dichos asuntos.
Aplaudieron también quienes habiéndose erigido en defensores de las víctimas de los abusos de la Iglesia toleraron que ese asunto no entrara en el orden del día. Aplaudieron las mujeres ignorando a esas otras mujeres católicas que quisieran una Iglesia igualitaria, más allá de las sotanas. Aplaudieron como asumiendo que cada uno estaba recibiendo su pedazo de discurso: los proinmigrantes, los de la “prioridad nacional”, los antiabortistas, los contrarios a la muerte digna y también sus defensores, los creyentes en una iglesia compasiva y social, los que afirman a los cuatros vientos que los españoles no matan ni violan ni roban, que eso es tarea de los que llegan en patera con el móvil en la mano.
Aplaudieron todos pero no por lo mismo, contentos como niños con su pedazo de Papa en la boca. León XIV, sin pretenderlo, terminó personificando las palabras de san Pablo cuando dijo aquello de ser todo para todos los hombres. Se hizo la paz en el Congreso, concluyó un iluso cronista, pero la paz duró menos de siete minutos. Más reflexión provocaron las palabras de los migrantes del muelle de Arguineguín pronunciadas a la intemperie, fuera del contexto partidista, ante las que no cupo más que el silencio y la inevitable vergüenza porque su dolor exista.
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