Chet Baker, *But not for me.
lunes, 25 de agosto de 2025
VÍVIDO, DA: ADJ. POÉT. VIVAZ
Me pasa ya a menudo y no me gusta. Me despierto aliviado al darme cuenta que todo ha sido el sueño de una noche de verano. Pero, si sólo fuera de verano. Odio los sueños vívidos, algunos ni siquiera son pesadillas al uso, pero sufro con ellos, durante ellos, y generalmente o no tienen final o éste no acaba de la manera que debiera, no concluyen.
En el que he tenido anoche, o al menos el/lo que recuerdo,conducía una guagua por una carretera desconocida y terminaba el recorrido tras una curva sinuosa que logré pasar pero que me dejaba en una calle sin salida a mucha altura del suelo, encontrándome después en una casa de varias plantas donde, a través de una puerta de una de ellas, aparecía una mujer desconocida que me pedía una lata para guardar algo que llevaba en la mano. Creo que en ese momento sonó el despertador -en casa lo hace a las 04:40h- y yo abrí los ojos más templado al darme cuenta de que todo era un mal sueño.
Ya trabajando, hoy con Astor Piazolla sonando en mis AirPods.
En el que he tenido anoche, o al menos el/lo que recuerdo,conducía una guagua por una carretera desconocida y terminaba el recorrido tras una curva sinuosa que logré pasar pero que me dejaba en una calle sin salida a mucha altura del suelo, encontrándome después en una casa de varias plantas donde, a través de una puerta de una de ellas, aparecía una mujer desconocida que me pedía una lata para guardar algo que llevaba en la mano. Creo que en ese momento sonó el despertador -en casa lo hace a las 04:40h- y yo abrí los ojos más templado al darme cuenta de que todo era un mal sueño.
Ya trabajando, hoy con Astor Piazolla sonando en mis AirPods.
Astor Piazolla, *Oblivion.
domingo, 24 de agosto de 2025
sábado, 23 de agosto de 2025
80 AÑOS ADVIRTIÉNDONOS
El escritor británico apuntaba al estalinismo con esta fábula satírica, pero nos dejó un texto que se lee como una advertencia contra cualquier totalitarismo y como una defensa de la independencia, de la inteligencia y, sobre todo, de la humanidad.
Jesús Carrasco, 17.08.2025
Hoy, 17 de agosto de 2025, se cumplen exactamente 80 años de la primera publicación en el Reino Unido de Rebelión en la granja, de George Orwell (1903-1950), y en este día, además de celebrar la vida y la obra de un autor tan influyente y de un ser humano tan singular, me pregunto si esta semana, o este mes, o este año, se publicará algún libro en el mundo que merezca ser igualmente conmemorado dentro de ocho décadas, en el todavía muy lejano año 2105.
La pregunta me obliga a imaginar ese futuro para tratar de entender qué aspecto tendrá, qué quedará de nuestro tiempo en él, cómo seremos y qué nos interesará. Pero, por más que lo intento, no consigo componer una imagen mínimamente clara de ese tiempo por venir. Primero, como es natural, porque el futuro es el territorio de lo incognoscible, y, segundo, porque dada la aceleración transformadora que nos ha traído el desarrollo de tecnologías complejas, el horizonte de visión es cada vez más corto, lo que hace, a su vez, más difícil una proyección a largo plazo.
Por ello, con una capacidad prospectiva tan limitada, ¿cómo aventurar qué tipo de texto escrito hoy puede ser relevante en el año 2105? No solo eso. Embarcada la humanidad, como está, en una crisis climática devastadora, sin visos de reversión sino de lo contrario, ¿qué clase de vida, sin más, será posible dentro de 80 años?
Con esa imposibilidad de mirar hacia el futuro solo nos queda dirigirnos al pasado, que sí conocemos, y hacernos la misma pregunta pero en otro sentido: ¿por qué, tanto tiempo después, se conmemora Rebelión en la granja? ¿Por qué no hacer lo mismo con otros libros publicados ese mismo año y que también se siguen leyendo hoy como Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, o Cianuro espumoso, de Agatha Christie? ¿Por qué, en resumen, Orwell es un autor tan resistente al paso del tiempo, tan vigoroso todavía hoy?
Por el momento, avanzaré una respuesta obvia que también sirve para Cervantes o Virginia Woolf. A saber: los libros de Orwell se siguen leyendo hoy con el mismo entusiasmo que hace 80 años por el simple hecho de que nos cuentan cosas que en este 2025 nos siguen resultando útiles y elocuentes. Esto puede significar dos cosas: que nuestras sociedades no han cambiado sustancialmente desde 1945 o que la escritura de Orwell no está tan anclada a su tiempo como, a primera vista, parece en un escritor cuya visión política de ese tiempo conforma el hilo conductor y la columna vertebral de toda su obra.
Vayamos a la primera de las opciones. Si hacemos una comparación somera entre 1945 y 2025, se aprecia, al menos, una diferencia radical. Aquel año, es preciso recordarlo, fue un año clave para el siglo XX y también para la fundación del mundo que vivimos hoy. En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial y la humanidad, al tiempo que se partía en dos bloques, emprendía un camino de reconstrucción física, política y moral para el que era preciso dotarse de herramientas nuevas que permitieran no volver a sufrir el enorme trauma de un conflicto que terminó violentamente con la vida de entre 40 y 50 millones de personas, según las estimaciones más conservadoras. Por más que el mundo de este primer cuarto del siglo XXI esté marcado por las guerras y tensiones de todo tipo, cuantitativamente, la escala es incomparable, lo cual no hace mejores las masacres contemporáneas.
El libro, en cualquier caso, tiene su germen en la década anterior, cuando a finales de 1936 Orwell viaja a España para luchar contra el fascismo en la Guerra Civil. Más precisamente, cuando durante esa experiencia comprueba de primera mano cómo la larga sombra de Josef Stalin llega, en forma de purgas, hasta las trincheras que defendían la República, tal y como recogió en su Homenaje a Cataluña.
Algunos años después, en noviembre de 1943, Orwell comienza la escritura de esta sátira fabulada del estalinismo en la que los animales de una granja, liderados por un grupo de cerdos, expulsan al granjero-opresor y toman el mando para instaurar lo que comienza siendo una arcadia igualitaria y termina convertida en un régimen de terror.
Cuando Orwell finaliza el manuscrito e intenta publicarlo, recibe una negativa tras otra por parte de editores importantes como Jonathan Cape o T. S. Eliot, en nombre de Faber & Faber. El texto, al parecer, es demasiado descarnado y crítico con el que, en ese momento, es el principal aliado europeo del Reino Unido para luchar contra Hitler. El libro, finalmente, es publicado por Secker & Warburg solo dos días después de que Japón anuncie su rendición incondicional, fin oficioso de la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a su autor en una verdadera celebridad de la noche a la mañana.
Pero en Rebelión en la granja Orwell no se limita a ridiculizar los modos y decisiones de un líder criminal como Stalin. Hacerlo literalmente, con nombres y apellidos, con total seguridad habría impedido que el libro trascendiera su tiempo. Lo que hace el autor es mucho más inteligente y sutil al ofrecernos el itinerario completo que sigue un ideal político que comienza siendo virtuoso y que se va desfigurando hasta lo criminal. Cómo se malogra una utopía paso a paso o, más precisamente, palabra a palabra.
Porque, como el excelente escritor que fue, Orwell pone el foco en el uso del lenguaje avisándonos de que, para dominar a los grupos humanos, la primera plaza que hay que tomar es esa, la del lenguaje, una idea que nos ofrecería, ampliada, en la muy influyente 1984.
El principal vínculo que posibilita una comunidad es el de la lengua y lo primero que hace el totalitarismo, mucho antes incluso de que nos percatemos de que actúa como tal, es destruir el significado de algunas palabras clave, disolviendo así el espacio común, la zona de significados compartidos. Una vez aceptado este hecho, se resignifican esas palabras y lo siguiente es ya un camino triunfal sobre la conciencia de unos individuos que ya no son capaces de reconocer la comunidad de la que anteriormente formaban parte.
La evolución de esta idea está representada en el libro por los siete mandamientos del animalismo que son escritos sobre una pared para que sirvan como aliento y guía moral de la flamante sociedad que surge. Pero, a medida que los líderes se van corrompiendo, los mandamientos van siendo modificados subrepticiamente ya no para iluminar, sino para legitimar esa corrupción. Así, el quinto mandamiento, “Ningún animal beberá alcohol” acaba siendo “Ningún animal beberá alcohol en exceso”.
El hecho de que, como ciudadanos, asistamos cada día a similares estrategias en política explicaría, por sí solo, la vigencia del libro. Donde ponía “celebraremos siempre elecciones primarias porque somos demócratas”, ahora dice “elegiremos a quien le convenga al líder del partido porque eso es lo mejor para todos”.
En este sentido y habiendo descrito de un modo tan preciso el recorrido que de principio a fin sigue cualquier totalitarismo, el libro funciona hoy como una advertencia, igual que en 1945 y que, posiblemente, en 2105. Estos son los signos que anteceden al dominio: tened cuidado, parece decirnos Orwell. Y esos signos, basta con levantar un poco la vista y observar, proliferan hoy por todos los rincones del globo como una señal de lo que puede venir a continuación.
Atendiendo ahora a la segunda de las hipótesis propuestas, procede preguntarse cómo de anclada a su tiempo está la obra de Orwell y la respuesta, para cualquier lector mínimamente atento, es evidente: ya desde sus primeros artículos y textos ensayísticos, percibimos a un hombre fuertemente preocupado por la injusticia que, en su caso, le lleva a denunciar las penosas condiciones de vida en los albergues de Londres para personas sin hogar (por los que él mismo pasó) o la estratagema capitalista que hay tras un periódico parisiense de nombre El Amigo del Pueblo.
Pero, desde mi experiencia como lector, diría que hay en sus textos algo fundamental que no emana necesariamente ni de su calidad como escritor, ni de su audacia como reportero ni de su valentía como denunciante. Es algo que, me aventuro a decir, procede de su calidad humana. De aquello que le constituye íntimamente.
Si desde un punto de vista político Orwell nos advierte, desde una óptica humana lo que consigue con sus libros y, particularmente, con Rebelión en la granja, es iluminarnos. Y lo hace, a través de una escritura inteligente, minuciosa y, lo que es fundamental, clara.
Orwell está dotado, como muchos escritores, de una poderosa capacidad de observación, pero, a diferencia de la mayoría, dispone, además, de un sentido común muy infrecuente que le permite detectar inmediatamente qué funciona mal. Es un sentido común que, además, no solo aplica a sus observaciones del mundo sino a sí mismo. Lo vemos por ejemplo cuando, ejerciendo como policía imperial en Birmania, tiene que matar a un elefante escapado mientras 2.000 nativos le observan. Es plenamente consciente de su papel como miembro de una fuerza opresora y de una casta dominante que terminará aborreciendo.
Ese sentido común se alía con la claridad de su prosa para contar lo que sucede tal y como sucede. Es decir, para contarnos la misma verdad incuestionable de los hechos que todos somos capaces de entender cuando somos testigos de ellos y nadie nos mira ni nos juzga. Sin capas ideológicas, sin condicionamientos sociales, sin filtros culturales. En la intimidad de nuestra casa vemos las imágenes del hambre en Gaza y nos decimos: esto es un genocidio.
Lo escribe Irene Lozano en su fabuloso prólogo a los ensayos completos de Orwell publicados en 2013 —que incluyen Matar a un elefante— cuando nos recuerda la formulación de Hannah Arendt. Esa verdad incuestionable e ineludible de Orwell es lo que Arendt llamó “las modestas verdades de los hechos”. Sobre esas verdades, a veces minúsculas, depositó Orwell su mirada sabiendo que defenderlas le acabaría enfrentando a unos poderosos que, en muchos casos, estaban en su bando.
Abjuró, por ejemplo, del imperialismo británico del que él era hijo en cuanto tuvo experiencia y juicio suficientes. Criticó a Rudyard Kipling por enarbolar ese imperialismo al tiempo que agradecía su importancia como escritor. Luchó contra el fascismo en España y fuera de ella. Defendió un modelo de socialismo democrático que le predispuso contra la intelectualidad británica. Y atacó sin descanso el estalinismo a pesar de que Rusia era el principal aliado de su país contra los nazis y de que Stalin era el referente de la izquierda internacional.
Orwell, con esa visión franca de la realidad y con su uso limpio de la lengua inglesa, reduce la escala de lo inabarcable para que podamos reconocerlo. En todos sus textos se trasluce el núcleo ético del que surgen. Y ese núcleo ético es el corazón mismo de la condición humana. Leemos a Orwell porque reconocemos en él a un igual que es capaz de expresar la verdad esencial de las cosas, aunque moleste. Aunque pierda seguidores. Aunque pierda anunciantes. Aunque pierda votantes. Aunque pierda camaradas de trinchera. La verdad tal como es y como cualquiera, en la intimidad de su casa, es capaz de reconocer.
Orwell representa, en cierto modo, un anhelo para una enorme cantidad de personas. Muchos quisiéramos disponer de su agudeza como observador, de su claridad para discernir, de su valentía para alzar la voz, de su calidad como escritor, de su intenso bagaje humano, de su espíritu insobornable y hasta de sus contradicciones, que también las tuvo.
En mi opinión, Orwell se sigue leyendo por las mismas razones por las que se sigue leyendo a Shakespeare: porque, al margen de lo mudable y cambiante de cada tiempo, de los cataclismos naturales o de los imperios que surgen y se desmoronan, está la condición humana, que ha demostrado estar hecha del material más duradero de entre los conocidos. El temor a que un rayo te parta en pleno Paleolítico es solo una forma de la misma emoción, llamada miedo, que sienten ahora mismo los habitantes de Gaza que no saben por dónde les llegará el rayo: si desde un dron, un misil o arma automática. La misma emoción insoportable que llevan experimentando ya tantos meses los secuestrados por Hamás.
La esperanza es la misma emoción ahora que en el Renacimiento. También el ansia de poder y de riqueza, el abuso y la dominación, la compasión y la piedad. Somos, esencialmente, los mismos que siempre hemos sido. Quien publique un libro este año y ansíe perdurar, al menos, otros 80, hará bien en afilar su bisturí y diseccionar lo único que sabemos seguro que quedará de nosotros para entonces: nuestra mera condición humana.
QUE ME PERDONEN LOS ANTIVACUNAS
La nueva vacuna contra el cáncer ayuda a entrenar a las células T (en azul) para atacar a las células tumorales.
Crédito: NIAID/NIH/Wikimedia Commons.
Una vacuna contra el cáncer pasa con éxito los primeros ensayos clínicos
La vacuna muestra respuestas inmunitarias potentes en pacientes con tipologías complejas, además de un tiempo de supervivencia y sin recaídas muy superior al promedio.
Pablo Javier Piacente, 18.08.2025
Una nueva vacuna contra el cáncer, que estimula al sistema inmunológico para atacar una de las mutaciones más comunes que impulsan esta enfermedad, ha demostrado resultados tempranos alentadores en pacientes con cáncer de páncreas y colorrectal, dos de las variedades más difíciles de tratar.
Un ensayo clínico de fase 1 ha revelado que una vacuna diseñada para atacar una de las mutaciones más frecuentes en tumores cancerígenos, en concreto en el gen KRAS, genera respuestas inmunitarias fuertes y duraderas en pacientes con cáncer de páncreas y colorrectal, consideradas dos de las neoplasias más agresivas y con peor pronóstico.
El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), en Estados Unidos, y publicado en la revista Nature Medicine, ha demostrado una supervivencia libre de recaída y una supervivencia global superiores a los estándares históricos, un dato que promete un avance significativo en el campo de las vacunas contra el cáncer.
La vacuna, denominada ELI-002 2P, está formulada como una nanopartícula de ARN mensajero que, al administrarse en los ganglios linfáticos, instruye al sistema inmunitario para identificar y destruir células tumorales que portan variantes mutadas de la proteína KRAS. Estas mutaciones impulsan cerca del 90 % de los cánceres pancreáticos y el 50 % de los colorrectales, además de hallarse en aproximadamente el 25 % de todos los tumores sólidos.
Un avance clave y de posible aplicación cercana en el tiempo
A diferencia de las terapias personalizadas que requieren fabricar un producto específico para cada paciente, ELI-002 2P se produce de forma estándar y está lista para su uso inmediato. De acuerdo a una nota de prensa, en el seguimiento medio de 19,7 meses tras la vacunación, los valores de supervivencia libre de recaída alcanzaron 16,33 meses y la supervivencia global 28,94 meses, cifras que doblan e incluso triplican las expectativas para estos tumores tras cirugía y quimioterapia estándar.
Según los científicos, se trata de un avance importante para pacientes con cánceres impulsados por KRAS, especialmente el de páncreas, donde la recaída tras el tratamiento convencional es casi inevitable y las opciones terapéuticas son muy limitadas. Quienes desarrollaron respuestas inmunes robustas permanecieron libres de enfermedad y vivieron mucho más tiempo de lo esperado, concluyeron los investigadores.
El estudio también evaluó la seguridad y eficacia de la vacuna en una cohorte de pacientes de alto riesgo tras remisión quirúrgica. Los efectos secundarios identificados fueron leves a moderados y consistieron principalmente en signos de activación inmune en el sitio de la inyección y fatiga pasajera. Ningún paciente experimentó toxicidades graves relacionadas con la vacuna.
Una nueva y alentadora perspectiva
La estrategia de apuntar a KRAS responde a décadas de intentos fallidos de inhibir directamente esta proteína con fármacos, ya que sus mutaciones alteran rutas de señalización celular de forma muy eficiente. A través de la vacuna, en cambio, el sistema inmunitario aprende a reconocer fragmentos mutados de KRAS en las células, abriendo una vía alternativa para neutralizar tumores que hasta ahora eludían los tratamientos dirigidos.
Los investigadores señalan que, si los resultados positivos se confirman en la fase 2 en curso, la vacuna podría integrarse en los protocolos postoperatorios para reducir el riesgo de recaída en pacientes operados por cáncer de páncreas o colorrectal.
MI INFANCIA SON RECUERDOS
La faceta de pensador de Machado no es tan conocida como la de poeta, pero nos dejó ideas y reflexiones que forman una propuesta antidogmática, heterogénea y escéptica, que parte de un humanismo basado en la responsabilidad mutua.
Mar Padilla, 17.08.2025
Georgia Holt, la madre de Cher, decía: “Si no importa en cinco años, no importa”. Y hay cosas que 150 años después siguen siendo importantes, como el nacimiento de Antonio Machado el 26 de julio de 1875 en el paraíso del palacio de las Dueñas, en Sevilla, en una casita alquilada por su familia.
Machado es conocido como poeta, republicano y exiliado. Se conoce menos su faceta de pensador, pero desde la disidencia, nada académico. Como Nietzsche, creía que ante el misterio de la vida, la ambición sistémica y el esquematismo filosófico eran, en verdad, una falta de honradez.
Su huella filosófica se plasma en sus versos y en las identidades ficticias de Abel Martín y de su “alumno y biógrafo” Juan de Mairena, compiladas en Abel Martín. Cancionero de Juan de Mairena. Prosas varias y en Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Su formato es rabiosamente popular, lleno de aforismos, reflexiones y anécdotas, muchos de los cuales aparecieron primero en artículos de prensa.
Era un hombre que cada día anduvo pensando: por Sevilla, Madrid, París, por calles y campos de Soria, Baeza, Segovia, Rocafort (Valencia) o Barcelona y después, casi rendido, en Els Límits —un pueblecito de Girona, cerca de la frontera francesa— y definitivamente en Colliure, hasta el 22 de febrero de 1939, cuando murió, exiliado y huyendo de las tropas franquistas (en 1912 había fallecido Leonor Izquierdo, con quien se casó cuando ella tenía 15 años, una edad entonces legal para contraer matrimonio).
Machado no caminaba con las manos vacías. Le interesaron los griegos, Descartes, Leibnitz, Kant, Schopenhauer y Henri Bergson. Pero no se refugiaba en los libros y daba mucha importancia al pensamiento que surgía de vivencias, conversaciones o deseos.
Era un filósofo para todos los públicos. Su pensamiento era “el hijo luminoso de la admiración y el asombro de vivir y el hijo sombrío del absurdo, el terror y el espanto de vivir”, como reflexiona el filósofo José Martínez Hernández en su libro Antonio Machado, un pensador poético (Almuzara, 2019).
Fue un humanista igualitario que oyó decir a un pastor soriano que “nadie es más que nadie” y que aborreció del esfuerzo de tantos por oscurecer lo que se sabe. “Sentía desdén por lo excesivamente intelectualoide” —explica al teléfono Ana de Haro, doctora en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas—. “Lo que hizo fue quitar todos los andamios para exponer la filosofía con una claridad total”.
En realidad, fue la búsqueda filosófica la que le impulsó a escribir sus primeros versos, según el filósofo Pedro Cerezo Galán, autor de Palabra en el tiempo. Poesía y filosofía en Antonio Machado (Gredos, 1975). Y su labor trascendió: el poeta y crítico José M. Valverde dijo que la importancia del pensamiento de Machado es equiparable a la de Unamuno.
Para Valentín Galván, autor de Así habló Juan de Mairena: cantares de un filósofo (Comares, 2024), Machado merece ocupar un espacio en la tradición filosófica hispánica como pensador antidogmático y desenmascarador de presuntas verdades —que invita a dudar de la propia duda—. El escritor nos descubre que el verdadero motor filosófico del ser humano es la condición de buscar al otro y, también, de querer ser otro.
Creía que si las personas son heterogéneas y múltiples, también lo ha de ser el pensar. Pero, como escribe Martínez, “al contrario que Kierkegaard, Heidegger o la filosofía existencialista, que sienten y piensan lo posible desde la angustia, vincula lo posible a la esperanza diciendo: hoy es siempre todavía”. Así, frente al principio de razón suficiente, Machado opone el principio de posibilidad permanente. Pero sin ningún tipo de candor. “A mi juicio, el gran pecado de la filosofía moderna es que nadie se atreve a ser escéptico”, advirtió.
Lo explica de otra manera la poeta Francisca Aguirre en el documental Antonio Machado. Los días azules (Laura Hojman, 2020): el sevillano andaba siempre leyendo, hablando y escribiendo para que los demás pensasen que hay territorio para vivir, para ayudar y para disfrutar.
Pescar paradojas vivas y no conceptos
Uno de los filósofos que más le interesó fue Bergson: asistió a sus clases en el Collège de France, en 1910. Para ambos, el problema de la descripción filosófica de la realidad es que tiende a ser prisionera de los conceptos —que no recogen complejidades ni matices— y, al querer reflejarla, lo que hacen es homogeneizarla, limitarla. Un ejercicio básicamente pobre, incapaz de contemplar los aspectos relacionales de dicha realidad.
En esa tesitura, Machado opta por exponer parte de su pensamiento a través del verso, dedicándose “a pescar pescados vivos” que siguen viviendo una vez fuera del agua. Por ejemplo, cuando escribe “confusa la historia y clara la pena”, revela en una frase lo que muchos fenomenólogos intentan explicar en varios libros. “Machado tiene una asombrosa capacidad de explicar a través de la paradoja” —subraya De Haro, autora de una tesis sobre el pensamiento de Bergson—. “Ve muy agudamente el problema y expone su pensamiento a través del instrumento de la poesía”.
La filósofa María Zambrano llamaba a Machado legislador poético, porque quizás lograba lo imposible, como comunicar el tiempo en vivo. Así, el sentido de la percepción de la huida del tiempo en “La tarde cayendo está / La tarde más se oscurece; y el camino que serpea / y débilmente blanquea / se enturbia y desaparece” lo podría entender un hombre de hace 3.000 años caminando por las afueras de Atenas al anochecer, y también una adolescente de hoy paseando por los campos de Almería a esa misma hora.
Para este siglo, hay que tomar nota de que Machado no se fiaba de lo que catalogaba como filosofía de mercaderes, en alusión al pragmatismo, al utilitarismo y, por extensión, al neoliberalismo. Criticaba su moral de sacrificio y rendimiento que lleva al perpetuo aplazamiento de vivir en el presente, como explica Galván, también filósofo, en conversación por correo electrónico.
Entendía que hay momentos en los que es necesario volver a pensar en cómo vivimos, y que hay que atreverse a cambiar. Decía: “¿Por qué nos asustan tanto las palabras?; si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos del mundo del trabajo, cuando el del capital es —por definición aceptada— el de las viejas ratas que corroen la nave?”.
Creía, como el filósofo Emmanuel Lévinas, que el colectivo humano solo sobrevivirá a través de la compasión mutua, ahondando en la relación y en la responsabilidad con respecto al otro.
Pero antes o ahora, hay cosas que no cambian. Hace casi un siglo, a él le pasaba lo que a casi todos nosotros: cada día trataba de sobrevivir a esa sensación de “no haber salido nunca, ni aun en sueños, de ese laberinto de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que estando bien pudiera estar mejor, de lo que estando mal pudiera empeorarse”.
UNA LEY NO ESCRITA
Una compañera de trabajo me habla a menudo de su familia, la cual serviría de ejemplo de cómo gestionar un gran clan de maravilla. No sólo se quieren, que por supuesto, sino que los nietos adoran a sus abuelos, los hijos a sus padres, los primos entre ellos, los cuñados trabajan juntos; además aceptan la diversidad que existe y, como guinda, sienten mucho amor por los animales a los que miman y cuidan como a un miembro más de todos ellos. Una familia unida que encuentra siempre una buena ocasión para reunirse, comer, compartir el tiempo. Me gusta que me cuente cosas sobre ellos, disfruto sabiendo que algo tan bonito es aún posible. Yo la felicito mentalmente cada vez que me cuenta alguna de sus historias con las que disfruto como un niño con zapatos nuevos.
Mi familia no se tocaba, o eso pensaba yo iluso. Se tocó y se deshizo irremediablemente. Pero esto es ya agua pasada y el molino quedó ya muy atrás en un recodo del río.
Hoy, ahora, vuelve a ser atacada, en este caso en mi persona, o al menos así lo entiendo, así lo veo. Ya se sabe que "pueblo chico, infierno grande", y nada más certero que el refranero español.
Trabajar rodeado de pirañas es lo que tiene, la envidia, los celos y la ponzoña lo enlodan todo y difícilmente se puede salir indemne y limpio de ello salvo, claro está, alejarse de ello como si se tratara de un agujero negro (que en el fondo lo es).
Escucho hace un rato el maravilloso y sublime Bolero de Maurice Ravel en una interpretación única, en vivo, que me transporta a estas dos últimas semanas de intrigas, castigos y puñaladas, algunas en la misma herida abierta. Uno aprende a base de sangre que nadie es imprescindible en este mundo de mierda, o mundo cretino como prefiero denominarlo. Da lo mismo lo que des, lo que aportes, lo mucho que estés dedicado a tu labor, que te desvivas por tu trabajo. Da lo mismo, un día estás arriba y otro porfían. Es un hecho que la edad te va curtiendo y hasta dando fortaleza, armas para poder ir sobrellevando los asuntos, pero Superman sólo existe en los cómics y en el cine, la vida real es mucho más compleja y no suele haber segundas oportunidades ante la criptonita, que uno la encuentra ya en cualquier lugar adonde mire. Habiendo conocido el bullying de niño, ahora la cosa se ve de otra manera pero muchas veces igual de dura aunque sea por otras causas. En el fondo, ¿no se trata siempre de abusos de una u otra manera?
Tengo familia, amigos y libros (bueno, y una salud medianamente buena), y aunque me falte un perro, doy gracias por todo y sólo pienso en un futuro sin tanto mal rollo alrededor, con tiempo para trabajar en lo mío, para dedicarlo a mi y a la gente que quiero o viceversa porque hasta el machacón Bolero tiene un final apoteósico.
♫
Ravel, *Bolero (Sergiu Celibidache, director)
Orquesta Filarmónica de Múnich.
NOTA. De esta versión se ha escrito de todo, y todo bueno. Para ustedes, siempre de lo bueno lo mejor.
viernes, 22 de agosto de 2025
LA MONTAÑA MÁGICA
La agonía de la libertad
Las obras de Thomas Mann diagnostican la crisis del liberalismo y arrojan certeros diagnósticos del tiempo presente.
Wolfram Eilenberger, 22.08.2025
“¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Adónde nos ha transportado el sueño?“. Las inquietantes preguntas con las que Thomas Mann termina su novela del siglo, La montaña mágica, son también las nuestras. Como si nos hubiésemos despertado de un letargo muy dulce, en vista de la reciente deriva de los acontecimientos del mundo, hemos de reconocer que sentimos una perplejidad fundamental: una gran guerra persistente en Europa, una profunda conmoción de la Unión transatlántica, el innegable deterioro de los principios democráticos, el debilitamiento casi generalizado del centro liberal; el rearme en todos los frentes… Vemos que, si partimos de la experiencia que supuso el gran año de apertura de 1989, así no se habían pensado las cosas, ni planeado, ni esperado.
Precisamente en cuestiones de cultura política el diagnóstico tiene que preceder a la terapia. Al menos así rezaba el principio por el que se guio el escritor y premio Nobel Thomas Mann, quien fue cobrando conciencia política ante los acontecimientos de su tiempo, y del cual se cumplen en este verano 150 años de su nacimiento. De hecho, Mann entendió en retrospectiva sus tres grandes novelas de época, las que le dieron fama mundial, Los Buddenbrooks (1901), La montaña mágica (1924) y Doctor Faustus (1947), como una trilogía sobre el camino de la nación media alemana a la oscuridad: su camino a un nacionalismo bélico y, en definitiva, a un nacionalsocialismo aniquilador del mundo. En palabras de Mann, estas obras tratan de la posibilidad siempre latente, anunciada ya desde varias generaciones anteriores, de que configuraciones culturales enteras retrocedan hasta desembocar en el “primitivismo más arcaico”. Esta amenaza se cierne otra vez sobre Europa. ¿Qué hacer?
¿Un tercer camino? Al igual que todo su entorno cultural de entonces, también Mann se preparó para evitar lo peor en la década de 1920 mediante la búsqueda intelectual y espiritual de un tercer camino. Libre de conservadurismos nacionales estrechos de miras, este camino, según esperaba Mann, permitiría renunciar al liberalismo puramente mercantilista y violento (encarnado para Mann en el ejemplo de la Edad de oro de Estados Unidos antes del cambio al siglo XX), así como a los experimentos de uniformización e igualitarismo que se maquillaban como “revoluciones en nombre del pueblo” (Mann los asociaba especialmente con lo que él denominaba una “Semiasia no latina”). Si no se lograba abrir un tercer camino que condujese a una democratización verdaderamente consciente y autodeterminada, Centroeuropa caería bajo la influencia de dos principios políticos, idénticos en esencia pese a su apariencia disímil: por una parte, el de “a cada uno lo suyo” y por otra, el de “para todos lo mismo”. Pero, sobre todo, bajo tales principios radicales, tal y como Mann hace diagnosticar al narrador de su gran novela bisagra La montaña mágica, pronto tendrá que aparecer el “liberalismo”, “con el que ya no se saca a ningún perro de detrás de la estufa”, es decir, con eso ya no se atrae a nadie. Casi se tiene la impresión de que hemos llegado a este punto.
La gran irritabilidad. Thomas Mann tituló así el capítulo final de La montaña mágica y con ello diagnosticó un estado de ánimo, una atmósfera propicia para la guerra e incluso para la guerra civil. Sin perspectiva de curación final y atormentados por sus propios temores de decadencia, los pacientes del sanatorio de Davos —representantes ejemplares de una sociedad de la abundancia sabedora de su cercano final— se ven acosados en esta novela por “la agresividad, la irritabilidad y por una impaciencia innominada”. Bajo la influencia de tales “circunstancias internas generales”, Mann observa que pronto la convivencia general se vio afectada por “comentarios venenosos, estallidos de furia e incluso peleas físicas”, así como por el “antisemitismo como deporte”: “quien no tenía la fuerza para refugiarse en la soledad era irremediablemente arrastrado por el torbellino”. Hoy lo comprendemos bien, al fin y al cabo, los medios sociales digitales sólo son supuestos sanatorios de opiniones que en verdad no desean curar a nadie y ni siquiera que se salga de ellos.
Del diálogo al duelo. En el punto álgido de tal irritación tiene lugar en efecto la batalla final en el sanatorio de los moribundos de Davos. Los contrincantes elegidos son, por una parte, el anti democráta Naphtha, que acaba de convertirse al catolicismo; y, por otra, Ludovico Settembrini, un erudito privado demasiado imbuido de humanismo, infatigable colaborador de una “Liga para la organización del progreso”. Ambos le sirven a Mann como ejemplos que encarnan las contradicciones principales de las distintas concepciones del mundo en la época anterior a la Gran Guerra. No han perdido nada de su actualidad, al contrario. El neoconservador Naphtha, escéptico de la ciencia y cínico del progreso —un inquietante precursor hecho a medida del actual J.D. Vance y de su restauración católico-liberal— está “siempre al acecho” en la novela, dispuesto a acosar a Settembrini hasta hacerle sangre con sus pullas afiladas (“esto ha sucedido por su humanidad, esté usted seguro de ello… aún hoy es tan solo una antigualla… un ennuí intelectual que solo causa bostezos"). Y, de hecho, el buen Settembrini, en el curso de sus años de tratamiento en Davos, pierde primero su modesta fortuna, después sus ilusiones nada modestas, y finalmente sus ideales liberales. Como consecuencia de un ataque retórico, especialmente malintencionado de Naphtha, reta Settembrini a su adversario a un duelo a pistola al amanecer. Con esta quiebra arcaica de la civilización, como él mismo comprende bien, actúa en contra de todas las convicciones que realmente le guían. Moraleja de la novela: la verdadera defensa nunca elige las armas del enemigo.
La verdad de las ficciones. Cierto, las novelas de Mann son solo ficciones. Pero ¿qué significa esto ya en una época que parece perder cada vez más su contacto con la realidad? En todo caso, las tensiones, los límites y los peligros proféticamente descritos que organizan la trilogía de Mann sobre el retroceso, son de nuevo más legibles que los nuestros. Igual que un cuento moralizante sobre el crepúsculo de un continente y su orientación a un mercado liberal que durante siglos no logró mantener las condiciones de su éxito a la altura requerida, describe Los Buddenbrooks el declive de una familia de grandes empresarios y de su influyente cultura empresarial a lo largo de cuatro generaciones. La montaña mágica se presenta como la reminiscencia de una cultura fatalmente desviada por su propia ociosidad y palabrería, en camino a la autodestrucción bélica como la última salida aparente del propio miedo a la muerte. Esta línea, finalmente, será llevada por Mann en Doctor Faustus de manera consecuente hasta las últimas tinieblas, que se dan cuando toda una cultura supone que solo podrá salvarse de su propio agotamiento y vacuidad con la vuelta a lo demoníaco. Un arco narrativo que amenaza una vez más con hacerse realidad en nuestro tiempo actual.
Experimentar la libertad. Como Thomas Mann escribe novelas, el género por excelencia en el que tiene lugar la mayor apertura, sus diagnósticos no se quedan atrapados en el fatalismo. No hablan de necesidades inevitables sino de peligros genuinos. El tono que le guía no es el del nihilismo sino el de la benevolencia. No le lleva el cinismo sino la ironía que toma distancia. En definitiva, con verdadera libertad solo juzga quien comprueba sus propios límites frente al otro y que, dado el caso, también los rechaza.
Quien lea otra vez las grandes novelas de Thomas Mann no encontrará en ellas terapias que lo curen todo ni recetas milagrosas. Pero sí certeros diagnósticos del tiempo presente. Y sobre todo estímulos para pensar de nuevo por sí mismo, para juzgar por sí mismo; para despertar del letargo ideológico de cada uno. Las novelas de Mann proporcionan, en otras palabras, también hoy, experiencias de auténtica liberación. Y experiencias que se hallan en el fundamento propiamente dicho de toda sociedad abierta.
jueves, 21 de agosto de 2025
EN LLAMAS
De un país en llamas
Para algunos dirigentes políticos y sus correveidiles, lo central de cualquier catástrofe es mostrar la incompetencia del adversario.
Daniel Gascón, 21.08.2025
https://elpais.com/opinion/2025-08-21/de-un-pais-en-llamas.html#?rel=mas
Stephen J. Pyne, catedrático emérito de la Universidad Estatal de Arizona, llama a nuestra época el Piroceno: según él, hemos entrado en una nueva edad del fuego. Todas las culturas humanas han conocido el fuego y lo han usado para modificar el paisaje. Esa fuerza que habíamos domesticado se ha vuelto silvestre de nuevo, por cuestiones que pueden resumirse en el abandono y el cambio de uso, y donde ejerce un papel central el cambio climático. Pyne habla de los fuegos de California o Australia, y sus observaciones parecen relevantes aplicadas a la emergencia de este verano en España, con más de 31.000 personas desplazadas, cuatro fallecidos y cientos de miles de hectáreas quemadas.
Para paliar este problema complejísimo es imprescindible descomponerlo: la situación angustiosa y trágica que exige la movilización de los recursos, la importancia de la acción humana (pirómanos y negligencias), una prevención que se ha descuidado, cambios en el clima y el medio rural, la coordinación de las administraciones y la forma de mejorarla. Con sus numerosos problemas, esa organización parece más eficaz a nivel técnico que entre algunos dirigentes políticos y sus correveidiles, que solo entienden las crisis como crisis comunicativas e interpretan el Estado de las Autonomías como un mecanismo de evasión de responsabilidades. Lo central de cualquier catástrofe es mostrar la incompetencia del adversario y encontrar su origen en la inmoralidad de los contrarios. El resultado es una sensación de desamparo y desconfianza en un sistema que parece cada vez más superado ante las emergencias e incluso el día a día: los que lo gestionan no parecen creer en él. El descontento de los ciudadanos se acoge con populismo paternalista, si conviene, o con irritación, cuando molesta.
Si la solución de un problema exige su descomposición en aspectos concretos, un trampantojo frecuente es volverlo más abstracto: por ejemplo, reclamar un pacto de Estado contra la emergencia climática como el que ha pedido el presidente del Gobierno, a los siete años de llegar al cargo. Como es una cuestión difícil de gestión, competencias compartidas e intereses en liza, trazaremos una línea ideológica (diciendo que no lo es: el objetivo de esa apelación a la unidad es buscar la división). No hay Presupuestos, pero prometemos una gran transformación. Como —en la formulación de Elena Alfaro— casi no queda Estado, promovemos pactos de Estado. No podemos bajar del coche, pero afrontamos un reto planetario. No sabemos resolver un problema relativamente pequeño, así que apuntamos a uno más grande.
miércoles, 20 de agosto de 2025
ASUETO
Vuelvo a la oficina hoy, con algo de fresco en La Esperanza y el bar cerrado por vacaciones, adiós a mi primer café del día. ¡Quién iba a decir que echaría tanto de menos escuchar la COPE! (metafóricamente hablando, entiéndanme).
Un fin de semana en París, en modo OFF a pesar de la gente, no da para mucho, pero sí para volver a plantearme dejar el trabajo; volver me cuenta un triunfo. O dos.
Música para animarme -suena Mi'Ma'amakim-, nuevo ambientador en el despacho, esta vez con aroma a frambuesa, y la ventana abierta de par en par para que el poco aire que entra lo ventile un poco. El termómetro del móvil marca 19°, pero no sé yo, me parece que ya hace calor, por lo que me temo que va a ser otro día duro.
España sigue ardiendo, terrible lo que nos sigue contando el periódico. No se apagan los incendios y lentamente van devorando nuestro rico patrimonio boscoso. Estas noticias me retrotraen a los últimos incendios que hemos tenido en las islas años anteriores y que fueron también terribles. una pena, crucemos los dedos.
Claro que esto me hace pensar en las dichosas competencias autonómicas, sí. Las Comunidades se matan unas a otras por conseguir más autonomía, más competencias, es decir more money! El poderoso caballero que todo lo enfanga y lo puede. Pero claro, he ahí que cuando conviene ya las competencias parecen haberse diluido y la culpa, cómo no, es ahora del Gobierno; esto se parece cada vez más a una conversación entre Tip y Coll. Hasta la inefable Ayuso se ha atrevido a decir que la causa de los incendios la tiene la deriva de la política nacional, alucinante. Si es que los rojos van a ser los culpables del cambio climático. Tenemos los políticos que nos merecemos, los votamos, ni más ni menos.
La semana será corta, aí quiero creerlo. Hoy miércoles con una tarde larga, mañana jueves con sabor a viernes, almuerzo con una vieja amiga y avión por la tarde.
¡Qué mal duermo en Santa Cruz!
Continúa la cuenta atrás hasta las vacaciones de septiembre.
Tic, Tac.
Y otra cuenta atrás que tampoco para, aunque ésta aún demasiado lenta.
T i c, T a c.
♫
Idan Raichel, *Mi'Ma'amakim.
martes, 19 de agosto de 2025
DEL BAÚL
Celebración de las bodas de mis padres en 1962, en casa de mis abuelos maternos (nada de los bodorrios que se celebrar hoy).
En la foto, de izda. a dcha., mi padre y mis tíos Domingo (Pérez Minik) y Juan (Nijota).
Felicitación de mis tíos Lola y Juan por el santo de mi padre y el mío, allá por 1969; yo contaba con 6 añitos. La máquina de escribir, por cierto, la heredé de ellos y está en casa sobre la misma mesa donde la usaba mi tío, junto al retrato de mi tía Lola.
lunes, 18 de agosto de 2025
PARÍS (CRÓNICA IV)
ARTE URBANO
En cada esquina, bajo cada cornisa, en cualquier medianera, allá donde mires, te encuentras con una pieza de urban art. Obey. Mr. Bad Tiles y hasta un Banksy creímos haber visto. Un museo al aire libre con piezas para descubrir a medida que uno pasea, a cualquier hora, de día o de noche.
Au revoir.
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