Mi amigo E me recoge al salir del oculista esta mañana y me deposita en Los Rodeos con tiempo de adelantar el vuelo y, como no era suficiente la hazaña, me hace un regalo de despedida que acepto no sin rubor. Nada de impostura, al contrario, azorado por tanta amabilidad y bonhomía con la que nos tiene acostumbrados a los que lo conocemos y queremos.


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