El hombre de 35 años volvió a la nave donde cobija a sus más de 700 cabras cuando las llamas del incendio las acechaban y consiguió salvarlas con una manguera sin presión y un cubo de agua.
Álvaro Sánchez-Martín, 14.07.2026
No le dio importancia. Cuando su hermano le dijo que había fuego en Los Gallardos, Waheed Mumtaz (Gujrat, Pakistán, 35 años) acababa de llegar a la nave en la que guarda a su rebaño de 720 cabras para ordeñarlas. La noticia no hizo que cambiara de plan. Su terreno está en la carretera que da acceso a Bédar, el pueblo que terminó por llevarse la peor parte del incendio, pero en ese momento lo separaban de las llamas más de siete kilómetros. Lo que Mumtaz no intuía entonces es que solo unas horas después se vería junto a su hermano luchando mano a mano contra lenguas de fuego y usando como única defensa una manguera sin presión y un cubo de agua.
Cuando olió el humo por primera vez eran poco más de las siete y media de la tarde. “Ahí ya empecé a preocuparme”. El olor era más intenso por momentos. Salía cada pocos minutos, miraba al horizonte para ver cómo iba evolucionando la situación y volvía a entrar. Pasaron los minutos y ya no solo lo olía, sino que lo veía. Era más espeso y gris y no le dejaba respirar ni ver si detrás de la cortina opaca había una lengua de fuego acercándose. “El humo me da más miedo que el fuego”, admite. En ese momento es cuando él, junto a su hermano Khaward y al operario que trabaja allí, Karan, huyeron en coche hasta Bédar. “Lo primero es salvar la vida y primero van las personas antes que los animales”.
Ya no quedan más como él allí. El último pastor de Bédar llegó a España hace ya 21 años y ha trabajado en una tienda de comida de Barcelona, en una pastelería y ha sido taxista. “En mi país hay muchos animales. Me viene en los genes”, cuenta para explicar su decisión de irse al campo.
Pero lo que Waheed dejaba atrás no era solo un recuerdo de su país. La granja fue una apuesta desde que llegó allí el año pasado en busca de una vida más tranquila. No tiene seguro, así que lo habría perdido todo. Las cabras son la fuente de ingresos de una familia de cinco personas. De la leche que ordeña el hombre vive su mujer, su hijo, su padre y un hermano mayor “que está enfermo y no puede trabajar”. Eso era lo que pensaba constantemente cuando, desde un mirador del pueblo, veía cómo avanzaba el incendio hacia su terreno. “Allí decidí qué hacer: quedarme allí arriba o jugarme la vida por mis animales”. Decidió lo segundo.
Él y su hermano cogieron a gran velocidad las curvas de la carretera montañosa que baja de Bédar a su finca, mientras contemplaban el fuego desde la ventanilla y trataban de divisar la nave entre el humo que se colaba desde el valle. Cuando llegaron, las llamas estaban muy cerca. Primero, regaron con la manguera la puerta. Después, la rambla que tenía detrás. “Está llena de leña, caña, paja seca”. El resultado, dice, podría haber sido desastroso. Luego el fuego empezó a agujerear la manguera y a hacerla perder presión. Al final solo les quedaba el cubo.
“Cuando estaba allí, solo pensaba en mi familia”, dice. “Me jugué la vida por mis animales porque mi vida depende de ellos”, explica. No se fue del lugar hasta que lo echó la Guardia Civil a las diez de la noche, la misma hora a la que se encontró el primero de los 12 cadáveres incinerados que aparecieron en los alrededores del pueblo. Una mujer más murió por las quemaduras días después, el domingo, en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Waheed volvió a subir a las cinco de la mañana del viernes, cuando el incendio todavía estaba desbocado, y ya nadie lo movió de allí.
Al final consiguió salvar a casi todas las cabras. A todas menos a una. Era a la que más quería, su favorita, su compañera, como el que dice de su perro que es uno más de la familia. La cabra lo seguía a todos lados: “Yo no la tenía ni que llamar”. Era la única a la que dejaba salir de la finca “porque siempre volvía”. Esta vez no volvió. Después de todo lo vivido, Mumtaz se rompe al recordarla.
El resto de cabras están bien, aunque han sufrido mucho. “Si no se las ordeña en varios días, pueden desarrollar mastitis. Eso es lo que más me duele. Es maltrato animal”, asegura el pastor. Intenta darles poco de comer para que no produzcan leche, porque su ordeñadora automática se ha estropeado y es imposible extraer la leche de tantas cabras a mano.
Calcula que en este tiempo ha perdido entre 1.500 y 2.000 litros de leche y que las cabras, después de tanto tiempo sin ser ordeñadas, darán menos que antes. Mumtaz hace balance de lo que tiene, de lo que ha perdido y de lo que podría haber desaparecido para siempre. “Hay que dar gracias a Dios”, dice, a pesar de todo.


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