Ingenuo de mi, lo que es no salir nunca a comprar, pensé que ayer, día de fiesta y comenzando las Navidades, nos encontraríamos el centro comercial abierto porque necesitábamos echarle un ojo a un nuevo microondas, pero estaba todo cerrado. Así que, estando ya allí, cenamos una ensalada césar y una hamburguesa de pescado y nos decidimos a ver "Carrie". Tanto la protagonista como su madre, la siempre estupenda Julian Morre, están muy bien, pero la película es muy floja, ñoña y absolutamente prescindible. ¿Lo mejor?, sin duda los últimos 15 minutos. Una perfecta ocasión para volver a ver la versión de Bian de Palma de 1976, con Sissy Spacek.
Carrie es la tercera adaptación de Carrie de Stephen King. Está protagonizada por Chloe Grace Moretz como Carrie White, y Julianne Moore como su madre, Margaret White. La película se estrenó el 18 de octubre de 2013, enEstados Unidos y en México el 15 de noviembre de 2013, mientras que en España lo fue el 5 de dicembre de 2013.
Carrie White es una chica que cursa sus tres últimos meses de su último año en la Preparatoria Ewen en Chamberlain. Un día, mientras se baña en las duchas de la escuela, tras la clase de gimnasia, Carrie tiene su primer periodo. Siendo totalmente ignorante acerca de la menstruación, piensa que está desangrándose y se aterroriza. Las otras chicas se ríen de ella y la humillan arrojándole tampones y toallas femeninas. Una de las chicas, Christine Hargensen, quién tiene fama por acosar a Carrie desde hace tiempo (sexto año), graba el suceso y más tarde lo publica en YouTube. La Profesora de gimnasia, Rita Desjardin, llega a las duchas, calma la situación y consuela a Carrie llevándola a su oficina. La profundamente religiosa madre de Carrie, Margaret, es llamada por teléfono para recoger a Carrie temprano. Al llegar a casa, creyendo que el periodo de su hija es un "pecado", Margaret la encierra en un armario para que rece y pida perdón a Dios. Carrie grita con desesperación para salir, y repentinamente se hace una gran grieta en la puerta. Ambas quedan totalmente sorprendidas con esto, y Carrie se da cuenta de que tiene poderes telequinéticos...
FUE una sensación extraña. Anoche soñé que era político. En mi sueño, había
nacido en una ciudad pequeña, de cien mil habitantes, en una familia normal, de
clase media. Estudiante tarambana, no había sido capaz de completar Derecho. Más
centrado en el mus y la cafetería que en el Romano y la biblioteca, solo había
logrado aprobar dos cursos en cuatro años. Aquello no era lo mío. Pero en
segundo arreglé mi vida. Fue allí, en la Facultad. Tenía 21 años. Una tarde, al
acabar una partida de mus con carajillos, un colega que andaba en política me
lió para que lo acompañase al local de su partido. Yo jamás había tenido
inquietudes de esa naturaleza. Ahora que nadie nos oye, confesaré que mi lectura
más elevada era el «As». Pero me gustó aquello. Había buen rollete, tías, café,
revistas, cotilleo. Como era tiempo de campaña, a la semana nos subieron a una
furgo, a pegar carteles. Al cabo de un mes, me afilié. La mejor decisión que he
tomado.
Tres años después hubo elecciones municipales. Como yo era un tío
majete, me metieron de relleno en la lista. Pero nuestro candidato a alcalde
barrió. Inesperadamente, acabé de concejal, con solo 23 años. Me endilgaron el
departamento de Fiestas. Al alcalde, que tenía mando en el aparato regional, le
caía bien, le hacía gracia tener un concejal tan pipiolo. Cuando llegaron las
autonómicas, me coló en la lista. Con solo 25 años ya era diputado autonómico,
además de concejal de Fiestas con «dedicación exclusiva». Fueron tiempos
felices. Estábamos en plena burbuja. No habían comenzado las milongas puristas y
podías cobrar los dos sueldos, el de concejal y el de diputado. Dos mil
quinientos de un lado. Cuatro mil y pico del otro… y allí estaba yo: seis mil
euros al mes antes de llegar a los 30.
Repetí tres legislaturas de
concejal y diputado autonómico. Además, me sentaron en los consejos de
administración de la caja de ahorros y de la empresa municipal de autobuses. La
pasta me salía por las orejas. En el ayuntamiento, de Fiestas había pasado a
llevar Urbanismo e Infraestructuras (aunque en realidad no sabía nada de ninguna
de las dos). Y llegó mi gran momento. El alcalde se marchó de consejero
autonómico a mitad de legislatura y el partido me eligió para sustituirlo. Fui
alcalde dos años. Cuando llegaron las municipales, competí por primera vez como
cabeza de cartel. Pero la prensa local se conjuró contra mí, me acusaron de
chanchullos en unas recalificaciones con un constructor amiguete. Todo mentira,
claro. ¿Acaso es ilegal tener amigos? Pero la oposición consiguió la mayoría
absoluta. Días chungos. Tras quince años de película, me vi sin mis consejos y
con el sueldo pelado de concejal de la oposición, 2.000 euracos al mes. Yo tenía
mis compromisos (dos hipotecas, préstamos, un divorcio). Y nunca había currado
fuera de la política. No sabía hacer nada. Pero ahí el partido me demostró su
grandeza.
Hoy soy senador. Aquí estoy, en la cámara-spa, felizmente
acogido junto a otros cracks que jamás en su vida han ganado unas elecciones.
Buenos hoteles, secretaria, despacho, vuelos gratis y un sueldazo. Mi vocación
de servir a los ciudadanos no deja de crecer.
“Problemática”, “autoritaria”, “camino a una dictadura”, “amenaza a la democracia”. Estos son algunos de los términos que han aparecido en la prensa europea en relación al anteproyecto de Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana que el Consejo de Ministros aprobó el pasado viernes. Una nueva normativa que ha despertado el recelo de columnistas del diario británico The Guardian o del alemán Die Tageszeitung (TAZ), y de cuya polémica generada se han hecho eco varios rotativos europeos. En el Reino Unido, The Guardian abría la semana pasada con el titular “De Québec a España, las leyes contra la protesta amenazan verdadera democracia” una información firmada por Richard Seymour en la que aseguraba que “elchoque entre la austeridad neoliberal y la democracia popular” ha producido una crisis de “ingobernabilidad” en las autoridades. “La reorganización de los estados en una dirección autoritaria es parte de un proyecto a largo plazo para detener la democracia manteniendo un mínimo de legitimidad democrática, de eso es lo que van las leyes antiprotesta”, mantenía el rotativo británico, que calificaba la reforma legal en España como “un ataque a la democracia”. “No se trata sólo de un elemento más de disuasión de las protestas, sino que tiene un efecto de domesticación a largo plazo para este tipo de manifestaciones”, señalaba el artículo. The Guardian repasaba las modificaciones legales en varios países y extraía una tajante conclusión: en aquellos donde ha habido recortes y retrocesos en derechos y libertades, los gobiernos han endurecido las leyes para evitar que los ciudadanos protesten. El columnista señalaba, además, la diferencia del trato policial entre las protestas convocadas por organismos “oficiales”, como podrían ser los sindicatos, y las manifestaciones protagonizadas por ciudadanos que no están bajo ningún ente de este tipo. “Al tratar con las protestas más grandes en representación de entes ‘oficiales’, la policía tiende a preferir enfoques consensuados y negociados, y tienden a tener una mayor distancia física sobre las personas”, indicaba el artículo. “Por el contrario, los pequeños grupos de manifestantes que representan coaliciones sociales independientes sonmás propensos a ser considerados extremistas , terroristaso incluso -suspiro teatral- anarquistas, y por lo tanto sujetos a la policía militarizada, la vigilancia directa y la coerción física, con la invocación de la ley ‘anti- terrorista’ u otras leyes represivas”.
“Te deja sin palabras”
En un sentido similar, el diario cooperativo alemán Die Tageszeitung publicaba un artículo fechado en el 21 de noviembre con el titular “Camino a la dictadura”. En su columna, el corresponsal del TAZ en España, Reiner Wandler, criticaba las limitaciones legales de la protesta afirmando que el hecho de que a las “víctimas de la política de estabilidad europea y los que protestan” se las amenace con multas “deja sin palabras”. “En Madrid no sólo se debe prevenir la protesta social, sino también erradicar la pobreza mediante multas.Quien duerme en la calle puede esperar multas de hasta 750 euros. Y si se queja, puede conllevar 30.000 euros adicionales por insultar o amenazar a la policía”, denunciaba el artículo, publicado antes de que el Ejecutivo español rebajara algunas de las sanciones que preveía inicialmente el borrador. “En España, claro, no se ha llevado a cabo un golpe de Estado, y el Parlamento todavía está allí, peroya no defiende más los derechos civiles”, concluía.
“Una ley contra los indignados”
También el semanario alemán Der Spiegelse hacía eco de la reforma legal y recogía las declaraciones de la portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Ada Colau, quien denunciaba el “autoritarismo máximo” que supone la norma. También las del director de Greenpeace en España, Mario Rodríguez: “Esta es la nueva arma del Gobierno para intimidar a los desobedientes, a los ‘niños malos’”. “La ley se dirige contra el movimiento de los indignados”, aseguraba Der Spiegel, a la vez que destacaba que “sólo las dictaduras negarían a sus ciudadanos el derecho a manifestarse”. En Italia, Il Giornale informaba de que “indignarse en España saldrá caro”, y destacaba como “muy discutible” la confección de un “registro de infractores” que prevé la reforma legal, “con nombres y apellidos de los autores, y la fecha y el lugar del evento”. En una información firmada por Giuliana De Vivo el pasado domingo, se hacía eco de la “polémica” suscitada por el anteproyecto de ley y constataba que, “si estuviera en vigor en Italia, aligeraría gran parte de la cuenta bancaria de algunos de los participantes en manifestaciones”. En este sentido recordaba el “provocador beso” de una manifestante a un policía antidisturbios durante una protesta contra la construcción de una línea de tren de alta velocidad en la ciudad de Susa: “Según lo declarado por la protagonista, ‘no era un mensaje por la paz, sino que quería ridiculizar a la policía’”. Así que, insinuaba el artículo, con la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana en vigor, en España este acto podría llegar a sancionarse con hasta 1.000 euros por “vejar o injuriar a los agentes de las fuerzas de seguridad”, una sanción que inicialmente se preveía como grave, con multas de hasta 30.000 euros. El Consejo de Europa también ha manifestado sus reparos a la reforma legal del Gobierno. El comisario europeo de derechos humanos, Nils Muiznieks, afirmó este lunes en Bruselas que el borrador presentado por el Ministerio del Interior es “altamente problemático”, y planteó sus dudas acerca de la necesidad de mantener estas “restricciones en una sociedad democrática, sin interferir demasiado en la libertad de reunión“. Muiznieks , que se mostró “seriamente preocupado” por el impacto que pueda tener la ley sobre los derechos fundamentales y declaró que espera que el Ejecutivo “no vaya más allá” en la limitación de la protesta porque la ciudadanía tienederecho a expresar “el desacuerdo con las medidas de un Gobierno”.
Hay algo intensamente desafiante en Nir Baram. En su obra y también en su persona. En rebeldía, ha hecho algo que solo un israelí sin miedos puede hacer. Le ha ofrecido a su país una novela en la que retrata los horrores previos a la II Guerra Mundial de forma perturbadora: sin retratar a monstruos ni narrar sus sangrientos crímenes, dejando apenas entrevista la muerte de millones. En Las buenas personas Baram somete al devenir de la historia a dos seres humanos especiales, rebosantes de talento y sensibilidad. Ambos tientan al lector desde sus fascinantes personalidades, y trágicamente acaban eligiendo ser colaboradores de los grandes males del siglo XX por un cruel y desangelado oportunismo. Sus decisiones tienen unos devastadores efectos y los engullen a ellos mismos y a la dignidad de toda una generación.
“Es el primer libro en Israel que trata de la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto”, explica Baram en su apartamento en Tel Aviv, desde el que trabaja. Sus protagonistas, Thomas y Sacha, son resortes imprescindibles del mal, pero no lo ejecutan directamente. Por ellos mueren miles de personas, pero no ven directamente la sangre que emana de sus acciones. “Me centré en colaboradores, y cuando escribí el libro pensé en las implicaciones morales de hacerlo. Pero al fin y al cabo creo en que la literatura no debe educar al lector sino hacerle reflexionar”. La provocación de Las buenas personas fue mayúscula en un país donde el Holocausto no es solo un doloroso recuerdo sino también una posibilidad de futuro de la que advierten frecuentemente los políticos. David Ben Gurion, padre fundador de la patria, escribió en 1960 que “en Oriente Próximo, en Egipto y Siria, los aprendices de nazis quieren destruir Israel”. El mes pasado, durante una visita oficial del presidente francés, François Hollande, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo, en referencia a Irán, que su deber es “evitar que nadie ejecute un nuevo holocausto”. Carente de lecciones morales, el libro se presta a interpretaciones muy diversas. Parte de la crítica hizo trizas sus premisas, no su estilo. Hubo quienes acusaron a Baram de relativizar el mal. “Cuenta, por milésima vez, lo que ya se ha contado en un sinfín de ocasiones”, escribió tras su publicación Nissim Calderon en el diario Yedioth Aharonot. “Y dice cosas por milésima vez que ni siquiera son inteligentes cuando se cuentan bien. El mal nazi y el mal soviético fueron pérfidos. El mal israelí es diferente. Sugerir que debemos entender los tres usando los mismos parámetros es como sugerir que un médico trate el sida con los medios con que se trata un ataque al corazón”.
La novela fue publicada en 2010 en Israel, donde ha vendido 40.000 ejemplares, un fenómeno en un mercado pequeño como el del hebreo. Ha sido traducida a 14 idiomas, entre ellos español, en una reciente edición de Alfaguara. En septiembre Baram publicó su última novela en hebreo, El mundo es un rumor, otro éxito de ventas que ha generado un intenso debate en Israel sobre el agotamiento del capitalismo. La líder del Partido Laborista, Shelly Yacimovich, ha definido esa obra como la “más inteligente, penetrante y provocadora documentación hasta la fecha sobre los procesos económicos, sociales, y morales” que recientemente han generado protestas en todo el mundo, incluido Israel. Baram, nacido en Jerusalén en 1976, es hijo de su tiempo. Su padre, Uzi Baram, fue ministro de Isaac Rabin en aquellos días convulsos posteriores a la firma del acuerdo de paz de Oslo con los palestinos. “Había una atmósfera muy violenta en Israel, no creo que hoy nadie pueda entenderlo. El odio al gobierno de Rabin era máximo”, recuerda. A diario temía por la seguridad de su padre y su familia. Eran los días de las manifestaciones con los ataúdes de cartón y de las fotos trucadas de Rabin vestido de nazi, antes de su asesinato en 1995, a pocos metros de donde vive hoy Baram. Hoy, Israel, dice Baram, recoge las tempestades de la siembra de aquellos vientos. “Vivimos en un estado constante de paranoia que no es solo por Netanyahu, sino porque se ha creado una sociedad consumida por el racismo y el miedo”, opina. “Culpar a Netanyahu no sirve de nada. Es solo un payaso. Es solo un representante del estado mental israelí”. Como en todo, Baram va un paso más allá. A diferencia de la gran mayoría de escritores de su generación, da por cumplidos los objetivos del sionismo. “No creo en un estado judío, sino en un estado israelí”, dice. Su ideal: que la izquierda israelí y palestina se unan en crear una “sociedad multiétnica”. “Me lavo las manos por lo que os ha pasado: estoy limpia de la sangre de estos justos”, llega a exclamar Sacha, protagonista de Las buenas personas, al enfrentarse a su culpa. No la juzga Baram. Tampoco la historia. No es nadie para la posteridad. La fría distancia del autor es todo un riesgo narrativo cuando viene de Israel y pertenece a un pueblo, como el judío, marcado por persecuciones y exterminios. Pero Baram renuncia voluntariamente a las pasiones y a los clichés que Israel proyecta en el extranjero. Así es su obra, y él mismo resume sus convicciones en una frase: “Nunca aceptaré escribir en clichés para tener éxito en los círculos literarios de Nueva York”.
Muere Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra (1918-2013)
Mandela manejó la política con maestría combinando un encanto infinito, nacido de la enorme seguridad en sí mismo, principios inflexibles, visión estratégica y pragmatismo.
Nelson Mandela, el primer presidente negro de Sudáfrica y hombre clave para acabar con el régimen racista del apartheid falleció este jueves a los 95 años en su casa de Johanesburgo rodeado de su familia. La salud de Madiba (abuelo), como cariñosamente se le conocía, era frágil desde hacía tiempo. Con Mandela desaparece una de las figuras claves del siglo XX, un símbolo de la capacidad de los pueblos para superar el pasado.
Nelson Mandela llegó temprano a trabajar el 11 de mayo de 1994, al día siguiente de tomar posesión como primer presidente negro de Sudáfrica. Andando por los pasillos desiertos, adornados con acuarelas enmarcadas que ensalzaban las hazañas de los colonos blancos en la época de la Gran Marcha, se detuvo ante una puerta. Había oído ruido dentro, así que llamó. Una voz dijo: “Entre”, y Mandela, que era alto, alzó la mirada y se encontró ante un inmenso afrikaner llamado John Reinders, jefe de protocolo presidencial durante los mandatos del último presidente blanco, F. W. de Klerk, y su predecesor, P.W. Botha. “Buenos días, ¿cómo está?”, dijo Mandela, con una gran sonrisa. “Muy bien, señor presidente, ¿y usted?”. “Muy bien, muuuy bien...”, replicó Mandela. “Pero, si me permite preguntar, ¿qué está haciendo?”. Reinders, que estaba metiendo sus pertenencias en cajas de cartón, respondió: “Me estoy llevando mis cosas, señor presidente. Me cambio de trabajo”. “Ah, muy bien. ¿Y dónde se va?” “Vuelvo al departamento de prisiones. Trabajé allí de comandante antes de venir aquí a la presidencia”. “Ah, no”, sonrió Mandela. “No, no, no. Conozco muy bien ese departamento. No le recomiendo que lo haga”.
Mandela, poniéndose serio, trató entonces de convencer a Reinders de que se quedase. “Mire, nosotros procedemos del campo. No sabemos cómo administrar un organismo tan complejo como la presidencia de Sudáfrica. Necesitamos la ayuda de personas experimentadas como usted. Le pido, por favor, que permanezca en su puesto. Tengo intención de no cumplir más que un mandato presidencial, y entonces, por supuesto, usted será libre de hacer lo que quiera”. Reinders, tan asombrado como encantado, no necesitó más explicaciones. Mientras meneaba la cabeza, perplejo y admirado, empezó, poco a poco, a vaciar las cajas.
Reinders, cuyos ojos se llenaban de lágrimas al recordar la anécdota algún tiempo después, me contó que, durante los cinco años que trabajó junto a Mandela, viajando por todo el mundo con él, no recibió más que muestras de cortesía y amabilidad. Mandela le trató siempre con el mismo respeto que al presidente de Estados Unidos, el papa o la reina de Inglaterra, quien, por cierto, le adoraba. El primer presidente negro de Sudáfrica debía de ser la única persona del mundo, tal vez con la excepción del duque de Edimburgo, que siempre la llamaba “Elizabeth”, o al menos el único que podía hacerlo sin que se lo reprocharan. (Un amigo mío que estaba cenando un día con él en su casa de Johannesburgo recordaba que apareció una criada con un teléfono inalámbrico. Era una llamada de la reina de Inglaterra. Con una gran sonrisa, Mandela se acercó el auricular y exclamó: “¡Ah, Elizabeth! ¿Cómo estás? ¿Cómo están los chicos?”)
Lo que pone de manifiesto la relación de Mandela con Reinders —que es la misma que tenía con todos sus colaboradores, por humildes que fueran sus cargos— es el secreto de su éxito como líder político. Si la política consiste en ganarse a la gente, Mandela, como han atestiguado numerosos políticos, fue el maestro consumado. Tenía a su disposición un cóctel seductor e irresistible compuesto de un encanto infinito, nacido de una inmensa seguridad en sí mismo, unos principios inflexibles, una visión estratégica y un pragmatismo absoluto. Su actitud hacia Reinders era la misma que había mostrado con sus interlocutores del Gobierno del apartheid cuando inició las negociaciones secretas con ellos durante los últimos cinco años de los 27 y medio que pasó en prisión; era la misma que tuvo con toda la población blanca y que acabó convenciendo casi a la totalidad de que no solo no era un temible terrorista, como les habían programado para creer durante su cautividad, sino que era su presidente legítimo en la misma medida en que era el rey sin corona de la Sudáfrica negra.
Le habría costado mucho más convencer a la Sudáfrica blanca para que abandonara el apartheid y cediese el poder antes de entrar en prisión, en 1962, y mucho más todavía 20 años antes, cuando se incorporó a la lucha por la liberación de los negros. El hombre responsable de reclutarlo fue Walter Sisulu, un astuto activista laboral que, en el momento de su trascendental encuentro (Mandela diría posteriormente, con sentido del humor, que se habría ahorrado muchos problemas si nunca hubiera conocido a Sisulu), era un militante con más de 10 años de experiencia en el movimiento que iba a acabar por encabezar la liberación de Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano (ANC).
En aquella época, Mandela era un joven audaz, recién llegado a Johannesburgo desde la zona rural de Transkei, donde había nacido y se había criado en medio de lo que, en comparación con la miseria general de su entorno, eran privilegios tribales. Aunque también había recibido una sólida educación secundaria, era imposible disimular que allí, de pie en el despacho del activista laboral, Mandela era un rudo campesino frente al sofisticado, urbanita Sisulu. Sin embargo, fue Sisulu, que tenía 30 años —Mandela tenía 24— quien se quedó impresionado, porque vislumbró en Mandela la semilla de un talento para la política que tardaría muchos años de lucha y sacrificios en madurar. Al recordar 50 años después qué había pensado de aquel joven erguido en su despacho, Sisulu decía: “Me impresionó más que cualquier otra persona que hubiera conocido. Su aire, su simpatía... Yo buscaba a personas de verdadero calibre para ocupar cargos de responsabilidad y él fue un regalo del cielo”.
Tardó poco Sisulu en convencer a Mandela, que estaba estudiando Derecho en Johannesburgo, para que se uniera a su causa. Mandela triunfó en los dos frentes, y estableció un bufete con otro dirigente del ANC, Oliver Tambo. Pero donde más éxito tuvo fue en la política. Al carisma que Sisulu había visto en él, Mandela añadía un valor y un ímpetu que, durante los años cuarenta y cincuenta, antes de que lo encarcelasen, derivaba tanto de su indignado sentido de las injusticias que se veían obligados a sufrir los sudafricanos negros como de su carácter bullicioso. Ascendió rápidamente en el escalafón y se convirtió en presidente de la Liga Juvenil del ANC, un cargo desde el que dirigió una campaña nacional de desafío a un régimen cuyas leyes de apartheid consagraban en la Constitución las humillaciones y las condiciones de esclavitud de facto en las que vivían los negros en la punta meridional de África desde la llegada de los primeros colonos blancos en 1652. Durante aquella campaña, Mandela reveló un talento histriónico (su biógrafo oficial, Anthony Sampson, lo calificó de “maestro de la imaginería política”) que le iba a ser útil mucho después, cuando salió de la cárcel a la era de la televisión globalizada. Cuando lanzó la campaña en 1952, se las arregló para garantizar una amplia presencia de fotógrafos de prensa al prender fuego a su carné de paso, el distintivo de la ignominia del apartheid, mientras lucía una inmensa sonrisa juguetona. La fotografía, publicada en todas partes, electrizó a la población negra, y decenas de miles de personas siguieron su ejemplo.
La seguridad del joven Mandela en sí mismo rayaba en el descaro. En una reunión del comité ejecutivo del ANC a mediados de los cincuenta, ofendió a los líderes de la organización cuando pronunció un discurso en el que predijo —con una clarividencia extraordinaria— que un día sería el primer presidente negro de Suráfrica.
En aquellos días, con una presencia siempre visible en la primera línea de resistencia contra el apartheid, se vestía como un millonario. Se hacía los trajes en el mismo sastre que el rey del oro y los diamantes de Sudáfrica, Harry Oppenheimer, y nunca dejó de ser eldandyde su círculo social en sus incursiones en la vida nocturna de Johannesburgo. Las fotografías de los años cincuenta muestran a un hombre con el aire confiado de una estrella romántica de Hollywood. Las mujeres se enamoraban de él, entre ellasWinnie Madikizela. Y él —que estaba casado y con hijos— también se enamoró de ella. Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él, Clark Gable. Mandela se divorció de su primera mujer, Eveline, y se casó con Winnie, con quien tuvo dos hijas pero a la que, como se quejaría ella más tarde, veía muy poco, sobre todo después de que le nombraran comandante en jefe del nuevo brazo militar del ANC, Umkhonto we Sizwe, La lanza de la nación, en 1961, y se viera obligado a pasar a la clandestinidad. Su veta vanidosa le perjudicó. Empeñado en ser un Che Guevara, adoptó un eslogan popular en la época, “Tomaremos el poder a la manera de Castro”, e insistía, en contra de las advertencias de sus amigos, en llevar uniformes revolucionarios de color verde cada vez que aparecía en público, pese a que la policía le había designado como el hombre más buscado de Sudáfrica. Su incapacidad de mantener la discreción que exigían sus circunstancias fue una de las razones de que lo detuvieran en 1962; permaneció entre rejas 27 años y medio.
La cárcel lo moderó, le enseñó a encauzar su talento para el espectáculo, sus artes de seductor, hacia unos objetivos políticos realistas. Entró lleno de furia y salió sabio, pero siempre impulsado por la convicción heroica de que el respiro que había obtenido en su juicio en 1964, cuando lo condenaron a cadena perpetua en lugar de a muerte como se esperaba, le obligaba a cumplir su destino como redentor futuro de su pueblo. La gran lección que asimiló fue que el enemigo no iba a caer derrotado por las armas; que habría que convencer un día a los surafricanos blancos para que entregasen el poder voluntariamente, para que acabasen con el apartheid ellos mismos. La prisión, la celda diminuta en la que vivió en Robben Island durante 18 años, fue su campo de entrenamiento para la gran partida que le aguardaba fuera. La primera lección, decidió, tenía que ser “conoce a tu enemigo”. Para desolación de algunos otros presos, se propuso aprender afrikaans —“la lengua de los opresores”— y leer libros sobre la historia de los afrikaners. Y después se propuso ganarse a los carceleros, porque pensó que era la forma de conocer las vanidades, los puntos fuertes y débiles de los blancos en general, para estar mejor preparado cuando llegara el momento de intentar que cedieran a sus deseos.
El truco era no perder jamás su dignidad ni sus principios, negarse a ser intimidado y tratar a todos los que le rodeaban con respeto, con el “respeto normal y corriente” del que Walter Sisulu afirmó en una ocasión que era el premio por el que luchó durante sus 60 años de dedicación a la política. Estas cualidades, acompañadas de sus modales majestuosos, le iban a permitir conquistar a los dos primeros miembros de la administración blanca con los que habían tenido contacto él y cualquier otro dirigente negro. Durante sus últimos cinco años en la cárcel, llevó a cabo más de 70 entrevistas secretas con el ministro de Justicia, Kobie Coetsee, y el jefe nacional de los servicios de inteligencia, Niel Barnard; el propósito de las reuniones era explorar la posibilidad de un acuerdo político entre negros y blancos. Mientras se iba ganando la confianza de estos dos turbios personajes (considerados unos monstruos por todo el mundo durante los turbulentos años ochenta), consolidó su autoridad sobre los demás presos políticos, igual que lo iba a hacer después con la población negra en general. Yo pregunté a Coetsee sobre aquellas entrevistas y, como Reinders, lloró al recordar a Mandela, a quien definió como “la encarnación de las grandes virtudes romanas: dignitas, gravitas, honestas”. Barnard no era capaz de llorar pero estuvo a punto, y durante las siete horas que hablamos siempre se refirió a Mandela llamándole “el viejo”, como si estuviera hablando de su propio padre.
Al salir en libertad el 11 de febrero de 1990, Mandela emprendió una marcha triunfal por toda Sudáfrica en la que prefijó un mensaje muy perfilado de reconciliación y desafío. No era ningún Gandhi y se negó a pedir el cese de la “lucha armada” —que había sido más bien simbólica— hasta que el Gobierno dio señales inequívocas de comprometerse a una democracia de pleno derecho en la que se aplicara el principio de una persona, un voto. No tuvo más remedio porque el presidente F. W. de Klerk, al que describió con elegancia (y astucia) como “un hombre íntegro”, creyó al principio que iba a salir del paso con alguna fórmula sui generis, semidemocrática, que contemplase los “derechos de la minoría” y asegurase y perpetuase los privilegios de los blancos. Las negociaciones que se desarrollaron durante los cuatro años sucesivos fueron duras, pero ni mucho menos tan duras como lo que estaba sucediendo en los distritos negros, sobre todo los de la periferia de Johannesburgo. Los últimos coletazos de la bestia del apartheid se manifestaron en un intento concertado de desbaratar la transición por parte de fuerzas oscuras en el aparato de seguridad, aliadas con la organización negra conservadora Inkatha, cuyo líder zulú de extrema derecha, Mangosuthu Buthelezi, beneficiario del sistema de “patrias tribales” del apartheid, tenía tanto miedo a que gobernara el ANC como cualquier blanco. Las matanzas en Soweto y otros lugares alcanzaron una dimensión inédita en Suráfrica desde la guerra de los boers, casi 100 años antes.
Mandela clamaba en público, se indignaba contra De Klerken privado, y sus colegas de la ejecutiva nacional del ANC tenían que contenerlo para que no cancelara las negociaciones; para que su ira, que a veces le cegaba, no le hiciese recurrir a un enfrentamiento abierto. Sin embargo, cuando llegó la prueba definitiva, supo mantener la cabeza fría y dio su bendición a un acuerdo trascendental por el que el primer Gobierno elegido democráticamente del país iba a ser una coalición en la que los ministerios se repartirían en función del porcentaje de voto obtenido por cada partido.
Tendió la mano a una Sudáfrica blanca bastante pacificada convenciendo a su propia gente para que hiciera otra concesión en un asunto que todos los surafricanos llevaban en el corazón.
Una reunión de la ejecutiva nacional del ANC cuatro meses antes de las históricas elecciones de abril de 1994. Sin dudar ni por un momento que el ANC iba a ganar las elecciones, el tema concreto en la agenda era qué postura debía adoptar el nuevo Gobierno sobre la delicada cuestión del himno nacional. El viejo himno era claramente inaceptable. Die Stemera una melodía seria y marcial que loaba a Dios y ensalzaba los triunfos de Retief, Pretorius y los demás “caminantes” que habían hecho la Gran Marcha hacia el norte en el siglo XIX, aplastando la resistencia de los negros. El himno extraoficial de la Suráfrica negra, Nkosi Sikelele, era la emocionante manifestación de un pueblo que llevaba mucho tiempo de sufrimiento y anhelaba la libertad.
La reunión acababa de empezar cuando entró un ayudante para informar a Mandela de que le llamaba un jefe de Estado. Salió de la sala y los treinta y pico hombres y mujeres del órgano supremo del ANC continuaron sin él. Había un consenso abrumador en favor de eliminarDie Stem y sustituirlo por Nkosi Sikelele. Tokyo Sexwale, antiguo preso en Robben Island y principal miembro del Comité Ejecutivo nacional, recordaba muy bien la atmósfera de la reunión durante la ausencia de Mandela.
“Estábamos disfrutando”, me contó. “Es el fin de esa canción, Die Stem, decíamos. El fin. Se acabó. En este país vamos a cantar Nkosi Sikelele y nada más. ¡Estábamos divirtiéndonos!”. Entonces regresó Mandela. “Estábamos todos como niños de primaria”, decía Sexwale, un hombre grande y fuerte con una rica voz de orador. “Nos preguntó cómo iban nuestras discusiones y le dijimos que habíamos tomado una decisión. Dijo: ‘Pues lo siento. No quiero ser grosero, pero...’. Dios mío, todos queríamos que nos tragara la tierra. ‘Creo que debo expresar lo que pienso sobre esta moción. Nunca pensé que unas personas experimentadas como vosotros iban a tomar una decisión de tal magnitud sobre un tema tan importante sin ni siquiera esperar al presidente de vuestra organización”.
Y entonces, en el tono más severo y de maestro de escuela que le habían oído emplear jamás sus colegas del ANC, ofreció su punto de vista. “Esta canción que despacháis con tanta facilidad contiene las emociones de muchos a los que todavía no representáis, y de un plumazo queréis tomar una decisión que destruiría la misma base —la única— sobre la que estamos construyendo el país: la reconciliación”. Los hombres y mujeres de la ejecutiva nacional del ANC, muchos de ellos muy conocidos en Sudáfrica, considerados héroes y heroínas de la lucha, se arrugaron de vergüenza. Mandela propuso que, cuando se celebraran las elecciones y para el futuro, Suráfrica tuviera dos himnos, que se tocarían uno después de otro en todas las ceremonias oficiales, desde las tomas de posesión presidenciales hasta los partidos de rugby:Die Stem y Nkosi Sikelele. Derrotados moralmente, apabullados por la lógica del argumento de Mandela, los combatientes de la libertad se rindieron de forma unánime. Sexwale se reía a carcajadas años después al recordar el desconcierto que había sentido al ver cómo les había manipulado Mandela. “Jacob Zuma, que presidía la reunión, dijo: ‘Bueno, creo... creo... creo que la cosa está clara, camaradas. Creo que la cosa está clara...’. Nadie levantó un dedo para oponerse”.
Los miembros de la ejecutiva nacional capitularon por completo ante la ira de Mandela, porque comprendieron de inmediato que su afán de venganza sobre la cuestión del himno blanco había sido pueril, que la respuesta política con más visión de futuro al dilema que estaban debatiendo era la solución madura y generosa que defendía Mandela. Pero cedieron ante él también porque, desde las actuaciones magistrales que había llevado a cabo al salir de la cárcel, habían aprendido a aceptar que “el viejo” era mucho más hábil que cualquiera de ellos en el arte moderno del simbolismo político. La importancia del himno era la creación de un espíritu nacional, la posibilidad de ejercer la persuasión política apelando a las emociones de la gente. Esa era, como habían comprendido los demás dirigentes del ANC, la esencia de su talento político, la faceta en la que dejaba a todos los demás muy atrás. El propio Mandela me dijo, durante una de las conversaciones que mantuvimos en su casa, que había sermoneado al comité ejecutivo sobre la necesidad de ganarse a los afrikaners, de demostrar respeto por sus símbolos, de esforzarse por incluir unas cuantas palabras en afrikaans al comenzar un discurso. “No les estáis hablando al cerebro”, dijo, “les estáis hablando al corazón”. Hizo lo mismo, con un éxito aún más espectacular, al año de asumir la presidencia, en la Copa del Mundo de rugby, que se celebraba en Suráfrica por primera vez. Consiguió la increíble proeza de convencer a su propia gente para que apoyaran a los Springboks, la selección surafricana, con lo que transformó uno de los símbolos más odiados de la opresión del apartheid en un instrumento de unidad. A pesar de que solo había un jugador que no era blanco en el equipo, los negros, a instancias de Mandela, adoptaron a los Springboks y empezaron a considerarlos representantes lógicos de la nueva bandera nacional. Es imposible olvidar cómo, en la final de Johannesburgo, en la que venció Suráfrica, prácticamente toda la muchedumbre de blancos (los aficionados al rugby no habían estado precisamente en la vanguardia del progresismo racial durante los años del apartheid) gritaba su nombre. “¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!”. Cuando Mandela entregó la copa al capitán del equipo, François Pienaar, un grandullón rubio hijo del apartheid, le dijo: “Gracias, François, por lo que has hecho por nuestro país”. “No, señor presidente”, replicó Pienaar, con una enorme presencia de ánimo. “Gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”.
Aquel día, probablemente el más feliz —y desde luego el de más unidad patriótica— de la historia de Sudáfrica, Mandela culminó su doble misión imposible del liderazgo político. Convenció a todo un pueblo, el pueblo con más división racial de la tierra, para que cambiara de opinión. El objetivo fundamental de Mandela durante sus cinco años como presidente fue cimentar las bases de la nueva democracia, alejar la perspectiva de una contrarrevolución terrorista de la extrema derecha armada. Y lo consiguió. Sudáfrica, pese a todos los problemas que hoy tiene (problemas que comparte con docenas de países, después de haberse deshecho de la épica y terrible singularidad que en otro tiempo le distinguía del resto del mundo), es una democracia estable, mucho más respetuosa con el imperio de la ley y la libertad de expresión que, por ejemplo, Rusia, otro país que acabó con años de tiranía más o menos en la misma época. Se ha dicho, y seguramente se seguirá diciendo mucho tiempo, que Mandela podría haber hecho más para remediar las injusticias económicas del apartheid. Tal vez, pero en un país con un elevado índice de natalidad y sin unas cifras de crecimiento económico equiparables, ese era un reto prácticamente imposible. Lo mejor que puede decirse es que la presidencia de Mandela vio la aparición de un nuevo y potente fenómeno social, inimaginable en los años del apartheid: una clase media negra floreciente. Podría haber emprendido toda una redistribución de la riqueza nacional, pero eso seguramente habría provocado lo que más temía, una guerra civil entre razas. La economía que hubiera quedado después habría sido una economía de cementerio. Por lo que Mandela luchó la mayor parte de su vida fue por la democracia, y, una vez lograda, su prioridad pasó a ser la paz. Una paz como la que acordó con John Reinders, cuyo trato por parte de Mandela ilumina la gran lección que ofrece a todas las personas de cualquier parte, ya sea en el liderazgo político o en esferas de la vida menos ambiciosas. Siempre fue coherente entre lo que predicaba y lo que practicaba. Hablaba de justicia y respeto y trataba a todo el mundo, por humilde que fuera su condición o por irrelevante que fuera para sus objetivos políticos o personales, con la misma consideración. Un año después de que Mandela abandonara la presidencia, Reinders, que siguió trabajando a las órdenes de su sucesor Thabo Mbeki, recibió una llamada de su antiguo jefe. ¿Podía ir con su familia a comer a su casa el domingo siguiente? Reinders acudió con su esposa y sus dos hijos creyendo que se trataba de una reunión amplia. Pero no, Mandela solo había invitado a su familia. Al empezar la comida, Mandela elevó una copa y, dirigiéndose a la mujer y los hijos de Reinders, les pidió perdón por haberles privado tanto tiempo de la compañía de su padre y marido. “Pero llevó a cabo sus obligaciones de manera espléndida. ¡Espléndida!”. Reinders, que volvía a llorar recordando la historia, me contó que, después de comer, Mandela les acompañó a la calle y, cuando se alejaba su coche, se quedó diciéndoles adiós con la mano. En una ocasión pregunté al arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz como Mandela y una de las personas que le conocían más de cerca, si podía definirme su mejor cualidad. Tutu se lo pensó un momento y entonces, con aire victorioso, pronunció una palabra: magnanimidad. “Sí”, repitió, la segunda vez en tono más solemne, casi en un susurro: “¡Magnanimidad!”. Un sinónimo de magnanimidad podría ser grandeza. Es posible que no volvamos a ver nunca a nadie igual.
John Carlin es periodista y el autor de El factor humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.
Demostró
que el rigor casa perfectamente con el sentido del espectáculo, que el humor
ensalza mucho más a los genios que la pomposidad destilada habitualmente por
ciertos prebostes de la música, que la jovialidad, el encanto, el carisma, son
armas de comunicación más efectivas que la rigidez y la gravedad, que los
vicios pueden ser más atractivos que las virtudes y que, en fin, por muy
celestial o solemne que fuera la música de Bach, por muy insuperable o sublime
o fuera de este mundo que resultarán los sonidos creados por Wagner, por
Mozart, nunca había que olvidar que se trataba de seres humanos, con sus
defectos, sus bajezas, sus escatologías, sus miserias, perfectamente
compatibles con el arte.
Quizás
porque antes que en nada,Fernando Argentaera un experto en la vida, apasionado,
fascinante, culto, gracioso, esencialmente bueno, supo transmitir como nadie el
placer de su oficio en beneficio de quienes devorábamos tarde a tarde su
magistral sentido de la comunicación enClásicos populares, en hora más o menos
punta, de lunes a viernes.En el programa de Radio Nacional estuvo 32 años,
desde 1976.
Transmitió
el virus de la gran música a, lo menos, tres generaciones y más de un niño de
los que ahora se encuentran en plena adolescencia ha entrado quizás en un mundo
que otros se empeñan en demostrar complejo cuando no lo es en absoluto, gracias
a sus locas y contagiosas mañanas a cargo deEl conciertazo,
en La dos de TVE.
Luego
fue víctima de un plan nada exquisito de amputación de talentos en el ente. Le
prejubilaron por edad, que no por méritos y sus seguidores quedaron huérfanos
de su exquisita manera de concebir el oficio. Periodista, melómano, hombre
orquesta, medio rockero, se contagió de la música desde la cuna. Su padre,Ataulfo Argenta, se lo supo transmitir desde
niño, lo mismo que a sus cuatro hermanas. No en vano ha sido el director
español más importante y del que en este año de 2013 se ha celebrado el centenario de su nacimiento en Castro Urdiales
(Cantabria).
De
Argenta a Argenta, se dio un cordón umbilical curioso que ha resultado
fundamental en los últimos 70 años de la historia musical española para crear,
fomentar y consolidar públicos incondicionales. Su progenitor se encargó de
sembrar en mitad del desierto franquista la afición a un arte huérfano,
amputado y cautivo. Labró una carrera internacional con las cualidades del
director perfecto: ambición en los repertorios, exquisita sensibilidad,
eclecticismo en la variedad de géneros –de la zarzuela a la escuela de Viena,
nada se le resistía- y un carisma interior, irresistible para los músicos, y
exterior, absolutamente seductor para el público.
La
pasada semana, Fernando pudo saber e incluso celebrar ya en mitad de sus
últimos suspiros junto a Toñi, su esposa y Ata, su hijo, que el Ayuntamiento de
Santander dedicaba una calle a la memoria de su padre. Fue un gesto ejemplar de
civismo cargado de simbología por parte de la corporación municipal liderada
por Íñigo de la Serna. La ciudad se la arrebataba a un golpista como el general
Mola y se la entregaba al músico que alentó, entre otras cosas, la creación del
Festival Internacional de Santander. Su hijo pudo vivir para disfrutarlo.
‘The Wall Street Journal’ refleja el auge de grupos
franquistas en EspañaLa
crisis y el "pacto de olvido", caldo de cultivo de la extrema
derecha, según el diario.EL PAÍS
El periódico
conservadorThe
Wall Street Journalse hace eco este lunesdel retorno de movimientos
de extrema derecha en España. El reportaje, titulado "El legado de Franco
resuena en España", subraya justo el día en que empiezala semana del aniversario de la Constitución,que la crisis
económica ha hecho resurgir movimientos nostálgicos con la dictadura, que se
han dejado ver en repetidas ocasiones durante los últimos meses, pero
especialmente el pasado 20 de noviembre, durante los actos de conmemoración de
la muerte del dictador fallecido en 1975. El
diario atribuye este repunte de los movimientos extremistas, además de a un
paro juvenil que supera el 50%, a lo que denomina "pacto de olvido"
impuesto tras la muerte del dictador Francisco Franco. The
Wall Street Journalcita a
los alcaldes que, durante el verano,se fotografiaron junto a
banderas preconstitucionaleso
posando con el saludo nazi y elataque a la librería
Blanquernadurante un
acto de la Generalitat de Cataluña el pasado 11 de septiembre. Los
corresponsales del periódico señalan que este tipo de comentarios, xenófobos,
antisemitas, antiislámicos o anticatalanes proliferan en las redes sociales e
Internet. El
diario económico recoge también el proceso judicial abierto en Argentina contra
los crímenes del franquismo y laorden internacional de
detención de cuatro torturadoresde
la dictadura dictada por una juez de ese país. El
ataque en Madrid durante el día de la Diada se saldó con 14 extremistas
detenidos. Durante los últimos tres años,la policía ha arrestado a
unos 300 ultras.