Tuve la suerte, hace más de cuarenta años, de disfrutar el "interrail" con mis amigos por Europa, en una época donde no existía Internet ni, por supuesto, los teléfonos móviles y donde no era normal reservar con antelación para acceder a ninguna atracción ni museo ni mucho menos para ver una fuente en la calle. Hoy todo ha cambiado, en general para mal, aunque sea fácil organizar un viaje -nos hemos convertido en nuestras propias agencias de viaje-, para todo hay que reservar con antelación. Que paguemos una ecotasa por acceder a paisajes naturales me parece una idea genial, siempre que el dinero se reutilice para mantener la naturaleza en su estado original, como se ha hecho toda la vida, por ejemplo, para acceder a los Parques Nacionales norteamericanos o a Timanfaya en Lanzarote. Pero, ¿pagar por ver la Fontana de Trevi? ¿La fuente de una calle romana?
¿Dónde está el límite?
Existen algunas fórmulas diferenciadas, como apuntarse para acceder al Parlamento alemán en Berlín o a la catedral de Notre Dame en París, en ambos casos obligatorio y gratuito.
Qué lejos queda aquello de pasear por la plaza de San Pedro del Vaticano y decir, ¿entramos a ver la Capilla Sixtina? y voilà.
Viajar en estos tiempos sigue siendo maravilloso pero un horror.
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