domingo, 6 de septiembre de 2026

DOS DE ROSA MONTERO


Rosa Montero, 06.09.2026

Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes.

Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.

En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí?

Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas.

Rosa Montero, 19.07.2026

Leyendo la novela El amigo, de Sigrid Nunez, (qué libro tan hermoso, ¿cómo he tardado tanto en llegar hasta él? Salió en 2018) me entero de que el gran escritor Rilke amaba a los perros y se sentía muy compenetrado con ellos. Y que una vez, saliendo de un café en España, se topó con una perrita vagabunda a punto de parir que le dirigió tal mirada de súplica (se me abren las carnes de imaginar la vida atroz de esa criatura en 1912, que es cuando nos visitó el poeta, y en este país, tan feroz con los animales por entonces) que Rilke quedó de alguna manera fulminado. En los ojos de la perra vio, diría después, “toda esa verdad que va más allá de lo particular para dirigirse no sé a dónde, hacia el porvenir o lo incomprensible”. Le dio un azucarillo de su café, un gesto que, escribió, fue como decir misa juntos.

No es el único personaje relevante impactado cognitiva y anímicamente por el contacto con los animales. A mí me emociona de manera especial la terrible historia de Nietzsche, que el 3 de enero de 1889, estando en Turín, vio cómo un pobre caballo de tiro era azotado de forma brutal por el cochero. Espantado, el filósofo rompió a llorar, se abrazó al cuello del equino e, instantes después, se desplomó con un colapso nervioso. Fue el comienzo del fin; tras ser detenido por alteración del orden público, lo trasladaron a una clínica psiquiátrica en Suiza y después a otra en Alemania. Ya no volvería a salir ni a recuperar la razón hasta su muerte, ocurrida 11 años más tarde. No se sabe si su deterioro mental fue causado por una sífilis avanzada, o por una demencia frontotemporal, o incluso por un tumor cerebral, pero la obvia metáfora de que lo enloqueció el sufrimiento insoportable de una criatura indefensa me conmueve muchísimo.

En ambas anécdotas hay reconocimiento y trascendencia. Hay una verdad que, en palabras de Rilke, va más allá de lo particular, es decir, que es más grande que una misma. Siempre me han gustado los animales. De pequeña no jugaba con muñecos antropomórficos, con bebés de goma o peponas de trapo, sino con animales de peluche. El gran amor de mi infancia fue una mona Chita descosida y llena de calvas que mi madre, que era una maga, me convenció de tirar a la basura a los 14 años, envuelta en un pañito-sudario, a modo de rito de madurez (aún no se lo he perdonado). Quiero decir que siempre me he sabido perteneciente al reino animal, e incluso diría que en ocasiones he sentido que formaba más parte de la manada peluda que de la humana. Ahora bien, con el paso del tiempo ese sentimiento se ha ido haciendo más profundo, más complejo, más absoluto. Como si esa continuidad con los demás seres vivos me rescatara de la indecible soledad de la experiencia humana y del sinsentido de la vida. Hace muchos años entrevisté para EL PAÍS al gran naturalista David Attenborough, y ese hombre maravilloso me dijo algo que no puedo citar literalmente, porque no tengo el texto, pero sí fielmente, porque me impresionó. La experiencia más trascendente de su vida, explicó, fue encontrarse cara a cara en Ruanda con un espalda plateada, el enorme y majestuoso gorila de las montañas; se miraron fijamente a los ojos y Attenborough no sólo se reconoció en el gorila, sino que advirtió que el animal se reconocía en él.

Yo también me reconocí en un ojo no humano y creo que fue, en efecto, la experiencia más trascendente que he vivido. La he contado en dos libros y no quiero repetirme, pero sucedió hace mucho en la costa occidental de Canadá cuando, estando yo en el mar en una pequeña zódiac, emergió justo a mi lado una gigantesca ballena corcovada. Vi pasar su ojo, curioso e inteligente, incrustado en la gran mole de su cuerpo. Mirándome. Mirándonos. Y el tiempo se detuvo. Ese salto interespecies es algo muy cercano a la eternidad.

Rilke escribió que, cuando le dio el azucarillo a la perra, sintió como si estuvieran celebrando misa juntos. Entiendo lo que quiere decir; no soy creyente, pero la historia de la ballena tuvo para mí algo religioso, del latín religare, de unirte con el todo. Fue lo más cerca que he estado en toda mi atea vida de lo sagrado, de ese misterio colosal que está en el centro de todo y produce asombro y reverencia. Cada día tengo más claro, en fin, que para mí Dios es el animal que llevo dentro.

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