miércoles, 7 de octubre de 2026

7 DE OCTUBRE (II)


Reflexiones de un día de matanza interminable
Netanyahu estira el 7 de octubre porque sabe que, cuando termine, la nación herida y ensangrentada que lo eligió podría, por fin, tener libertad para hacer algún tipo de introspección.
Etgar Keret, 07.10.2026

Los últimos tres años han sido una forma de tortura de una lentitud insoportable, y el espíritu actual aquí, entre el río y el mar, es que el 7 de octubre continúa presente: seguimos viviendo aquel horrible día que se niega a terminar. Los rostros de los rehenes israelíes liberados de Gaza y de los padres afligidos cuyos hijos nunca regresaron a casa siguen llenando nuestras pantallas de televisión. Muchos de ellos también adornan las listas de candidatos de los distintos partidos políticos, junto a generales retirados y reservistas. Hace poco más de una semana, un padre doliente que figura en la lista del Likud, en respuesta a una rehén liberada (una mujer de casi 90 años) que habló en contra del primer ministro Benjamin Netanyahu, le dijo que ojalá pudieran devolverla al cautiverio de Hamás. Son palabras muy duras, pero en la guerra vale todo. Si en Israel alguien se atreve a sugerir que el 7 de octubre ya ha quedado atrás, la gente de alrededor señalará inmediatamente un avión de FlyDubai sobrevolando la ciudad y le reprenderá por decir semejante tontería: “¿Ves?”, insistirán, “todavía nos están masacrando”. Y, aunque las únicas lesiones graves en ese incidente las sufrió el piloto indio, los medios israelíes se apresuraron a presentarlo como un valiente héroe que defendía a Israel, simplemente porque salvó su propia vida al enfrentarse a un terrorista perturbado.

Este peligro era concreto, visible e inminente, pero Netanyahu ya ha rodado un hábil vídeo promocional en el que aparece con un avión de combate a sus espaldas, listo para entrar en acción, y ha asegurado al pueblo judío que los iraníes nos van a atacar en las próximas semanas. Y si no lo hacen, quién sabe, quizá Israel ataque a Irán, o a algún otro estado vecino, con una acción preventiva en defensa propia. Al fin y al cabo, no hay muchos lugares en la región que no hayamos atacado mientras se prolongaba ese día interminable durante los tres últimos años: Gaza, Líbano, Yemen, Qatar, Cisjordania e incluso Turquía podrían estar en la lista, si los antisemitas nos dan una excusa suficientemente buena. Para las familias desconsoladas y los rehenes liberados, el trauma del 7 de octubre nunca acabará del todo. Y, para el resto de nosotros, nunca se acabará mientras Netanyahu siga estirándolo. Porque él sabe que, cuando ese día termine, la nación herida y ensangrentada que lo eligió podría, por fin, tener libertad para hacer algún tipo de introspección y reflexión y, entonces, tal vez dejemos de tragarnos el engaño de que los israelíes están siendo todavía víctimas de una masacre. En cambio, si juega bien su baza del alarmismo y consigue enarbolar periódicamente nuevas amenazas existenciales, el 7 de octubre podría durar toda la eternidad.

Y siempre surge una nueva amenaza: un tribunal siniestro en La Haya, un alcalde antisemita en Nueva York, un sinfín de países europeos que critican a Israel. Al pueblo judío nunca le han faltado amenazas existenciales. En las últimas semanas nos hemos visto atacados por una nueva y especialmente peligrosa, en forma de un documental titulado NAZA. Después de habernos encarado con cientos de terroristas armados y haber soportado innumerables misiles iraníes, nuestra valiente nación se enfrenta ahora a una nueva arma no convencional llamada reflexión. En vez de venir a por nosotros con los cuchillos desenvainados, estos cineastas israelíes, que se odian a sí mismos, empuñan un espejo e intentan obligar a los pocos israelíes que se atreven a mirar a verse a sí mismos, a contemplar las consecuencias de sus actos y de su inacción. Y todo ello, mientras la masacre, al parecer, continúa. No hay nada más cruel que obligar a una víctima a mirarse en el espejo en medio de una masacre, sobre todo si la imagen reflejada es la de una víctima cuyas propias manos están manchadas de sangre.

La solución de Netanyahu y su ministro de Cultura, Miki Zohar, fue pedir que se privara de la ciudadanía a los cineastas. Hace 31 años, cuando asesinaron al primer ministro Isaac Rabin, nadie sugirió que se le quitara la ciudadanía a su asesino. Pero, claro, aquel hombre se limitó a intentar acabar con el proceso de paz asesinando a un primer ministro en activo, mientras que estos dos directores despiadados han hecho una película. Y no una película cualquiera, sino de esas que reciben ovaciones prolongadas en los festivales de todo el mundo. El público aplaude descaradamente la película mientras la “masacre” continúa.

Cualquiera que sea tan ingenuo como para creer que el 7 de octubre terminará, por fin, dentro de tres semanas, cuando haya elecciones en Israel y Netanyahu salga derrotado, debería pensárselo dos veces. El “bloque del cambio” que se presenta contra el Gobierno de guerra actual se ha unido, casi sin excepción, a la iniciativa del partido de Netanyahu de prohibir a todos los partidos árabes que se presenten a las elecciones. Estos partidos han estado siempre en el Parlamento israelí y representan aproximadamente a una quinta parte de la población del país. Pero eso era antes del 7 de octubre. Eran otros tiempos. Ahora nos han convencido de que estamos jugándonos la vida, así que no se les puede dejar mantener la cabeza alta. Cuando las cosas se calmen un poco y regrese la cordura, nos pensaremos si hay que permitir que los ciudadanos palestinos de Israel puedan volver a elegir libremente a sus representantes. Quizá los actuales líderes de la oposición incluso dediquen parte de su energía a inhabilitar a los partidos verdaderamente antidemocráticos, como las facciones racistas de Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir. Pero ahora no es el momento. Ese es un lujo que tendrá que esperar.

Mientras tanto, mantengamos los ojos bien abiertos y estemos alerta: el 7 de octubre sigue ahí. No es una fecha ni un acontecimiento concreto, sino un estado de ánimo. Y, con o sin Netanyahu, me temo que quizá no termine jamás.

Etgar Keret es escritor y director de cine israelí. Su último libro traducido al español es El blues del fin del mundo (Siruela). 
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.

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